11/03/2026 MÉXICO

Victoria del oficialismo frente al peronismo: las claves del resultado electoral en Argentina

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Después de haber perdido contundentemente, hace un mes, en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, y envuelto en escándalos de corrupción y narcotráfico, el gobierno libertario de Javier Milei sacó una amplia diferencia a favor en las legislativas nacionales. Las claves para entender una instancia que le suele ser esquiva al peronismo.

Se podría hablar de “batacazo” si se tienen en cuenta los factores que estaban a los ojos del mundo: Ganó cómodamente las elecciones intermedias a nivel nacional un gobierno que, desde su asunción, se enfrentó decididamente a sectores que agrupan grandes mayorías como jubilados, el sector sindical, científico, universitario e incluso político; que en los últimos meses se vio envuelto en escándalos de corrupción y narcotráfico por su principal candidato; y que, como podía esperarse, cayó hace un mes en las legislativas de Buenos Aires, la provincia más grande y poblada del país.

Pero lo que pone un freno de lleno a cualquier análisis coyuntural que proponga esta victoria como un batacazo es, lisa y llanamente, que se trata de Argentina. Y para entender, al menos un poco, los vaivenes políticos del país de Lio Messi, hay que tener en cuenta, a grosso modo, dos factores: su situación económica, por un lado, y su estructura política más determinante: El peronismo.

Tanto a su favor como en su contra, el peronismo determina el rumbo de la política argentina. Es decir, es a lo que un sector del país siempre le dará su voto y, por el contrario, lo que otro sector del país buscará siempre frenar, urna mediante.

En violeta, las provincias donde triunfó el oficialismo; en celeste, donde lo hizo el peronismo

En la República Argentina, los medios de comunicación hace años hablan de “grieta” para referirse a la división no sólo política, sino también social, cultural y hasta moral, que atraviesa a los argentinos que se enfrentan de un lado y otro del peronismo. Familias, amigos y relaciones de todo tipo se ven marcadas y divididas por discusiones que tienen que ver con las ideas de un lado y del otro de esta grieta.

Es por eso que una elección en Argentina no puede entenderse sólo por cuál candidato presenta mejores propuestas, o qué tan bien está haciendo las cosas un gobernante como para merecer el voto popular. Se trata de un enfrentamiento acérrimo de creencias, de modos de entender un país y el comportamiento de sus habitantes.

Y esta suerte de dogmatismo se puede ver en ambos lados. Por un lado, la líder principal del peronismo, Cristina Fernández de Kirchner, recibe a diario desde el balcón de su casa en el barrio porteño de Retiro, cientos y miles de seguidores que corean su nombre y llevan banderas con su cara, a pesar de encontrarse cumpliendo un arresto domiciliario, luego de que la Justicia la haya considerado líder de una organización ilícita ligada a la corrupción mediante la obra pública durante sus gobiernos y el de su difunto marido, Néstor Kirchner, quien también se volvió como una especie “santo popular”.


Por otro lado, tenemos al gobierno de turno, que este domingo ganó cómodamente las elecciones legislativas nacionales, triunfando en 18 de 24 provincias, a pesar de tener que haber bajado a su candidato José Luis Espert (y reemplazado por otro a último momento), luego de que se conocieran supuestos vínculos de este con Fred Machado, un empresario investigado por lavado de dinero narco (dinero que habría aportado a su campaña) y de que, meses atrás, hayan salido a la luz audios de un funcionario declarando que Karina Milei (hermana y mano derecha del presidente, Javier), se llevaría el tres por ciento del dinero que el gobierno usa para la compra de medicamentos.

Entonces, pareciera ser que la política en Argentina se dirime más por cuestiones de fe que por hechos concretos. El gobierno acusado de ser financiado por dinero narco y de quedarse con sobornos provenientes de la compra de medicamentos le ganó al partido cuya principal referente se encuentra cumpliendo condena por corrupción. Pero este último partido, sacó aun así un 34% de los votos, y lo venció hace un mes de manera contundente en la Provincia de Buenos Aires, que abarca casi al 40% de la población total del país.

Por eso es difícil que el análisis político-electoral argentino sea realizado por un analista que no sea argentino, o que, por lo menos, no haya vivido en carne propia la particular forma de entender la política en este suelo.

En las intermedias, la victoria también es intermedia

A pesar de este sorpresivo triunfo, bien sabe el gobierno que la historia indica que no se puede cantar victoria. Desde la vuelta a la democracia en 1983, pocas veces una buena o mala elección legislativa determinó (o coincidió) con los resultados presidenciales, a los dos años siguientes.

En las elecciones intermedias del 2009, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner sufrió un revés del que parecía difícil recuperarse, al perder frente a la principal fuerza opositora y no parecer encontrarle solución a la crisis global del 2008. Sin embargo, dos años después, en 2011, la presidenta logró la reelección obteniendo un abrumador 54% de los votos.


En 2017, el gobierno de Mauricio Macri se encontraba en un buen momento. Contaba con el apoyo de gran parte de la sociedad que lo había elegido dos años antes para ponerle fin a 12 años ininterrumpidos de gobierno peronista (bajo la figura de “kirchnerismo”). Tal es así que, en las legislativas de aquel año, logró imponerse ni más ni menos que por sobre la candidatura a senadora de la recientemente expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo, el gobierno antiperonista nunca logró encontrar rumbo económico y, en 2019 perdió las ejecutivas contra el candidato peronista Alberto Fernandez, cuya candidatura acompaño, en el cargo de vicepresidenta, ni más ni menos que Cristina Kirchner.

Ese gobierno de Alberto Fernández, que contó con una amplia imagen positiva en el primer año dado a su gestión sanitaria ante la pandemia, fue duramente castigado cuatro años después, al desatarse una inflación descontrolada que el Ministro de Economía y candidato a presidente oficialista Sergio Massa no supo enderezar, lo que trajo al poder al actual gobierno libertario.

Por otro lado, no hay que dejar de tener en cuenta la baja participación. Pese a ser de carácter obligatorio, alrededor del 67% del padrón se presentó a votar, lo que arroja el porcentaje más bajo de participación desde la ya mencionada vuelta a la democracia. Ese amplio sector desencantado o desinteresado de la política (unas 12 millones de personas), puede ser quien le de una no muy grata sorpresa al oficialismo en 2027.

Por lo tanto, bien sabe el gobierno de Javier Milei que estos dos años que restan comienza un nuevo mandato. Con más bancas en el Congreso, sí, pero donde todo el apoyo de la gente puede esfumarse ferozmente si no logra brindarle soluciones económicas al grueso de la clase media. Y ahí es donde aguarda con los brazos abiertos el peronismo, a quien los años le han demostrado que un tropezón jamás es caída si el pueblo que antaño le dio la espalda, no encuentra en su otro candidato los resultados que buscaba.

Emergentes + Vitenberg, H. Disponible en https://www.cadtm.org/Pensar-los-nuevos-derroteros-de-las-izquierdas-y-las-derechas-latino-americanas
(CC BY-NC 4.0).

¿Por qué existen resultados tan dispares en cada elección?

Se podría decir que, a grandes rasgos, un 30% del país se considera “peronista”, y otro 30% “antiperonista”. Cada candidato, de un lado u otro, sabe que cuenta con esa base casi inamovible de cara a cualquier elección. Respecto a estos sectores, poco importan las propuestas o el balance de gestión. El votó estará. El otro 40% restante es, siempre, el lugar a conquistar.


Es siempre ese 40% que elige no entregarse a los dogmas predominantes del país quien, en definitiva, define la elección, y al que tanto el peronismo como el antiperonismo (hoy representado por el liberalismo), buscan seducir en cada campaña. En este caso, sí importan las propuestas o los aciertos de gestión, ya que se trata de un sector que no dudará en castigar al gobernante de turno que haga las cosas mal.

Es acá donde entra en juego, entonces, el único motivo que parece determinar realmente el resultado de una elección argentina: La economía.

Desde que existe el peronismo (finales de 1945), el sufragio argentino se resume entre quienes votan cualquier vertiente propuesta por este, y los que hacen lo contrario. Hasta finales del siglo pasado, el radicalismo logró ser la principal opción del antiperonismo. Pero malas gestiones le hicieron perder fuerza, por lo que ahora, nuevas alianzas como lo fue el Juntos por el Cambio en 2015 y el actual gobierno de La Libertad Avanza, intentan llevarse el voto de quienes no se consideran peronistas.

Pero el partido de Juan Domingo Perón también se encuentra fragmentado. Su mayor representante hoy es el kirchnerismo (hoy Fuerza Patria), relegando al peronismo originario (Partido Justicialista) a un lugar menor. Por lo que, desde comienzos de este siglo, podría decirse que las elecciones argentinas se definen en alianzas y acuerdos estratégicos entre partidos políticos.

Después de todo lo mencionado, está claro que poco parece importar en el grueso del electorado argentino la corrupción, causas penales o trasfondos espurios que pueda llegar a tener un partido u otro. En ambos lados de la “grieta” encontraremos militantes que ponen las manos en el fuego por su representante. Por fuera de esa grieta, vamos a encontrar a gente que, quizás resignada, quizás acostumbrada a este tipo de escándalos, prefiere tomar como parámetro su situación económica: Es decir, no importa qué tan corrupto o manchado pueda estar un gobernante, si asegura tranquilidad económica al trabajador de clase media.

Si buscamos los motivos que llevan, por ejemplo, a tantas personas a congregarse frente al balcón de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, pese a encontrarse condenada por corrupción durante sus mandatos, encontraremos gente agradeciendo por el buen pasar económico que en sus gestiones vivieron.

Si, por el contrario, buscamos los motivos que llevaron a sacar este resultado tan favorable al gobierno, pese a la polémica imagen que le dio el presidente Javier Milei al mundo cantando cual rockstar en el Movistar Arena en medio de los escándalos de corrupción y narcotráfico que envuelven a su gestión, podemos encontrar la respuesta en el estancamiento inflacionario: El aumento de precios en Argentina, quizás el mayor karma de todos los gobiernos, logró ser desacelerado por el actual gobierno.

La tan castigada clase trabajadora argentina, que arrastra bucles inflacionarios desde hace más de 80 años, que no le permiten planificar su propia economía doméstica, elige (por lo menos, el 40% “despolitizado”) consultándole a su bolsillo. Parece ser que el votante argentino estará siempre dispuesto a perdonarle todo tipo de escándalos al candidato que alivie su pasar económico. Y así queda siempre demostrado.

Se podría resumir que los mandatos políticos en Argentina, entonces, son definidos por la gestión económica del gobierno, al margen de la corrupción, los vínculos que pueda llegar a tener el gobierno, y la imagen que pueda llegar a dar este a los ojos del mundo. Un sector siempre votará peronismo, cualquiera sea el candidato; otro, siempre votará antiperonismo, cualquiera sea el candidato o partido. Por último, otro sector, definirá la elección en base a su actualidad económica. Los demás asuntos, parafraseando al excéntrico presidente Milei, parecieran ser “cuestiones de casta”.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Francisco Gil

Licenciado en Comunicación Social, especializado en redacción de temáticas que van desde el deporte hasta la geopolítica


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