26/06/2019 BARCELONA

Ajustando cuentas en Libia

Tras el final del régimen gadafista y de los combates en Libia parece haber llegado la hora de ajustar cuentas. Como consecuencia de un odio latente contra la población negra de Tauerga, descontrolado a causa de la guerra, empieza el oscuro capítulo de la limpieza étnica.


Tauerga, ciudad libia ubicada en la Tripolitania, a poco menos de 250 km al este de la capital, presenta hoy un aspecto fantasma, tras la huida hace medio año de su población de aproximadamente 30.000 habitantes. Los únicos moradores de la ciudad son algunos miembros de la Brigada de Misurata, que tras haber roto el feroz cerco al que le tenían sometido las fuerzas gubernamentales, quisieron hacer pagar a esta ciudad su apoyo a Gadafi y el origen étnico de sus habitantes. Tauerga era una población libia, musulmana y negra.

Un relato de dos ciudades

“Van a tener que irse todos. Tienen que pagar. Tauerga ya no existe. Solo Misurata”. Así se expresaba Ibrahim al-Halbous, uno de los comandantes de la Brigada de Misurata, durante los combates de agosto de 2011 que llevarían a la toma de la ciudad el día 12 de dicho mes. El origen de esta muestra del odio más extremo, nace de la posición antagónica que sostuvieron ambas ciudades durante la guerra civil libia.


Misurata, segunda ciudad de la Tripolitania y tercera del país, tras Trípoli y Bengasi, posee una doble fama un tanto difícil de combinar. Por un lado, de ciudad de comerciantes dependientes de la actividad portuaria, y por otro de ciudad resistente ante las invasiones foráneas. No en vano, en la Guerra Ítalo-Turca de 1911-1912, los italianos tardaron nueve meses en tomar la ciudad y sufrieron una de sus peores derrotas en Qasr Habu Hadi, a manos de sus habitantes. Un siglo después, Misurata volvió a ejercer de ciudad resistente, a modo de isla insurreccional sita en un mar de gadafistas. Siendo una de las primeras ciudades en solidarizarse con las protestas antigubernamentales de Bengasi, el 24 de febrero de 2011 la ciudad pasó a manos de los opositores de Gadafi, que decidido a acabar con ellos empleó tanques, artillería de campaña y francotiradores para poner sitio a una ciudad que incluso llegó a tener cortado el suministro de agua durante cuarenta días. Tras unos dos meses de asedio, unos mil muertos, más de tres mil heridos, los habitantes de Misurata – y con ayuda de la OTAN – lograron levantar el cerco y enviar tropas que participaron en la toma de Trípoli y Sirte.

A apenas 40 km al sur, Tauerga, poblada por descendientes de esclavos africanos traídos por los comerciantes árabes y otomanos entre los siglos XVI y XIX, gozó históricamente del favor del régimen del coronel Gadafi. Acorde a su política de divide et impera, de fácil desarrollo en una sociedad tan tribalizada como la libia, sus habitantes disfrutaron de numerosas inversiones por parte del Gobierno y de puestos destacados en sectores clave para el régimen como las Fuerzas Armadas y la Administración, a diferencia de la dejadez para con los focos de oposición al Coronel.

Por tanto, la lealtad de la ciudad hacia el régimen estaba más que asegurada. Así pues, el régimen instaló en Tauerga algunas de las baterías de misiles desde las que se atacó ininterrumpidamente a Misurata, y de ella salieron muchos de los milicianos que participaron en las operaciones de asedio. El pago de Gadafi fue impedir la huida a sus habitantes cuando arreciaban los ataques de la OTAN, dispuesto a utilizarlos como escudo humano.

Delenda est Tauerga

El 12 de agosto de 2011, tras dos días de combate, Tauerga caía en manos de los aguerridos milicianos de la Brigada de Misurata, en su camino hacia Sirte, ciudad natal del dictador. Como era de esperar, esta no iba a ser una parada más en su camino, sino que durante días se dedicaron a saquear, quemar, destrozar, torturar, violar y asesinar a los habitantes de la ciudad. Dieron un mes de plazo a sus habitantes para abandonar la ciudad, so pena de muerte.

El odio acerado hacia los habitantes de Tauerga, se sostiene ideológicamente, según los milicianos de Misurata, en el apoyo incondicional que brindaron a Gadafi, pero sobretodo en los saqueos y violaciones masivas que perpetraron durante el asedio. Sin embargo, según informes de las Naciones Unidas y Amnistía Internacional, no hay evidencia de la existencia de tales violaciones, más allá de casos aislados.

 Al atardecer del 11 de septiembre, Andrew Gilligan, corresponsal del The Telegraph, tras recorrer durante horas una ciudad deshabitada, relataba cómo, efectivamente, la amenaza de Ibrahim al-Halbous se había cumplido. Al igual que Cartago tras la Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.), Tauerga era declarada tierra maldita, y sus habitantes debían elegir entre el destierro y la muerte. La ciudad, como conjunto de proyectos vitales, había dejado de existir.

Un futuro incierto

A día de hoy, aproximadamente la mitad de los huidos de Tauerga se halla en casa de familiares y amigos, mientras la otra mitad malvive como refugiada en campamentos instalados a las afueras de Trípoli y Bengasi. El número de muertos causados por la toma de los misuratenses entre agosto y septiembre se desconoce.

Sin embargo, el exilio no es suficiente para aplacar el odio. En varias ocasiones, milicianos de Misurata han asaltado campamentos e incluso hospitales para dar caza y muerte a sus antiguos vecinos. Por ejemplo, el 6 de febrero pasado siete personas, entre ellas mujeres y niños, fueron acribillados en un campamento de Trípoli en mitad de una protesta por la detención ilegal de refugiados de Tauerga por parte de milicianos de Misurata.

En su ardua tarea de reconstrucción nacional, el Consejo Nacional de Transición (CNT en adelante) no tiene a los refugiados de Tauerga entre los temas preferentes de su agenda. Son un grupo incómodo, dado que el odio que despiertan se halla muy extendido por toda Libia. Nadie se atreve a salir al paso en su defensa. Por el momento, sin embargo, se conoce que el CNT ha ordenado evaluar la posibilidad de recolocar a los refugiados en Sirte –a 200 km de Tauerga- o en el oasis de Jalu –a 860 km, a las puertas del desierto cirenaico. Los milicianos que se han enseñoreado de Tauerga juran que los huidos solo regresarán a su hogar por encima de sus cadáveres. No parece que vaya a ser necesario.

Intolerancia silenciada

El odio que despierta la población de Tauerga entre sus conciudadanos parece escaparse del marco de la mera confrontación ideológica entre dos bandos rivales en el contexto de una guerra civil. Es fruto de un odio latente descontrolado a causa de la guerra. En este caso, hacia la minoría negra de Libia. Numerosas son las consignas entre los rebeldes que hablaban de “limpiar de esclavos y negros” el país. No encontramos otro caso de aniquilación de una ciudad gadafista en toda la guerra. Pero claro, Tauerga, además de apoyar al dictador, era una ciudad negra.

Es posible que Tauerga sea un símbolo más, claramente condicionado por brutalización que siempre acompaña a una guerra, de la intolerancia que en las últimas décadas viene recorriendo el mundo islámico-mediterráneo. Para un esquema que defiende el árabe como la única lengua y/o el Islam como la única religión aceptable, coptos, drusos, armenios, griegos, asirios, maronitas y kurdos, por nombrar algunos, son elementos incómodos que deben ser asimilados o marginados, como los negros en Libia. Lamentablemente, pocas voces hablan de una realidad silenciada.

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