18/06/2021 BARCELONA

Competitividad y crecimiento: los deberes pendientes de la Unión Europea

La Unión Europea ha afrontado en las últimas dos décadas problemas de competitividad y de baja productividad. La coyuntura de crisis económica actual no provoca más que exacerbar esta situación y presionar a los estados miembros sobre la necesidad de abordar medidas que realmente persigan ayudar a aquéllos que realmente necesitan su ayuda, los ciudadanos y las pymes.

Mr. Van Rompuy en una reunión discutiendo sobre competitividad en Europa. [Photo: European Parliament Flickr account]

Los vientos en Europa han virado sustancialmente de rumbo tras la llegada al Elíseo del socialista François Hollande, lo que pone fin al tándem Merkozy y obliga a la canciller alemana a buscar soluciones intermedias si no se quiere quedar aislada. La ortodoxia de la austeridad – sustentada sobre el dogma de la inflación cero y el equilibrio presupuestario como objetivos macroeconómicos por excelencia – no sólo no ha generado crecimiento sino que de hecho lo está frenando, deprimiendo las economías periféricas y, consecuentemente, perjudicando las expectativas de crecimiento del norte. Y sin crecimiento (ni perspectivas de crecimiento) no sólo peligra el Euro, sino también los puestos de trabajo, las pensiones, la sanidad y la educación públicas y, en definitiva, el modelo de estado del bienestar que Europa ha construido las últimas décadas. Así pues, estimular la moribunda economía europea es, en estos momentos, la prioridad número uno, y con este objetivo los Jefes de Estado y de Gobierno se reunirán el próximo 23 de mayo en Bruselas, en la ya conocida como ” cumbre por el crecimiento”.

El viejo problema del crecimiento

En los artículos que esta revista dedicó al décimo aniversario de la moneda única, el pasado mes de febrero, ya argumentaba por qué ni la deuda ni el déficit que arrastran algunos países de la Eurozona, y ni siquiera el propio Euro – actualmente en el punto de mira de los más apocalípticos – son los causantes de la crisis de la misma. No hay que confundir causas y consecuencias: la crisis de la Eurozona no la ha causado la deuda, sino que éste ha sido consecuencia de la crisis económica. Y ésta, a su vez, ha sido propiciada por causas estructurales con orígenes más antiguos que el propio Tratado de Maastricht.

Desde los años ochenta, la media del PIB per cápita de los países de la UE-27 no sólo es menor, sino que diverge respecto a la media de los países de la OCDE y los Estados Unidos:

Gráfico I: Evolución comparada del PIB per cápita en dólares, desde 1980 hasta 2010. Fuente: World Economic Outlook Database

El economista norteamericano Barry Eichengreen, en su trabajo The European Economy since 1945 (Princeton University Press, 2007), afirma rotundamente lo siguiente:

“(…) Aproximadamente un tercio de la diferencia entre el PIB per cápita de las dos economías [la americana y la europea, medida como media de la UE-15] se puede atribuir a la baja producción por hora trabajada, un otro tercio al menor número de horas trabajado por empleado y el otro tercio a la baja tasa de ocupación de los países de la Unión Europea “. [Ps. 381]

Así pues, la pérdida de competitividad – y, consecuentemente, el estancamiento económico – debe atribuirse a al menos tres factores: el elevado desempleo estructural, la baja tasa de empleo y la baja productividad por trabajador que sufría la mayoría de estados europeos desde mediados de los años setenta. Estos elementos, junto con la composición del mercado laboral, están estrechamente relacionados con el coste del factor trabajo, una de las variables que determina directamente el grado de competitividad de una economía.

La agenda europea sencillamente ha obviado estos problemas los últimos años, en pro de otros proyectos no menos importantes: la integración hacia el este y la puesta en marcha de una política monetaria única, liderada por el Banco Central Europeo y plasmada en el Euro. Sin embargo, tanto el diseño de la Unión Monetaria, divergente al de una zona monetaria óptima, como la rigidez del BCE, únicamente centrado en la doxa antiinflacionista, no sólo no han resuelto el problema de crecimiento y competitividad a nivel europeo sino que parece que han amplificado las divergencias entre las economías productivas del norte y las especulativas del sur.

Esto no implica, sin embargo, que el Euro haya sido un error; la moneda única no es un fin en sí misma sino que es un medio, y como tal ha cumplido su función: reducir los costes de transacción entre los diferentes estados miembros de la Eurozona y convertirse en moneda reserva de referencia (actualmente es la segunda del mundo, después del dólar).

Pero el hecho de tener una moneda única sólo tiene sentido si se dispone de una política económica también única para hacerla funcionar. La política económica se apoya siempre sobre dos pilares: la política monetaria y la política fiscal. No hay que recordar que la Eurozona no ha disfrutado de una política fiscal unificada, pero tampoco se puede afirmar que haya sido sustentada por una política monetaria plena. El Banco Central Europeo (BCE), a diferencia de la mayoría de banco centrales, no se puede plantear ninguna otra política que la del control de precios vía la modificación del tipo de interés de referencia.

La respuesta del BCE a la crisis de la Eurozona

La actuación del BCE los últimos meses ha demostrado que es muy complicado, si no imposible, cumplir objetivos como el crecimiento económico sostenido y el pleno empleo sin disponer de una política económica única y completa. La máxima autoridad monetaria ha agotado todos los cartuchos que le quedaban aplicando las políticas más intervencionistas que su código de conducta le permite.

  • Comprar deuda soberana en los mercados secundarios, lo que tiene por objetivo controlar los movimientos especulativos que afecte a la prima de riesgo de los bonos de las economías más vulnerables.
  • Inyección de liquidez a los bancos europeos, en concreto, se inyectaron 489.000 M € en diciembre de 2011 y 529.500 M € el pasado mes de marzo en forma de bonos a tres años a un tipo de interés muy bajo. Teóricamente esta inyección de liquidez debía repercutir en las pequeñas y medianas empresas y a los particulares, sedientos por la falta de crédito. Los bancos, sin embargo, han dedicado estos fondos a abrir depósitos en el BCE con una elevada rentabilidad, de forma que, paradójicamente, el dinero ha devuelto al emisor. Otra gran parte de los fondos se ha dedicado a la compra de deuda soberana, también con una rentabilidad muy superior, infiriendo así en una práctica conocida como carry trade: pedir prestado un tipo de interés muy bajo e invertir ese dinero en bonos a un tipo de interés mucho más elevado. Concretamente, con los préstamos a tres años del BCE, obtenidos al 1%, los bancos han comprado deuda soberana en el 5-6% (caso de España e Italia), obteniendo así como beneficio la diferencia entre la rentabilidad recibida y la rentabilidad adquirida.

Con la aplicación de estas medidas, pues, se puede decir que el BCE ha ganado tiempo posibilitando, indirectamente, que los estados con las primas de riesgo más elevadas colocaran parte de su deuda y, de paso, ha permitido a los bancos europeos solucionar sus necesidades de liquidez, haciendo arbitraje mediante dinero público. Sin embargo, en términos reales no se ha acabado ganando nada: los particulares y las pequeñas y medianas empresas, especialmente de los países de la periferia, siguen sin poder beneficiarse del crédito, y por tanto se puede concluir que esta política del BCE no ha solucionado, ni siquiera mitigado, el problema de la recesión y el desempleo que afecta a estos estados.

Estas actuaciones han suscitado críticas, precisamente por su corto alcance. Actualmente, el mismo Bundesbank – estandarte de la política monetaria antinflacionista desde su creación, en 1957, reconoce lo que muchos expertos ya hace tiempo que evidencian: en un momento económico más próximo a la deflación, con tasas de paro muy elevadas y niveles de consumo al mínimo, el incremento generalizado de los precios, más que un problema, podría llegar a ser una bendición. En la segunda parte del artículo se argumentará cómo.

Artículo reproducido con el permiso de Ekonomicus. El artículo original se encuentra aquí.

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