17/12/2017 BARCELONA

Al-Shabab, un producto de la guerra contra el terror

Milicianos de al-Shabab, grupo terrorista que actúa como la facción de al-Qaeda en Somalia [Foto vía cfr.org].
En palabras de Daveed Gartenstein-Ross, analista de antiterrorismo y asesor de defensa del gobierno de EE.UU.: "Todos los pasos dados por Estados Unidos beneficiaron a al-Shabab."

Camp Raso es el nombre con el que se conoce el complejo militar de al-Shabab situado a 200 kilómetros al norte de Mogadiscio, capital de Somalia. Hace un año, el Pentágono revelaba que el Departamento de Defensa estadounidense había llevado a cabo un ataque contra esta base, acabando con la vida de aproximadamente unos 150 miembros del grupo terrorista.

Mediante una combinación de drones y aeronaves regulares, el ejército estadounidense bombardeó el que se consideraba uno de los principales campos de entrenamiento de la milicia islamista. Según oficiales del Pentágono, el ataque representa el golpe más duro que ha recibido al-Shabab desde el inicio de la campaña del gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.) en contra de la organización.

Las mismas fuentes han señalado el doble éxito del ataque. Por un lado, se terminó con una remesa de soldados recién entrenados, cuyo objetivo habría sido atentar contra las tropas de EE.UU. y la Unión Africana presentes en la región. Y por otro, siempre según el Pentágono, no hubo víctimas civiles, aunque esto no ha sido verificado por ninguna fuente objetiva.

Sin embargo, a pesar de que el gobierno estadounidense habló de éxito, esta victoria es cuestionable. Como en el caso de los talibanes en Afganistán o de la insurgencia iraquí, Estados Unidos ha contribuido a crear el enemigo al que está combatiendo. En este contexto es difícil hablar de victorias.

El nacimiento de al-Shabab

Somalia es la representación más clara de un Estado fallido. Es un país donde la maquinaria estatal no logra dar los servicios que le corresponden, no tiene el control de todo el territorio del país, no es la única autoridad política y, lo más importante, no es el único actor con capacidad para utilizar la fuerza. Desde que en 2012 se conformó, gracias al apoyo militar y político internacional, el primer parlamento en dos décadas, un gobierno presidido por Hassan Sheikh Mohamud, y la situación tendió hacia una mayor estabilidad, al-Shabab se mantiene como la principal amenaza del país y también de la vecina Kenia.

Imagen de la playa de Mogadiscio, símbolo de la capital de Somalia [Foto vía abc.es].

Se puede decir que el punto de partida de esta situación lo encontramos en 1991, cuando un golpe de Estado provocó la caída del régimen dictatorial de Siad Barre. A partir de ese momento, el vacío de poder dio lugar a las luchas entre clanes y tribus rivales. El surgimiento de varios señores de la guerra sumergió Somalia en un estado de caos permanente.

En medio de este panorama también florecen diversas milicias islamistas, entre ellas al-Shabab, una organización fundamentalista que pretende convertir el país en un califato islámico y que, para conseguir este objetivo, legitima el uso del terrorismo. La raíz de la organización es una milicia anterior, al-Ittihad al-Islamiyya, que fue derrotada en 1997. A raíz de la derrota, algunos miembros de este grupo viajaron a Afganistán para recibir entrenamiento militar de la mano de al-Qaeda y retornaron a Somalia para formar al-Shabab, en 2001.

Los errores de una guerra global

Después de los atentados del 11-S, el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, y el secretario de defensa, Donald Rumsfeld, fueron los principales impulsores de una agresiva política de defensa conocida como ‘guerra global contra el terror’. En Somalia, esta política se empezó a notar el mismo año 2001. Persiguiendo a todos aquellos sospechosos de terrorismo, los Estados Unidos comenzaron una guerra por delegación en el país, liderada por la principal agencia de inteligencia norteamericana: la CIA.

El secretario de defensa Donald Rumsfeld, el presidente George Bush, y el vicepresidente Dick Cheney, miembros clave de la Administración Bush y principales impulsores de la política de “guerra contra el terror” [Foto vía dailymail.co.uk].

Tal y como relata el periodista de investigación, Jeremy Scahill, la CIA utilizó varios señores de la guerra locales. A cambio de financiación, estos grupos ejecutaban operaciones de captura y asesinatos selectivos de posibles terroristas. En poco tiempo, aquellos gobernadores y sus milicias, que ya eran repudiados por los ciudadanos, comenzaron una campaña de secuestros y matanzas indiscriminadas contra una población civil aterrorizada.

Ante esta situación, en 2004 nació la Unión de Tribunales Islámicos (UTI), un conjunto de milicias que iniciaron una yihad para recuperar el orden y acabar con el caos instaurado por los señores de la guerra. En las filas de la UTI se sumaron personas muy diferentes: combatientes, imanes o líderes tribales que, además de querer recuperar el país de manos de los señores de la guerra, crearon legislación y administraban justicia en los territorios que conquistaban.

Lo que caracterizaba la UTI era la diversidad. Aunque la organización estaba dominada por moderados, todos los grupos que quisieran recuperar el control del país eran bienvenidos. Esto incluía grupos islamistas radicales como los miembros de al-Shabab, que en aquel momento eran una parte residual del conjunto. De hecho, la coalición se mantenía unida simplemente por la existencia de un objetivo común.

Finalmente, en 2006, la UTI expulsó a los señores de la guerra y tomó el control de Mogadiscio. Por primera vez en décadas, Somalia se convirtió en un Estado con un cierto orden, lo que supuso una liberación para la población civil. Acto seguido, el líder de la UTI, el Sheikh Sharif, envió una carta a Naciones Unidas, los Estados Unidos, la Unión Europea, la Liga Árabe y la Unión Africana, donde expresaba la voluntad de la organización de “empezar una relación de amistad con la comunidad internacional”. Además de eso, Sharif ofrecía a Estados Unidos la ayuda de la UTI en la lucha contra el terrorismo. También invitó un inspector de la ONU en el país para que comprobara que no había terroristas integrados en la coalición.

La creación de un monstruo

El Sheikh Sharif, antiguo líder de la UTI y presidente de Somalia durante el período 2009-2012 [Foto: U.S. Navy vía WikimediaCommons].

No obstante, la Administración Bush no estaba dispuesta a aceptar el gobierno de la UTI, por mucho que este mostrara buena voluntad y hubiera llevado a Somalia una frágil estabilidad de la que hacía décadas que no disfrutaba. A finales de 2006, Estados Unidos patrocinó la invasión de Somalia por parte de Etiopía. La participación estadounidense se basaba en el liderazgo de la guerra a través de la CIA, en el envío de dinero para costear la campaña al gobierno etíope, y en el despliegue de fuerzas de operaciones especiales sobre el terreno. Etiopía usó entre 40.000 y 50.000 soldados que provocaron la muerte de 6.000 civiles sólo a Mogadiscio. Más de 600.000 personas fueron desplazadas. Las detenciones sumarias, la tortura, la violación y los asesinatos extrajudiciales fueron algunos de los crímenes cometidos durante esta guerra, según denunciaron organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch.

La historia de la relación entre Somalia y Etiopía es un relato marcado por los conflictos políticos y territoriales, que llegaron a su auge durante la sangrienta Guerra de Ogaden (1977-1978). Teniendo este pasado bien presente, y ante el terror provocado por las fuerzas etíopes, el resentimiento de la población somalí llegó a su punto álgido. Por si esto no fuera suficiente, Estados Unidos instauró un gobierno satélite en el país, el Gobierno Federal de Transición, y reincorporó muchos de los señores de la guerra patrocinados por la CIA, provocando una nueva situación de caos. Todos estos factores atizaron la radicalización de la población y de la UTI, que se desintegró en dos grandes bloques: los moderados, que se incorporaron al Gobierno Federal, y los radicalizados, que se unieron a las filas de al Shabab.

Este nuevo panorama de inestabilidad fue una oportunidad de oro para al-Qaeda que, en 2008, aprovechó el descontento de la población para hacer una llamada a la yihad en apoyo de al-Shabab. Finalmente, durante el 2009 varios miembros de al-Qaeda se integraron a las filas del grupo somalí y, un año después, al-Shabab anuncia su unión oficial a la guerra global del grupo de Bin Laden. Desde entonces, gracias a la ofensiva del ejército somalí, conjuntamente con tropas de la Unión Africana y el apoyo de EE.UU., al-Shabab ha perdido terreno, pero eso no ha impedido que mantenga una potente fuerza militar. Durante este proceso, además, al-Shabab ha pasado de ser una fuerza residual a convertirse en el terror del Cuerno de África y de toda África Oriental. Justo hace dos años, en abril de 2015, el grupo terrorista atacó la Universidad de Garissa, en el norte de Kenia, donde asesinó 148 estudiantes.

En palabras de Daveed Gartenstein-Ross, analista de antiterrorismo y asesor de defensa del gobierno de EE.UU.: “Todos los pasos dados por Estados Unidos beneficiaron a al-Shabab.”

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Lluis Torres

Barcelona, España. Politólogo especializado en Relaciones Internacionales graduado por la Universidad Pompeu Fabra. Actualmente trabaja en Amnistía Internacional Cataluña, dónde también realiza labores de activismo en el grupo de incidencia política. Anteriormente, co-impulsó diversos proyectos de cooperación en los campos de refugiados de Grecia. Sus líneas de interés se centran en temas relacionados con la conflictividad y la seguridad global, la economía política y el desarrollo internacional.


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