20/07/2018 BARCELONA

Encina Villanueva Lorenzana, autor en United Explanations

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La confluencia entre ecologismo y feminismo, el ecofeminismo, tiene también sus frutos en el arte. La reflexión sobre que un mismo modelo de dominación ubica a mujeres y hombres en diferentes lugares y distintas posiciones de poder, y al planeta Tierra en subordinación respecto al ser humano, está cada vez más presente en la creación contemporánea. Son muchas las artistas comprometidas con la preservación y el respeto por el planeta así como con la igualdad entre mujeres y hombres, y están llevando a cabo interesantes propuestas en el mundo del arte, especialmente desde los años 60 del siglo pasado.


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Yakarta, año 2013. El IV Encuentro de la Asamblea de Mujeres de La Vía Campesina nombra en su declaración la lucha por la soberanía de la tierra, del territorio y del cuerpo, recogiendo en el documento algunas de las principales ideas y demandas que surgen de las sinergias entre feminismo y ecologismo: lo que llamamos, desde los años 70 del siglo XX, ecofeminismo.

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Cartel Mujeres Vía Campesina

El movimiento internacional del campesinado “La Vía campesina” nace en el año 1993 para defender la agricultura sostenible a pequeña escala como modo de garantizar la supervivencia y la justicia social. En 1996 lanzan el concepto de soberanía alimentaria, entendida como el derecho de los pueblos a una alimentación sana, accesible, culturalmente adaptada y producida de forma sostenible y a decidir sus propios sistemas agrícolas y alimentarios. Aunque la lucha por la equidad de género en el contexto campesino está presente desde el origen de La Vía Campesina, en el año 2000 comienzan a plantearse una revisión interna por si ese compromiso por la igualdad no fuera real dentro de la propia organización.

Ese cuestionamiento hizo surgir la asamblea de mujeres que, desde entonces, se reúne cada vez que se celebra una conferencia internacional.  “Las asambleas de mujeres no son solo un medio de formación, sino también de legitimación”, afirma Nettie Wiebe, campesina canadiense, miembro fundadora de La Vía Campesina y primera mujer en el Comité de Coordinación Internacional. “La nuestra es una historia de marginación y exclusión de los espacios públicos. Así que, es crucial para nosotras escucharnos y hablarnos en confianza”. Su lucha política une la defensa de la vida humana y la del medio natural que la sostiene y han encontrado en la soberanía alimentaria un marco de denuncia y reflexión, uniendo cuestiones como la visibilidad del trabajo de las mujeres campesinas (aún principales productoras de alimentos en el mundo), el acceso, propiedad y goce de la tierra o la violencia machista con el imperante modelo del agronegocio.

Ecologismo + Feminismo = Ecofeminismo

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Cartel Mujeres Vía Campesina

Han pasado décadas desde que se empezó a vincular el cuestionamiento de la desigualdad de poder entre mujeres y hombres (patriarcado), que coloca la ingente y silenciada tarea del cuidado de la vida en manos de las mujeres, y el del modelo de producción y consumo (capitalismo), que considera el mundo natural como un almacén de recursos a su servicio. La mirada conjunta a ambas problemáticas, es decir, el ecofeminismo, nos trae una reflexión fundamental en el momento actual de crisis civilizatoria: nuestro modelo de desarrollo es injusto e insostenible, ya que se asienta sobre la precarización del cuidado de la vida humana y natural.

Las miradas feministas sobre la economía nos mostraron un concepto de ésta que va más allá de los procesos mercantiles, abarcando todas las actividades necesarias para garantizar el bienestar físico y emocional de las personas. Así, lo que denominamos cuidados (alimentarnos, sanarnos, dar y recibir afecto, atender a personas enfermas, cuidar de bebés, de un amigo, de una abuela, etc.) son un factor económico de primer orden al ser los garantes de la reproducción de la vida humana y una necesidad básica de todas las personas, no solo de las más vulnerables. Pero, esa tarea de cuidar, que realizan fundamentalmente las mujeres en el marco de la división sexual del trabajo, ha sido históricamente invisibilizada y minusvalorada. Y, si bien en los últimos tiempos se ha avanzado en el reconocimiento de su valor y necesidad para la vida, el reparto de ese trabajo desde la conciencia de que es una responsabilidad compartida, la corresponsabilidad, es aún un reto para nuestras sociedades.

Por otro lado, el ecologismo social colocó en el centro del debate el desequilibrio de los ecosistemas, la situación límite que está viviendo el planeta como fruto del modelo de producción y consumo capitalista. Un modelo que extrae recursos como si fueran infinitos y como si la cantidad y forma de hacerlo no tuviera ningún coste, todo ello bajo esa idea de crecimiento ilimitado que heredamos de la Modernidad.

Derivado de la unión de ambos movimientos nace el planteamiento ecofeminista de cuestionar un modelo de desarrollo en el que el mercado y el trabajo productivo tiene un valor desproporcionado en nuestras vidas (en torno a él organizamos con frecuencia nuestros tiempos, a él le dedicamos gran parte de nuestras mejores energías,…) quedando el trabajo reproductivo, el que genera y cuida la vida, invisibilizado, desavalorizado y desproporcionadamente en las manos (y cuerpos) de las mujeres y obviando, también, los costes ecológicos que produce. Esta situación llevada al extremo a nivel global, una  hipertrofia del valor y la presencia del mercado respecto al cuidado de la vida humana y del planeta, configura dos de las crisis que se han reconocido en los últimos tiempos: la crisis de los cuidados (también llamada crisis de reproducción) y la crisis ecológica, reflejadas gráficamente en los siguientes icebergs:

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Imagen cedida por InteRed

Vislumbrando alternativas

¿Qué hacer con ello? ¿Cómo darle la vuelta al iceberg? El ecofeminismo propugna que la vida, en su concepción más amplia, sea lo central. Que sean los límites del planeta y las necesidades de las personas las que generen el marco de producción, los  trabajos necesarios y la forma de hacerlos y no al contrario.  Y que el modelo de desarrollo que se enmarque en estas premisas incluya la igualdad entre mujeres y hombres, desnaturalizando y democratizando el ámbito reproductivo.

Las mujeres de La Vía Campesina lo tienen muy claro, pero no son las únicas. Son muchas las propuestas, también en los ámbitos más cercanos, que tratan de hacer realidad lo que quizás suena más utópico de lo que realmente es: poner la vida en el centro.

En octubre de 2015, nace en el contexto de Intermediae Matadero “La tribu de Arganzuela”, un proyecto para analizar cómo se cría en ese barrio de Madrid y como podría mejorar las condiciones para la crianza desde la generación o mejora de espacios públicos para niñas y niños, hasta una reorganización urbana centrada en sus necesidades, pasando por la creación de sentimiento de grupo, de apoyo (la cooperación como estrategia de supervivencia, patrón común de todos los seres vivos). Si aquel modelo de ciudad que se perfila como más adecuado para mantener el bienestar de las personas y garantizar la reproducción social, es también mejor para el conjunto de los ecosistemas urbanos, (como nos dice Yayo Herrero, una de las referentes dentro del ecofeminismo español) -un proyecto orientado, como tantos, a centralizar la vida humana- debería de mejorar también el medio ambiente. Se trata de centralizar la vida al fin y al cabo.

A nivel estatal existe desde el año 2012 la Red Ecofeminista, creada para integrar en la política cotidiana el discurso del ecologismo político y del ecofeminismo.

También nos encontramos con propuestas interesantes en el ámbito de la educación, fundamental para los cambios más profundos y simbólicos. En esta línea, la ONGD InteRed lanza en el año 2012 la campaña de Educación para el desarrollo “Actúa con cuidados. Transforma la realidad” con el objetivo de visibilizar y reconocer el trabajo de los cuidados como imprescindible para el sostenimiento de la vida y las sociedades así como educar para el cuidado y la sostenibilidad. Así, a través de actividades didácticas y de movilización social, plantea el desigual impacto que tiene la organización social de los cuidados y promueve la corresponsabilidad tanto entre mujeres y hombres en los hogares como por parte del Estado, las empresas y las comunidades en las que se insertan las personas.

Un cierre a modo de homenaje

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Imagen de Berta Cáceres.

El 3 de marzo de 2016 era asesinada Berta Cáceres. La lideresa indígena lenca, feminista y activista ambiental, luchadora frente a las transnacionales que amenazan los recursos naturales de su país, Honduras, nos invitaba abrir los ojos en su discurso de recogida del Premio ambiental Goldman, justo un año antes de su muerte:

¡Despertemos¡ ¡Despertemos Humanidad¡ Ya no hay tiempo.

Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de solo estar contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal.
Su asesinato nos recuerda, una vez más, que existen intereses que prevalecen frente a los de la vida. Ella misma nos lo estaba advirtiendo.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro



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