23/08/2019 BARCELONA

Felipe Bocanegra, autor en United Explanations

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El pasado 25 de marzo se cumplió un año del inicio del conflicto armado en Yemen. Sin embargo, para entender lo que ha ocurrido durante este tiempo, no es suficiente con relatar los hechos a partir del mismo día en el que dio comienzo la guerra en sí. En ese orden de ideas, conviene empezar por decir que la actual Yemen se conformó en 1990, cuando la República Árabe de Yemen, en el norte, y la República Democrática de Yemen, en el sur, se unificaron.

En principio, la unión de las dos naciones suponía la pacificación del país, pero lo cierto es que nos encontramos con una nación dividida, no solo por el accidente geográfico —montañas y llanuras dividen el país— sino, además, por la confrontación entre el estilo de vida tribal y el modelo occidental de estado tradicional o entre el chiísmo hutí y el sunismo shafita.

De hecho, esta división tribal marca la diferencia entre la Yemen de ayer y de hoy. Los hutíes son musulmanes chiítas cuyo centro de poder ha sido el norte del país y que, además, históricamente han sido más pobres —en términos socioeconómicos— al encontrarse en la región montañosa, más tradicional y con menos contacto con el mundo. Por el contrario, al sunismo shafita —al que pertenece la mayoría de la población— le ha correspondido históricamente la región con mayor desarrollo socioeconómico, en parte gracias al importante puerto de Adén y, por ende, a la región costera del país.

Ataque aéreo en Sana [Foto: ibrahem Qasim vía Flickr]

Esta contradicción es una característica transversal de la actual Yemen, es parte de su ADN. De hecho, en 1990 cuando se unifica Yemen (del norte y del sur) en una sola república, el presidente que llega al poder es Ali Abdullah Saleh, quien anteriormente había sido por doce años el presidente de Yemen del Norte y quien será hasta 2011 el más alto mandatario del país. Saleh sufrirá, solo tres años más tarde de su toma de poder, la renuncia del vicepresidente Ali Salem Al Beidh, originario del sur del país. Las tensiones entre norte y sur comenzaron entonces, pero no fue hasta el 2009, durante el sexto conflicto armado, el momento en el que que Arabia Saudí decidió participar abierta y activamente por primera vez lanzando ataques aéreos contra los hutíes (chiítas). Dos años después, durante protestas que se llevaron a cabo en todo el país, el presidente Saleh dimite y llega al poder Abd Rabbu Mansour Hadi. A pesar de este cambio de gobierno, los choques no cesan.

Es 2014 el año que marcará el punto de no retorno para Yemen en la guerra civil actual: los hutíes convocan una serie de protestas después de que hubiera un recorte gubernamental a la subvención de los combustibles. En este momento, avanzan hacia el sur de la capital Saná y, una vez tomada, disuelven el parlamento y proclaman un gobierno de transición. Tras la intensificación del conflicto entre hutíes y sus detractores, el presidente Hadi pide la intervención militar de los estados árabes y del Golfo para acabar con la oposición y, supuestamente, poner fin a la guerra civil. Esto explica la intervención de la coalición militar dirigida por Arabia Saudí que en vez de solucionar la situación consigue que el conflicto armado se extienda por la totalidad del país.

De esta manera, el pasado marzo se cumplía un año desde que se empezó a hablar del más reciente conflicto interno yemení. Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que es una disputa que lleva muchos más años activa y, como en toda guerra, los civiles son los que tienen las de perder. Varias ONG, incluyendo Amnistía Internacional, han denunciado que las violaciones de derechos humanos son sistemáticas por parte de todos los actores del conflicto. Además, el derecho internacional humanitario se está incumpliendo de manera reiterada por medio de ataques armados indiscriminados contra poblaciones civiles enteras. De hecho, según la ONU, cerca del ochenta por ciento de la población necesita algún tipo de ayuda de carácter humanitario.

Campo de refugiados en el norte de Yemen [Foto: IRIN Photos vía Flickr]

En síntesis, el conflicto yemení, tiene que ver con una división geopolítica pero también religiosa, que involucra a otros países y que se ha desencadenado en un conflicto armado interno muy sangriento y que, como tal, afecta principalmente a la población civil de ambos lados.

De hecho, los ataques de Arabia Saudí y las constantes declaraciones a favor de la población chií en Yemen del Ayatollah Ali Khamenei, dan cuenta del conflicto geopolítico entre dos visiones del islam, el sunismo y el chiísmo, representados en la disputa por el liderazgo regional de Irán y Arabia Saudí. Por lo tanto, podemos decir que la historia conflictiva yemení ha estado ligada siempre al conflicto entre la parte de la población minoritaria chií y la mayoritaria suní. La diferencia en el conflicto actual ha sido la exacerbación del conflicto armado por parte de la coalición saudí, quienes al ver el avance de los rebeldes chiítas, simplemente entraron a apoyar al gobierno sunita del presidente Hadi.

Algunas cifras humanitarias

Tal y como se planteaba anteriormente, la población civil ha sido la más afectada por el conflicto armado. De hecho, Amnistía Internacional calcula que son más de tres mil los muertos durante el conflicto armado, que vale la pena recordar, solo lleva un año activo, es decir, está siendo un conflicto especialmente violento.

Dentro de esta cifra, lo más triste es que son más o menos setecientos los niños muertos. Así como 2,4 millones los desplazados internos. Esto se traduce en que el 83% de la población necesita algún tipo de ayuda humanitaria, ya sea por falta de agua, comida, refugio, combustible o saneamiento.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.



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