Imagen del puerto pesquero de Mogadiscio y antiguo puerto comercial de la capital de Somalia [Foto: Stuart Price vía uniqhotels.com].

No es una casualidad que los espacios con la mayor cantidad y calidad de recursos naturales sean, también, los puntos de mayor profusión de violencia en el mundo. Producto de las dinámicas globales de producción y consumo de materiales, y de la centralización y concentración de la riqueza económico-financiera, los territorios desde los cuales se extraen las materias primas que mantienen en permanente crecimiento la comercialización de mercancías se distribuyen alrededor del mundo como una red de nodos de los cuales depende el extractivismo del capitalismo global.

No es azaroso, por consecuencia, que para Occidente los espacios-tiempos de mayor diversidad natural sean, asimismo, ejemplos arquetípicos de lo que significa ser un Estado fallido: Estados-nacionales que, de acuerdo con los ideólogos de la métrica axial occidental, proveen un espacio de inigualable fertilidad para la proliferación de grupos terroristas, de redes dedicadas al crimen organizado internacional y de una vastedad de amenazas a la paz y la estabilidad de continentes enteros. Así pues, si bien es cierto que la importancia geopolítica y geoestratégica de una porción territorial se encuentra determinada por su funcionalidad para mantener la acumulación de capital en los centros neurálgicos de la economía-mundo, también lo es que esas porciones lo mismo se encuentran en la más remota y aislada comunidad indígena de América Latina que en la amplitud de los márgenes político-administrativos de una entidad estatal en el sudeste asiático.

Por supuesto, dentro de la lógica y el discurso occidentales, las razones de ser y las causalidades que originan cualquier Estado fallido alrededor del mundo siempre son tautológicas. Es decir, son autorreferenciadas en el sentido de que tanto unas como otras se validan por remitir a la misma serie de juicios de valor, al mismo conjunto de operaciones explicaciones causales que hacen del tercermundismo, del subdesarrollo, de la barbarie y del atraso las fuentes últimas de toda desgracia que ocurra dentro de las fronteras del Estado en cuestión.

Fuera de foco queda, en tales explicaciones, el valor geopolítico con el que se reviste a cada territorio. Y más aún cuando el espacio-tiempo del mismo es, por su posición en el globo terráqueo, disputado por diversos Estados-nacionales, grupos empresariales, comunidades autóctonas y estratos sociales. Tal es el caso de aquellos espacios de los cuales se extraen diversas materias primas estratégicas para sostener el patrón de producción y consumo globales. Por ejemplo, en este ámbito entrarían los minerales estratégicos, denominados así por el grueso de las economías centrales debido a que de su obtención depende el funcionamiento de grandes porciones de una o varias industrias, aunque de manera primordial aquellas relacionadas con la informática y el desarrollo de tecnologías de punta.

Lo estratégico de cada recurso natural deviene de su importancia tanto para la satisfacción de las necesidades de una población determinada como para la exponenciación del lucro obtenido por su comercialización.

África, por lo anterior, es un continente en permanente disputa por los grandes capitales y complejos estatales, científicos y militares de todo el mundo: su masa territorial concentra alrededor del 81% de las reservas de cromo globales. Pero también —en la misma escala planetaria— alberga más del 50% de los yacimientos de cobalto, el 52% de las reservas de manganeso y el 13% de las de titanio. Todos ellos materiales de vital importancia para la producción de gran maquinaria, en general, pero sobre todo para el continuo desarrollo de aleaciones metálicas imprescindibles para las industrias de las telecomunicaciones, aeroespacial y militar, en particular.

Yusuf Mohammed Siad, también conocido como ‘Indha Adde’ (Ojos Blancos), fue uno de los señores de la guerra más poderosos de Somalia, ahora general del ejército oficial del país [Foto vía The Nation].

Estados Unidos, por ejemplo, de un listado de sesenta elementos indexados, tanto por los Departamentos de Interior y de Seguridad Nacional como por la Oficina de Evaluación Tecnológica del Congreso, como minerales estratégicos para el mantenimiento de la hegemonía estadounidense en el mundo, depende en más del 60% de sus importaciones de 39 elementos —de los cuales, 23 se encuentran en el rango de 90% a 100% de dependencia del exterior. A ello se suman las reservas de oro y diamantes, las forestales, las acuíferas y, por supuesto, las concernientes a la enorme diversidad de especies animales y vegetales de las que dependen los complejos farmacéuticos.

Ahora bien, si se entiende que la operación de los servidores que permiten el funcionamiento de Internet dependen del cobalto, que la producción de smartphones lo hace del litio y del cobre, que la industria eléctrica y la automotriz lo hacen del cromo, del titanio y el aluminio, que la síntesis de vacunas y nuevos medicamentos para viejas y nuevas enfermedades lo hace de los químicos presentes en diferentes especies de flora y fauna, etc., se comprende, también, que son imprescindibles, por un lado, la participación del capital privado en las cadenas de producción y suministro de las materias primas y sus derivados; y por el otro, el aseguramiento, tanto presente como futuro, de los espacios en los que se encuentran los recursos naturales, de la actividad empresarial, y de las rutas por las cuales transitan esas mercancías.

De aquí que el número de actores y de poderes —locales, nacionales e internacionales— en confrontación en un espacio-tiempo de vastos recursos naturales sea un factor definitivo en la comprensión de los porqués de los estados fallidos. Porque, contrariamente a las posiciones mainstream en torno del tema, lo fallido de cualquier Estado no es una condición dada en los genes de los individuos que conforman su sociedad. Más bien, lo que se encuentra en juego en cada uno de esos estados es la posibilidad de que unos u otros poderes controlen la actividad productivo/consuntiva que se deriva de los recursos naturales albergados en el territorio, de la posición de tránsito del mismo, o de ambos.

Tal es el caso de Somalia, en África. Un país localizado en el Cuerno continental que, sin importar el índice —cuantitativo o axial— al que se recurra, siempre se coloca dentro de las últimas diez posiciones del total de la muestra abarcada: ya sea en sus niveles de corrupción, de violencia, de empobrecimiento, de alimentación y salud, de educación, de ingresos monetarios, etcétera.

Mapa del estrecho de Bab el-Mandeb, entre las costas de Yemen y Djibouti. Este estrecho es el paso entre el Mar Rojo y el Golfo de Adén, punto clave para el comercio global [Foto: Skilla1st vía WikimediaCommons].

El control del estrecho de Bab el-Mandeb

El caso de Somalia, lejos de representar una excepción a la regla dentro de los mecanismos que las grandes economías occidentales emplean para fabricar estados fallidos, significa un caso paradigmático que ejemplifica la enorme cantidad de intereses en juego y la violencia tan avasalladora que se emplea para asegurar esos mismos intereses. En primera instancia, al margen de las reservas de recursos biológicos y otros minerales estratégicos con las que cuenta el país, Somalia alberga enormes yacimientos de gas y petróleo que colocan a su territorio como una de las principales fuentes de energía tanto para Europa como para Asia. Después de todo, África, en términos de extractivismo, funciona para esas dos masas continentales de la manera en que América Latina lo hace para Estados Unidos.

En segundo lugar, su posición geográfica es estratégica para mantener las rutas comerciales marítimas que conectan Asia y Europa por el océano Índico. Lo es tanto, que sólo otros siete puntos alrededor del mundo gozan de la misma condición que este país. En efecto, colindando al norte con el Golfo de Adén, Somalia es uno de los tres territorios —junto con Yibuti y Yemen— de los cuales depende que el oil transit chokepoin de Bab el-Mandeb permanezca abierto al tráfico comercial que rodea la península arábiga y que conecta al sudeste asiático con el mar Mediterráneo.

Esa posición no es nada despreciable en términos geopolíticos: únicamente por concepto de tráfico petrolero, por el estrecho de el-Mandeb se mueven 3’8 millones de barriles diarios y transitan entre 200 y 300 millones de toneladas de dicho hidrocarburo. Sólo los estrechos de Malaca, entre Indonesia y Malasia, y de Ormuz, entre los golfos Pérsico y de Omán, mueven mayores cantidades de materiales energéticos de las que se mueven por las costas somalíes. Es por ello que cualquier alteración en los flujos comerciales de las rutas que atraviesan el estrecho hacia o desde el canal de Suez implica la posibilidad de cortar el abastecimiento de energéticos a ambos lados del océano Índico. Pero también podría implicar el encarecimiento de los costes de transporte, ya que en tal caso sería necesario rodear África o trasladar las mercancías por las conflictivas tierras de Oriente Medio.

Basta con observar los actores que se encuentran en disputa en la zona para percibir la manera en que, desde hace por lo menos una década, empujan el reacomodo de las órbitas geopolíticas de los grandes imperios en la zona. Por un lado, la presencia de Estados Unidos es indiscutible en el Cuerno de África desde la crisis de Suez. Con presencia de capitales privados y bases militares permanentes, la Caída del Halcón Negro y el hecho de que nueve (de nueve) presidentes somalíes hayan estado directamente vinculados con los servicios de inteligencia estadounidenses, hayan sido ciudadanos o empresarios de la misma nacionalidad, no son más que el corolario de una larga historia de dominio colonial mantenida desde el Congreso de Berlín, en 1885.

Por supuesto, no es por ello azaroso el que la intervención militar directa de Estados Unidos se haya dado dos años después de haber encontrado grandes yacimientos de hidrocarburos. Como no lo es, tampoco, el que las dos presidencias de Barack Obama se hayan caracterizado por el incremento permanente de presencia militar en el país, por la intensificación de los ataques en contra de civiles a través de vehículos no tripulados y por la profusión de ayuda humanitaria materializada en armamento y entrenamiento militar.

Pero Estados Unidos no es el único Estado interesado en mantener su hegemonía en la zona. A la intensificación de las operaciones especiales estadounidenses en el territorio ha seguido, por un lado, el posicionamiento de bases militares chinas en la vecina República de Yibuti —bastión militar estadounidense por antonomasia. Por supuesto la diplomacia china disfrazó el acto de la misma manera en que lo suelen hacer Francia, Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido: apeló a un nombre políticamente más correcto y afirmó que la Base Logística sólo serviría para propósitos humanitarios ligados al actuar de los cascos azules. Está demás señalar que el-Mandeb implica una importancia geoestratégica tan importante para china como la que representa Malaca.

Soldados estadounidenses realizando maniobras de entrenamiento en Camp Lemonier, su base militar en Djibouti [Matthew J. Apprendi vía WikimediaCommons].

Y, por otro lado, previsiblemente como respuesta a la expansión china en la zona, siguieron también, tanto el reforzamiento japonés de la que también es su primera base militar de ultramar, como la construcción de una base en la zona por parte de los saudíes. Y, si bien la presencia militar japonesa es respuesta directa a la china mientras que la saudí lo es a la influencia iraní post-acuerdo nuclear, ambas acciones se concatenan con la sangrienta intervención armada de Arabia Saudí en el vecino Yemen.

Somalia, Yemen y Yibuti son territorios indispensables para mantener cualquier orbita geopolítica imperial en la zona. Y la cuestión de fondo es que lo fallido que Occidente observa en ese Estado no cesará de regir en tanto la confrontación de los intereses comerciales que envuelven a la ruta comercial de el-Mandeb tampoco cese. Utilizar el argumento de combatir a la piratería local como pretexto para intervenir militarmente en la zona —cuando la piratería en el Cuerno de África es a Somalia, en tiempos de Trump, lo que Al-Qaeda fue a Afganistán en tiempos de Nixon— no hará más que escalar los dispositivos mediante los cuales se sigue empobreciendo a las poblaciones locales y fortalecer a los señores de la guerra que aplican dichos dispositivos.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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