El buque de guerra USS Higgins en el mar Arábigo [Foto: Lt. Cmdr. Alex T. Mabini (US Navy) vía WikimediaCommons].

No deja de ser un hecho trágico el que la reacción general ante la propuesta del presidente estadounidense de incrementar en 54.000 millones de dólares el gasto en defensa de su país sea el de la interminable tautología de los peligros que representa el lanzamiento de una nueva carrera armamentista, como haciendo que el mundo retorne a los años de la Guerra Fría. No porque toda empresa militar no suponga un riesgo, por lo menos para algunas poblaciones que habitan el planeta, o porque no conlleve la posibilidad de extinguir la vida alrededor del orbe; más bien es trágico porque muestra, por un lado, el completo desconocimiento de la carrera armamentista en curso y, por el otro, lo catastrófico de interiorizar la violencia armada y la amenaza nuclear permanentes como condiciones sine qua non de pacificación y estabilización social.

En efecto, basta con mirar las primeras planas de la prensa mainstream —como The New York Times, El País, Le Fígaro, The Economist y The Financial Times— para advertir el tono catastrófico con el que la noticia del presupuesto militar estadounidense es tratada; reproduciendo la falsa concepción de que la era anterior a la presidencia de Donald Trump es la del paradigma pacifista, concertacionista y colaboracionista que caracterizaría a Estados Unidos. Esto es, el tiempo de la diplomacia, los acuerdos institucionales y la cooperación internacional para el desarrollo como núcleo axiológico que rige la manera en que la mayor potencia militar se relaciona con el resto de los estados-nación.

Soldado estadounidense en plenos ejercicios de simulacro de batalla [Foto: The US Army vía Flickr].

La cuestión es que cada acusación que se esgrime para acusar al presidente estadounidense de forzar una carrera armamentística que traería consigo de vuelta las peores experiencias bélicas de la Guerra Fría se sustenta, de un lado, en la afinidad ética que el observador establece con los responsables de las políticas públicas y, por el otro, en el carácter relativo que expresa la comparación del actual presupuesto con los de Barack Obama. Así pues, no deja de llamar la atención que, pese a que el incremento presupuestario de Donald Trump no es, ni de lejos, el de mayor envergadura en todo lo que va del siglo XXI, sí es el que más se condena. Pero no porque en esta ocasión Trump esté introduciendo cambios cualitativos o cuantitativos monumentales en el aparato de seguridad de su país, sino porque el vínculo ético que los observadores establecen con éste es el del pleno rechazo a la personificación de todo lo que se supone no son los valores occidentales de igualdad, libertad, multiculturalidad, tolerancia y democracia.

El sesgo, siempre objetable, que se presencia en términos del armamento nuclear que amenaza la continuidad de cualquier forma de vida en la Tierra lo ejemplifica. De los 190 estados parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (1970), cinco —pese a haberlo firmado y ratificado— poseen los inventarios más cuantiosos de armamento nuclear de todo el globo. Tres de ellos son democracias occidentales (Estados Unidos, Francia y Reino Unido) y sólo dos forman parte del antagonismo histórico a todo lo que representa Occidente (Rusia y China). La cuestión de fondo aquí es que, para ese mismo Occidente, sólo los armamentos de Rusia y China —aunado a los de Corea del Norte, y los armamentos que podrían llegar a tener Irán y Sudán del Sur— son sinónimo de un estado de permanente inseguridad; la indisoluble amenaza que atenta con extinguir toda forma de vida civilizada que no congenie con el autoritarismo inmanente de sus regímenes políticos. Pero por cuanto a las cabezas nucleares de los otros tres miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —adicionales a las que se le presumen a Israel—, la ecuación se invierte: la afinidad ética de los analistas y las poblaciones Occidentales observan en esas armas la garantía de la paz y la estabilidad globales.

Los buques de guerra USS Enterprise (CVAN-65), en el centro; USS Long Beach (CGN-9), a la izquierda; y USS Bainbridge (DLGN-25), a la derecha [Foto: USN vía WikimediaCommons].

Lo mismo ocurre, claro está, con el resto de los componentes que conforman los complejos científicos-militares de cada Estado. Los ejércitos de Occidente son la garantía que preserva la continuidad de la democracia frente a sus enemigos ideológicos. Las aplicaciones bélicas de agentes químicos en Estados Unidos e Israel son la póliza de prevención ante las armas biológicas de sus enemigos, y las guerras, siempre declaradas bajo la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los humanos y sus sociedades son las guerras del estándar moral que toda la humanidad debe seguir; so pena de ser objeto de una campaña bélica en caso de negarse.

El problema con el razonamiento anterior es que ignora, niega e invisibiliza el hecho de que la aplicación de la técnica bélica por parte de una sociedad sobre otras lleva la puesta en marcha del proceso de imposición de un proyecto civilizador construido sobre y alrededor de una única expresión subjetiva: la del vencedor.

De aquí lo trágico y lo verdaderamente catastrófico que es que la humanidad se encuentre inmersa en una lógica que concibe en la servidumbre la igualdad formal entre los individuos; en la desigualdad, la igualdad; en la guerra, la paz; en las elecciones dirigidas, la democracia; en las dictaduras latinoamericanas, democracias populares; y en la violencia de las armas, la tranquilidad de la seguridad individual.

De lo anterior se deriva, también, la falacia inscrita en el cortoplacismo de los análisis que comparan a los gobiernos de Obama con la gestión de Trump. Porque ignoran que ya durante su gestión, el entonces presidente Obama, con la venia del Congreso, gastó en seguridad y defensa más de lo que la Administración Trump tiene contemplado erogar; o que el propio Barack Obama —premio Nobel de la Paz— ya contemplaba un incremento de 35.000 millones de dólares para su último año fiscal. Por ello, incluso si el Congreso aprueba a Donald Trump un excedente de 54.000 millones de dólares, en términos absolutos, dicho incremento únicamente representara alrededor de 19.000 millones de dólares más de lo que Obama planeaba gastar.

Y aún hay más. Incluso si la erogación propuesta por Trump se hace efectiva, no cambia en nada el hecho de que hoy Estados Unidos sigue teniendo el mayor número de poseedores privados de armas. En este sentido, Estados Unidos, con únicamente el 4’43% de la población mundial, ostenta el 43% del total de armas de circulación legal alrededor del mundo —la cifra ilegal es más difícil de establecer—.

Lo cierto es que no sorprende: la industria armamentística le reditúa a la economía estadounidense más de 6.000 millones de dólares anuales y alrededor de 200.000 empleos directos en el país.

Quizá por todo lo anterior valga preguntar si la solicitud presupuestal del presidente Trump es realmente un cambio cualitativo en la operación del aparato de inteligencia, de seguridad y de defensa estadounidense o si la atención que dicho acto recibe se debe más a la aparente negación que su persona representa de todo cuanto Occidente significa —y aparentemente así es, porque en otras latitudes de Occidente las formas de Trump son replicadas bajo criterios políticamente más correctos.

Carros de combate en un entrenamiento militar estadounidense [Foto: The US Army vía Flickr].

Después de todo, con el 22% del PIB global, Estados Unidos sigue siendo el Estado con la mayor erogación en ámbitos de inteligencia, militares y de defensa: su gasto en éstos es de poco más de un tercio de las participaciones globales, muy por encima de los presupuestos de la Unión Europea, Rusia y China juntos, constituyendo otro tercio; y del tercio restante en el que se engloban el resto de los estados. Por eso no sorprende que, contrario a lo que señala la sabiduría popular, sean las democracias occidentales —esas que más afirman defender la libertad, la paz, la igualdad y la fraternidad entre las naciones— las que concentren más del 68% del total mundial en gasto bélico —apenas doce puntos porcentuales por debajo del máximo erogado en 1995—.

Estados Unidos no ha dejado de abultar su presupuesto bélico en todo lo que va del siglo XXI.

Desde los atentados del 11 de septiembre, el gobierno federal ha mantenido el promedio de 600.000 millones de dólares dedicado a ese concepto. Y un punto interesante aquí es que, por un lado, más del 60% de ese gasto se va a la renovación constante de equipamiento como tanques, aeronaves, vehículos terrestres y marítimos etc.; y por el otro, otra parte elevada del porcentaje sea el que concentra la armada, por encima del ejército de tierra y el aéreo. El punto del gasto en equipo es interesante porque pone en perspectiva lo importante que es la industria militar, en un proceso de constante e interminable renovación para mantener activos grandes flujos de capitales —que Estados Unidos sea el primer exportador de armamento no es fortuito—.

El segundo punto es aún más interesante porque permite visualizar la manera en que ha crecido la potencia marítima estadounidense en un mundo en el que, de acuerdo con las principales directrices castrenses de sus colegios de guerra, la principal condición para mantener la existencia de Estados Unidos es asegurar los flujos económicos y financieros de todo el mundo. Así pues, si la prioridad manifiesta de la Administración Trump es potenciar la actividad comercial de su país, el correlato oculto de esa narrativa es la exigencia de asegurar militarmente los puntos de extracción de materias primas, de maquilación de manufacturas y de mercados de importación.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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