29/09/2020 BARCELONA

Movimiento Slow: vivir al ritmo que marca la Tierra

Vivimos en la era de la velocidad. Con la obsesión de hacer más y más en menos tiempo, corremos de un lado para otro inventando mil maneras de ahorrarlo y curiosamente nos invade la sensación de no tener nunca suficiente. Frente a la tiranía del reloj, surge un colectivo que nos anima a frenar. El movimiento Slow propone una vida más desacelerada que nos permita saborearla y no simplemente sobrellevarla. Nos invita a recuperar el control de nuestro tiempo, encontrando así un equilibrio en el que podamos disfrutar de las cosas importantes de la vida sin renunciar a las comodidades del mundo moderno. Más rápido no siempre es mejor.

¿Por qué vamos tan deprisa?

El culto a la velocidad tiene su origen en la revolución industrial, por lo que está estrechamente relacionado con el desarrollo de la economía y del capitalismo moderno. Muchos, como Lewis Mumford en su obra Técnica y Civilización, consideran el reloj-y no la máquina de vapor- la máquina clave de la edad moderna.

Con las nuevas máquinas que permitían producir en menos tiempo, la programación de las tareas de los obreros se volvió cada vez más exhaustiva con el fin de maximizar la productividad y los beneficios. Los términos trabajo, tiempo y dinero cobraron un nuevo significado y la vida comenzó a acelerarse. Tanto que hoy en palabras del psicólogo Guy Claxton, ahorrar tiempo y maximizar la eficiencia es ya algo así como la segunda naturaleza del hombre.

« ¿Quién había tenido la idea funesta de medir el tiempo y sujetar sus vidas a la tiranía del reloj?» Juan Goytisolo

El progreso desde entonces ha sido extraordinario y a día de hoy podemos trabajar, viajar o comunicarnos más cómoda y rápidamente. Sin embargo, mientras los avances de la vida moderna, pensados para facilitar nuestra existencia, deberían hacer la actividad diaria más llevadera y relajada, parece que la prisa por tener cada vez más nos ha llevado a un estado de ansiedad colectiva en el que no nos permitimos perder un minuto.

Y es que de alguna manera el hombre moderno se ha convertido en el reflejo de la economía a la que sirve. Esa obsesión por la productividad característica del capitalismo no es más que una obsesión por el tiempo: más producto, en menos tiempo y con menos capital humano, equivale a más ganancias. Nosotros, en nuestro afán de acumular todas las cosas, conocimientos y experiencias que tenemos a nuestro alcance, tratamos de simplificar cualquier proceso con el fin de alcanzar resultados inmediatos y, como ocurre con la producción en masa, hemos sacrificado la calidad -vivir mejor- por la cantidad -vivir más-.

La falta de tiempo, una enfermedad cultural

«Lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierden salud para ganar dinero, después pierden el dinero para recuperar la salud. Y por pensar apasionadamente en el futuro no disfrutan el presente, por lo que no viven ni el presente ni el futuro. Y viven como si no tuviesen que morir nunca. Y mueren como si nunca hubieran vivido»  Dalai Lama

A pesar de que cada vez corremos más, la falta de tiempo se ha convertido en una sensación generalizada entre los habitantes del hemisferio rico del planeta. Larry Dossey, médico estadounidense, se refiere a la “enfermedad del tiempo” como la creencia obsesiva de que «el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo».

Pero para llegar a todas las obligaciones comprimidas en nuestra agenda, es imprescindible aumentar la velocidad. Por ello, también buscamos placeres rápidos, inmediatos. Las relaciones son más superficiales y cada vez nos dedicamos menos a actividades valiosas por sí mismas: comer, dormir, pasear, jugar con los hijos, charlar con la familia, estar con nuestros amigos, los momentos de intimidad… Todo se ha simplificado hasta convertirse en express, lo que nos impide saborear los momentos importantes de nuestra vida. El resultado es que la urgencia y precipitación nos vuelve improductivos, somos infelices y estamos más enfermos.

Son muchos los síntomas que nos alertan de que una vida apresurada es perjudicial para la salud. Pero también para la gestión de las emociones, pensamientos y para la calidad de vida. Según Dossey, los males que aquejan a la sociedad moderna tienen su raíz precisamente en nuestra constante lucha con el reloj. El estrés, la depresión o la fatiga crónica son fruto de nuestra pésima relación con el tiempo y de la profunda desconexión con los ritmos de la naturaleza y con nuestros propios ritmos biológicos»

Y es que la velocidad de nuestras sociedades también afecta a la sostenibilidad global. En esta carrera por el desarrollo, el capitalismo ha consumido recursos naturales sin reparar en los propios ritmos de la Tierra. Así, el Fondo Mundial para la Naturaleza en su informe ‘Planeta vivo 2012’ nos alerta de que el planeta tarda un año y medio en reponer los recursos que la población global consume en un año. Los expertos nos advierten de que, si seguimos con este ritmo, en 2030 necesitaremos 2 planetas para satisfacer nuestra demanda de recursos naturales.

Una apuesta por la calidad

Está demostrado que el coste de generar tanta riqueza es altísimo tanto para el planeta como para el hombre. De esta premisa parte el movimiento Slow, que defiende la calidad de vida en su sentido más amplio poniendo por delante las necesidades de los seres humanos a través de un desarrollo económico respetuoso con los ritmos del hombre y de la naturaleza.

Nos invita a desacelerar nuestra actividad diaria y empezar a disfrutar de los placeres de la vida, valorando los procesos y no sólo los fines. Sus seguidores mantienen que, por mucho que la tecnología pueda acelerar el trabajo, la producción y la distribución de comida y otras actividades humanas, las cosas más importantes de la vida no deberían acelerarse. No se trata ni mucho menos de acabar con sistema capitalista y retroceder a una utopía preindustrial, sino de darle un rostro más humano. Creen en una globalización virtuosa.

En definitiva, la filosofía Slow apuesta por una existencia más lenta, racional, humana y sostenible. Pero ¿es incompatible una actitud más calmada con la vida moderna? ¿Es una utopía?

«Cuando las cosas ocurren tan aprisa nadie puede estar seguro de nada, de nada de nada, ni siquiera de uno mismo», Milan Kundera

Fruto de una protesta originada por la apertura de un McDonald’s en la Plaza de España (Roma) en 1986, nace Slow Food, con el objetivo de promover una alimentación placentera, lenta y respetuosa con el medio ambiente. Su filosofía se podría resumir en tres palabras: bueno (que lo que comemos sea sabroso y nos proporcione placer), limpio (que no dañe el medio ambiente ni nuestra salud) y justo (que los que lo producen sean justamente tratados y remunerados).

Aunque la alimentación es su principal eje vertebrador, en su manifiesto denuncia la velocidad en todas sus formas: Estamos esclavizados por la velocidad y todos hemos sucumbido al mismo virus insidioso: vivir rápido, una actitud que trastorna nuestros hábitos, invade la intimidad de nuestros hogares y nos obliga a ingerir la llamada comida rápida.

Por ello, desde su creación, Slow Food no sólo se ha expandido a 122 países y cuenta con más de 100.000 asociados, sino que ha ganando terreno en otros muchos ámbitos de nuestra vida, originando un movimiento a nivel mundial en defensa de la vida pausada y sostenible. Sus integrantes aumentan cada año articulándose en redes a nivel internacional que reivindican ritmos menos afanados que supongan una reapropiación, cada vez mayor, de las actividades de nuestra cotidianidad: tomarnos nuestro tiempo para aprender, para comer, para cuidarnos…

Así, bajo la denominación Citta Slow se promueven ciudades menos frenéticas, más humanas y medioambientalmente respetuosas sin por ello renunciar al uso de las nuevas tecnologías; en algunos centros educativos se apuesta por una Slow Education en la que los niños sigan sus propios ritmos de aprendizaje; la lentitud ha llegado incluso al dormitorio: el sexo se ha apuntado a esta corriente defendiendo la tranquilidad y el fin del apresuramiento.

El tiempo es vida

« El tiempo de vivir es para todos breve e irreparable » Virgilio

La lógica es aplastante: una vida rápida es una vida superficial. En una cultura donde la lentitud ha adquirido un significado negativo y se asocia a la torpeza, el desinterés o la inutilidad, esta filosofía nos recuerda que ser lento en algunos casos conlleva los beneficios de ser cuidadoso, reflexivo, receptivo, intuitivo, sereno. Sin embargo, está claro que más despacio tampoco es siempre mejor. Slow significa dedicarle a las cosas el tiempo justo que requieren, a veces rápido, a veces más lento, tal y como afirma Carlo Petrini, el italiano fundador de Slow Food: «Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tempos».

El movimiento Slow tan sólo persigue remover las conciencias de los individuos para que sus vidas no sean una mera sucesión de escenarios encadenados, desprovistos de emociones. Y recordarnos que para poder establecer relaciones verdaderas con el trabajo, la familia o la comunidad, es preciso tomarse el tiempo necesario, aprender a priorizar y adoptar un ritmo que nos permita disfrutar de las cosas que realmente hacen que la vida merezca ser vivida.

Carl Honoré, ex adicto a la velocidad, nos invita a conectar con nuestra tortuga interna con su obra “Elogio de la lentitud”, uno de los hitos de este movimiento a nivel mundial. La filosofía de la lentitud, según Honoré, puede resumirse en una palabra: equilibrio. Tratar de vivir en lo que los músicos llaman tempo giusto, la velocidad apropiada. No olvidemos quién gano la carrera entre la tortuga y la liebre.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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Amparo GA

Madrileña de nacimiento y corazón, actualmente resido en Barcelona donde trabajo como consultora en el sector hotelero y turístico. Viajera, lectora, cinéfila y soñadora. Creo en el poder de la cultura y de la educación en justicia, libertad y respeto para el desarrollo y como base de un mundo mejor. Observadora, descubridora, crítica e intérprete. De espíritu, artista. Licenciada en Derecho y ADE por la Universidad Autónoma de Madrid.


4 comments

  • Z

    06/12/2013 at

    Precisamente ayer reflexionaba sobre este tema viendo “Master Chef”. En todos los capítulos ocurre lo mismo. Los infelices participantes intentan acabar sus platos en el tiempo que les han dado para ello, que es invariablemente escaso. Caras de agobio, manos temblorosas que controlan 5 fogones y un horno al mismo tiempo, estrés disparatado, lágrimas porque no han podido coronar su postre con la minúscula pero imprescindible hojita de menta que marca la diferencia, en color y aroma, entre el estrepitoso fracaso y las mieles del éxito. Para que luego, unos jueces con un criterio sospechosamente homogéneo y siempre arbitrario arruinen la ilusión de casi todos los concursantes porque han encontrado un grumo en el puré de patatas, o porque las verduras estaban muy “al dente” o muy pasadas, o porque con las prisas (claro), se han olvidado de flambear las vieiras o de quitarles el músculo abductor que tiene la textura de una goma de borrar. ¿A qué viene tanta prisa? Lo importante y lo urgente se confunden. ¿El objetivo no es hacer un buen plato? ¿Por qué razón no les dan más tiempo? Debe ser que nos excita la cultura de la cuenta atrás, la canasta sobre la bocina, el 3,2,1 ¡ya! que siempre hace parecer mejor el resultado por urgente e ¿inesperado? No, inesperado nunca. Sabemos lo que va a pasar, pero somos espectantes patológicos y morbosos. Siempre lo hemos sido, todas las teorías sobre la felicidad dicen que ésta debe buscarse en el proceso y no en el resultado. Puede que los tiempos modernos nos hayan hecho reducir el proceso a la cuenta atrás final, que como está tan cerca del resultado, hace que terminemos por confundir una cosa con la otra. ¿Tan aburrido sería dejar que los participantes del programa cocinaran tranquilamente, tomándose una copita de vino y recreándose en cada pequeño detalle del plato? Sospecho que sí, pero yo estiré el brazo, agarré el mando y cambié a Canal Cocina.

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  • cesar valdivieso

    13/09/2017 at

    Saludos.
    SALVEMOS AL MUNDO, DISEÑEMOS UN NUEVO MODELO DE SOCIEDAD.
    Lograr una sociedad mundial que sea sostenible en el tiempo, debe llevar el diseño de la misma a los extremos requeridos por la gravísima situación ambiental y social planteada en la actualidad, cuyo empeoramiento puede culminar en la destrucción de la especie humana.
    La solución para esta problemática potencialmente aniquiladora de nuestra “civilización”, representada por las guerras, las hambrunas, la explotación del hombre por el hombre y la destrucción del ecosistema, nunca llegará como resultado de aplicar simples paliativos dentro de un sistema de cosas esencialmente malo, por muy bien intencionados que éstos sean.
    Nuestra idea consiste en esbozar un prototipo de sociedad ideal realista y factible que rompa con los defectuosos parámetros actuales, y cuya difusión propicie la realización de cambios en el orden mundial establecido hasta que se logre la instauración en todo el planeta de un estado de bienestar generalizado y permanente.
    Este novedoso modelo de colectividad estaría representado por una ciudad sostenible y autosuficiente, que sería exhibida en forma de maquetas, video juegos, historietas, producciones fílmicas y parques temáticos, la cual poseería, entre otras, las siguientes características : Uso prioritario de materiales y tecnologías de punta amistosos con el medio ambiente; autosuficiencia tecnológica total; limitación del crecimiento económico y poblacional; supresión de la manipulación proveniente de factores de poder económicos, religiosos y políticos; desaparición de toda forma de reverencia entre seres humanos; eliminación del dinero en efectivo; gratuidad total de la salud y la educación; verdadero respeto a las libertades; y democracia real.
    En concreto, la convocatoria es para diseñes por tu cuenta un conglomerado urbano con esas características y la compartas con la humanidad, o te unas a nosotros en nuestro sitio web https://elmundofelizdelfuturo.blogspot.com/
    donde estamos trabajando en ese sentido.
    Atentamente, César Emilio Valdivieso París

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