01/06/2020 BARCELONA

Independencia de Catalunya, ¿ya?

El debate sobre la independencia catalana está francamente politizado. En nuestro artículo de hoy abrimos la veda con una sencilla pregunta con múltiples potenciales respuestas: ¿vale la pena conseguir la independencia ya y por tanto dejar de sufrir expolio fiscal, a cambio de todos los costes que tendrán que pagarse?

¿Sale a cuenta la independencia?

El debate sobre la independencia catalana está francamente politizado. Sin embargo, argumentos económicos han sido usados por ambos lados. Independentistas hablan sin descanso del expolio fiscal mientras que unionistas aseguran que sin unidad no puede haber prosperidad.

En realidad la cosa es más simple de lo que parece. Es cierto que existe un expolio fiscal, aunque dado el método decálculo que fuentes oficiales catalanas utilizan, éste es probablemente menor de las cifras que más se oyen (entre 16 y 22 miles de millones de euros). Es cierto que un pacto fiscal probablemente beneficiaría a Catalunya (si a la vez perjudicaría o no al resto de España tendría que ser analizado). El problema es que en la tierra del no-consenso, esto se está aprovechando para reclamar la independencia a efectos inmediatos; en vez de hablar de negociaciones o de un proceso que pueda culminar en dicha independencia.

La pregunta es por tanto muy sencilla: ¿vale la pena conseguir la independencia ya y por tanto dejar de sufrir expolio fiscal, a cambio de todos los costes que tendrán que pagarse?

No es mi intención debatir los pros o los contras de una Catalunya independiente, sino lo que puede ocurrir si se declara una independencia ahora mismo, o antes de que nos de tiempo de salir del atolladero económico en el que el país está sumergido en estos momentos.

¿Cuál sería nuestra relación con la Unión Europea?

Bandera independentista catalana. [Foto: http://quisieradecirunaspalabras.blogspot.hk]

En primer lugar, por supuesto, está el consabido tema de formar parte de la Unión Europea. Tanto el presidente de la Comisión Europea como el President de la Generalitat han reconocido que en un primer momento Catalunya no estaría dentro de la UE. Una comisaria europea aseguró que podría estudiarse que el cambio fuese automático, y más tarde fue obligada a disculparse por dichas declaraciones. No hay precedente legal, así que la situación sería única. En cualquier caso, incluso aunque pudiera hacerse de forma ultra rápida, requeriría aprobación unánime de todos los miembros, incluídos miembros con miedo de dar alas a sus propios nacionalismos, como Francia, Italia, Bélgica o Reino Unido. También sería difícil convencer a Alemania, reticente a aceptar a una Catalunya y una España separadas, más débiles económicamente por tanto.

Están el EEE (Espacio Económico Europeo) y el EFTA (Acuerdo Europeo de Libre Comercio), por ejemplo. Catalunya podría ingresar a alguno de ellos, quizás a los dos, y también podría formar parte de la eurozona y de Schengen (el espacio aduanero común). Esto es cierto; ni la salida del euro ni el establecimiento de aranceles tendrían que ser necesarias, formara Catalunya parte de la UE o no (ejemplos actuales de esto incluyen Andorra, Suiza, Noruega o Montenegro). Sin embargo, no sería una buena idea. En primer lugar, porque Catalunya se vería enormemente afectada por leyes aprobadas por Bruselas sobre las cuales no tendría ni voz ni voto, imitando la actual situación de Noruega. Y en segundo lugar, por el segundo gran problema que acarrearía la independencia, del que hablo en más detalle a continuación.

En Europa se sigue el tema con atención pero “sin entusiasmo”, según el Financial Times, que también habla de probables consecuencias económicas adversas. Los más atrevidos dicen que no pasaría nada, porque al fin y al cabo las fronteras europeas son bastante borrosas, incluídas las que no forman parte de la Unión Europea (y llevan razón).

La deuda soberana

En el último año la política de la mayoría de gobiernos europeos se ha centrado en apaciguar a “los mercados” (es decir; entidades crediticias, agencias de rating, etc.). Los recortes de austeridad, las medidas antisociales y los rescates financieros, entre otros, se están llevando a cabo con el único objetivo de conseguir préstamos para financiarnos a un interés más bajo, así como que el déficit disminuya y por tanto nuestra credibilidad aumente.

Debate futbolístico sobre la independencia de Catalunya. [Foto: http://loscalvitos.com]

En el caso de España ninguna medida lo está consiguiendo, y la credibilidad del país va cada vez a peor. La deuda catalana está ya catalogada como bono basura, y la española está justo al borde. Esto sucede con el respaldo del gobierno español y de la UE. Un país pequeño y nuevo, sin credibilidad ninguna y altamente endeudado, y sin nadie que lo respalde está condenado a la ruina absoluta. Por este motivo es mala idea no formar parte de la UE ahora mismo.

En círculos financieros, los análisis van del “nadie prestaría dinero a Catalunya” a  que “Catalunya nacería como un estado fallido”, por resumirlo de algún modo. Sea como fuere, es muy probable que Catalunya no pudiera financiarse, siendo independiente. De hecho, la reciente petición de un rescate al Estado lo demuestra. De hecho este rescate nos da un toque más de atención: ¿cómo se devolvería, si Catalunya se independizara? ¿Si eventualmente Catalunya necesitara otro rescate, quién lo daría? En cualquier caso, está claro que al principio sería justamente cuando más dinero necesitase el país. El establecimiento de un nuevo estado conlleva una serie de gastos iniciales, como cualquier empresa. Algunos ya están hechos (fuerzas del orden, gobierno, etc.) pero otros no (expedición de documentación, matrículas, ejército, construcción de fronteras, formación, burocracia, etc.). Al principio serían más altos puesto que, por ejemplo, toda la población debería hacerse el pasaporte, cambiar las matrículas del coche, etc. a la vez.

Esto es por no olvidar la creación de un cuerpo diplomático, el establecimiento de embajadas y consulados, y muy probablemente un acuerdo con misiones diplomáticas españolas y/o francesas como el que actualmente tiene Andorra. El valor de los servicios diplomáticos institucionales españoles de los que Catalunya dejaría de disfrutar se estima en más de cinco mil millones de euros, aproximadamente el rescate que Catalunya ha solicitado a Madrid. Las misiones catalanas en el exterior son tan deficitarias que han tenido que empezar a cerrarse, especialmente tras pedir el rescate.

Estos recursos económicos de los que Catalunya no podría disponer por financiación tradicional también tendrían que emplearse en intentar evitar la fuga de capital, tanto humano como económico. Una cantidad considerable de gente podría acabar abandonando el país, bien por miedo o bien por desacuerdo con una Catalunya independiente. La fuga de cerebros que Catalunya lleva años sufriendo se agravaría indudablemente, en parte porque las ya deficitarias universidades catalanas tendrían que afrontar recortes extremos que acabarían poniendo en peligro su calidad y su prestigio. El que tienen, al menos. Posiblemente muchas empresas abandonarían Catalunya, como la Editorial Planeta ya ha amenazado hacer, sea por evitar la subida de impuestos que obligatoriamente el gobierno catalán tendría que hacer, o bien por evitar tener que renunciar a tener su sede fuera de la UE. Estas empresas se llevarían a muchos trabajadores cualificados con ellas, desde luego. Los más pudientes se llevarían parte de sus ahorros a otros países por temor a lo que pueda ocurrir, en concordancia con lo que ya está sucediendo desde los PIGS hacia países del Norte; y los grandes bancos catalanes (La Caixa y BancSabadell) se verían enormemente afectados, tanto por esto como por su alta exposición al mercado español no catalán, en el cuál tributarían como entidades extranjeras a menos que mudaran su sede fiscal (o hicieran dos diferentes). Habría mucha menos inversión extranjera en el país de la poca que ahora hay, y probablemente las aspiraciones de Barcelona de convertirse en la Silicon Valley europea desaparecerían rápidamente.

Y es que cualquier período de grandes cambios políticos se asocia con una percepción de inestabilidad social y económica, como ya ocurrió en la Transición. Hay muchas dudas respecto a demasiados temas importantes. Por ejemplo, los pensionistas temerían por sus pensiones, y los dos nuevos gobiernos tendrían que negociar con qué dinero se pagarían esas pensiones a jubilados catalanes que cotizaron en España. Sala i Martín explica por qué esos temores son infundados, pero lo preocupante es la percepción de ese miedo, no que éste sea fundado o no. Los trabajadores verían peligrar su derecho a sanidad y a percibir prestaciones por desempleo. Los turistas extranjeros que busquen sol podrían elegir el de 200 km al sur o al norte para evitar el revuelo, y por tanto el sector turístico se vería probablemente muy afectado, como ya está ocurriendo en Grecia (aunque se haya frenado un poco el problema, sigue siendo grave). Esto implicaría más gastos para el ya prácticamente arruinado gobierno, tanto en prestaciones y subvenciones como en publicidad y mantener el orden.

En ningún caso ayuda la ambigüedad con que políticos de uno y otro bando están tratando el tema ahora mismo a poder incrementar dicha estabilidad una vez la independencia se consiga.

El contexto internacional

También es importante analizar el contexto internacional en que esto se está produciendo. No paramos de oír cómo el mundo cada vez está más globalizado e interconectado. Esto se traduce en una pérdida de independencia brutal. Los países occidentales hoy en día sirven de ejemplo, recortando de adónde empieza a no haber porque están a merced de “los mercados”. El problema que muchos independentistas tienen con el expolio fiscal es que España reparte ese dinero en otras regiones más pobres del país. Esto plantea una curiosa paradoja: en una Catalunya dentro de la UE tan próspera como ciertas figuras independentistas prometen, Catalunya aportaría más dinero a Bruselas del que recibiría de vuelta, y ese excedente se usaría para financiar a regiones más pobres de la UE, como los países eslavos o los PIGS… entre los cuales está España. La alternativa a esto es sólo una, y asusta bastante más. Si Catalunya consigue mantener su membresía en la UE pero no puede financiarse, como es probable que ocurra, se verá en una situación similar o peor a la griega, y al final será el excedente de otros países europeos el que se use para financiar a una paupérrima Catalunya.

Finalmente, es importante no olvidarse del país vecino. La independencia podría acarrear catastróficas consecuencias para el resto de España también, como las que comenta Gallardón. Parte del muchísimo comercio interautonómico se cortaría (más por barreras mentales que fiscales, en mi opinión), las relaciones se tensarían, la industria española se resentiría, y aunque en menor medida, el turismo extranjero también.

En conclusión, un proceso de independencia conlleva mucha dificultad. Se requieren muchas negociaciones, bastante toma y daca, y un consenso abismal. Ninguna de las tres cosas son el fuerte de políticos españoles o catalanes, que usualmente buscan el beneficio propio sin importar el perjuicio a terceras partes. Por hablar en plata, los independentistas proponen que Catalunya se independice pero que el proceso lo pague España; y los fanáticos de la unidad nacional pretenden que Catalunya esté callada y pague más de lo que recibe mientras ve como sus servicios públicos empeoran día a día.

Lo que está claro es que la situación actual es insostenible. Todo el mundo empieza a estar cansado y la crispación en el ambiente empieza a poder respirarse. Esto afecta a la productividad, a las expectativas de futuro, y por supuesto a la felicidad de nuestros ciudadanos, catalanes y/o españoles por igual.

Pero también está claro que ahora mismo declarar la independencia traería grandes perjuicios a Catalunya, y probablemente la quiebra. Se deberían empezar a consensuar medidas ya, y hacer una transición lenta y segura; pudiendo pasar esta primero por un pacto fiscal, siguiendo por un modelo federal y finalmente, por una consulta soberanista.

En cualquier caso, todo esto debería posponerse al menos un lustro (¡siendo optimistas!), para darle tiempo a nuestras sociedades, entidades financieras y gobiernos a sanearse de la actual crisis. De hecho, según Ulrich Dietz, el director ejecutivo de la importante empresa informática alemana GFT, “España necesitará hasta diez años para superar esta crisis”. Al contrario de lo que se nos está intentando vender, nunca es buena idea agarrarse a un clavo ardiendo.

Ésta es una explicación-opinión sin ánimo de lucro

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Sergio Marin

(Soy de) Barcelona, España. (Vivo en) Bruselas, Bélgica. Tras una convalecencia que me hizo cambiar mi futuro como matemático por uno como politólogo, estudié el bachillerato británico por libre. Llegué a la Universidad de York donde me he graduado en Política y Relaciones Internacionales. Tras tres años en Inglaterra me mudé a París para cursar un Master en Política Europea en SciencesPo, y actualmente trabajo en el Parlamento Europeo en Bruselas. @Sergio_MZ


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