09/12/2019 BARCELONA

Burj al-Barajneh, el bastión de la OLP en Beirut

Imagen del campo de refugiados palestino en el barrio de Burj al-Barajneh. [Fotografía: Jose M. Mota]
El campo de refugiados palestino en el barrio de Burj al-Barajneh acoge a miles de personas en condiciones de extrema pobreza, inseguridad, violencia y drogadicción. Analizamos la situación que se vive en este campamento donde habitan decenas de miles de palestinos en territorio de Líbano.


Mustafá guarda el revólver entre sus piernas con la llegada del invitado. Se niega a hablar, pero asiente a todo lo que dicen Ali e Ibrahim, sentados a su lado junto a una pequeña mesa en frente de la sede de la organización humanitaria Aman Center, en el barrio palestino de Burj al-Barajneh, de apenas un kilómetro de distancia y situado en los suburbios de Beirut (Líbano). “¿Soluciones?, la única solución que tenemos los palestinos que vivimos aquí es salir cuanto antes. No nos permiten trabajar y el racismo de la sociedad libanesa hacia nosotros lo sentimos día tras día”, asegura Ali con tono pesimista. En el barrio, donde no entran las autoridades, conviven miles de palestinos en situación de pobreza, vulnerabilidad y violencia y está controlado por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

En Burj al-Barajneh la Cruz Roja fundó un campo de refugiados palestinos en 1948. Ese año miles de personas huyeron de tierra santa tras la primera guerra árabe-israelí que propició la creación del estado de Israelíes. Tras la Nakba o catástrofe –como fue apodado el acontecimiento– muchos acabaron en este pequeño laberinto de callejuelas y chabolas con un tendido eléctrico que no invita a pasear un día de lluvia y por el que han muerto en los últimos cinco años unas 50 personas, según funcionarios del lugar.

Imagen del campo [Image: Jose M.Mota]

El pasado mes de julio, miles de refugiados palestinos realizaron manifestaciones en 12 campos extendidos por el Líbano por su oposición a la nueva regla del ministerio de Trabajo libanés, que les exige tener permisos de trabajo especiales. La ley libanesa reclama a todos los extranjeros obtener ciertos documentos para poder trabajar. Los residentes en el barrio con nacionalidad palestina no tienen derecho al empleo de forma legal en el país ni a la ciudadanía, a pesar de que muchos han nacido en El Líbano. Tampoco pueden ser propietarios de domicilios fuera del campamento ni hacer construcciones dentro del refugio. Están condenados a vivir en la miseria desde hace más de 70 años.

El Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas, responsable del bienestar de los refugiados palestinos (UNWRA, por sus siglas en inglés) y que opera en el lugar, asegura que el número de refugiados registrados en el campamento es de cerca de 18.000. Por su parte, los vecinos de la zona estiman casi 30.000. Todos conviven en un área de 1 kilómetro. La afluencia de gente ha ido incrementando la superpoblación del área debido a la llegada de muchos refugiados sirios que huyeron de su país, azotado por el terrorismo desde hace ocho años. “Ellos algún día volverán. Nosotros, ¿recuperaremos nuestra tierra algún día?”, lamenta Ali.

La UNWRA estima que el número de refugiados registrados en el campamento es de cerca de 18.000

Uno de los principales problemas aparte de la pobreza, según los lugareños, es la inseguridad. Ni la policía ni el ejército libanés entran en el área, que está bajo protección de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), presidida por Mahmoud Abbas y con sede en Ramallah (Cisjordania). La tarea de las autoridades libanesas es la de coordinación con la organización palestina.

Es difícil dar un paso por el barrio sin toparse con carteles del líder político y emblema de la lucha del pueblo palestino Yasser Arafat, premio Nobel de la Paz en 1994 y líder de la OLP hasta 2004, año en el que murió. Cientos de banderas verdes, blancas, rojas y negras, guiños a Gaza y fotos de mártires con la mezquita Al Aqsa de fondo, decoran las fachadas y convierten la zona en un pequeño bastión de Palestina en Beirut.

Imagen del campo [Fotografía: Jose M.Mota]

El general Abu Mohammad Ashukur coordina una de las múltiples oficinas de la OLP en Burj al-Barajneh. Al entrar en su despacho, dos grandes cuadros dan la bienvenida a todo visitante: uno de Mahmoud Abbas y otro de Yasser Arafat. Una maqueta formada por un reloj del que emana una AK-47 descansa detrás del asiento del general a la espera de ser colgada. Abu Mohammad hace aspavientos y mueve las manos en todas las direcciones posibles al hablar, pero es claro y contundente.

“Nosotros nos encargamos de la seguridad del lugar en coordinación con las autoridades. Pero aquí rige la ley del Líbano. Si hay algún criminal, se detiene y se entrega. Obviamente hay muchas dificultades, pero no solo aquí, sino en todos los campos de refugiados”, explica Abu Muhammed.

– ¿Hay problemas con la drogadicción en el campamento?

– En absoluto. Aquí hay muchos problemas, pero no de drogas.

Nimr es gerente de Insan, el único centro de desintoxicación situado en Burj al-Barajneh. Luce una camiseta negra con la silueta de Palestina dibujada. Prepara un café turco y ofrece a los invitados antes de sentarse. Los cortes de luz forman parte de la rutina en Beirut. Pero en el campamento se multiplican exageradamente. Antes de que Nimr comience a hablar, ya ha habido al menos cuatro. “El general Abu Mohammad al Shugur no es consciente de la realidad del campo. Él no vive aquí, vive fuera. Viene a hacer sus trabajos en su despacho y se va”, apunta mientras apura un cigarro.

Imagen del campo [Imagen: Jose M.Mota]

El centro Insan abrió sus puertas en 2013 y desde entonces no ha parado de recibir pacientes. La media de edad de las personas que acuden, explica Nimr, es de 13 a 52 años y la financiación proviene de donantes anónimos de dentro del campamento o de Beirut. El propósito del centro, que recibe doctores y psicólogos voluntarios de diferentes oenegés, es dar la mejor cobertura a los adictos y reinsertarlos en la sociedad pasados unos meses. Nimr confiesa que el porcentaje de rehabilitación es del 50% y que cuando el paciente está en una situación crítica lo trasladan al hospital. “Necesitamos apoyo en todos los sentidos. Esto es cada vez más insostenible porque no tenemos ninguna ayuda. Si esto sigue así, no sé dónde estaré de aquí a dos años”, lamenta.

Actualmente hay unos 300 pacientes –cifra que no refleja la cantidad de adictos que residen en el área–. La mayoría sufren problemas con la heroína, cuyo precio en el campamento ronda unos 10 euros. Nimr asegura que hay unos 36 distribuidores de estupefacientes en el lugar.

“La gente aquí se droga para olvidar la gran cantidad de problemas que tiene. No es fácil vivir aquí. Tampoco lo es vivir en Beirut siendo palestino. Los distribuidores traen la droga desde fuera del campamento y destrozan, aún más si cabe, nuestra sociedad”, lamenta.

Fatn es una de las administradoras de UNRWA en el barrio. “Siempre seré optimista”, reconoce. “Nuestra ONG hace un gran trabajo con la enseñanza, salud y porvenir de los niños y niñas palestinos. Solo con educación y sin armas, estoy segura de que algún día acabarán los problemas y volveremos a nuestra tierra”.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Jose Manuel Izquierdo Mota

Sevilla, España. Licenciado en Periodismo y Comunicación en el Centro Universitario San Isidoro. Máster Universitario en Geoestrategia Internacional y Terrorismo Yihadista por la Universidad Pegaso de Italia y por Iniseg. Máster de Periodismo UAM El País. Actualmente en El País América. Adoro viajar, el periodismo lejos y descubrir nuevas historias. La cultura árabe, su idioma, su sociedad, sus conflictos y todo lo relacionado con dicho mundo es algo de lo que no me puedo, ni podré despegar.


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