17/12/2018 BARCELONA

¿Peligra la Amazonía?: Brasil, Bolsonaro y el cambio climático

Australia, Rusia, Canadá, Alaska y Brasil albergan más del 70% de los espacios naturales del planeta. Estas zonas son las últimas fortalezas para las especies en peligro de extinción y ejercen funciones vitales para la Tierra. Sin embargo, cada día se tienen que enfrentar a más y más amenazas como, por ejemplo, al nuevo presidente de Brasil.

Según el nuevo mapa mundial publicado en Naturemás del 70% de los espacios naturales se encuentran en tan solo cinco países: Australia, Rusia, Canadá, Estados Unidos (Alaska) y Brasil. Estas zonas son las últimas fortalezas para las especies en peligro de extinción y ejercen funciones vitales para el planeta, como por ejemplo almacenar carbono, lo cual minimiza los efectos del cambio climático.

Por ello, los pasos que den (o no) estos países son de vital importancia para asegurar el futuro de los últimos espacios vírgenes de la Tierra.

Brasil es uno de los países clave en el contexto global de desarrollo sostenible. Alberga en su territorio la mayor floresta tropical del mundo (aproximadamente 6 millones de km2). La selva amazónica ocupa el 49% del territorio brasileño y cuenta con una enorme riqueza tanto mineral como vegetal; además, es el hábitat de miles de especies animales en peligro de extinción.

Aunque según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil este país otorga una gran importancia a los temas ambientales y ha participado activamente en los debates internacionales relacionados con el cambio climático, la conciencia sobre la importancia de la preservación de estos espacios naturales no es hegemónica. Aún no se concretan acciones lo suficientemente fuertes como para cuidar estas áreas ni se efectúa una política medioambiental que no pase por alto las amenazas a las mismas.

La naturaleza no ha sido formalmente definida ni protegida, lo que significa que no hay nada que obligue a los gobiernos, a las industrias y a las sociedades locales a rendir cuentas sobre la conservación de los espacios naturales.

Menos políticas, más retrocesos

El año 2017 resultó un desafío para la conservación de la Amazonía brasileña. Varios políticos y sus partidario —industrias agropecuarias y ganaderos, entre otros— expresaron su resentimiento contra lo que les parecía una cantidad excesiva de tierra brasileña ocupada por unidades de conservación, reservas indígenas, comunidades tradicionales y quilombos (comunidades establecidas por afrobrasileños, muchos de los cuales fueron esclavos fugitivos).

Cámara de Diputados de Brasil. [Foto vía Wikimedia]

Desde 2016, estas personalidades, que contaban con la mayoría en el Congreso, buscaron dar marcha atrás a muchos avances ambientalistas y sociales que se habían logrado en Brasil. Una de las propuestas presentadas durante el 2017 fue que 349.000 hectáreas de bosque dejen de ser tratadas como Floresta Nacional (el nivel máximo de protección) y sean clasificadas como APA, la categoría más flexible, que permite acciones como la compra y venta de tierras, cultivos y actividades mineras. Es evidente que el gobierno ha estado defendiendo los intereses del sector agropecuario y de los llamados “ruralistas”, una alianza entre grandes terratenientes dentro del Senado y la Cámara de Diputados, y  que las políticas que se han aprobado a lo largo de estos últimos años han sido en favor de los mismos.

Sin embargo, estas acciones tuvieron consecuencias: provocaron una reacción por parte de movimientos populares, organizaciones no gubernamentales, movimientos indígenas y ciudadanos en general. Esta oposición se mantuvo firme durante mucho tiempo y logró demorar o suspender una gran cantidad de medidas que ya se estaban implementando. Todo esto llevó a que se vuelva cada vez más peligroso expresar disconformidad en Brasil. Según Global Witness, solo en el 2017, Brasil registró el mayor número de asesinatos de defensores del medio ambiente que cualquier otro país, con 57 muertes, el 80% de las cuales ocurrieron mientras se protegían las riquezas naturales de la Amazonía.

En consecuencia, este país llegó a ser considerado como el país más peligroso del mundo para activistas sociales o ambientales.

Pese a la oposición, el gobierno recortó los presupuestos para el INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria), la FUNAI (la institución indígena) e IBAMA, organismo que supervisa la deforestación y la degradación ambiental. Esto disminuyó la capacidad de acción de las instituciones encargadas de brindar las protecciones más básicas. La reducción drástica de la financiación de los ministerios e instituciones que protegen el medio ambiente solo ha causado estragos y un aumento de la deforestación.

Política y medio ambiente

Como hemos mencionado anteriormente, Brasil es uno de los países con más responsabilidad frente al cambio climático, ya que alberga muchos kilómetros de bosques tropicales y las reservas más importantes de agua dulce a nivel mundial. Sin embargo, la discusión sobre cómo proteger y preservar estos recursos ha sido casi nula en la última campaña electoral del país. Los candidatos a la presidencia se refirieron a la inseguridad, a la corrupción, a la violencia y a muchos otros temas, pero el medio ambiente y el rol que tiene Brasil para proteger la naturaleza fue un ámbito al que no se le brindó la importancia que merece.

Parecía que el tema ambiental pasaría desapercibido, pero adquirió notoriedad por las declaraciones de uno de los candidatos, Jair Bolsonaro, representante del Partido Social Liberal (PSL). En lugar de apoyar la protección de los bosques con los que cuenta Brasil, Bolsonaro hizo todo lo contrario y habló sobre cómo planeaba reducir la protección de los bosques y la fiscalización. Asimismo, calificó al Instituto Brasileño del Medioambiente (Ibama) como una “industria de multas”. También propuso la eliminación del ministerio de Medio Ambiente y la transferencia de sus competencias al ministerio de Agricultura; además del retiro de Brasil del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, un consenso internacional para mitigar el impacto del cambio climático.

Debido a estas declaraciones, Bolsonaro atrajo a diversos aliados que desde siempre buscaron la ocupación de la selva para incrementar sus ganancias.

En un reciente discurso, Jair Bolsonaro afirmó que “La Amazonía no es nuestra”. Esta frase, en lugar de resaltar la universalidad y la necesidad de proteger la riqueza ambiental de la misma, defiende una apertura a la explotación, uso y llegada de inversión extranjera a la zona. Asimismo, Bolsonaro se mostró a favor de la apertura de tierras ya demarcadas a proyectos de infraestructura, como carreteras o centrales hidroeléctricas, y decidido a no dar “ni un centímetro de tierra más a los indígenas”. Por lo tanto, tiene como objetivo eliminar las protecciones legislativas otorgadas a las reservas ambientales y las comunidades nativas.

Estudios recientes muestran que las reservas forestales controladas por pueblos nativos en muchos países proporcionan una de las mejores defensas contra la deforestación, pero Bolsonaro tiene en mente otros usos para los bosques tropicales, ya que ha declarado que “donde hay tierra indígena, hay riqueza debajo de ella”. Y eso es en lo que se enfoca, precisamente, en favorecer al sector que convertiría los bosques tropicales en tierras de cultivo. Por otro lado, afirmó que busca frenar el proyecto conocido como Triple AAA, una especie de corredor ecológico de 138 millones de hectáreas destinado a preservar la biodiversidad y que abarcaría los Andes y la Amazonía hasta el Atlántico.

Bolsonaro también aseguró que quiere poner fin al “activismo medioambiental” del Instituto brasileño de Medio Ambiente y de los Recursos Naturales (IBAMA) y el Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio).

Esto eliminaría cualquier forma de supervisión o rendición de cuentas en torno a la deforestación. Además, pondría en peligro a los miles de activistas y organizaciones gubernamentales que luchan por proteger el medio ambiente.

Todo ello supondría un desvío radical del curso seguido por Brasil desde hace años, cuando el país alojó la Cumbre de Río en 1992. Los sucesivos gobiernos han hecho de la lucha contra la deforestación uno de sus pilares políticos, y formaron parte del Acuerdo de París de 2016, en el que la participación de Brasil, ahora, pende de un hilo.

El outsider político

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil. [Foto vía Wikimedia]

Para que Jair Bolsonaro alcanzara el nivel de influencia con el que cuenta en estos momentos tuvieron que suceder una serie de acontecimientos. Su discurso radical llegó a una sociedad que estaba harta de la corrupción, castigada por la recesión económica y el desempleo y con graves problemas de inseguridad ciudadana. Casi 13 millones de personas se encontraban desempleados  y la tasa de homicidios el año pasado fue de más de 63.800 personas, según el Anuario Brasileño de Seguridad Pública. Todos estos y otros factores terminaron por desencadenar el fracaso de la izquierda en el país y un descontento general que se manifestó en la búsqueda de nuevas opciones políticas.

Es ahí donde Bolsonaro se presenta como un outsider que rescataría a Brasil de la situación en la que se encontraba.

Bolsonaro supo ganarse aliados de peso con sus discursos, como el movimiento de los evangélicos al mostrarse como un defensor de los valores tradicionales, la familia y la seguridad. Este sector, muy conservador y con una considerable influencia en la sociedad brasileña, mostró su apoyo para el candidato de derecha y, poco a poco, logró posicionarlo entre los favoritos.

Por otro lado, se acercó a ese electorado que se sentía decepcionado de la situación en la que se encontraba su país y, al mismo tiempo, a un segmento de la población muy conservadora que no contaba con un líder que le diera voz hasta ese entonces. Es así como, pese a sus 27 años como diputado, se presentó en el escenario electoral como una figura alejada de la corrupción y al que no le temblaría la mano para adoptar las medidas que fueran necesarias para enderezar el país. Debido a sus declaraciones, gran parte de la sociedad tomó una posición contraria, pero miles también decidieron apoyarlo, convencidos de que era la única opción para que Brasil se recuperara de la crisis en la que estaba inmersa.

La Amazonía en crisis

Aunque las declaraciones de Bolsonaro pusieron en alerta a muchos sobre el cuidado del medio ambiente, lo cierto es que la Amazonía está en peligro desde mucho antes. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) advierte de que en solo 50 años desapareció el 20% de la Amazonía y, solo en 2017, se perdió una superficie de 6.947 kilómetros cuadrados.

En otro ámbito, cerca del 10% de las reservas de carbono del mundo están en el bioma amazónico. En la década de los 90, la selva absorbía 2.000 millones de toneladas de CO2; ahora se ha reducido a la mitad.

Los expertos aseguran que si la Amazonía se pierde, se pierde la lucha contra el cambio climático.

Por ello, una política de tolerancia cero frente a la deforestación en Brasil es un factor clave. Lamentablemente, la tasa de deforestación en la Amazonía brasileña continúa aumentando y, en agosto de 2018, se despejaron 545 km² de bosque, tres veces más que el área deforestada en el 2017.

Por lo visto, esta situación no parece que cambiará. Para Philip Fearnside, científico del Instituto Nacional de Investigaciones del Amazonas (INPA), la deforestación amazónica, principal fuente de emisiones de carbono de Brasil, podría seguir una tendencia al alza porque las fuerzas tras la tala —más carreteras, vías férreas y vías industriales, más minas, más asentamientos en el interior, y más inversión en desarrollo— siguen creciendo. Asimismo, no existen políticas lo suficientemente establecidas como para que protejan los bosques, por lo que el panorama es desalentador y preocupante, dado que la Amazonía es considerado uno de los pulmones del mundo.

Los bosques de todo el planeta son lucrativos para los intereses comerciales y su explotación con el fin de cultivar productos primarios representó casi un cuarto de toda la deforestación global entre 2001 y 2015, de acuerdo con un estudio. En la Amazonía, la ganadería ilegal, la tala de árboles y la conversión de zonas de bosque tropical en granjas son las principales causas de la deforestación desde hace mucho. La demanda mundial de carne, uno de los productos principales de Brasil, está creciendo, así como la demanda de soja, otra de las principales exportaciones de Brasil, gracias a la guerra comercial entre China y Estados Unidos.

Además, Brasil es el sexto emisor de gases de efecto invernadero del mundo, debido a que la agricultura y la producción petrolera son las principales fuentes de emisiones del país.

La victoria del candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil ha activado aún más las alarmas entre las comunidades indígenas y los activistas ambientales sobre el destino de la selva amazónica. Ahora que Bolsonaro ha sido elegido presidente, las promesas y declaraciones hechas en la campaña presidencial cobran más peligro, pues él se encuentra con las facultades para realizar las acciones y políticas anti-ambientales que prometió. Este retroceso en medidas para proteger el medio ambiente solo refleja la influencia creciente de un poderoso sector conservador dentro de la asamblea legislativa de Brasil y que con la victoria de Bolsonaro amplificaría su poder.

La selva tropical más grande del mundo es parte fundamental de la mitigación del cambio climático, por lo que reducir la deforestación es un problema mundial urgente. Brasil, sin embargo, va en la dirección opuesta.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Yazmin Mezarina

Lima, Perú. Estudiante de Comunicaciones con mención en Comunicación Audiovisual en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Miembro de la Asociación Civil Internacia y Directora de Prensa de la VII edición del PUCPMUN. Me interesan los temas de derechos humanos y política internacional.


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