17/12/2017 BARCELONA

Stalin aún proyecta una larga sombra sobre Rusia
Estatua de Stalin en el Parque de las Artes de Moscú [Foto: Chris Hill vía Flickr].

Stalin fue responsable de aproximadamente 20 millones de asesinatos y de la represión de los gulags. No obstante, el 46% de los rusos tiene una visión positiva del dictador. ¿Cómo es posible que uno de los mayores tiranos del siglo XX goce de esta popularidad "in crescendo"?

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, conocido como Stalin, gobernó la URSS desde 1922 hasta su muerte en 1953. Durante este período, Stalin fue responsable de aproximadamente 20 millones de asesinatos y, además, millones de personas fueron encerradas en los gulags, expulsadas de sus tierras e incluidas en listas negras. El principal pico de asesinatos tuvo lugar entre la primavera de 1937 y otoño de 1938 —etapa conocida con el nombre de “el Gran Terror”—, cuando los verdugos de Stalin, agentes del NKVD, ejecutaron a más 750.000 personas y encarcelaron a más de 1.500.000 en los campos de trabajo. Estas cifras macabras contrastan con las cifras obtenidas con la última encuesta del Levada Center sobre la figura de Stalin en Rusia. Según susodicho sondeo, el 46% de los encuestados tienen una visión positiva del dictador, llegando al punto más álgido de aprobación de los últimos 16 años. ¿Cómo es posible que uno de los mayores tiranos del siglo XX goce de esta popularidad in crescendo?  

Este resurgimiento es causado por varias razones. En primer lugar, los crímenes de Stalin nunca han sido debidamente juzgados o expuestos a la luz pública. En los últimos 60 años ha habido dos intentos de des-estalinización, pero ambos se vieron truncados.

Imagen de un niño trabajando en un Gulag, los emblemáticos campos de trabajos forzados de la URSS [Foto vía Museum of Genocide Victims, Vilnius].

El primero fue impulsado por Nikita Kruschev, su sucesor, en 1956. Kruschev expuso el culto a la personalidad de Stalin y reveló muchos de los crímenes que había perpetrado. Durante esa época, se liberó y rehabilitó a muchos prisioneros de los gulags que fueron acusados de traición falsamente. Además, se retiraron muchas estatuas del líder soviético del espacio público y se renombraron desde calles hasta ciudades, como por ejemplo Stalingrado, que pasó a nombrarse Volgogrado.

A pesar de que su cuerpo embalsamado fue retirado del Mausoleo de Lenin, fue reubicado en una tumba bajo la Plaza Roja, en la denominada Necrópolis del Kremlin, donde aún se encuentra presente. Este proceso de des-estalinización provocó controversia en la sociedad soviética de la época, porque mientras que algunos lo consideraron insuficiente, los otros se indignaron al ver denigrado a su adorado líder. Según Maria Lipman del Institute for European, Russian and Euroasian Studies de la George Washington University, el proceso de des-estalinización de Kruschev fue visto con alarma por una parte del liderazgo del partido porque la condena al “líder supremo” fomentó el debate público y, por lo tanto, socavó la legitimidad de un régimen construido sobre el concepto de la “infalibilidad” absoluta del Estado comunista. Cuando Kruschev fue depuesto mediante un golpe de Estado en 1964, el nuevo liderazgo del PCUS terminó rápidamente la campaña anti-stalinista.

El segundo intento de des-estalinización fue capitaneado por Mikhail Gorbachev veinte años más tarde. Durante la glásnost, se expusieron detalles de la represión estalinista hasta entonces desconocidos por el público, se rehabilitaron disidentes como Andrei Sájarov y se abrió una discusión y evaluación pública sobre la historia soviética. En esa época surgieron varios grupos de defensa de los Derechos Humanos, como Memorial, cuyo principal objetivo es desenmascarar el pasado oscuro de la URSS.   

Gulag Perm-36, a 100 km al nordeste de la ciudad rusa de Perm [Foto: Gerald Praschl vía Wikimedia Commons].

Después de la caída del régimen comunista, Boris Yeltsin siguió promoviendo la denuncia de los crímenes de Stalin. Pero la tendencia cambió cuando Vladímir Putin llegó al poder. Como indica Jan Raczynski, historiador ruso y miembro de la Junta de Memorial, Putin formuló en 2001 la idea de que la historia debe ser un “orgullo nacional”. Por lo tanto, según Raczynski, los momentos históricos carentes de orgullo se callan o se justifican enmascarándolos hábilmente.

Desde su llegada al poder, Vladímir Putin siempre ha mantenido una postura ambivalente en referencia al dictador soviético. Aunque el actual presidente ruso ha llegado a calificar a Stalin de “tirano”, también ha elogiado sus “logros”, como haber convertido a la URSS en una superpotencia y haber ganado la Segunda Guerra Mundial. Putin se ha servido y ha alimentado el mito de un “líder sabio” y un “gran Estado” para legitimar su régimen. Otra fuente de legitimación es la mitificación de la victoria de la Gran Guerra Patriótica (nombre que los rusos dan a la IIGM). Las representaciones positivas de esta guerra generan soporte normativo a favor del actual régimen, ya que es el sucesor legal de la URSS, asegura Thomas Sherlock, profesor de Ciencias Políticas en West Point. Además, Sherlock destaca la dificultad que tienen la mayoría de los rusos de separar la figura de Stalin de la lucha existencial de la guerra.

Otro elemento a tener en cuenta, señalado por B. Forest, J .Johnson y K. Till, es que la mayoría de las élites políticas rusas actuales habían ocupado altos cargos en el aparato soviético y, a menudo, esto se ha traducido en un deseo de minimizar o simplemente “pasar” del pasado. De manera similar, gran parte de la población no ve el pasado como un elemento de vergüenza, o cree que no se deberían invertir energía y recursos en manifestaciones públicas de arrepentimiento.

Prisioneros construyendo el Belomorkanal, el canal que une el Mar Báltico con el Mar Blanco, en 1931 [Foto vía Wikimedia Commons].

Asimismo, Sherlock asegura que el Kremlin sigue desconfiado sobre llevar a cabo un examen más amplio del estalinismo, porque podría proporcionar una poderosa justificación para iniciar un proceso de democratización del país. No es una preocupación baladí, si tenemos en cuenta que los dos procesos de des-estalinización se truncaron por este mismo motivo. En esta dirección se pronuncian Sarah E. Mendel y Theodor P. Gerber, asegurando que la memoria histórica nacional puede provocar consecuencias políticas concretas. Según los dos expertos, mientras los jóvenes rusos se mantengan ignorantes o tengan una imagen positiva de Stalin, es poco probable que éstos se movilicen a favor de un grado mayor de justicia, de derechos humanos o de transparencia, factores críticos para la transformación de Rusia en una sociedad democrática moderna.

Otra razón del resurgimiento de la figura de Stalin, apunta Jan Raczynski, es que la información sobre la represión en los libros de texto escolares y en la literatura para el público adulto es escasa y está retocada. Además, el miembro de la Junta de Memorial explica que cuando se habla de la magnitud de la represión se hace de una forma que parece una “catástrofe natural”, sin determinar las causas y las responsabilidades.

Ante la inacción, surgen iniciativas individuales y colectivas

La postura ambivalente del gobierno ruso se ve reflejada en sus acciones. Por ejemplo, en 2015, a la par que obligaba a cerrar Perm-36, el único museo de Rusia situado en un gulag, el gobierno encargó la construcción de “el Muro del Dolor”, un monumento para conmemorar las víctimas de la represión política. Ante contradicciones de este estilo, o simplemente ante la inacción gubernamental, han surgido iniciativas individuales o colectivas que reclaman justicia para las víctimas.

Un ejemplo de iniciativa individual sería el caso de Karagodin. El pasado mes de noviembre, Denis Karagodin, un siberiano de 34 años, sacudió la opinión pública rusa al conseguir un hecho inaudito: obtener los documentos que prueban la ejecución de su bisabuelo, Stepan Karagodin. El granjero cosaco de Tomsk fue fusilado el 21 de enero de 1938 tras ser acusado de ser un espía japonés.

Placa dedicada al trabajador del Museo Hermitage, Valentin Fridrikhovich Miller, del proyecto “La última dirección” [Foto vía Museo Hermitage].

Esta es la primera vez que los nombres de los verdugos de los crímenes de Stalin han sido asociados directamente con las muertes de sus víctimas. Después de conseguir los papeles, tras una incesante búsqueda de cinco años e innumerables peticiones a los servicios secretos rusos, Denis Karagodin pretende denunciar al Estado.

Este caso ha hecho despertar a una parte de la sociedad rusa. Según Karagodin, en declaraciones vía mail a United Explanations, docenas de personas se han puesto en contacto con él pidiéndole consejos sobre cómo seguir sus pasos y, así, poder esclarecer la verdad de la muerte de sus seres queridos.

Por otro lado, varias asociaciones de la sociedad civil han impulsado iniciativas para conmemorar a las víctimas. Dos de las iniciativas más populares son impulsadas por la ONG Memorial: “Devolviendo los nombres” y “La última dirección”. Desde 2007, cada 29 de octubre, docenas de personas recitan los nombres, edad y profesión de casi 30.000 víctimas que fueron asesinadas durante “el Gran Terror” en Moscú. La otra iniciativa, “La última dirección”, consiste en colocar placas con información básica de las víctimas en las fachadas del último edificio donde vivieron.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Rut Turch

Móra la Nova, Catalunya. Coeditora de la sección de Derechos Humanos. Licenciada en Periodismo por la UAB y Posgrado en Periodismo Digital por la UOC. Me apasionan las RRII, la literatura, el cine y aprender idiomas. Twitter: @Rut_Turch


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