La protección que el gobierno de Turquía ha brindado en varias ocasiones a Daesh (el autodenominado Estado Islámico), así como los lazos que demuestran la existencia de colaboración en varios ámbitos militares y civiles, traen a la luz la necesidad de examinar la postura de Erdogan con respecto a la lucha que la comunidad internacional está llevando a cabo contra la organización yihadista. Los intentos de Turquía de evitar que las guerrillas kurdas aumenten su poder en la región han tenido un claro beneficiario: Daesh. Este artículo pretende explicar esta relación, poco comentada en los medios de comunicación pero extremadamente relevante para entender el avance de la organización terrorista en la región.
El mundo post 11-S marcó el punto de inflexión a partir del que Estados Unidos radicalizó el contenido de su discurso de intolerancia y su actividad bélica en los países de Oriente Medio y Próximo (o el Gran Oriente Medio como lo llamó la administración Bush). El resultado, desde entonces hasta ahora, ha sido la correspondiente radicalización de grupos subversivos a la penetración de “la cultura occidental” en su modus vivendi. Hasta el momento, la expresión más amenazante es el autoproclamado califato del Estado Islámico y las posibilidades para derrotarlo se vuelven cada vez más escasas y difíciles de poner en práctica si no se permite que sean los actores locales los que aíslen y desescalen la violencia provocada por sus militantes.
La legitimidad del mensaje
La influyente revista estadounidense especializada en temas de política internacional, Foreing Policy, publicaba un artículo titulado “The United States Will Never Win The Propaganda War Against The Islamic State” (en español, “EEUU nunca ganará la guerra propagandística contra el Estado Islámico”). En él el autor afirma que, para poder tener alguna oportunidad de detener el avance del fundamentalismo islámico, hoy en día la mayor amenaza a la estabilidad y la seguridad mundiales en lo que Ariel Sharon alguna vez denominó El Gran Medio Oriente (desde Marruecos hasta Cachemira y de Somalia al Cáucaso), lo primero que hay que hacer es ganar en el terreno discursivo.
Para ello, lo que la administración Obama –hasta ahora caracterizada por la falta de seguridad y fortaleza del Presidente para actuar con libertad y determinación en el terreno internacional– debe hacer es, en primer lugar, fortalecer la narrativa existente en “voces locales” determinadas a desvincular la violencia ejercida por esta agrupación terrorista de las enseñanzas pacíficas del Islam y, en segundo lugar, hay que dotar de legitimidad al mensaje, para lo cual Washington debe permanecer al margen y ceder su liderazgo a quienes hablan desde el Islam.
La estrategia de dejar que sean los actores regionales los que se encarguen de mediar en alguna disyuntiva no es nueva y le ha funcionado bastante bien a los mandatarios estadounidenses cuando su credibilidad se pone en tela de juicio debido a sus acciones hostiles (y en reiteradas ocasiones hipócritas). Sin embargo, la problemática del Estado Islámico es bastante más compleja que otros líos en los que han quedado atorados los mandatarios estadounidenses, por el valor intrínseco de la región (que McKinder supo identificar como el “Hearthland”) en donde no únicamente concurren los intereses de seguridad de Israel, Estados Unidos y Europa, sino que además tienen cabida las esferas de influencia de las cuatro potencias asiáticas que hoy le disputan el orden mundial a los alfiles occidentales: Rusia, China, Irán e India.
No obstante, el hecho de que Estados Unidos degrade su discurso a uno de bajo perfil tiene sus ventajas, tanto para desescalar la violencia producida por el Estado Islámico en los territorios que controla y su periferia, como para no incrementar el discurso de odio antioccidental de otras organizaciones que ven en la diplomacia estadounidense el acto injerencista por antonomasia que balcaniza poblaciones enteras con su potente aparato industrial-militar.
Bandera del ISIS (EI) diseñada por Jama’at at-Tawhid wa’l-Jihad. Apareció en vídeos de ejecuciones en septiembre de 2004 [Foto: Axiom292 vía wikimedia]
De lo anterior se desprende que, para que el fortalecimiento de las voces sumadas a la causa de disminuir la intensidad de la carga bélica en el discurso funcione, estas tengan que penetrar primero en la postura ambivalente de Turquía, que lo mismo apoya al Estado Islámico que combate a los Kurdos en Siria, a la rama Hur Dava Partisti –identificada con el Hezbolla libanés– que combate a los Independentistas Kurdos en territorio Turco, que a los Kurdos que defienden la frontera Turca contra los combatientes del EI. Y posteriormente en la de los aliados con los que Washington cuenta en el Golfo Pérsico.
¿Por religión o vs Occidente?
Analizada a profundidad la retórica empleada por el Estado Islámico se hace evidente que, si bien esta apela a un discurso de reivindicación del Islam en el mundo, lo cierto es que el verdadero argumento, el de fondo, es el que promueve una acción sólida y “justificada” en contra del comportamiento hipócrita de Estados Unidos en torno a cuestiones como la libertad y los derechos humanos. Es precisamente este argumento el que parece atraer más adeptos a las filas de esta organización que la retórica misma de la religiosidad.
Tropas del EI [Foto: anticapitalistes.net]
Lamentablemente, para los países circundantes a los territorios controlados por el EI, su relación con Washington en el plano particular es un condicionante que restringe su campo de acción en la resolución del conflicto, ya que es esta misma relación de la que depende la resolución de otros conflictos igual de apremiantes: el programa nuclear iraní, la pacificación de Siria, la estabilización del gobierno iraquí, la no desintegración del territorio turco, la seguridad de millones de civiles y el mantenimiento de la integridad de las cientos de minorías étnicas en la zona, por poner solo algunos ejemplos.
Las perspectivas de actuación de los estadounidenses, no obstante, se ven distantes y poco claras con un presidente que no ha tenido ni un solo acierto mayúsculo en su gestión en materia de política exterior y con poco menos de dos años para que se celebren elecciones para elegir a un nuevo inquilino de la Casa Blanca. En cuyo caso, como pintan las cosas, bien puede ser un republicano del sector más cercano al ala radical que no titubee en poner en marcha una política exterior más agresiva y belicista en la región que solo arrastre a sus aliados a un nuevo conflicto como las guerras de Irak y Afganistán.
Foto de portada: Cartel de la resistencia en la ciudad siria de Kobane [vía anticapitalistes.net]
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