19/03/2019 BARCELONA

París 13N: el futuro lo escribiremos sin bombas

Los atentados de París del pasado 13 de noviembre nos conciernen más de lo que pensamos. Tenemos que ser capaces de conducir nuestra indignación alas verdaderas causas del problema y pedir cuentas a nuestros gobiernos sobre las relaciones, intervenciones, negocios y guerras con otros países. Toda acción tiene sus consecuencias, y en la masacre de París por desgracia lo hemos visto de manera muy clara.

En la noche parisina del viernes 13 de noviembre, los titulares en las aplicaciones de móvil de Reuters, la BBC o El País se sucedieron con rapidez: “18 muertos confirmados en un tiroteo en París”, “Una serie de ataques en París mata al menos a 60 personas”, “Francia declara el estado de emergencia y cierra sus fronteras”.

Se sucedieron, también, miles de intercambios de mensajes, a los que todos respondimos nerviosos y apenados. Miles de publicaciones en Facebook y Twitter comentaban y condenaban lo sucedido. Ya se palpaba la tensión, rabia y tristeza que caracterizarían las jornadas sucesivas por los 130 muertos y 368 heridos en París. Europa había sido víctima de un atentado yihadista de gran magnitud. Y nos sentimos, otra vez, vulnerables.

El sentimiento de vulnerabilidad que nos golpeó no era nuevo para nosotros. Ya lo experimentamos después de los atentados del 11-S en Nueva York o del 11-M en Madrid. Pero, desde entonces, más de 10 años han pasado. Osama Bin-Laden, fundador del grupo terrorista Al Qaeda y cara más reconocida del islamismo radical, fue ejecutado en 2011 por los EEUU. Y, aunque la palabra “yihadismo” no ha dejado de existir entre nuestras noticias diarias de estos años, no fue hasta el año pasado cuando volvió a irrumpir con brutalidad de la mano de un nuevo grupo terrorista, nacido en 2010 y que se hace llamar ISIS (siglas en inglés de Estado Islámico de Irak y Siria).

Desde entonces hemos llorado a los secuestrados y decapitados por este grupo, a los humoristas de Charlie Hebdo tiroteados a sangre fría y hasta a un piloto jordano quemado vivo. Es decir, hemos llorado… Pero nos hemos movilizado muy poco por un asunto que concierne a miles y miles de personas en su día a día.

Los rostros de algunas de las víctimas mortales de los ataques del 13 de noviembre en París.
Los rostros de algunas de las víctimas mortales de los ataques del 13 de noviembre en París.


Porque lo cierto es que también hay otros hechos que nos convendría tener en cuenta, como, por ejemplo:

– Atentado de Túnez en junio: 38 muertos.

– Atentado de Turquía en octubre: 95 muertos.

Además, como dato significativo, no obviemos que, con horas de diferencia a los atentados de París, se produjeron otras masacres yihadistas en Beirut y Bagdad, por no mencionar las atrocidades del grupo Boko Haram en Nigeria, las de los talibanes en Pakistán o la guerra tan compleja que se vive en Siria desde hace cuatro años. Pese a que algún caso, como el de Túnez, sucede no mucho más lejos de España de lo que sucedió en París, la cobertura mediática y el dolor y la tristeza que mostramos y expresamos no parecen ser los mismos.

Decimos que París es una de las capitales de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad en Europa. Que es uno de los puntos fundamentales de la Unión Europea, que nació para que no hubiese más guerras entre nuestos pueblos europeos. ¿Será por eso por lo que París nos duele más? Yo no tengo una respuesta firme.

Pero, en cambio, sí sé que Robert Schumann, considerado uno de los padres de Europa, en su Declaración del 9 de mayo de 1950, instaba a proseguir con el desarrollo del continente africano como una de las tareas esenciales de la Unión Europea. Sé, también, que en Túnez se originó la Primavera Árabe y que, desde entonces, aquel pueblo está luchando por la democracia y los derechos humanos universales. Como ya hicimos nosotros, los occidentales. Pero eso no nos duele de la misma manera.

De hecho, desafortunadamente, las redes sociales no sólo fueron cuna de difusión de miles de mensajes y actos de solidaridad que luego se vieron en las calles, sino también de contundentes muestras de rechazo hacia la población musulmana y del debate sobre qué hacer ante la crisis de refugiados que el pequeño cuerpo de Aylan, tirado sin vida en una playa turca en septiembre de este año, había vuelto a poner en el punto de mira de las conciencias europeas. En estas semanas, en contrapartida a las declaraciones de algunos políticos ultraconservadores como Marine Le Pen, del Frente Nacional en Francia, o Matteo Salvini, de la Liga Norte en Italia, se han escrito muchos artículos sobre las posibles ideas erróneas que podamos tener del islam y del terrorismo, especialmente después de que se encontrara un pasaporte de un supuesto refugiado sirio en una de las escenas de los atentados. Escritos, por desgracia, totalmente necesarios y primordiales para frenar cualquier tipo de conclusión equivocada y dejar de lado el resentimiento y el escepticismo hacia dos colectivos: la población musulmana y los refugiados, que no deben ser víctima por partida doble. En primer lugar, por los que hacen que huyan de Siria y, en segundo lugar, por los que tenemos el deber moral de prestarles ayuda.

Porque, si una cosa debe sacarse en claro de todo este barullo de sucesos y de informaciones confusas, es que no es tiempo de dividirnos entre musulmanes, ateos o cristianos, entre la idea macabra de ciudadanos de primera o de segunda… Cada uno vive su dolor como mejor sabe y puede, es cierto. Pero no es tiempo de que el dolor nos divida, sino de que nos impulse a reflexionar y actuar para salir fortalecidos de estos trances dramáticos.

Una persona deposita flores ante el restaurante The Petit Cambodge, uno de los lugares que sufrió ataques terroristas en París.
Una persona deposita flores ante el restaurante The Petit Cambodge, uno de los lugares que sufrió ataques terroristas en París.

Stéphane Hessel, diplomático y escritor francés, escribió en su obra “¡Indignaos!”: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos. Uno de los componentes esenciales e indispensables que hacen al ser humano es la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella“.

¿Estamos todos indignados? Sí, todos. Tanto el que puso, en señal de duelo, la bandera de Francia en su perfil de Facebook como el que no. Tanto el musulmán que expresó su total repulsa a los atentados como el que no lo hizo porque, puntualicemos llegados a este punto, ningún musulmán se debería sentir en la obligación moral de hacerlo, ya que Daesh, o ISIS, o cualquier otro nombre que adopte cualquier grupo yihadista, no les representa. Los debates ya no deben centrarse más en estas cuestiones. De lo contrario, los terroristas habrán ganado, porque la histeria y la conmoción colectiva, de las que ellos se alimentan, habrán imperado entre nosotros, que es precisamente lo que están esperando que suceda.

Centremos, pues, los debates en otras direcciones. Que el dolor dé semillas para que algo bueno crezca. Miremos al futuro y a las soluciones. Las soluciones que tenemos que buscar y encontrar entre todos, porque, haberlas, claro que las hay. Y no son utópicas. Sólo es la falta de interés y de compromiso lo que hace que no las haya. No importa, justo ahora, si la indignación nos llegó antes o después, pero sí importa que algo dentro de nosotros, como individuos, cambie.

Para empezar, el 20 de diciembre en España se vota. Es un buen momento para este cambio personal del que me refiero. ¿Por qué? Pues porque nuestras elecciones generales no sólo van a afectar a nuestra política interna, sino también a las comunitarias, a lo que se decida en Europa y en organizaciones internacionales como la OTAN y, en consecuencia, afectará a nuestras relaciones, intervenciones, negocios y guerras con otros países.

Guardar luto puede que sea necesario pero, en estos momentos, debemos aprender a hacer autocrítica también y a informarnos sobre lo que verdaderamente hacen nuestros gobiernos, dentro y fuera de nuestras fronteras. A quién financian, a quién venden armas. Según Gino Strada, fundador de Emergency, ONG y socio oficial del Departamento de Información Pública de las Naciones Unidas, los 5 países que forman parte del Consejo de Seguridad de la ONU de forma permanente (Rusia, EEUU, Francia, Reino Unido y China), producen el 80%-90% de las armas del mundo y, según informes y estadísticas de Amnistía Internacional, España ya sería el sexto país exportador de armas mundial.

Protesta de Amnistía Internacional por la la ratificación en el Congreso español del Tratado sobre el Comercio de Armas en 2014 [Imagen: Amnistía Internacional]
Protesta de Amnistía Internacional por la ratificación en el Congreso español del Tratado sobre el Comercio de Armas en 2014 [Imagen: Amnistía Internacional]


Casualmente, el principal cliente de España fuera de la OTAN, sería Arabia Saudí. Y digo casualmente porque este país, en palabras del periodista y escritor argelino Kamel Daoud “depende de una alianza con un sector religioso que produce, legitima, difunde, predica y defiende el Wahabismo, la rama ultrapuritana del Islam de la que se nutre Daesh”. Tenemos que ser conscientes del mundo globalizado en el que vivimos y de que todo acto tiene una consecuencia. Como también la tendrá, que no quepa duda, el hecho de que François Hollande, después de calificar los atentados de París como un acto de guerra, mandara bombardear Raqqa, la capital en Siria del autoproclamado Estado Islámico, donde no sólo caen y mueren dirigentes de la cúpula yihadista, sino también civiles y niños.

Por lo tanto, invito a la reflexión y al debate. A que nos involucremos y nos informemos más sobre estas cuestiones y, también, sobre los pactos antiyihadistas que nuestros partidos políticos proponen y llevan a cabo. Y sobre los resultados y efectos que puedan acarrear, también. Porque ya veis, nos concierne más de lo que pensábamos.

La buena noticia es que tenemos mecanismos para hacerlo. Entes y organizaciones con las que colaborar como Emergency, Amnistía Internacional o el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). También las redes sociales. Aunque no sean la vida real, nos ayudan a difundir mensajes, a confrontar opiniones y a llegar juntos a nuevas ideas. Hagamos uso de ellas. Hagamos un buen uso. Y que, luego, esas ideas se plasmen en la vida real.

Hubo un tiempo en el que en España y en toda Europa la gente militaba y se comprometía. Ha llegado el momento de despertar otra vez.

Esta es una explicación-opinión sin ánimo de lucro


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Alejandra O. Almarcha

(Alicante, España) Estudiante de Derecho en la Universidad de Alicante. Fue estudiante Erasmus durante un año en la Universidad LUISS Guido Carli de Roma y cursó un semestre en la Ritsumeikan University de Kyoto, Japón. Con vocación por las Relaciones Internacionales y el Desarrollo Internacional, fue becaria en la NATO Defense College de Roma y actualmente es activista en Amnistía Internacional.


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