27/02/2020 BARCELONA

¿Es la democracia imposible en Afganistán?

Los medios llevan años hablando de una supuesta “vuelta a la estabilidad” en Afganistán. Aunque es cierto que la atmósfera en el país es algo más relajada que hace un tiempo, es imposible hablar de estabilidad o normalidad en un país sumido en el caos, donde nadie tiene claro si se está hablando de un país en guerra o en posguerra.


Los medios llevan años hablando de una supuesta “vuelta a la estabilidad” en Afganistán. Aunque es cierto que la atmósfera en el país es algo más relajada que hace un tiempo, es imposible hablar de estabilidad o normalidad en un país sumido en el caos, donde nadie tiene claro si se está hablando de un país en guerra o en posguerra.

La cronología bélica en Afganistán se resume muy rápido: en 1978 los comunistas afganos tomaron el poder mediante un golpe de estado, y tras las insurgencias que sufrieron, la Unión Soviética invadió el país a finales de 1979. La resistencia -los muyahidín– se embarcó en una lucha religiosa -la Yihad– contra los soviéticos. Las fuerzas soviéticas abandonaron Afganistán en 1989 y en 1992 cayó el gobierno comunista de Kabul frente a los muyahidín, que formaron el Estado Islámico. En este momento emergen los talibán como resistencia a la guerra entre facciones muyahidín y el Estado Islámico, y tras varios fracasos iniciales, logran tomar Kabul y fundar el Emirato Islámico en 1996. Dado su autoritarismo y sus lazos con Al-Qaeda, la OTAN intervino en el país en 2001 liderada por EEUU, estableciendo la República Islámica y un gobierno marioneta liderado por Karzai, elegido en la loya yirga de 2002. El país continúa viviendo a día de hoy una insurgencia talibán. Este 2014 han habido elecciones en el país, actualmente impugnadas por los dos principales candidatos, Abdullah Abdullah y Ashraf Ghani, que han llegado a la segunda vuelta. Acusaciones de fraude electoral y corrupción están retrasando los resultados definitivos de dicha segunda vuelta, que se celebró el 14 de junio.

Afganistan, un país fracturado

Ashraf Ghani en 2011, cuando lideraba la Comisión para la Transición de Afganistán. Fotografía de isafmedia.

Más allá de la dificultad del recuento de votos en un país tan corrupto, hay que tener en cuenta el resto de factores que afectan al proceso de democratización afgano.

Para empezar, hay que tener en cuenta que el país está altamente fracturado. Afganistán es una sociedad tribal pluriétnica, por ejemplo. La mitad de los afganos son pashtunes, un cuarto son tayikos, y el resto pertenecen a diversos grupos minoritarios como los hazaras, los uzbekos y los baluchis, entre otros. Los diversos grupos étnicos se dividen también a nivel lingüístico. El pashtún y el persa, lenguas propias de los pashtunes y tayikos, son los dos idiomas oficiales del país, y el persa sirve de lingua franca.

El país también se divide en líneas religiosas y políticas. Aunque la gran mayoría del país son musulmanes, un 80% son sunís y un 20% chiís, entre ellos la mayoría de los hazaras. Sobre el papel, el estado afgano es uno de los más centralizados del mundo, pero en la práctica tiene muy poco poder de intervención fuera de las grandes ciudades. Incluso dentro de ellas su poder es limitado y depende de fuerzas extranjeras. En 2001 la OTAN dividió el país en zonas de influencia, siguiendo a grandes rasgos las divisiones provinciales del país, asignándole a una potencia extranjera el control de cada una de esas áreas, uniendo toda esta administración bajo el comando de la ISAF. Durante estos años ha habido zonas controladas por EEUU, Francia, Reino Unido, Alemania, Australia, Italia, Canadá, España, Países Bajos, etc. Las fuerzas insurgentes tampoco son un bloque unido: están los talibán, Hezb-e Islami, la red Haqqani, Al-Qaeda, etc. Estas controlan diversas provincias y zonas rurales. Otras están controladas por clanes tribales o señores de la guerra.

Ni siquiera a nivel legal hay unidad: el gobierno aplica derecho civil, los insurgentes suelen aplicar la Sharia, y los pashtunes -especialmente en zonas rurales- se rigen por su tradicional código de honor, el pashtunwali.

Todo esto hace que el estado afgano sea uno de los más frágiles del mundo, sin apenas poder de imposición. En los últimos años las tropas extranjeras están abandonando el país, y en tan solo un par de años se espera que todas se hayan marchado de Afganistán.

La necesidad de un compromiso

Un votante se registra para las elecciones de 2010. Fotografía de isafmedia.
Un votante se registra para las elecciones de 2010. Fotografía de isafmedia.

Algunos dicen que la sociedad afgana no está preparada para la importación de la democracia liberal occidental. Otros dicen que tras más de tres décadas de guerra civil, la sociedad afgana simplemente no existe: está la burbuja kabulí, el sur de los señores de la guerra (especialmente Helmand y Kandahar), y el moderado norte, de mayoría tayika.

Es difícil encontrar un equilibrio entre democracia y tradición, entre soberanía doméstica e intervención extranjera, y entre un desarrollo en estanflación y una economía donde imperan el cultivo de opio, la industria yihadista y la corrupción. Abdullah Abdullah y Ashraf Ghani tienen buenas intenciones, pero si aprovechan la fragilidad del sistema electoral para reclamar su margen y victoria, gane quien gane, tendrá menos legitimidad que un candidato como Karzai, elegido en una loya yirga, institución respetada por todos los pashtunes y gran parte de los tayikos. Y es que Afganistán necesita un presidente fuerte cuyo liderazgo no esté debatido dentro del establishment político. Bastantes desafíos tendrá ya fuera de él.

En este caso, por improbable que parezca, Abdullah y Ghani deberían llegar a un acuerdo y presentar una solución final que sea común a ambos, para que su mensaje llegue al pueblo, que luchan por Afganistán y no por ellos y su círculo. Si la gente ve esto, continuará favoreciendo el tribalismo, tristemente asociado a los señores de la guerra y la yihad en las últimas décadas. La violencia derivada de esto requerirá más fuerzas extranjeras desplegadas en el país, lo que seguro que trabará el camino de Afganistán a una soberanía real sobre el territorio afgano.

Foto de portada: recojida de las urnas electorales en Afganistán por NATO Training Mission-Afghanistan.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Sergio Marin

(Soy de) Barcelona, España. (Vivo en) Bruselas, Bélgica. Tras una convalecencia que me hizo cambiar mi futuro como matemático por uno como politólogo, estudié el bachillerato británico por libre. Llegué a la Universidad de York donde me he graduado en Política y Relaciones Internacionales. Tras tres años en Inglaterra me mudé a París para cursar un Master en Política Europea en SciencesPo, y actualmente trabajo en el Parlamento Europeo en Bruselas. @Sergio_MZ


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