26/05/2019 BARCELONA

¿Somos lo que comemos? La relación entre nuestros hábitos alimenticios y los modelos productivos

La Organización de las Naciones Unidas define el desarrollo sostenible como “la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”, esta definición fue acuñada por primera vez en 1987, sin embargo, aún hoy, el modelo de desarrollo que impera dista mucho de ser sostenible, lo cual se demuestra con las problemáticas que escuchamos día a día en los noticieros como cambio climático, pobreza, desigualdad y exclusión. En este artículo explicaremos cuáles son estos efectos, y algunas soluciones que se están proponiendo en estos momentos.

Si bien cambiar el modelo de desarrollo a nivel mundial suena a una tarea que debería ser llevada a cabo por políticos y gobiernos nacionales del mundo, la realidad es que nuestras acciones tienen más repercusión de la que creemos, y un buen ejemplo de esto es nuestra alimentación. La forma en la que nos alimentamos, nuestra dieta y los productos que consumimos tienen un efecto muy grande en el mundo, especialmente en la producción de gases del efecto invernadero.

El modelo de producción de alimentos

El modelo agropecuario actual tiene mucha más relación con un proceso industrial que con las formas tradicionales de producir alimentos, las practicas agropecuarias siguen en su mayoría las prácticas de carácter liberal que se proponen desde la OMC. Estas prácticas, que comenzaron con la Revolución Verde, promueven el uso de la tecnología para aumentar la productividad de la tierra; esto abarca tanto la utilización de grandes maquinarias para reducir los tiempos en los procesos agrícolas como la utilización de semillas alteradas genéticamente y fertilizantes para asegurar los niveles de producción y la deforestación de grandes espacios para la producción ganadera.

La relación entre este modelo de producción de alimentos y el cambio climático es de ida y vuelta.

La agricultura, ganadería y pesca afectan al medio ambiente y a la vez sufren las consecuencias del efecto invernadero, tal y como lo veremos a continuación:

Agricultura

La producción agrícola actual colabora al cambio climático en cuanto que promueve los monocultivos, reduce la diversidad genética, erosiona el suelo debido a la producción intensiva, promueve la salinización del suelo por irrigación y también la deforestación de grandes espacios para aumentar la producción. A todo esto, hay que sumar los gases producidos por el resto de la cadena productiva, desde el almacenamiento, envasado, transporte, etc. Procesos que también liberan gases a la atmósfera.

Ganadería

La industria ganadera es insostenible y participa de manera directa en el deterioro ambiental, la producción de carne produce el 14,5% de los gases que causan el efecto invernadero. Esto se suma al hecho de que el 26% de la superficie terrestre que no esta cubierta de hielo se dedica al pastoreo y que del total de la superficie que se cultiva, el 70% se dedica a la alimentación del ganado.

Esta industria utiliza además grandes cantidades de agua, aproximadamente un 8% del agua mundial, para producir un kilogramo de carne vacuna se necesitan unos 20.000 litros de agua. A todo eso hay que sumarle además los costes asociados como el transporte y la distribución.

Consumo de carne y sus efectos. [Vía: Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente de España]

Pesca

El caso de la pesca es donde más se evidencia la relación bilateral. Por un lado, la pesca intensiva está arrasando con las especies de peces; los modelos como el del arrastre de fondo genera efectos como la desaparición de peces y arrecifes de coral que tardan muchos años en regenerarse. Además, prácticas como la caza de ballenas también están poniendo en serio riesgo las especies y podrían llevar a su extinción.

Desperdicio de alimentos

Como si todos estos problemas generados por la producción de alimentos no fueran reto suficiente, se suma el hecho de que un tercio de los alimentos que producimos se desperdicia, aproximadamente 1.300 millones de toneladas de comida terminan en la basura cada año. El desperdicio de alimentos implica el descarte o el uso alternativo de alimentos que son seguros y nutritivos para el consumo humano; esto se produce cuando se desechan alimentos frescos porque no alcanzan ciertos estándares de forma, tamaño o color, los que se desechan por estar cercanos a la fecha de vencimiento preferente o los descartes de las cocinas domésticas y los establecimientos de comida.

Infograma sobre el desperdicio de alimentos. [Fuente: FAO, 2016]

¿Se puede cambiar el panorama?

Muchas investigaciones afirman que sí, como consumidores podemos comenzar a cambiar nuestros hábitos alimenticios y nuestra forma de consumir, algunas opciones son:

Reducir el consumo de carne

Estudios realizados por diversos investigadores demuestran que si cambiamos nuestra dieta incluyendo más frutas y verduras y reduciendo el consumo de carne no solo reduce los gases contaminantes producidos por persona, sino que además reduce enfermedades como infartos, cáncer colorrectal y diabetes de tipo 2. Propuestas como la del Meat Free Monday (Lunes sin carne) buscan animar a la población a dejar de consumir tanta carne, que no implica eliminarla: un consumo sostenible implicaría el ahorro de unos 20 o 25 kilos por persona al año.

Vegetarianismo y veganismo

Puede ser una opción para muchos: implica un cambio radical en nuestra forma de entender la alimentación. Las emisiones de las personas vegetarianas son hasta un 50% menores que las de quienes consumen carne a diario y la de las personas veganas puede alcanzar un 60%.

Consumir productos cercanos y de temporada

No hace falta cambiar radicalmente todo lo que consumimos, sino que también ayuda cambiar la forma en la que consumimos. Consumir productos de temporada y de productores locales no solo reduce los costes de transporte, sino que además colabora con las economías locales. También es una opción consumir productos provenientes de una agricultura sostenible.

Las olvidadas legumbres

Estos alimentos son una fuente de proteínas y aminoácidos que se complementan perfectamente con los cereales; son una fuente de hidratos de carbono y de micronutrientes, como también de fibra de alta calidad. Además, contribuyen a mantener bajos niveles de colesterol gracias a su bajo contenido en grasas; no contienen gluten, evitan la falta de hierro y enriquecen la salud ósea entre muchos beneficios. Son un muy buen sustituto de la carne en cuanto a los nutrientes que aportan.

La producción de legumbres también tiene beneficios en cuanto a la mejora de la biodiversidad, ya que las leguminosas tienen la capacidad de fijar el nitrógeno con lo cual mejorar la fertilidad del suelo y nutren a los cultivos que se siembran junto a estas. Su producción requiere de poca agua y son mas resistentes a las sequías.

La utilización de las legumbres en la rotación de cultivos podría enriquecer la biodiversidad agrícola en los suelos y resistir mejor el agotamiento.

A pesar de que de todo parezca muy negativo, la realidad es que los consumidores tenemos un gran poder a la hora de comenzar a moldear un nuevo modelo de producción, al fin y al cabo, la demanda tiene la fuerza de moldear la oferta, sobre todo en cuanto a los alimentos que consumimos. Para esto es muy importante que conozcamos el efecto que tiene nuestro consumo en la industria y que seamos consumidores responsables a la hora de elegir nuestra comida, sin dejarnos llevar por las estrategias de marketing de las grandes empresas.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Belen Aguero

Argentina/España. Soy licenciada en Relaciones Internacionales y tengo un máster en Cooperación internacional y gestión de políticas públicas, actualmente me encuentro realizando un doctorado. Me interesa profundamente el análisis de fenómenos internacionales, en especial lo relacionado a las agendas globales de desarrollo y lo referente a gobiernos locales y regionales.


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