Tess Asplund se pone, desafiante, ante una manifestación de activistas de extrema derecha en Suecia [Foto: David Lagerlöf vía The Guardian].

Muchos líderes euroescépticos y de la ultraderecha europea festejaron la victoria del republicano Donald Trump en las pasadas elecciones de los Estados Unidos. Trump ha sido recibido con alegría por la ultraderecha francesa, italiana y belga. La líder conservadora del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, se regocijó y felicitó a Trump tras haber sido declarado vencedor. Expresó: “Felicitaciones al nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y al pueblo americano libre”. La frase “al pueblo americano libre” hace referencia a la enorme desaprobación que ha tenido la gestión del presidente Obama por parte de la derecha europea. La administración del presidente Obama impulsó políticas progresistas y programas sociales  como  el ObamaCare, pasos en favor del matrimonio homosexual, la retirada de gran parte de las tropas estadounidenses de Afganistán e Irak y la reapertura de las relaciones diplomáticas con Cuba. Iniciativas reformistas que han sido altamente criticadas tanto por el Partido Republicano en Estados Unidos como por la ultraderecha europea. Es por eso que la llegada de un republicado conservador derechista a la Casa Blanca significa la consecución de la libertad a ojos del liderazgo populista del Frente Nacional.

Al igual que su hija, el ex líder del Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, expresó que si fuera estadounidense votaría por Donald Trump.

Sería importante preguntarnos ¿por qué la derecha europea se alegra del triunfo de un xenófobo, que se ha burlado de las personas con discapacidad, que ha calificado a los migrantes como escoria social y que ha prometido deportarlos? ¿Por qué se alegra de la victoria de un hombre  que va en contra de los derechos de las minorías, que es racista, intolerante y segregacionista? La única explicación lógica de la algarabía de la ultraderecha europea por el triunfo de Donald Trump es que, al igual que el republicano recién electo presidente, los ultraderechistas europeos también  apoyan e izan un discurso de odio, antinmigración, xenófobo y tradicionalista  como el que enarboló Trump durante su campaña electoral. En definitiva, sus ideas políticas coinciden.

Marine Le Pen en el encuentro que realiza cada año el Frente Nacional francés ante la Opéra Garnier de París, en 2012 [Foto: Blandine Le Cain vía WikimediaCommons].

“En el nombre del pueblo” es el lema de campaña que utilizará Marie Le Pen en las elecciones del 2017. Es un eslogan que apela a las clases populares y obreras que han sido afectadas negativamente por el proceso de globalización. Marie Le Pen se presenta como una Juana de Arco actual que peleará y recuperará lo local, lo nacional y lo autóctono para devolver el orgullo a Francia. Así, la líder populista ha exacerbado su discurso antiinmigración aprovechando los atentados terroristas sucedidos en suelo francés entre 2015 y 2016, hechos que han despertado un sentimiento antimusulmán incentivado por el Frente Nacional, que ha encontrado un terreno donde sembrar el germen nacionalista, separatista y xenófobo. De tal manera, han llamando la atención de miles de franceses de las zonas rurales, tradicionalistas y conservadoras que han asociado terrorismo con Islam y han identificado a los musulmanes como criminales. Y esto no sólo es un asunto de Francia sino un fenómeno europeo.

Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad de Holanda, ha apoyado impetuosamente al presidente electo Donald Trump. Lo ha identificado como alguien que refleja realmente al pueblo estadounidense; tanto es así que expresó frente al triunfo de Trump “que los estadounidenses toman de nuevo su tierra y la gente está recuperando su país”. Es decir que, para muchos dirigentes políticos de la ultraderecha europea, una persona que promete construir un muro de 1.600 km en la frontera para eliminar la inmigración proveniente de México, que promete la deportación de 11 millones de personas y la eliminación de la ciudadanía estadounidense por nacimiento, un hombre que promete la negación de entrada a los musulmanes a Estados Unidos y la creación de un registro de los estadounidenses musulmanes, provocando con esto la estigmatización de personas a razón de su religión, es un modelo a seguir. Si la ultraderecha europea aprueba a una persona que ha calificado la tortura como un método válido para combatir el terrorismo y que ha prometido el mantenimiento y el aumento de los presos en la famosa cárcel de Guantánamo, ¿qué clase política está resurgiendo en Europa?

¿Estamos frente a la eclosión de ideologías políticas radicalmente extremistas que podrían someter no sólo las libertades europeas sino las de toda la humanidad, como ya ha ocurrido en otros momentos de la historia?

Donald Trump prometió en campaña que haría de Estados Unidos un país grande otra vez, apelando al excepcionalísimo americano y a la gloria estadounidense, asumiendo que Estados Unidos dejó de ser la gran potencia incontestable que era y que ha perdido cierto liderazgo internacional. Así, Trump revivió un discurso realista clásico, tradicional e intolerante. Un discurso que entierra la diversidad y resalta la diferencia y la superioridad nacional de lo “estadounidense”. Esta postura de “resurrección” fue la misma que utilizó el ultraconservador Geert Wilders en Holanda. Wilders se ha dirigido a los holandeses inconformes prometiendo hacer de Holanda una nación grande. Grande a costa de la diferenciación cultural, de la negación de lo europeo y en oposición de la integración regional. Del mismo modo, Mischaël Modrikamen, líder del Partido del Pueblo de Bélgica, ha dado su apoyo público a Trump, demostrando el amparo generalizado que tiene el líder estadounidense por parte de la ultraderecha europea.

Tristemente y con miedo, vemos que el fascismo y el nacionalismo extremo están ganando protagonismo en el viejo continente. Y que unos renovados movimientos de ultraderecha están aumentando su poder nuevamente en los estados europeos. Si bien estas bases han cambiado el discurso antisemita por el discurso antimusulmán, y han cambiado el discurso supremacista y tradicionalista por el discurso antiglobalización, su comportamiento sigue siendo el mismo. Su antisemitismo ha sido sustituido por un odio a los musulmanes equiparándolos a criminales. Su nacionalismo ya no se basa en la patria, raza, cultura y pureza étnica; sino en la lucha contra la globalización, reconociendo la porosidad de las fronteras, la integración económica, la cooperación política, la dinamización de los flujos migratorios, la apertura cultural y la interdepencia global como algo negativo frente a lo cual hay que defender lo nacional. El nacionalismo radical persiste, pero desde otra perspectiva.

El líder del Partido por la Libertad holandés, Geert Wilders, uno de los símbolos de la extrema derecha europea [Foto: Wouter Engler vía WikimediaCommons].

Tan paradójico como podría parecer, actualmente existe un acercamiento entre la derecha europea y la derecha israelí, debido a que ahora ambos tienen un enemigo común: los musulmanes. A nivel local e internacional se han embarcado en un proceso de ataque a los migrantes y la población musulmana en Europa. La ultraderecha europea ha iniciado una campaña de propaganda basada en la idea de que Europa ha pasado de ser una región segura a un conjunto de estados vulnerables carentes de  identidad y seguridad nacional, todo debido a la creciente inmigración musulmana a la región. Así, hablan de la islamización de Europa. Un proceso que, según esta ultraderecha europea, está empezando con la construcción de mezquitas y símbolos religiosos del Islam como consecuencia de la creciente población musulmana, y que terminará en un choque de civilizaciones que se materializa a través de invasiones pacíficas mediante flujos migratorios constantes de musulmanes a Europa, logrando así la islamización de la región.

La escritora judía de nacionalidad británica, Giselle Littman, conocida también como Bat Ye’or, inventó el término “Eurabia” tratando de explicar, a través de este concepto, el “intenso proceso de islamización que está experimentando Europa por la migración musulmana.” Podemos ver así como, incluso desde la academia, la ultraderecha  ha teorizado gestando líneas de pensamiento antimusulmanas y tremendamente xenófobas.

Por otra parte, también cabe destacar que Israel es un socio geopolíticamente estratégico para Estado Unidos, compartiendo ambos países intereses y valores. El propio Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, felicitó a Donald Trump por su triunfo y lo calificó como un “verdadero amigo de Israel”. Como respuesta, el recién electo presidente reaccionó invitando a Netanyahu a Estados Unidos y recordándole la importancia del reforzar su relación bilateral. La ultraderecha está ganando poder en varios frentes y sus victorias se traducen en la persecución de migrantes y en una férrea defensa del orgullo nacional que conlleva comportamientos aislacionistas.

Nigel Farage, líder del Partido por la Independencia de Reino Unido, también se ha sumado al carro de las felicitaciones a Trump por su triunfo. Junto al Brexit, Reino Unido también ha experimentado una ola de manifestaciones xenófobas y ha redefinido su orgullo nacional. Farage se refirió a la victoria de Trump como una gran revolución, dando la sensación de que las derechas a nivel internacional se están alineando logrando una efervescencia ultraderechista, con tintes fascistas, y profundamente xenófoba, en los principales polos de poder en el mundo.

La crisis económica, que ha generado déficits económicos y una elevada tasa de desempleo en Europa, ha sido un caldo de cultivo para el nacimiento de los nacionalismos extremos. Por ejemplo, en Francia, el desempleo es de un 2’6%, que se traducide en 3’59 millones de personas desempleadas. Y de esta cifra, 2’47 millones llevan desocupados más de un año. Una persona desempleada en Francia tarda 19 meses de media en encontrar un nuevo trabajo. Con este panorama, muchos franceses que no ven esperanza ni futuro y que están estancados en una situación de miseria, ven en el discurso xenófobo y segregacionista del Frente Nacional un cambio y un ápice de certidumbre en tiempos inciertos.

Donald Trump durante un “meeting” en Arizona, como parte de su campaña para las elecciones presidenciales [Foto: Gage Skidmore vía WikimediaCommons].

Por otra parte, la deslocalización de empresas europeas ha provocado que muchos sectores vean la globalización como la autora de la actual crisis económica que vive la región, agudizada por una crisis del euro, unos programas de ajustes y unas medidas de austeridad que resultan imposibles de mantener. Los partidos ultraderechistas y euroescépticos han encontrado aquí un nicho para identificar a simpatizantes y seguidores, y culpar a dicha globalización del malestar económico que vive la región.

Una de las promesas que hizo Trump es favorecer la industria estadounidense con recortes de impuestos frente a las empresas extrajeras. Trump ha criticado a multinacionales y empresas locales como Apple y Ford por deslocalizarse y producir fuera de los Estados Unidos, acusándolas de llevarse el trabajo, quitándoselo a los estadounidenses. Aunque Trump es el mayor ejemplo de los gigantes empresariales que es capaz de crear el capitalismo neoliberal transnacional, sus medidas propuestas pretender ser proteccionistas e aislacionistas. Al igual que la ultraderecha europea, Trump está convencido que la globalización le ha hecho mucho daño a Estados Unidos a causa de la mencionada deslocalización. Además, estos movimientos también culpan a la globalización del desarrollo comercial de países como China que, a su juicio, ha crecido a costa de practicar un comercio injusto. Es en este discurso antiglobalización que, tanto Trump como la ultraderecha europea, se escudan para ganar adeptos y simpatizantes.

Añadido a esto, los inmigrantes, tanto económicos como los refugiados, han sido responsabilizados por el desempleo en estos países, y han sido señalados como una amenaza real contra los “nacionales”. Al igual que Trump que, quiere deportar a 11 millones de migrantes y quiere construir un muro en la frontera sur, el conservadurismo derechista europeo apela al constante endurecimiento de las políticas migratorias de la Unión Europea, a la deportación de migrantes y refugiados, y a la redefinición de las fronteras. Estas posturas han sido fortalecidas después de los atentados terroristas de París y Bruselas, aumentando su número de simpatizantes y haciendo cada vez más posible que la extrema derecha forme algún gobierno en el viejo continente.

La ultraderecha fascista cada día tiene más vida en Europa y se acerca más al poder a través de la discriminación hacia los migrantes y un nacionalismo exacerbado basados en una plataforma antiglobalización que se ha visto inyectada de nuevas energías con el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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