21/11/2017 BARCELONA

La Australia Incógnita: una breve mirada a los derechos de los aborígenes en la historia

¿A quién pertenecen las cosas que no pueden pertenecer a nadie? ¿A quién pertenece la tierra? 40.000 años antes de que Pedro Fernández de Quirós reclamara estas tierras meridionales para la corona española, Australia no pertenecía a nadie. Pero era de muchos.

¿A quién pertenecen las cosas que no pueden pertenecer a nadie? ¿A quién pertenece la tierra? 40.000 años antes de que Pedro Fernández de Quirós reclamara estas tierras meridionales para la corona española, Australia no pertenecía a nadie. Pero era de muchos. Después, los colonos británicos pusieron las primeras vallas y trazaron con escuadra y cartabón las divisiones del continente en líneas rectas que solo podían existir en la imaginación europea. La nación australiana moderna fue, sobre todo, la parte de un imperio que se fundó por encima de otras muchas comunidades.

Primer contacto

Antes del primer desembarco había más de 200 comunidades aborígenes que nunca habían reclamado la tierra como suya, solamente la habitaban. Después de 1788 (año simbólico del primer asentamiento oficial) y durante los 50 años siguientes el Reino Unido envió a más de 160.000 POME (Prisoners of Mother England) para plantar las semillas de un nuevo dominio dentro del imperio inglés en una política colonial de expulsión de criminales y saqueo de materias primas. Desde el inicio este proceso de colonización se construyó sobre una relación violenta y tenebrosa que empujó la cultura aborigen en Australia al borde de la extinción, rompiendo para siempre el equilibrio natural de los habitantes de esta tierra e instalando el miedo en los nativos junto a los asentamientos que empezaban a descender de los barcos ingleses.

Aboriginal Canoes Communicating with the ‘Monarch’ and the ‘Tom Tough’, 28 August 1855, by John Thomas Baines

Este miedo se tradujo de muchas formas, por ejemplo, la tribu de nómadas Whadjuk Noongar llamó a los invasores europeos ‘almas de la muerte’ y tenían buenas razones: tenían la piel blanca como la de sus cadáveres, eran seres extraños que venían por mar desde poniente, las tierras del ‘sol muerto’, la zona de las tierras míticas del mundo donde supuestamente habitaban los muertos, traían consigo enfermedades que diezmaron de manera trágica a la población autóctona y armas de fuego que propiciaron la expropiación masiva de tierras y el exterminio sistemático. Desaparecieron comunidades enteras: sus pueblos, sus lenguas, sus creencias, su cultura, sus vidas.

La generación robada: ‘breeding out the colour’

Australia conquistó, poco a poco, el derecho a ser su propia gestora en el avance imparable hacia la independencia, que tendría su momento de inflexión con su primera Constitución en 1901, convirtiéndose ya en una fuerza política semi-autónoma aunque aún vinculada a Londres. Con la carta Magna vino la ‘White Australia Policy’, una dura ley que discriminaba la entrada de inmigrantes que no tuvieran ascendencia blanca (británica) hasta bien entrada la década de 1970, cuando por fin se ilegalizarían de manera definitiva los criterios de selección de inmigrantes por motivos racistas. Esta primera constitución no permitía el voto a los aborígenes australianos  (y no podrían hacerlo plenamente en todos los estados hasta 1965, cuando el derecho a voto les fue garantizado en Queensland) e invitaba a los australianos blancos a ‘civilizar’ a los nativos convirtiéndoles al cristianismo.

Las políticas de integración por la fuerza aumentaron a lo largo de la primera mitad del siglo XX, entre 1909 y 1969: casi siempre disfrazadas de misiones religiosas o de protección de los niños, el gobierno federal separó por la fuerza a casi 100.000  niños aborígenes y mestizos de sus familias, apartándolos a zonas remotas del Outback (el gran desierto central australiano) lejos de sus familias, para ser usados de mano de obra barata, donde muchas veces sufrían abusos sexuales, violencia y servidumbre. En 1997 el Presidente de la Comisión Australiana de Derechos Humanos Ronald Wilson describió estas prácticas como un claro intento de genocidio: los archivos de la época muestran no solo la creencia que mediante este tipo de prácticas los aborígenes simplemente desaparecerían, sino la intencionalidad de ‘erradicar el color negro’ del país.  No ser blanco y habitar entre los blancos infundía un miedo genético en la Australia caucásica.

La construcción nacional de Australia como nueva nación ‘occidental’ había desterrado a lo otro y objetualizado lo indígena para encerrarlo en el museo etnológico, condenando la cultura aborigen primero al olvido y luego a la anécdota. Pero el imaginario contemporáneo va despertando poco a poco del sueño colonial y empieza a integrar los sistemas culturales autóctonos que antes se rechazaron de manera sistemática y violenta. La tierra que una vez miró hacia Europa con la intención política de construir una Australia blanca, comercializa hoy en día con obras de arte aborigen en una suerte de retorno irónico al circuito oficial: una de las obras más caras jamás vendidas en subasta surgidas de estas tierras australes es, ni más ni menos, que un ‘dot-painting’ que representa la tierra ancestral de la comunidad aborigen del artista. Esta pintura esperó 20 años colgando olvidada en la pared de una cafetería de Melbourne para ser luego elevada a objeto fetiche de culto nacional, y por el que una mano anónima pagó 2 millones de dólares.

Conciencia y restitución: una historia oficial del perdón

En 1988 la ‘One Australia Policy’, impulsada por el partido conservador en la oposición, postulaba el diseño de una nación libre del multiculturalismo enfocada a reducir la inmigración de origen asiático y rechazar los derechos territoriales de los aborígenes. La lucha por los derechos de estas comunidades fue intensa durante la década de 1990, y en parte gracias al creciente apoyo de los ciudadanos australianos entró en la política regulatoria del país: el histórico fallo del Tribunal Supremo Australiano de 1992 a favor de 5 aborígenes que reclamaban los derechos históricos sobre las tierras que habitaron sus ancestros creó un precedente contra la doctrina que entendía el continente como terra nullis (tierra de nadie), antes de la invasión inglesa de la isla. El Tribunal reconocía las leyes y costumbres de sus habitantes y admitía que Australia había nacido y crecido de facto dentro de otras muchas naciones que existían antes de la colonización. Aunque la resolución judicial se hacía efectiva 10 años después de la denuncia inicial, cuando 3 de los 5 demandantes ya habían muerto, gracias a ellos se redactó la ‘Native Title Act’ de 1993 que universalizaba la sentencia: los aborígenes recuperaban finalmente los derechos territoriales que perdieron 200 años antes.

Manifestación en favor de los derechos de los aborígenes [Photo: Rusty Steward Flickr account]

Los intentos de reparación, recuperación y restitución del daño infligido a los aborígenes han seguido un camino tortuoso en el Parlamento Australiano: A principios de 2008 Kevin Rudd, entonces Primer Ministro Australiano, se disculpaba de manera oficial por las separaciones forzosas de los niños arrebatados de sus familias. Esto sucedía casi 100 años después de las primeras segregaciones. Y en febrero de 2013 finalmente se votó en el Parlamento, poniendo por fin de acuerdo a laboristas y liberales,  la moción que reconoce a los aborígenes y a los habitantes de las islas del Estrecho de Torres (entre el norte de Australia y Nueva Guinea) como los primeros habitantes del país, abriendo el camino para llevar a referéndum, en un futuro próximo,  el reconocimiento de estas comunidades nativas dentro de la Constitución.

Pero el viacrucis que los nativos australianos han sufrido a lo largo de la historia ha dejado huella en el presente: con varias generaciones rotas, sin los lazos sociales naturalmente presentes en toda comunidad y con un pasado de violencia reiterada y privación sistemática de los derechos humanos más fundamentales a lo largo de la historia, existe hoy en día un problema de integración grave entre la Australia ‘occidental’ y la Australia asimilada. La esperanza de vida media de un aborigen está en los escalofriantes 53 años, 25 menos que la media australiana. Los jóvenes aborígenes tienen 30 veces más probabilidades de acabar en prisión que ningún otro grupo social, y sufren el índice de suicidios más alto del Estado. Se hace alarmantemente patente la necesidad de una política intensiva de reparación de estas comunidades ante unas injusticias nada lejanas en el tiempo: las aparatosas y anacrónicas disculpas gubernamentales tienen que ir acompañadas de inmediato de una verdadera política ya no solamente de reconocimiento, sino también de recuperación de todo lo perdido.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

Oriol Esteve

Barcelona, España. Soy licenciado en Humanidades y máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento. Estudiante de Doctorado e investigador en el CIAP, Universidad Pompeu Fabra. He trabajado como editor y redactor para distintos medios y Universidades, y formo parte del grupo de Refugio y Asilo de Amnistía Internacional Catalunya. Me interesa la política internacional y la historia y la cultura australiana. Email: [email protected]


6 comments

  • Antonio

    06/04/2013 at

    Buena sintesis. La parte del “primer contacto” me recordo la experiencia espanola en latinoamerica unos siglos antes…

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  • Oriol Sesé Pereira

    14/05/2013 at

    Buen artículo!! La parte final no es tan ‘exacta’! Por experiencia personal en Austr. he podido ver y veo de cerca todo el caso. En realidad ya existen bastantes políticas sociales (pero no suficientes por ahora)para conseguir la llamada reparación y reincorporación de estos colectivos en la sociedad! También olvidas que la visión respecto estos colectivo varia mucho dependiendo de la zona/region en australia.

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    Hola Ruso,Aprovecho este espacio para fttciiearle, aunque sea un poco tarde, un fuerte abrazo !!! 🙂 Tengo la impresif3n de que el festejo estuvo genial, muchos dedas ased! Creer al final del deda, es lo fanico que queda, lo que te permite conciliar el suef1o ( espero que mi insomnio recurrente no sea sedntoma de falta de esperanzas, jeje). Sin embargo, entre creer y crecer hay una diferencia, una C de congruencia.Posiblemente pedir congruencia a la humanidad contradictoria es muy ambicioso, pero afan creo, porque considero que el escepticismo fatalista fanicamnete soslaya la creatividad y razf3n humanas

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