19/10/2021 BARCELONA

Estados Unidos archivos - United Explanations

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La retirada de Estados Unidos de Afganistán ha abierto un sinfín de preguntas con respecto no solo a la influencia norteamericana en regiones tan alejadas de su territorio como Afganistán, sino sobre las capacidades reales del país americano como Estado hegemónico indiscutible en el sistema internacional. Sin embargo, presumir el declive norteamericano en la esfera internacional a partir de la anticipada retirada de Afganistán y calificarlo como una derrota en su política exterior sería un gran error que no deberíamos cometer. Se trata simplemente de una redefinición de intereses.

Luego de asumir su mandato el pasado 20 de enero de 2020, muchos analistas consideraban la victoria de Joe Biden como el retorno a una administración más moderada y menos confrontativa hacia sus principales aliados y hacia su antagonista en la esfera internacional: China. Sin embargo, hay un elemento que todavía persiste en la actual administración norteamericana, que hereda de su predecesor Donald Trump, y es una política exterior destinada a identificar a China como el principal enemigo de los valores norteamericanos.

La nueva doctrina de Biden tiene como eje primordial la distinción entre dos sistemas políticos antagónicos, representados por la democracia norteamericana y la autocracia china; un juego de suma cero que no puede mantener su coexistencia en la política mundial.

Es así que la administración norteamericana buscará solo cooperar en aquellas áreas donde se pueda manifestar un interés en común con China, como el medio ambiente, pero responderá enérgicamente en todos aquellos ámbitos donde presente oposición, en especial el económico, militar y tecnológico.

China, China y más China

Si bien los esfuerzos norteamericanos por controlar y detener a las amenazas del  terrorismo y de la yihad global fueron la piedra angular que definieron su doctrina de seguridad estos últimos 20 años, hoy sus preocupaciones giran en torno a la competencia con grandes potencias, como Rusia y China, en los diferentes dominios del sistema internacional.

De acuerdo al informe anual sobre amenazas mundiales a la seguridad nacional de Estados Unidos (en inglés ATA), confeccionado en abril de 2021, China representa el mayor desafío para la seguridad norteamericana y las normas internacionales de Occidente. Según el documento desclasificado, el interés del Partido Comunista Chino (PCCh) por expandir la influencia china implica socavar la seguridad económica y política norteamericana, fomentando nuevas normas internacionales basadas en el sistema autoritario chino. Si bien el informe no sugiere un enfrentamiento militar entre ambos países, sí considera una intensificación de la presencia china en las llamadas “zonas grises”, espacios geográficos donde conviven diferentes autoridades de poder delimitadas por el margen de la legalidad de un conflicto latente.

Durante estas últimas décadas, y producto de intensas políticas orientadas al desarrollo industrial chino y al crecimiento sostenido, el gigante asiático se permitió realizar los avances militares y tecnológicos necesarios para influir y forzar a regiones vecinas a aceptar las preferencias de Beijing, desde  su reclamo por la soberanía de Taiwán hasta la creciente tensión en la frontera con India y las intimidaciones a sus rivales en el mar meridional de China. Además, de acuerdo al documento, Beijing buscará  expandir su presencia político, económica y militar en el exterior a partir de la renombrada nueva ruta de la seda, desafiando los intereses económicos norteamericanos y la de sus aliados.

Así, consciente de la creciente amenaza del país  asiático, es que Biden ha decidido relocalizar sus esfuerzos en China, mirando, además, con atención a Rusia, y dejando atrás Afganistán.

Abandonar la guerra de Afganistán no implica la derrota estadounidense sino una redefinición estratégica de sus intereses de seguridad nacional. Terminar con lo que se conoce como la guerra ininterrumpida más larga de la historia norteamericana obedece a esta nueva apreciación de sus amenazas, lo cual requiere de una reorientación masiva de sus recursos, tiempo y esfuerzos hacia un enemigo cuya sombra se acrecienta a pasos inconmensurables.

Sin cooperación no habrá hegemonía

La retirada de Afganistán ha mostrado un factor de suma relevancia para pensar la política de seguridad nacional norteamericana y su relación con el resto del mundo en las siguientes décadas. Si bien Estados Unidos persiste como el único poder en el sistema internacional con la capacidad militar y la influencia política para determinar el curso de acción de las diferentes regiones del mundo, esa atribución resolutiva es cada vez menos absoluta y unidireccional. Biden, a diferencia de Trump, es consciente del gran costo económico, militar y político que implica sostener los intereses estadounidenses por fuera de sus fronteras nacionales sin la ayuda de sus aliados.

Nótese que, en el momento que se escriben estas líneas, Estados Unidos en conjunto con Reino Unido y Australia realizaron un histórico tratado de seguridad (Aukus) el cual supone un esfuerzo cooperativo para contrarrestar la influencia china en el Asia-Pacífico. El tratado, cuyo objetivo es la creación de submarinos a base de propulsión nuclear (más rápidos y más difícil de detectar) con el uso de tecnología estadounidense, ha sido motivo de diversas interpretaciones siendo incluso condenado por la embajada de China en Washington, acusando a los países de una “mentalidad de guerra fría y prejuicios ideológicos”.

Lo que se considera la mayor alianza militar-estratégica entre los países después de la segunda guerra mundial nos permite vislumbrar lo mencionado con anterioridad. Estados Unidos está decidido a contener la expansión China, pero para ello necesita de la ayuda internacional. Sin embargo, la necesidad de cooperación no implica priorizar acuerdos con sus históricos aliados (véase la situación y marginalización del bloque europeo  en el Aukus). Es por esto que debe mencionarse que

las próximas alianzas de Norteamérica no serán exclusivamente producto de su histórica relación con sus pares, sino  de la utilidad geográfica y política que representen estos para los intereses norteamericanos.

Si bien el caso afgano puede significar cierto costo político para la administración de Biden en la esfera doméstica y una derrota simbólica al excepcionalísimo norteamericano frente a sus aliados, [la retirada de Afganistán es solo el comienzo de una política orientada a  la  redefinición  de los intereses estratégicos-militares norteamericanos a mediano y largo plazo], donde se buscará  relocalizar sus esfuerzos y capacidades militares hacia enemigos cuya presencia representen una verdadera amenaza a sus intereses nacionales. Ese lugar lo ocupa hoy China.

 


Alonso Navarro03/10/2021
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El Estado al que llamamos Emirato Islámico de Afganistán ha sufrido un revés a los pequeños avances que venía alcanzando en los últimos 20 años respecto a su propia consolidación como un estado democrático. Ahora se ve sometido al gobierno talibán el cual es considerado un sinónimo de violaciones de Derechos Humanos y terrorismo internacional. 

 

Los combatientes talibanes toman el control del palacio presidencial afgano en Kabul. Tomado del portal de noticias France 24.

El enemigo de mi enemigo es mi…¿amigo?                

Desde los años 50s, Estados Unidos ha tenido importante interés en Afganistán debido a la creciente industria dedicada a la construcción de infraestructuras, además de desempeñarse como Estado tapón ante el avance de la Unión Soviética y el socialismo. Gran sorpresa fue que en 1978 la Revolución Saur, una revolución dirigida por el Partido Democrático Popular de Afganistán, impusiera un gobierno con características socialistas en Afganistán, y que al año siguiente, en 1979, efectivos del ejército soviético se establecieran en territorio afgano.

Es entonces cuando los Estados Unidos bajo la administración Reagan decide intervenir y, también, aquellos a quienes alguna vez llamaron “combatientes de la libertad”, los muyahidines o yihadistas. Los llamados combatientes de la libertad fueron la herramienta que los americanos utilizaron para convertir a Afganistán en el “Vietnam” de la Unión Soviética; y a cambio estos recibían los instrumentos necesarios -armas- para emprender su guerra santa contra los no creyentes, pues recordemos que un Estado socialista alienta el ateísmo. Nada más blasfemo para un Yihadista y, que a su vez, es la base de su discurso de liberación.

 

El camino al infierno está lleno de la satisfacción de mis intereses

“¡Lo hicimos!” eso debieron pensar los americanos cuando, en septiembre de 1988, las tropas soviéticas se retiraron tras una guerra de desgaste que no llegaba a su fin y que en el futuro sería señalada como una de las tantas razones de la caída de la Unión Soviética. El gobierno pro soviético cayó rápidamente al no contar con el apoyo de la URSS y, de ese modo, Afganistán vio su territorio convertido en terreno de una guerra civil entre la veintena de etnias que conforman su población a fin de llenar el vacío de poder.

Hagamos una pausa, Afganistán está compuesto por distintas etnias y cada una de ellas tiene una interpretación propia de la religión islámica. Existen otras diferencias culturales y sociales pero lo verdaderamente importante es la religiosidad. Una de estas etnias es la Pastún, cuna de los jóvenes estudiantes-guerreros instruidos en un islamismo fundamentalista y que luchan por el sueño de construir una utopía yihadista. Estos jóvenes son los talibanes.

 

Mira lo que hemos creado      

Tras años de guerra civil, en 1996, Afganistán vio la mayor avanzada militar hecha por una de las etnias beligerantes. Los talibanes, a través de una serie de operaciones y golpes militares, avanzaron hacia Kabul donde no encontraron resistencia alguna al ya haberse marchado las tropas gubernamentales. Fue así que se instaló por primera vez el Emirato Islámico de Afganistán, siendo incluso reconocido por los Estados Unidos.

Es cuando las violaciones a los derechos humanos iniciaron, en especial hacia las mujeres y niñas quienes sufrieron una invisibilización sistemática dentro de la sociedad afgana, aunque claro, no se intervino el país hasta aquel fatídico año 2001. El atentado a las torres gemelas por parte de Al Qaeda, grupo terrorista el cual operaba desde Afganistán, y la posterior negativa del gobierno talibán para entregar a los culpables fue la razón de la invasión americana y de la OTAN.

 

Parece que Afganistán necesita un poco más que libertad

Ahora bien, tomar el control de las principales ciudades como la capital Kabul y deponer al gobierno talibán en 2001 no fue algo difícil en realidad, estamos hablando de Estados Unidos y sus aliados después de todo. Sin embargo, los principales cuestionamientos se propiciaron con la instalación de una guerra asimétrica, dígase de los ejércitos más grandes y preparados del mundo contra la resistencia talibán en las zonas rurales.

La comunidad internacional y las potencias instaladas en suelo afgano eran conscientes de que no podían estar ahí para siempre, así que las esperanzas reposaban en una idea: el desarrollo. Como explicaría el ahora ex-jefe de Estado Ashraf Ghani en un TED talks, la clave se encontraba en la construcción de un Estado de derecho que garantice el gobierno de la ley, asegure los derechos básicos de sus ciudadanos, controle las finanzas internas, logre acuerdos internacionales y, principalmente, combata la corrupción.

Esta democratización que se intentó instalar en Afganistán se acompañó con misiones de los Estados Unidos y la OTAN, los cuales buscaban acabar con el terrorismo en la región y crear/preparar un ejército afgano capaz de defender su propio territorio.

 

¿Qué salió mal entonces?

Casi todo, el desarrollo humano traducido en su Índice de Desarrollo Humano (IDH) son cruciales para entender el nivel de prosperidad, acceso a servicios básicos, disfrute de derechos y la calidad de vida que hay en un país. Para el año 2001 ocupaba el puesto 174 de 178 países analizados, para el 2019 ocupaba el 170 de 189.

 

Gráfico sacado de: Calvillo, José. Afganistán: dos décadas de conflicto. 

 

 

Es relevante mencionar el índice de percepción de la corrupción, si bien el ahora ex gobierno de Ashraf Ghani ha hecho avances, lo cierto es que la corrupción aún afecta a los ciudadanos en cada aspecto de su vida. Aunado a esto, las tierras controladas por los talibanes son usadas para el cultivo de drogas (narcotráfico), y la situación de los campesinos que emplean es aún más penosa debido a que el 80% de los ingresos son recibidos sólo por los traficantes y procesadores de heroína.

Gráfico sacado de: Calvillo, José. Afganistán: dos décadas de conflicto.

 

“Ustedes tienen los relojes, nosotros el tiempo”

Proverbio afgano

Este proverbio explica la estrategia talibán. En la llamada guerra asimétrica los talibanes han cometido atentados terroristas en las principales ciudades y se han mantenido en pie de lucha en las provincias montañosas de difícil acceso que le significaban un dominio total de tales terrenos. Esta situación continua de conflicto junto a la incapacidad de la comunidad internacional y el propio gobierno afgano de solidificar un Estado, han afectado la seguridad de sus habitantes y han propiciado un Estado fallido. No importó cuántas tropas, de qué países fueran, o que tan bien instruidos estuvieran los soldados afganos; lo único que los talibanes hicieron fue esperar.

 

Tras veinte años en suelo afgano, los Estados Unidos se encontraron en la misma posición que sus antiguos contrincantes soviéticos. Terminaron cansados de sus muertos, de los miles de millones de dólares gastados, abatidos por un enemigo al que no han podido vencer y al que con el paso del tiempo han ido cediendo terreno. Es así que Obama en el 2016 empezó el retiro de tropas (Castro, 2018), luego, Trump y el acuerdo de Doha que se basaba en la promesa de no utilizar Afganistán como base para ataques contra los Estados Unidos; también, los talibanes negociaron con el gobierno afgano un futuro político para su país y, por último, la final ejecución del acuerdo por parte del presidente Biden.

 

A la fecha de la publicación de este artículo, el pueblo afgano, sus mujeres y sus niñas están solas ante el nuevo gobierno islamista, sometidos a la Sharia (llamémoslo un código de comportamiento basado en proverbios religiosos) interpretados de manera radical. Sin el tío Sam que intervenga y con la OTAN que no actuará a menos que EE.UU lo haga; con la indiferencia de otras potencias como China y Rusia que buscan rutas comerciales o influencia regional antes que defender los Derechos Humanos, el futuro que le avecina a los que no logren salir de Afganistán es oscuro y en el mejor de los casos, incierto. Existe un posible escenario bajo el ojo atento de la comunidad internacional: la presente posibilidad de que los talibanes, ahora en el gobierno, prefieran la diplomacia sobre el terrorismo. En tal caso, se abre camino para tomar acciones respecto a la situación humanitaria; sin embargo, esto depende de la palabra talibán la cual ha probado valer muy poco no habiendo mejor ejemplo que la situación actual.

Referencia

 

2.Castro, J. (2018). El eterno conflicto afgano: las mismas piezas en diferente posición sobre el tablero. En I. E. Estratégicos, Panorama Geopolítico de los conflictos 2018 (págs. 147 – 170). Ministerio de Defensa de España.

 

 

 


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