21/11/2018 BARCELONA

Una ciudad, seis Barcelonas

Vista aérea de Barcelona. [Foto vía Vincent Laforet]
El objetivo de este artículo es evaluar cómo, sirviéndose de diferentes construcciones literarias, los escritores proyectan la imagen de una ciudad desde sus propios intereses narrativos y propias perspectivas identitarias y/o socioculturales. En el presente texto, veremos como 6 autores han escrito obras que tienen lugar en la ciudad mediterránea de Barcelona de una forma distinta, ya sea como mera referencia geográfica de la acción, como escenario particular que influye determinantemente en la trama o, de forma más abiertamente connotada, como ente a (re)interpretar –ya sea histórica o sociológicamente hablando.

La ciudad como campo de batalla semiótico

En primer lugar, cabe recordar que la ciudad de Barcelona, como toda gran urbe, está inmersa en un continuo escenario de batalla simbólico, donde distintos intereses ideológicos, de un lado, e identitarios, de otro, confluyen y pugnan entre sí con el objetivo de convertirse en hegemónicos.

Es decir, como bien nos recuerda Rossana Reguillo, «la ciudad es espacio de investigación prioritario y privilegiado, en la medida en que no es solamente el escenario de las prácticas sociales, sino fundamentalmente el espacio de organización de la diversidad, de los choques, negociaciones, alianzas y enfrentamientos entre diversos grupos sociales por las definiciones legítimas de los sentidos sociales de la vida.»[1]

Así, tenemos que evaluar la ciudad «no sólo como el lugar de la comunicación de cada sociedad consigo misma, sino también y quizás ante todo, el lugar de una comunicación de las sociedades distintas entre sí.»[2] Una ciudad que no puede ser, por lo tanto, evaluada como unívoca, homogénea, sino como un palimpsesto, como una pasta de hojaldre conformada por múltiples capas[3]: distintos intereses colisionan creando diferentes lecturas de un mismo espacio.

Toda gran urbe es escenario de una batalla simbólica entre intereses identitarios e ideológicos que pugnan entre sí con el objetivo de convertirse en hegemónicos. La representación literaria de las ciudades no queda exenta de tal lucha.

Como es de suponer, esto también afecta a la proyección literaria de una ciudad: «la ciudad no es sólo un depósito de piedras, más o menos alineadas. Sobre todo es un depósito de palabras y conceptos.»[4]

Literariamente hablando, pues, la ciudad es una realidad construida desde la propia experiencia urbana de los ciudadanos-autores y de los ciudadanos-lectores: las ciudades son legibles y pueden ser leídas fácilmente como un texto. Siendo esto así, pues, no es de extrañar que numerosos escritores tengan la tentación de mimetizar estas ciudad-texto mediante su pluma.

Barcelona: capital catalana, ciudad metropolitana española, «ciudad-marca»…

Ya desde la Edad Media y especialmente durante la Época Moderna y la Contemporánea, Barcelona ha sido una ciudad puntera en la península ibérica, ya fuera bajo dominios de la Corona Catalanoaragonesa o, más adelante, del Reino de España. Ciudad frecuentemente asociada al disconformismo, a la revuelta o a la revolución[5] –no en vano la ciudad es merecedora de apodos como Rosa de fuego o ciudad de las bombas[6]–, ha sido un puntal para la economía, la industrialización y la modernización de España, así como ha contribuído al desarrollo político, cultural y pedagógico del Estado.[7]

Tratada constantemente de ser relegada a un segundo plano en detrimento de Madrid por parte de cierto poder político y económico español, las clases dirigentes de la ciudad han intentado durante décadas –o siglos– darle vida propia, huir de la posición de ciudad provincial española a la que se veía abocada y reflejarse cultural y urbanísticamente en París para devenir, así, una ciudad moderna.[8]

Un ejemplo reciente de cómo un libro puede (re)leer la historia es El rey recibe, de Eduardo Mendoza. Tanto la misma promoción del libro –«Hay dos formas de contar la historia: como sucedió y como la hemos vivido»– como el mismo Rufo Batalla, narrador y protagonista del libro, así lo advierten al lector/a: «Por mi parte, debo contar lo que se cuenta, pero de ninguna manera debo creérmelo todo, y esta advertencia mía valga para toda mi narración.» Mendoza, E., El rey recibe. Barcelona: Seix Barral, 2018, p. 13. [Fotomontaje publicitario vía Seix Barral]

Superado el franquismo, Pasqual Maragall, alcalde de la ciudad, impulsó la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 los cuales, juntamente con otras dinámicas y políticas urbanas, situaron Barcelona en el mapa, es decir, la convirtieron en una ciudad global. Una entrada en el circuito internacional que, para muchos, ha supuesto no sólo un creciente miedo a la pérdida de las coordenadas de la propia identidad, sino que ha conllevado la aparición de una reacción contraria al turismo entre la ciudadanía, hecho que Sergi Picazo sintetizó en la figura del barceloní emprenyat, hermana del català emprenyat acuñada por Enric Juliana.

Situar Barcelona en el mapa pasó por la creación de una imagen, una «marca Barcelona» que pudiera convertir Barcelona en mercancía deseable.[9] Las ciudades, cada vez más planificadas, construyen una propia economía simbólica[10] que ha ido asimilando la imagen de la ciudad «a los estándares de las marcas publicitarias: nombre del producto, imagen corporativa, asociación a determinados valores de optimización.»[11] Así, esta representación simple –esquemática– de la ciudad y sus símbolos la sintetiza en un conglomerado de iconos fácilmente legibles e identificables por los posibles viajantes y turistas en un escenario de competición global.

¿Se asemeja esta «marca Barcelona» –la ciudad que se pretende vender– a la real? Lo más probable es que si lo preguntamos a los barceloneses la gran mayoría responda que sólo parcialmente –si es que no responden, directamente, “No”–. Por el contrario, encontraríamos menos consenso en la disquisición de si la imagen a exportar debería incluir la ciudad como capital de un estado catalán o como ciudad puntera española.

La producción literaria de Barcelona tiene lugar en dos lenguas cooficiales distintas, además de aquellas obras escritas por turistas, visitantes y residentes originarios de otros países. Pese a eso, no podemos concluir que haya una novela tipus para cada habitus lingüístico, sólo pequeñas coincidencias en su seno.

Como sólo pasa en muy pocas otras ciudades, la producción literaria de Barcelona tiene lugar mayoritariamente en dos lenguas cooficiales que comparten espacio público y compiten entre ellas para conseguir la hegemonía en este. Ahora bien, debido a la fortaleza de la lengua castellana –tanto a nivel mundial como, sobre todo, dentro del Estado español–, la producción literaria en catalán, pese a estar protegida mínimamente por instituciones gubernamentales catalanas, está en inferioridad tanto a nivel de visibilidad como de mercado dentro del mismo territorio catalán, incluyendo Barcelona.

El objetivo de este artículo no es ni mucho menos el de afirmar que haya una novela tipus del grupo o habitus lingüístico[12] catalán y una novela tipus del habitus español en lo que a la representación de Barcelona se refiere. Ahora bien, sí que se cree razonable decir que, pese a la existencia de evidentes diferencias entre novelas de los mismos grupos a la vez que evidentes similitudes entre novelas de los distintos grupos, hay algunos elementos que son más frecuentes en un grupo que en otro a la hora de representar la realidad barcelonesa. Asimismo, los autores extranjeros –ya sean turistas o residentes en la ciudad– también nos mostrarán construcciones con elementos dispares entre sí y ante las catalana y castellana. Veamos algunos casos y hagamos aflorar algunas diferencias.

La(s) Barcelona(s) literaria(s)

Antes de empezar el análisis a fondo, sin embargo, es necesario precisar que tal y como apuntan Margarida Casacuberta y Marina Gustà, no hay una gran novela de Barcelona. Es decir, así como Balzac, Zola y Dickens consiguieron escribir «grandes novelas» sobre París y Londres, Casacuberta y Gustà defienden que en Barcelona ésta no ha sido capaz de escribirse. Balzac, Zola y Dickens habían escrito sus obras durante el siglo XIX, bajo unos principios positivistas que veían la literatura «como forma de conocimiento totalizador», donde la realidad «se cree aprehensible a través de la sensación de la percepción».[13]

Debido al retraso cultural peninsular respecto Europa, a la falta de una capitalidad clara en el mosaico español –ni Madrid ni Barcelona son capital de un Estado-nación– y al descrédito del mencionado paradigma positivista-realista durante el siglo XX, defienden Casacuberta y Gustà, no podemos considerar que haya una gran novela de Barcelona. Por lo tanto, ni La febre d’or de Narcís Oller ni Vida privada de Josep Maria de Sagarra pueden ser consideradas como tal aunque el protagonista principal de ellas sea, precisamente, la ciudad. Por el contrario, defienden, Barcelona se había consagrado literariamente como gran ciudad «a través de la poesía y, por eso mismo, al margen de la realidad».[14]

Siguiendo la tesis de Casacuberta y Gustà, no hay una gran novela de Barcelona. Por el contrario, Barcelona se consagró literariamente como gran ciudad a través de la poesía: al margen de la realidad.

En El día de mañana (2011), Ignacio Martínez de Pisón –barcelonés de origen zaragozano– escribe una trama que tiene lugar en la ciudad condal durante la segunda mitad del siglo XX y que lleva implícita la reivindicación de su visión de Barcelona y su lectura histórica. Con el personaje de Justo en el centro, un inmigrante aragonés que llega a Barcelona para tratar la enfermedad de su madre y mejorar las propias perspectivas económicas, Martínez de Pisón traza una historia en la ciudad a partir de trece voces: trece personas que coincidieron con él.

Cabe destacar que en la construcción de la historia Martínez de Pisón intenta abarcar el mayor número de realidades sociales posible, tratando de ser lo más ecuánime posible. Eso impide que caiga, como por ejemplo hace Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa o El amante blingüe, en una asociación entre clase y lengua[15]: en El día de mañana no hay equívocos que puedan llegar a hacernos pensar que los catalanes son sólo burgueses y que la clase trabajadora esté tan sólo compuesta por murcianos.

El día de mañana presenta dos características que pueden encontrarse en otros novelas escritas en castellano que, por el contrario, no son tan frecuentes en literatura escrita en catalán.[16] Por un lado, el protagonista de la trama es un personaje con resonancias de pícaro de origen español en la ciudad de Barcelona; por otro, la historia intenta ser la (re)escritura de una Barcelona que el autor narra con nostalgia, como si creyera que lo que era la ciudad, ha dejado de existir.[17]

Estos dos hechos hacen que, en mi opinión, esta novela prosiga –sin que, como hemos visto, comparta todos sus rasgos– un camino trazado a partir de Juan Marsé y su Últimas tardes con Teresa (1966) y que puede tener una continuidad en la trilogía del Watusi (2002-2003) de Francisco Casavella e, incluso, en la más reciente Rayos, de Miqui Otero (2016).

La Barcelona que evoca Martínez de Pisón es la del franquismo y primeros años de democracia, en la cual plana un clima de pesimismo constante: un mundo desidealizado. Muy pocos personajes parecen ser felices y el franquismo parece ser una losa permanente, sin que ello se explicite de forma demasiado evidente. La historia parece pasar alrededor de los protagonistas, pero sin que ninguno de ellos participe en ella de un modo demasiado relevante.

La Barcelona reflejada, donde la corrupción y el tráfico de influencias y la persecución política están a la orden del día, parece que quiera ensalzar la vida de los que, anónimamente, sin tener peso real, hicieron que la ciudad creciera y aguantara la dictadura, la gente normal. Así, queda retratada una Barcelona más bien gris y en la cual los hijos de papá parecen ser los únicos que tienen licencia para vivirla, mientras el pueblo llano sufre.

Finalmente, en los casos en que los personajes están significados políticamente, lo son sólo en el eje izquierda-derecha: no hay casi rastro del conflicto identitario –pese a la existencia de una banda de extrema derecha–, y las pocas menciones que se hacen de lo catalán son a través de los nombres y apellidos de los personajes o a través de expresiones fortuitas, de muletas lingüísticas.

Portadas de los libros El día de mañana, Jo confesso y Els barcelonins. [Fotocomposición de propia elaboración].

En Jo confesso de Jaume Cabré –barcelonés de nacimiento–, la ciudad no es la fuente de la tensión narrativa, sino tan sólo un escenario, un telón de fondo donde transcurre la acción. Más que reivindicar una Barcelona concreta, la historia está teñida por una nostalgia y extrañamiento constantes que tienen que ver con las dificultades del personaje, nunca socialmente significativas sino siempre de carácter personal e íntimo.

La trama de Jo confesso son las memorias de Adrià Ardèvol Bosch a lo largo del siglo XX, un hijo de familia bien del Eixample barcelonés, marcado desde pequeño por la falta de amor y las exigencias familiares y que acaba siendo un reputado humanista y profesor de la Universidad de Barcelona. La historia también está marcada por su íntima relación de amistad con Bernat Plensa i Punsoda y su amor accidentado con Sara Voltes-Epstein.

De la Barcelona evocada por Cabré cabe destacar, por una parte, que queda casi solo reducida a una pequeña cuadrícula de calles del Eixample, obviando así más realidades sociales que la del protagonista. Pese a eso, hay muy pocos personajes que sean descritos como extraños –casi sólo lo son los policías– y las distintas lenguas que se hablan durante la obra son expresadas explícitamente.

En último lugar, también hay que destacar que casi no se entra en el contexto histórico: sólo se lo usa para enmarcar la trama. Adrià –como ya lo hiciera su padre– se desentiende de los hechos políticos que le pasan alrededor –y así nos es remarcado– y no muestra una preocupación específica para la defensa de la propia identidad. Aún así, el hecho de que la obra esté escrita en catalán y que la vida que refleja sea casi exclusivamente en dicha lengua –¡en pleno franquismo!– nos recuerda que, como tampoco pasa en El día de mañana, sea una obra exenta de sesgo identitario.

Sirviéndose de la autoficción y aprovechando que era el comisario de una exposición en el Museo Etnológico de Barcelona –bajo el nombre: ‘Les cares de Barcelona’–, Adrià Pujol Cruells –ampurdanés residente en Barcelona– escribió por encargo de la revista L’Avenç una serie de once capítulos –doce en la compilación en forma de libro: uno para cada mes del año– que hablan sobre la ciudad condal: Els barcelonins.

En este ejercicio de antropología literada, Pujol Cruells realiza un análisis sobre Barcelona parcialmente homologable a muchas ciudades occidentales: el autor se adentra en lo que convierte la capital catalana en una ciudad global. Para él, esto pasa por narrar la historia y las tradiciones catalanas y barcelonesas, pero también por incluir en sus relatos el impacto del turismo o la descripción de las nuevas tendencias y tradiciones que se están implantando en la ciudad fruto de la globalización. Es decir, reúne en su obra aquellas cosas que acercan Barcelona –con un claro deje irónico– «al club de las mejores ciudades del mundo.»[18]

A pesar de hacer aparecer elementos tradicionales, Pujol Cruells busca huir de la folklorización de lo catalán y se dedica, más bien, a hacer una radiografía de las tradiciones y de la gente, guardándose de positivizarlas. Él expone, explica, sin dotar de carga simbólica –excesiva–: la gente parece ser tal como la describe. Además, se desnuda ideológicamente, y admite ante el lector que es independentista y votante de la CUP. Lejos de que esto suponga un problema, consigue el efecto contrario: el lector/a puede tener en cuenta el sesgo desde donde leerlo.

Pujol Cruells explica y recoge una Barcelona a través de los diferentes sustratos, en forma de palimpsesto: no hay una simple cartografía, sino que los lugares comunes explican la ciudad, no son un mero complemento urbano en la trama. La defensa de lo catalán está explícita a través de la ironía[19] y presenta una Barcelona global y cosmopolita no en función de su inclusión en el mercado internacional, sino de la presencia de varias nacionalidades en sus calles.

Pujol Cruells reconoce su incapacidad para hacer un análisis completo, cerrar el tema: él no concluirá que los barceloneses sean algo en concreto, inequívoco, lo que hará es apuntar hacia diferentes bandas, dialogando con todo lo que cree que puede ser considerado barcelonés y haciendo reflexionar así el lector/a.

Portadas de los libros Origin, No voy a pedirle a nadie que me crea y Mac y su contratiempo. [Fotocomposición de propia elaboración].

Finalmente, el turismo como modelo de ciudad es uno de los elementos criticados por Pujol Cruells, pero es el mismo que ha permitido que Barcelona figurase como escenario bestseller: en la literatura de mercado. Es aquí donde encontraremos Dan Brown –New Hampshire, EE.UU.– y Origin (2018). A grandes rasgos, la trama narra un descubrimiento científico por parte de un emprendedor tecnológico norteamericano y la persecución orquestada por una secta ultracatólica española con el objetivo de boicotear su anuncio, el alcance del cual puede acabar con la existencia de las religiones.

Origin ilustra la Barcelona-escaparate: los pocos elementos de la ciudad presentados están folklorizados y sus ciudadanos, ‘desaparecidos’. De Barcelona sólo importa Gaudí y las vistas sobre la ciudad. La ciudad no es presentada como socialmente compleja: la diversidad barcelonesa sólo es circunstancialmente vislumbrada cuando Barcelona puede mostrarse como una potencia tecnológica donde circulan coches TESLA y es elegida por el emprendedor norteamericano Edmund Kirsch como ciudad en la que residir. Es, por lo tanto, el turista –estadounidense– quién dota de sentido y cosmopolitismo una ciudad que se encuentra a medio camino entre la tradición cristiana y la apertura tecnológica – o el progreso–.

Los conflictos sociales, ideológicos e identitarios no están presente y la novela carece de representación del otro: no hay extraños porque estamos ante la globalidad interconectada; en el desarrollo de la trama sólo importa lo que nos relaciona unos con otros, lo que hace que un suceso en Barcelona tenga repercusiones mundiales. No es de extrañar que la única vez que Dan Brown hace una descripción con tintes sociológicos no serviles a la trama sea ya en el epílogo y describa, justamente, un emplazamiento en el que cualquier barcelonés consideraría todos los presentes como turistas: una escena delante la Basílica de la Sagrada Familia.

Toda representación literaria de una ciudad responde a unos intereses –literarios, mercantiles, ideológicos o identitarios– concretos de cada autor: cada obra es una ciudad distinta

Con una mirada también desde fuera pero con las ventajas de residir en Barcelona, ​​encontramos Juan Pablo Villalobos –mexicano residente en Barcelona– y No voy a pedirle a nadie que me crea (2016). Para resumir la trama, podemos recurrir a las palabras de uno de los personajes de su novela, «¿De qué estamos hablando? ¿De una conspiración del narco mexicano y la mafia italiana para blanquear capitales en Cataluña? ¿A través de Oriol Carbonell? ¿A través del partido? ¡Y con la protección del director de los mossos d’esquadra! Coño, tía, esto es muy fuerte.»[20]

Oriol Carbonell es un político de un partido conservador catalán que está inmerso en una trama corrupta global: esta circunstancia, así como el hecho de que la mayoría de protagonistas sean inmigrantes, dan la condición de global en la ciudad que aparece en la novela. El protagonista, homónimo alter ego del escritor, es un estudiante mexicano de literatura que se desplaza con su novia a Barcelona con el objetivo de hacer un doctorado sobre Pere Calders.

A través de sus ojos viviremos Barcelona desde una perspectiva sudamericana –especialmente, mexicana y argentina–, nos serán explicadas las dificultades de la integración y el racismo en la ciudad –infligido por barceloneses pero también entre los mismos migrantes– y se retratará una ciudad que no es la de postal: la de los negocios oscuros, delincuencia y políticos corruptos, la de los okupas de la plaza del Sol de Gracia y la de los poderosos que viven escondidos en chalets de Pedralbes.

Así, la ciudad presenta conflictos ideológicos y de identidad, pero no debido a un choque de identidades catalanoespañol: más bien son los inmigrantes –pobres– los que chocan con una ciudad que les responde de la misma manera, tanto sea con personajes más catalanistas que españolistas o viceversa. Por el contrario, la falta de complejidad identitaria y social llega a su máxima expresión en la obra del barcelonés de nacimiento Enrique Vila-Matas Mac y su contratiempo (2017).[21]

Esta novela, una obra metaliteraria que trata sobre el fenómeno de la repetición –y la imposibilidad de decir nada nuevo en literatura–, narra el intento de Mac Vives Vehins de reescribir la ópera prima de su vecino escritor, Ander Sánchez. La trama tiene lugar en el barrio del Coyote: nombre inventado por el barrio «que se extiende, sin límites muy definidos, por debajo de la plaza de Francesc Macià, antes de Calvo Sotelo y, durante la guerra civil, plaza Hermanos Badía».[22]

Aunque el autor cartografíe las escenas mencionando las calles por donde Mac circula y los establecimientos que frecuenta, estos sólo sirven de referencias geográficas: podrían ser cambiados por cualquier otros de otra ciudad cualquiera y la historia sería igual de creíble, de universal. Mac siente un permanente extrañamiento, pero de su propio mundo, del barrio que se vuelve tan provinciano que puede acabar siendo transpuesto a un pequeño pueblo cerca de la ciudad portuguesa de Évora, como así ocurre en el capítulo 49 del libro.

Así, la Barcelona que presenta es plana, inexistente como tal, y con unas calles donde los vagabundos parecen los únicos personajes con los que no siente un extrañamiento total, sino más bien un reflejo de sí mismo: confirmando lo expuesto, no hay ninguna referencia a la complejidad sociológica de la ciudad ni, por tanto, a su conflicto social ni identitario.

Como hemos podido comprobar, pues, Barcelona ha tratado de ser mimetizada de formas muy distintas: (re)escribiendo su memoria, utilizándola como telón de fondo de una trama –de referencias intercambiables o no–, diseccionándola a modo de análisis antropológico, convirtiéndola en escenario de tramas ultralocales, globales… Cumpla con la función que cumpla la ciudad en la trama, lo que parece ser probado es que cada aproximación responde a unos intereses –literarios, mercantiles, ideológicos o identitarios– concretos de cada autor: cada obra es una ciudad distinta.

Epílogo

Al igual que la neutralidad del espacio público no es posible más que mediante la libre y abierta confrontación de todas las opciones y opiniones[23], es imposible encontrar un autor ausente de carga ideológica-identitaria a la hora de mimetizar una ciudad, por más sutil que ésta sea. Asimismo, tampoco es posible afirmar que haya una representación que encarne la realidad sobre la estructura social que se ha tratado de capturar puesto que, como se ha visto, el realismo positivista ya ha sido superado. Así, lo único que se puede afirmar es la existencia de unas aproximaciones que pueden ser más o menos acertadas o próximas a la realidad que otras.

Es por esta razón que este artículo quiere abogar por la lectura de cuántas más obras, mejor, sea cual sea su aproximación ideológica e identitaria y se crean más o menos tramposas en su construcción. Sin creer nunca que se es poseedor de la imagen real, tratando de reducir al máximo el vacío de paralaje[24] que llevamos implícito, si se lee y analiza la realidad, sea cual sea, con distancia crítica y voluntad empática, nos podremos entender mejor a nosotros mismos y a la sociedad de la cual formamos parte. Y así, si es que eso es aún posible, ayudarla a mejorar –empezando siempre por uno mismo–.


  • Referencias

[1] Reguillo, R., «Ciudad y comunicación. Densidades, ejes y niveles», en Diálogos de la comunicación, núm. 47. Colombia: FELAFACS, 1997, p. 5.

[2] Ferry, J.-M., «Las transformaciones de la publicidad política», en Ferry, J.-M. et al: El nuevo espacio público. Barcelona: Gedisa, 1992. Citado desde Reguillo, R., «Ciudad y comunicación…», p. 3.

[3] Williams, R., «El cambio en la ciudad», dentro El campo y la ciudad. Barcelona: Paidós, 2001.

[4] Torres, M. de, «Joan Maragall, la ciutat i l’urbanisme», en Casals, G., Talavera, M. (ed.), Maragall: textos i contextos. Barcelona: UAB, 2012. (Citado desde Moragas Spà, M., Barcelona, ciutat simbòlica. Barcelona: Ajuntament de Barcelona, 2016, p. 24. Texto traducido al castellano por el articulista.)

[5] Su papel en la Guerra de Sucesión (1701-1715), los hechos de la Semana Trágica (26 de julio-2 de agosto de 1909) o su papel durante la Guerra Civil Española (1936-1939) y los más recientes 15-M (2011) y procés independentista (2010-actualidad), por poner algunos ejemplos, así lo corroboran.

[6] Un breve listado de distintos apodos puede encontrarse en Casacuberta, M., «La identitat monstruosa de Barcelona: una construcció literària, ideològica i política entre la realitat i la ficció», comunicación en el marco de «Realitats fictícies, ficcions reals» en el XVIII Forum for Iberian Studies, 20-21 de junio de 2018, Universidad de Oxford.

[7] Por ejemplo, fue tras la huelga de la fábrica conocida como La Canadenca (febrero-marzo 1919) que se consiguió la aceptación de la jornada laboral de 8h en España. Barcelona puede estar también orgullosa de haber sido la ciudad donde se fundó en 1901 la llamada Escuela Moderna, referente pedagógico mundial, con el pedagogo y librepensador Francesc Ferrer i Guàrdia como máximo exponente.

[8] Resina, J. R., «La ciutat burgesa», dentro La vocació de modernitat de Barcelona. Auge i declivi d’una imatge urbana. Barcelona: Cercle de Lectors / Galaxia Gutenberg, 2008.

[9] Siguiendo los razonamientos de teóricos como David Harvey, Manuel Castells y Henry Lefebvre, la ciudad ha dejado de ser un centro de producción y ha pasado a ser una unidad de consumo social organizada espacialmente. Como tal, la ciudad ya no necesita producir, sino ser consumida: los trabajadores venden –normalmente en el centro de la misma– un producto/servicio por el cual son remunerados así como consumen en ella otros productos/servicios durante el tiempo de ocio.

[10] Tal y como defiende Sharon Zukin, los planificadores de las ciudades tienen cada vez más en cuenta la economía simbólica de éstas, esto es, una «simbiosis entre imagen y producto […] en el discurso y en la representación de la ciudad.» Zukin, Sharon, The Cultures of Cities. Oxford: Blackwell, 1995, p. 8. (Citado desde Moragas Spà, M. Barcelona…, p. 59).

[11] Moragas Spà, M. Barcelona…, p. 35.

[12] Descritos por Pierre Bourdieu en Ce que parler veut dire. París: Fayard, 1982.

[13] Casacuberta, M. y Gustà, M., «Introducción. ¿La gran novela de Barcelona?» en Casacuberta, M. y Gustà, M. (ed.), Narrativas urbanas. La construcción literaria de Barcelona. Barcelona: Fundació Antoni Tàpies, Ajuntament de Barcelona, Institut de Cultura, Arxiu Històric de la Ciutat, 2008, p. 10.

[14] Íbid.

[15] Resina, J.R., La vocació de modernitat…, p. 179.

[16] De hecho, han intentado ser localizadas a la hora de redactar este artículo y ha resultado imposible. Si algún lector/a sabe de ella, ¡que escriba al articulista diciéndoselo, por favor!

[17] Pascual Ortega, uno de los personajes de la novela sin una identidad muy determiada, le está pidiendo a Mercedes si quiere festejar con él, al lado de la iglesia de Santa María del Mar. Y narra cómo, de repente, «aparecieron de no se sabe dónde unos tunos con sus bandurrias y sus guitarras y panderetas. Sí, en aquella época era más corriente que ahora eso de ver a los de la tuna por Barcelona.» Martínez de Pisón, I., El día de mañana. Barcelona: Seix Barral (Colección Booket), 2012, p. 63.

[18] Pujol Cruells, A., Els barcelonins. Barcelona: L’Avenç, 2018, p. 78.

[19] «En el patio, como cuando tú eras pequeño, se suele jugar en castellano. Como cuando tú eras pequeño, pues muchos niños eran hijos de andaluces. Allí, ahora se juega en castellano porque hay gente de todo el mundo. / Ahora piensas que el castellano en la boca, a tí te hacía sentir poderoso.» Pujol Cruells, A., Els barcelonins…, p. 20. (Traducido al castellano por el autor del artículo).

[20] Villalobos, J. P., No voy a pedirle a nadie que me crea. Barcelona: Editorial Anagrama, 2016, p. 239-240.

[21] Salvando Dan Brown, Enrique Vila-Matas es el escritor con más reconocimiento internacional de los mencionados.

[22] Vila-Matas, E., Mac y su contratiempo. Barcelona: Seix Barral, 2017, p. 29.

[23] La neutralidad política de un espacio tan sólo puede tener lugar cuando este está totalmente vacío de símbolos, algo imposible en una sociedad que posee lenguaje como la nuestra. Para poner un ejemplo, un anuncio publicitario mismo ya ideologiza el espacio público: transformando –parcialmente– éste espacio en mercantil, el cartel no se relaciona con el individuo o ciudadano como si fuera tal sino que se le dirige como potencial consumidor, con las implicaciones ideológicas que eso conlleva.

[24] Tal como explica Slavoj Žižek en The Parallax View. Cambridge: MIT Press, 2006, y acertadamente resume Luisa Elena Delgado, «la realidad nunca puede percibirse en su totalidad; no porque una parte nos resulte elusiva, sino más bien porque siempre contiene un punto ciego que marca nuestra inclusión en ella.» Delgado, L. E., La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011). Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2014, p. 186.

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Ferran Muñoz Jofre

Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración, cursa actualmente un máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. La política y la cultura han sido siempre sus focos de interés, como demuestra su experiencia laboral como becario en distintas instituciones culturales y empresas del mundo editorial barcelonés. El voluntariado no asistencialista y la educación en valores como herramientas de transformación social, así como la preservación no excluyente de las identidades y el feminismo, son sus más firmes convicciones.


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