17/12/2018 BARCELONA

Los héroes anónimos de las protestas en Turquía

En México se habla poco sobre las manifestaciones en Estambul. Las personas a mi alrededor comentaban la manera en la que los jóvenes turcos estaban protestando para defender un parque, para evitar que se construyera un centro comercial en su lugar. También se hablaba sobre las medidas violentas, como el uso de gas lacrimógeno, utilizadas entre los policías y los manifestantes. Pero hasta ahí llegaban las conversaciones de sobremesa.

Sin embargo, tuve la oportunidad de vivir una versión de esta historia que no aparece en las noticias, ni en los grandes medios de comunicación. Viví en carne propia una noche que no puedo borrar de mi mente, en dónde el miedo, la admiración y la adrenalina estuvieron acompañándome durante varias horas.

Durante mi estancia en Estambul el mes pasado, al finalizar un proyecto de comunicación y cambio climático en el que participaba, una amiga turca me invitó a hospedarme con ella por unos días. Su nombre es Neslihan, una chica de 28 años de edad, que después de estudiar una licenciatura en Farmacia, logró ahorrar y montar su propio negocio. A Nesly, como le llamamos los amigos, le gusta leer, meditar, tomar buen café turco, y también voluntariar para varias organizaciones no gubernamentales locales.

Una noche como ninguna otra

Protestas en el Parque Gezi / por Andrea Arzaba

Durante la primera jornada que pasé con Nesly, me confesó que tenía una actividad reciente de la cual su familia no estaba al corriente (ya que esto les causaría mucha preocupación), que estaba realizando desde que comenzaron las protestas. Ella, junto a un grupo de amigos, iban cada noche a ayudar a los civiles inocentes afectados por el gas lacrimógeno que se lanzaba a los manifestantes en el centro de la ciudad.

Me invitó a acompañarla a su actividad nocturna ese día. Sábado por la noche. Decidí aceptar su invitación “¿qué tan grave podría ser?” Alrededor de las ocho de la noche nos trasladamos a la plaza Taksim (lugar en dónde se estaban sucediendo las protestas). En el camino nos alcanzaron sus amigos. Uno de ellos me dio una mascara anti-gas, “vas a necesitarla”, me dijo. Tomé la máscara de sus manos y la guardé en mi mochila mientras seguiamos caminando. Creí que sus amigos eran unos exagerados, “seguramente me la dio sólo para que no cargarla”, pensé.

Pasaron pocos minutos, caminamos alrededor de 3 o 4 calles cuando de pronto comencé a escuchar un alboroto. Mi turco se puede resumir en “merhaba”(hola) y “teşekkürler” (gracias), por lo que no entendí lo que la gente gritaba. Mi amiga me dio la mano rápidamente y sólo me dijo “corre y no me sueltes”. Nunca olvidaré lo que vi, decenas de jóvenes corriendo en dirección contraria a la que iban caminando hasta el momento, gritando y  cubiertos con pañuelos o con máscaras anti-gas.

“Ya están lanzando el gas”, gritó mi amiga. Pocos segundos después, estábamos entrando en un edificio, en una calle que colindaba con la plaza. No se veía nada pues habían apagado todas las luces para que el local pasara desapercibido. Sólo se escuchaban murmuros. Había una gran ventana por dónde podía verse a la gente huyendo de las gruesas líneas blanquecinas que dejaban los disparos del gas lacrimógeno. Todo esto sucedía a menos de un metro de mí.

#OccupuGezi / por Andrea Arzaba

Pasaron algunos minutos hasta que encendieron la luz. Nos encontrábamos en una habitación grande que parecía una oficina con escritorios, sin embargo recientemente había sido adaptada para ejercer de pequeña enfermería. Pude ver medicinas, gasas, suero, agua, una camilla y varios manifestantes que guardaban silencio. Mi amiga me explicó que éste era uno de los tantos refugios dónde ayudanban a la gente que se quedaba en las calles, inmóvil, afectada por el gas. Los recogían y los traían a este lugar para darles servicios de primeros auxilios. De hecho, al tiempo que me lo explicaba, vi como varios jóvenes entraban a la oficina cargando con un niño y una señora adulta. Ambos estaban afectados y no podían abrir los ojos. El niño lloraba desconsoladamente, al parecer sólo estaban de compras. Aquella imagen me partió el corazón.

Mi amiga acudió rápidamente al lado de la señora para ayudarle, diciéndole algunas palabras de consolación en turco. Continuaron entrando más personas, jóvenes que se estaban manifestando sin ninguna protección, hombres y mujeres que habían sido afectados por las balas de plástico y que venían sangrando, o simplemente gente que iba a comprar un helado, o que estaba de visita en el centro de la ciudad en el momento y el lugar incorrecto; todos ellos con los ojos llorosos, algunos sangrando o incluso inconscientes. La mayoría venían con algún acompañante que le seguía preocupado. Muchos otros sin embargo, llegaban sólos.

Me quedé durante varias horas en aquel lugar, esperando a que mi amiga terminara su jornada. Yo observaba como la gente entraba lastimada, cegada y con mucho miedo. Por suerte, salían de este centro de urgencias improvisado, mucho más tranquilos. Me sorprendió la manera en la que se formó un grupo solidario de farmacéuticos y estudiantes de medicina, quienes dedicaban sus noches de sueño y sus conocimientos en medicina, para ayudar a aquellos desprotegidos.

“Mucha gente inocente es la que esta siendo afectada y no puedo fingir que no les veo o no les escucho”, me dijo mi amiga en un momento en el que se paró a descansar. Era casi media noche y justo comenzaba su cumpleaños. “No hay mejor manera de pasar un cumpleaños que dedicándolo a tú gente”, me dijo. Yo simplemente le escuché con admiración.

En algún momento intenté sacar mi cámara para documentar lo que se estaba llevando a cabo en aquel refugio y lo que estaban haciendo aquellas personas que ayudaban a los afectados. Sin embargo, en cuanto la saqué de la funda todos me señalaron y enseguida me ordenaron severamente que la guardara. Su identidad debía quedar en el completo anonimato.

“Tenemos miedo a que nos identifiquen.  Hacemos esto por ayudar a las personas, no por ideología poítica”, me dijo uno de los doctores que recibía a todos los afectados en la puerta. Decidí respetar su anonimato y volví a sentarme en la silla en dónde estaba esperando a mi amiga. Continué observando. Durante este tiempo tuve suerte porque algunos de los jóvenes que hablaban inglés se animaron a sentarse a mi lado para contarme las razones por las que habían decidido ayudar a los manifestantes. Fue así como conseguí algunos de sus testimonios.

Testimonios

Samet, un joven de 21 años, estudiante de medicina, me dijo que estaba ayudando a los afectados del gas para demostrar que “los jóvenes protestantes no son terroristas, sino gente común que se interesa por el bienestar de los habitantes de Estambul”.

Un ingeniero de unos 30 años de edad que se encontraba ayudando como voluntario, codo a codo con su hermano, estudiante de medicina, me dijo que para él lo más impresionante había sido el uso de redes sociales durante las protestas. “Pides gasas, o se te acaba el alcohol, o el jabón, y lo pones en Twitter. No pasa más de una hora y ya tienes lo que necesitas. La gente se solidariza, es impresionante la manera en la que se han organizado”.

Otra joven, una azafata de nombre Deniz, acompañante de uno de los afectados por el gas, también se sentó a mi lado durante algunos minutos. Después de hablar por teléfono con la madre de su novio (el afectado por el gas), me dijo que las protestas habían comenzado por el parque, pero que ahora ellos protestaban porque “estaban cansados de vivir con miedo”.

Casi al finalizar la noche, otra acompañante de una mujer que había sido víctima del gas, me confesó que ella no tenía posicionamiento en las protestas, pero que la manera en la que los policías atacaban indiscriminadamente “no podía ser tolerada”. Al parecer ni ella ni su acompañante eran manifestantes, simplemente paseaban por la zona.

#OccupyGezi / por Andrea Arzaba

Creo que nunca volveré a ser la misma persona después de haber vivido aquella experiencia en Taksim. Lo que más me sorprendió fue la solidaridad de este grupo de estudiantes y jóvenes profesionistas turcos. La manera en la que, todos ellos voluntarios, dejaron atrás sus creencias religiosas e incluso sus preferencias políticas, simplemente para ayudar a los desprotegidos. A los ciudadanos que más lo necesitaban en aquel momento. Para mi, ellos son los verdaderos héroes de las protestas en Gezi.

* Actualización: 5 de agosto del 2013. Mi amiga Nesly me ha confesado que ha dejado de realizar sus actividades como voluntaria en Taksim, al igual que sus amigos, ya que en los últimos días se han tomado medidas aún más restrictivas contra los jóvenes manifestantes y son ya decenas los que han sido arrestados.

Artículo publicado originalmente en el blog de Andrea Arzaba

Imagen de portada: Manifestante turco en Alemania / Reuters. Publicada por DW.DE.

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