21/05/2022 MÉXICO

Las elecciones en Costa Rica: una mezcla de fundamentalismo religioso y autoritarismo patriarcal

Rodrigo Chaves es una mezcla de Bolsonaro-Trump-Abascal. Se presentó como un mesías de mano dura y con  discurso neoliberal autoritario, apelando constantemente  a Dios, a los valores tradicionales de la familia, a los valores de patria y a la moral para salvar al país de la corrupción, y firmó un sendo acuerdo con las iglesias fundamentalistas evangélicos admitiendo la injerencia de estos sectores en su gobierno para acabar con la llamada “ideología de género” y retroceder en los derechos de las mujeres y la población LGTBI, ¿cómo se explica su ascenso?

Artículo escrito por: Ana Marcela Montanaro(1)  y  Paul Pennings(2)

Costa Rica tuvo segunda ronda electoral el domingo 3 de abril pasado y  eligió al nuevo presidente. El ganador, con un 52,84 % de los votos emitidos, fue Rodrigo Chaves, del recién creado Partido Progreso Social Democrático. Él es economista, exfuncionario del Banco Mundial, denunciado por violencia y acoso sexual hacia mujeres.

Su contrincante el expresidente José María Figueres del histórico Partido Liberación Nacional obtuvo el 47,16%. En sus espaldas pesan acusaciones por corrupción, e incluso huyó de la justicia hasta la prescripción penal de los hechos.

El índice de abstención fue bastante alto, concretamente el 43,24%. Esto significa que casi la mitad de los votantes no estaban motivados por todo el proceso electoral y no se sentían representados por los dos candidatos.

Ambos partidos, presentaron una agenda profundamente neoliberal y, además, mostraron cercanías con los grupos religiosos fundamentalistas. La alianza entre los candidatos presidenciales y los líderes religiosos demuestra que promueven visiones tradicionales sobre el papel de la mujer en la sociedad que buscan mantener posiciones subordinadas.

Sin embargo, fue Chaves quien firmó un acuerdo de gobierno con estos grupos en donde, jurando por los valores de Dios y la Patria, se comprometió con el Foro Cívico Evangélico a eliminar la “ideología de género”, revisar el avance de los derechos sexuales y reproductivos y nombrar personas cristianas en puestos claves. Rodrigo Chaves es una mezcla de Bolsonaro-Trump-Abascal. Se presentó como un mesías de mano dura y con  discurso neoliberal autoritario, apelando constantemente  a Dios, a los valores tradicionales de la familia, a los valores de patria y a la moral para salvar al país de la corrupción, y firmó un sendo acuerdo con las iglesias fundamentalistas evangélicos admitiendo la injerencia de estos sectores en su gobierno para acabar con la llamada “ideología de género” y retroceder en los derechos de las mujeres y la población LGTBI.

El ahora presidente electo, durante toda su campaña, no asumió la responsabilidad de su comportamiento de acoso sexual y más bien lo justificó.  Además, recurrió a un lenguaje sexista y violento, que refuerza y naturaliza el desprecio cotidiano hacia las mujeres. Claramente naturalizó la violencia contra las mujeres mientras una parte del electorado lo justificaba, y otra gran parte ni siquiera se daba cuenta.


Chaves, quien ganó con el apoyo masivo de las zonas más empobrecidas de Costa Rica, es el mix del integrismo religioso-neoliberal, con la marca de la  ambigüedad que caracteriza a la clase política ligada a empresarios corruptos, a pastores evangélicos, a la  farándula -mucho más que mediocre- y a los capitales que han financian campañas. En el caso de Chaves, el Tribunal Supremo de Elecciones cuestionó la captación de recursos de manera no permitida por la legislación. La estrecha alianza entre Chaves y las élites religiosas evangélicas pudo haber contribuido al apoyo masivo de los votantes de las zonas empobrecidas hacia él. En estas zonas hay una presencia de estas iglesias que tienen influencia en sus miembros.

La batalla cultural política la han ganado ellos, el proyecto de derechas con vocación imperial que aspira a ser hegemónico, que en nombre de los valores religiosos cristianos impulsa y sostiene un proyecto neoliberal, patriarcal, racista, y colonial, y que pretende regular, disciplinar y homogeneizar los cuerpos, las sexualidades y los proyectos vitales. Han ganado porque supieron leer el enfado de la gente.

En las recién pasadas elecciones, habló el enfado y la tristeza de quienes están excluidos del relato democrático de la mítica felicidad y “pura vida” costarricense. Hablaron quienes la están pasando mal, quienes no tienen trabajo o, si lo tienen, reciben salarios de hambre y tristeza. Hablaron quienes dejaron de creer porque los partidos que han gobernado antes los han traicionado. El arribo de las derechas fundamentalistas religiosas, patriarcales y autoritarias con tintes autoritarios, es un hecho en Costa Rica. Pero esto no es algo reciente. Chaves, es el resultado de un proyecto político que viene haciendo presencia hace ya mucho tiempo atrás.

Costa Rica, una democracia insuficiente, criolla, corrupta estructuralmente, racista, clasista, que destila patriarcado, violencia,  injusticia y sufrimiento, y con una desigualdad de la riqueza (Gini) de 48,2, pertenece a los países más desiguales del mundo.


El moribundo Partido Acción Ciudadana (PAC), los restos del Partido Liberación Nacional y un renovado Partido Unidad Social Cristiana, quienes han gobernado el país, no saben de rendición de cuentas a la ciudadanía, pero sí saben muy bien de corrupción y de gobernar para los sectores con poder económico en esa mezcla de políticos-empresarios-banqueros, en alianzas con los mandatos del capital internacional.

Pues sí, la gente está cabreada y con mucha razón. Porque en Costa Rica no hay justicia social, esa palabra ha sido olvidada. La justicia social se reduce al  reconocimiento neoliberal identitario para la población afrodescendiente y personas con discapacidad. Es las libertades individuales de la población LGTBI y de género, basado en agendas y políticas públicas que no promueven la redistribución económica, ni resuelven las necesidades materiales de quienes están llevando sobre sus espaldas las carencias, la desesperanza y la injusticia económica.

Los derechos reconocidos a la población LGTBI y a las feministas de la prosperidad, no contribuyen realmente a la igualdad y la libertad, porque no ayudan a reducir las necesidades de los grupos más empobrecidos por más de cuarenta años de neoliberalismo. De hecho, los derechos se vuelven sólo beneficiosos para quienes ya tienen una posición social fuerte y, por tanto, no alteran en absoluto el status quo.

Mientras, las poblaciones excluidas históricamente -indígenas, la gente del campo, de las costas olvidadas, jornaleros y la clase media- han sido dejadas a los arbitrios del mercado y del lenguaje de fragmentos coloridos de identidades pregonados por los progres-neoliberales y las feministas prósperas urbanas, quienes pasan por alto que las discriminaciones -culturales, raciales, sexuales, de género- también tienen  un componente económico.

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La naturalización de la violencia contra las mujeres

Esta elección demostró, una vez más, que la vida de las mujeres se  menosprecia. La violencia cotidiana, la desigualdad, el no reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, el acoso sexual, laboral y callejero, las violaciones sexuales y los feminicidios.  La  profundización de la feminización de la pobreza, un sinnúmero de embarazos en niñas y adolescentes. Las mujeres indígenas que defienden sus territorios son violentadas constantemente frente a un Estado que no asume responsabilidades y promueve la violencia. Todos son algunos de los ejemplos de violencia y discriminación que soportan las mujeres.

Los territorios al igual que los cuerpos de las mujeres, siguen siendo asumidos como territorios para  conquistar, invadir, poseer, violar y saquear. La colonia sobre los cuerpos-territorios es un proceso de despojo que no se ha terminado.


Los feminismos de las retóricas y luchas urbanas herederas del feminismo liberal/radical de la igualdad enfatizan el discurso de equidad de género y empoderamiento sin transformación real de las condiciones de la vida de las mujeres más empobrecidas y violentadas por la letalidad del sistema capitalista-racista-patriarcal. Pretenden, bajo retóricas feministas, que las mujeres excluidas históricamente se instalen en la individualidad de lógica neoliberal y en la aspiración de ser prósperas, exitosas y lo suficientemente empoderadas para poder salir de la pobreza. Los progresismos neoliberales criollos, el arcoíris neoliberal y los feminismos de la prosperidad y sus agendas son un fracaso.

Las luchas feministas deben trascender las demandas de igualdad e ir más allá las agendas políticas de los progresismos de la prosperidad, del éxito, de la equidad, del empoderamiento, del emprendedurismo, de la paridad y del “¡aborto ya!”. Miles de mujeres no se sienten interpeladas por la retórica y las prácticas feministas porque estas no abordan las necesidades materiales y los afectos de las personas más desfavorecidas.

Las luchas feministas son por construir un mundo mejor, más justo y para más gente. El horizonte de las luchas feministas marcan la urgencia de luchar por poner la vida en el centro y satisfacer todos los derechos humanos que incluyen vivienda, educación, salud, salarios dignos, trabajos en condiciones. Feminismos contextualizados y transgresores, construidos desde nuestras propias vivencias históricas más allá de los dictámenes de los organismos internacionales.

El proyecto neoliberal, autoritario, fundamentalista religioso y de tintes autoritarios que representa Chaves pone la vida de las mujeres en la diana. Debe ser enfrentado sin ambigüedades. Las luchas feministas, si se limitan a una lucha contra el patriarcado, serán siempre insuficientes. Esto lo ha demostrado esta elección.

Las luchas feministas no son contra un patriarcado a secas y sin apellidos, sino que son parte de la articulación de las luchas contra todo un sistema que depreda cuerpos, vidas y proyectos vitales. Son resistencias y respuestas a la letalidad del sistema patriarcal, capitalista y racista en contextos coloniales.

Feminismos de la transgresión

Por estas razones, los progresismos neoliberales, los feminismos neoliberales del arco iris y de la prosperidad y sus agendas son un fracaso. Es importante ampliar la mirada y el discurso de los derechos humanos, para asumirlos, garantizarlos y vivirlos de manera crítica y cuestionadora. Porque los derechos humanos no son fragmentos, ni identidades mal comprendidas.

Urge enfrentar, plantar cara a la violencia feminicida, a la desigualdad social, la violencia, el racismo, la misoginia, la homofobia y la corrupción estructural en la que se asienta el Estado costarricense. Urge construir una comunidad diferente, que desde nuevas praxis políticas, incorpore las voces y presencias de las personas históricamente excluidas y silenciadas. Urge avanzar hacia  la justicia social y que las necesidades materiales que garanticen la vida digna estén cubiertas y se pueda vivir un orgullo pleno, para defender la madre tierra, defender los bienes comunes, y buscar opciones para recuperar los lazos de las comunidades desestructuradas por el neoliberalismo.

Desde los feminismos de la transgresión se pueden sumar voces para crear un proyecto político laico, solvente y referente. Una opción política creativa, que ponga la vida y la justicia social en el centro, con el objetivo de profundizar los derechos sociales y la distribución de la riqueza

Construir  desde la heterogeneidad para abrir los caminos hacia el buen vivir de la sabiduría ancestral de los pueblos indígenas y cambiar el rumbo, mirando a los sures, sintiéndose parte de Abya Yala.

(1) Ana-Marcela Montanaro es estudiante de Doctorado Instituto de Derechos Humanos Gregorio Peces-Barba, Universidad Carlos III de Madrid.

(2) Paul Pennings es Profesor Emérito Asociado  de Ciencias Políticas en  Vrije Universiteit Amsterdam

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Ana Marcela Montanaro


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