11/08/2020 BARCELONA

Democracia vs Terrorismo: la solución siria
Paloma de la paz a punto de ser derribada. Graffiti de Banksy [Fuente: eddiedangerous vía Flickr]

Tras los atentados de París el mundo parece haber llegado a un acuerdo de pacificación en Siria. Sin embargo, este acuerdo resulta, tanto en la forma como en el fondo, ser una mascareta para un reacomodo de bajo nivel de los intereses geopolíticos de diversos actores en la región. A pesar de los esfuerzos, este acuerdo no resuelve la amenaza más grande de la zona: el terrorismo del Estado Islámico.

Tras los atentados de París el mundo parece haber llegado a un acuerdo de pacificación en Siria. Sin embargo, este acuerdo resulta, tanto en la forma como en el fondo, ser una mascareta para un reacomodo de bajo nivel de los intereses geopolíticos sobre el Geopolítical Pivot of History —como llamara McKinder a la región—. Pero a pesar de los esfuerzos, este acuerdo no resuelve la amenaza más grande de la zona: el terrorismo del Estado Islámico.

Los Acuerdos de Viena (el consenso post 13N)

Mural de Bashar Al-Assad [Foto: Thierry Ehrmann vía Flickr]

Aparentemente fue necesario que los atentados de París en contra de civiles inocentes se perpetrasen para que el reducido sector de la comunidad internacional que mantuvo, durante la mayor parte de los cinco años que va durando el conflicto, la posición más hipócrita e intransigente se decidiese a tomar cartas en el asunto para resolver, por lo menos, una de las tantas situaciones que convergen sobre el territorio sirio. Bastó una reunión en Viena de las principales potencias militares y financieras Occidentales -más el visto bueno de sus aliados estratégicos en Oriente Medio y Rusia- para establecer un plan de acción contencioso. El problema con ello es que la «solución» únicamente se centra en neutralizar la menor de las amenazas presentes en el Levante para dar oxígeno a la peor.

La cuestión es que el Ejército Libre Sirio no es únicamente la coalición que desde el principio del conflicto fue entrenada y financiada por las democracias occidentales para deponer a Al-Assad. Es también una mezcolanza de diversas corrientes ideológicas e intereses con una agenda propia; paralela a la agenda de balcanización de Oriente Medio promovida por los órganos de inteligencia de Estados Unidos. Sentarles a la mesa de negociaciones no únicamente no garantiza que se concretice el proceso de paz en la región, sino que pone en juego los intereses rusos de mantener en el poder sirio a un gobernante a modo, al igual que las aspiraciones territoriales de grupos separatistas kurdos, yihadistas no pertenecientes a Estado Islámico (EI), remanentes de Al-Qaeda, etc.

Miembros del Ejército Libre Sirio [Foto: Freedom House vía Flilckr]

La democracia liberal, ¿la solución al terrorismo o la solución para Al-Assad?

En un segundo plano, la propuesta de paz para Siria plantea un alto al fuego supervisado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; el establecimiento de un gobierno de transición «creíble, incluyente y no sectario»; y el compromiso de todas las partes con intereses en la región de garantizar la continuidad de las instituciones gubernamentales sirias. Esto también plantea algunas cuestiones de fondo no resueltas. Primero, como el acuerdo no contempla en ninguna medida la participación de miembros del Estado Islámico y del Frente Al-Nusra, la propuesta de alto al fuego solo tiene validez efectiva entre las fuerzas gubernamentales de Al-Assad y el Ejército Libre Sirio. Esto no resuelve la agresividad ni el avance del EI en la zona, muchísimo menos disminuye su poder o el control territorial con el que ya cuenta.

Además, el establecimiento de un gobierno de transición implica el consenso de tres grandes fuerzas opositoras: el grupo que identifica sus intereses con los de Estados Unidos, el que se identifica con la geopolítica rusa y el de los intereses netamente islamistas. Dentro de los segundos, siendo estos los de mayor influencia en el conflicto, están representados el sectarismo característico de Arabia Saudí, la intolerancia étnica del Gobierno de Ankara, el deseo de las minorías chiitas de mantener bajo su control el territorio y el separatismo kurdo en la construcción de su propio Estado. La experiencia observada en los estados en los que se materializó la Primavera Árabe demuestra que quien logre hacerse del gobierno de transición define en gran medida el carácter del gobierno convocado por elecciones.

Soldados kurdas [Foto: Kurdishstruggle vía Flickr]

Por último, aunque representa una amenaza a los intereses occidentales en la región, el gobierno de Al-Assad ha sido, desde que las primeras células del EI emergieron, el principal bastión de contención y neutralización de las fuerzas terroristas. Deponer a Al-Assad elimina una amenaza pero supone cambiar un mal menor por uno mayor. Y es precisamente aquí donde Estados Unidos y sus aliados deben elegir que es más apremiante, no para sus intereses, sino para un futuro cercano sin una amenaza potencial tanto a los valores occidentales como a los no-occidentales. Si el objetivo es derrotar a Al-Assad para hacerse con el control geopolítico de la zona, entonces el acuerdo de paz propuesto es idóneo. Sin embargo, lograrlo sería a costa de empoderar al EI mediante la reducción de las fuerzas que lo combaten. En adición, las fuerzas leales a Al-Assad tendrían que aceptar ese gobierno ya que, por lo menos hasta ahora, el gobierno actual no ha sido considerado ni para formular los puntos del acuerdo ni para materializar las acciones que se requiera.

Finalmente, el acuerdo contempla la convocatoria de elecciones «democráticas» bajo la supervisión de la ONU. Evidentemente, ninguna de las acciones planeadas por esta hoja de ruta considera el unilateralismo de Daesh o del Frente Al-Nusra -por no mencionar las obvias acciones de menosprecio del nivel de poder con el que cuentan estas y otras agrupaciones en la región. Al haber hecho del gobierno de Al-Assad el foco de atención -el problema y al mismo tiempo la solución- de toda la estrategia de acción pacificadora en el Levante, se pierde de vista el verdadero problema: que aunque los intereses de las grandes potencias involucradas son de gran peso en el curso de los acontecimientos, las agendas de los actores locales son, en realidad, no solo influyentes sino determinantes.

Petróleo y control territorial: la fortaleza del terrorismo

Miembros de Daesh [Foto: IE vía Wikipedia]
Miembros de Daesh [Foto: IE vía Wikipedia]

Muy a pesar de la relación que Irán pueda tener con Rusia o del vínculo que une a Israel, Estados Unidos y Arabia Saudí, menospreciar toda una historia regional de conflictos étnicos, religiosos y nacionales -en esencia la historia del colonialismo e injerencia Occidental en Oriente-,  supeditándolas a sus propias agendas de acción, es un error que durante cuatro años de guerra civil únicamente sirvió para acrecentar el conflicto y dejar que otros actores emergiesen, llenando espacios de poder que ahora se intentan recuperar. Una de las más grandes fortalezas con las que cuentan Daesh y Al-Nusra es que, más allá del poder de fuego que pudiesen desplegar, mantienen un control implacable sobre una vasta extensión territorial que los provee de recursos naturales altamente ambicionados por cualquier nación: hidrocarburos.

La derrota del Estado Islámico requiere transitar, necesariamente, por cuatro campos de acción: detener el flujo de armas, que principalmente provienen de Occidente; detener la venta del petróleo explotado por el EI, del que las industrias occidentales son los principales clientes; ahogar las actividades de financiación y blanqueo emprendidas por el grupo terrorista; y disminuir el control de vías de comunicación y redes de telecomunicaciones a través de los que el EI hace propaganda y organiza sus bastiones de seguridad e inteligencia.

Tan sólo en este momento el EI podría figurar dentro de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) como el noveno exportador de crudo. Sin reducir el control sobre la producción del hidrocarburo que actualmente ostenta -y en el fondo objetivo de Occidente en la región-, el EI seguirá desafiando a cualquier fuerza que se le oponga. Además, la afrenta militar directa, aunque desastrosa por los estragos que causan los bombardeos aéreos -tanto a los bastiones terroristas como a población civil inocente- no es ni de cerca la necesaria para siquiera detener su avance hacia la costa del Mediterráneo. Una estrategia que se base en la reducción de los recursos materiales y financieros del terrorismo evidentemente no requiere de una presencia militar exorbitante para combatir a sus afiliados. Por lo contrario, asegura un menor despliegue de misiones militares terrestres en el conflicto.

En apariencia, los intereses de Rusia y Estados Unidos (+ Europa) se encuentran en sintonía. Por lo que el rango de fracaso del acuerdo no se encuentra en su agenda en común, sino en la de los actores locales. En tanto no se reconozca este rasgo, la pacificación siria y la derrota de ISIS no llegarán pronto. Si algo ha aprendido el mundo de la cuestión siria es que lo que comienza como un producto lógico de las guerras estadounidenses en la región puede, rápidamente, convertirse en un actor propio, con intereses y objetivos propios, capaz de desafiar a Occidente.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro


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Ricardo Orozco

Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional. https://cemapinternacional.com


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