20/11/2018 BARCELONA

La cultura afirmativa. ¿Por qué cuesta tanto cambiar el mundo?
Concert Crowd

La predación capitalista, el hambre en el mundo, las guerras sin sentido… ¿por qué no cambiamos el mundo, si somos los dominadores del planeta? Nuestro deseo e impulsos acaban chocando contra un cómodo sentimiento de impotencia, el cual nos mantiene en la rueda con vocación indefinida. Herbert Marcuse (1898-1979), que fue un pensador capital del pasado siglo, nos ilustra en su texto “Acerca del carácter afirmativo de la cultura” (1967) sobre esta irresolución o inconsecuencia. ¡A continuación glosamos sus elementos esenciales!

La predación capitalista que aisla en el poder a unos pocos y margina a una parte sustancial de la población; el hambre en el mundo, con sobrados recursos para repartir; las guerras sin sentido (¿lo tiene, alguna de ellas?); la competitividad, en fin, desnaturalizadora de los individuos… Acaso el Por Qué no cambiamos el mundo, si somos tan listos, y los dominadores del planeta, sojuzgando al resto de especies que pululan en su superficie -y profundidades, más o menos-, sea una pregunta que flota en el ambiente de los sensibles, reflexivos o reivindicativos. Vaya, este imperfecto sistema debe contener -contuvo siempre- (sutiles) mecanismos de salvaguarda que funcionan a las mil maravillas… Nuestro deseo e impulsos acaban chocando -mientras podamos llevarnos un pedazo de pan a la boca- contra un cómodo sentimiento de impotencia, el cual nos mantiene en la rueda con vocación indefinida.Salvo a las almas de algunos valientes, irreductibles… Pero la naturaleza humana, en general, no funciona así. En 2018, y siempre.

Fotografía de un niño soldado en Uganda [Foto vía Getty Images].

Herbert Marcuse (1898-1979), que fue un pensador capital del pasado siglo, nos ilustra en su texto “Acerca del carácter afirmativo de la cultura” (1967) sobre esta irresolución o inconsecuencia. A continuación glosamos sus elementos esenciales.

Se yergue ante nosotros -o acaso se extienda, simplemente- un texto con vocación trascendental; condición que queda acreditada pues el texto no aborda un asunto cualquiera sino el tema por antonomasia: la felicidad. La felicidad del hombre, la nuestra, por supuesto. Es un texto destinado a los humanos, entre los que se encuentra el autor. (Acaso no constituyan todos los textos del mundo, de manera directa o indirecta, una aproximación a la felicidad, a su acotación y a sus modos…). En este es explícita la preocupación, la sacudida. Y Marcuse, después de ofrecernos el diagnóstico de la enfermedad, de la ausencia general de felicidad o realización del ser humano en el mundo occidental, sugiere apenas, entre líneas, un remedio “macro”, poniendo el foco en la superestructura. Debemos organizarnos más racionalmente como sociedad.

El problema es el concepto de cultura que soporta el mismo sistema capitalista (sumisión a la élite burguesa), amagando falsamente con la necesidad de modificarlo. Marcuse considera que un mundo donde la economía no decida es posible. Y se deja iluminar por los destellos del socialismo puro, de verdad, el socialismo real, aunque sin consignar explícitas recetas.

El marco se establece en la praxis, en lo material, ¿o acaso queremos seguir como estamos eternamente…? Se remonta Marcuse a la Grecia clásica de Aristóteles, cuando el saber es dividido entre funcional (o necesario) y filosófico (cuyo fin es sí mismo y que es susceptible de proporcionar la felicidad, abstraído de lo causal). Producimos la vida, empero, en el mundo de lo necesario, donde el dinero, no más que un fetiche, se ha convertido en la vara de medir; absorbe toda esencia. Herbert Marcuse se incluye en la tradición marxista, y en este punto es pertinente traer a colación la diatriba de Marx contra el citado fetiche: “Cuanto menos comes, bebes, compras libros, vas al teatro (…) y cuanto más ahorras, mayor haces tu tesoro, al que no atacan ni la carcoma ni el polvo: tu capital. Cuanto menos eres y menos expresas tu vida, más tienes; más expropiada es tu vida, más atesoras tu esencia alienada (…) Lo que tú no puedes, lo puede tu dinero (…) Toda pasión, toda actividad, debe, pues, acabar en la codicia”. El hombre, según Marx, produce también según las leyes de la belleza, produce un mundo objetivo, pero el “trabajo alienado le sustrae el objeto de su producción; es su vida genérica lo que le sustrae”. Llega a apodar Marx, a este hombre, “eunuco industrial”: un hombre que abandona así necesidades humanas; la máquina se apodera de él.[i]

El mundo de lo verdadero, lo bueno y lo bello queda más allá de la pura mercancía (sin entrar en consideraciones particulares sobre la mercantilización del arte). El propio Platón, recaba Marcuse, propugnaba la supresión de la propiedad privada y la prohibición del comercio.

Se concentra el autor en la plenitud de la época burguesa, siglos dieciocho y diecinueve, cuando la sociedad funciona a partir de la libre competencia. Unos valores de igualdad, de humanidad, de libertad con tintes de auténtica pugna económica entre los individuos. Ese es un momento de universalidad de la “cultura”. Lo verdadero, lo bueno y lo bello pasaron de ideales plausibles de la sociedad oprimida del antiguo régimen, a palo y zanahoria que blande la élite burguesa para dominar al resto de clases[ii] (late la noción de ideología[iii]). No más esos ideales, en la cultura afirmativa, que unas aspiraciones abstractas de vivencia interior. Un “falso” patrimonio colectivo. Esta espiritualidad tan alejada de lo fáctico ejerce de contrafuerte del antagonismo real.

La cultura afirmativa salva, así, al sistema. Permite una expansión racional y momentánea del elemento humano, que resulta suficiente para mantenerlo estable en el trabajo alienador.

Estas expansiones requieren un ápice de praxis: ocio, deporte, museos… Una felicidad estanca, un gasto necesario para toda empresa de éxito.

No nos interesa el hombre, pero bueno, que viva lo mejor posible.

Esta igualdad abstracta que abandera la cultura se traduce en desigualdad concreta. Pero los individuos creen: la virtud del deber, el trabajo bien hecho, la fe en el progreso, el respeto al orden establecido.

El arte burgués lo confirma: ante la obra bella respiramos, tenemos nuestro momento. Incluso el dolor, la soledad, son metafísicos, virtuosos. A trabajar otra vez. El ideal ha postergado, de nuevo, la aspiración, la realización de la felicidad real. La solidaridad entre los hombres. Pero sentimos que siempre es posible, a unos pasos. Nos eleva ese arte, esos ideales, sin urgir la realización. Es más: esa felicidad puede realizarse en el orden establecido, respetando el poder, lo experimentamos. Se trata de un renunciamiento. Gratitud. Nos hallamos, por consiguiente, ante una cultura que satisface nuestras torpes veleidades humanas, pero que es lo contrario a la solución.

Según Marcuse esta cultura “sublimiza la resignación”. Es precisa una educación cultural para disciplinar a las masas; amansarlas. El Estado totalitario barniza a su vez su cultura de heroicidad, adhiere a los ciudadanos-soldado a su causa (humildad, espíritu de sacrificio; sentido supremo del trabajo, sin mejorar sus condiciones). El interés permanece inalterable: preservar el poder de las élites. Aquí ya, por mor del dictado de esa configuradora cultura, la propia obra de arte ya no es importante y cede ante la épica nacional, que cumple la misma función disciplinaria.

Pero en el sistema burgués al uso, los objetos de arte ofrecen una experiencia de libertad inofensiva: insinúan posibilidades, soplan la realización comprimida de los ideales. Al mismo tiempo que aparece, ese médium de belleza está alejando la facticidad; el ideal no puede ser gozado, aunque parece satisfactorio. Si un sistema es un conjunto de funciones (estructuralismo), la belleza es asignataria de una función precisa.

Vemos, pues, que ese mundo de lo bello, lo bueno y lo verdadero no constituye en nuestra sociedad más que un espacio delimitado, un coto de caza para el domingo; por un instante el anhelo queda colmado (desfogue del raciocinio), somos más fuertes para seguir trabajando. Y para que dure, eternizamos las obras de arte postrándolas ante nosotros.

Para que esta explotación del cuerpo no choque con nuestros valores, incurrimos en hipocresía: cosificamos el cuerpo en la fábrica, pero el comercio del placer -la prostitución-, todo despliegue inconsecuente de la sensibilidad, la libertad de los sentidos, no nos está permitido. Únicamente eliminando este vínculo con el ideal afirmativo (gozar sin racionalizar) optaríamos a una salida.

La madurez del sistema se demuestra con la “adhesión” del arte a la causa burguesa: el bien cultural regido por la ley de valores económicos.

Foto de las esculturas-globo en el museo de Jeff Koons [Foto: Timothy A. Clery vía AFP].

Ante el carácter social de la cultura afirmativa, las tesis de Durkheim proyectan sus ecos sobre el texto[iv]. La “forma” social previa al contenido cultural. La estructura epistemológica de la religión es la matriz de la que proviene toda la cultura afirmativa.

Dialoga, asimismo, el texto de Marcuse con los postulados de Lukács y su denuncia de destrucción del hombre armónico, yendo un paso más allá al enfatizar la anulación artística. Lukács apela a las aptitudes y potencias del hombre, que frente al “repulsivo” capitalismo se revuelven en dirección a la belleza. Cita a Hegel (“Los griegos, de acuerdo a su realidad inmediata, vivían en el centro feliz de la libertad subjetiva y autoconsciente y de la sustancia moral”). Sobre la división capitalista del trabajo, hace notar que numerosos oficios no exigen capacitación intelectual, y el mejor rendimiento se espera de esa opresión del sentimiento y la razón. Ahí está la fragmentación o escisión del hombre, la parte de inhumanidad, de vida irrealizada. Cita Lukács a Marx del igual modo, observando que en la Edad Media el artesano aún “podía acrecer hasta un cierto limitado sentimiento artístico”. También recoge a Gorki, según el cual, sostiene Lukács, el movimiento revolucionario “desvela al hombre, lo desarrolla, hace que florezca su vida interior, le confiere conciencia, energía y ternura (…) nuevos contenidos de la nueva vida, concretos, artísticamente experimentables”[v].

Un ejemplo muy gráfico de cultura afirmativa lo constituyó la exposición sobre el punk que tuvo lugar en CCCB de Barcelona en primavera de 2016. En su génesis, el punk atentó contra el concepto que representaría este acontecimiento museístico; era un grito de rebeldía, un canto a la destrucción bakuniana. Hoy visitamos la exposición relajados, complacidos: “Mira, esto pasó; aquel cantante… Esa carátula de disco… Qué travesuras, ¡qué movimiento interesante!”

No más que turismo cultural; regresamos a casa con nuestra conciencia inquieta y progresista amansada; jamás experimentamos un impulso de acción durante la visita, nunca hubo peligro.

Cobra en este punto un vigor inquietante la frase de Marcuse: “El arte, al mostrar la belleza como algo actual, tranquiliza el anhelo de los rebeldes”. Sentimos también evocarse aquella escena de la película “Martín H.” (1997), de Adolfo Aristarain, en la que el personaje de Dante (interpretado por Eusebio Poncela), actor díscolo y contestatario, interrumpe su interpretación durante una obra de Bertold Bretch para increpar al público, acusándolo de complacerse veleidosamente con el contenido del drama para regresar después al engranaje capitalista.

“Acerca del carácter afirmativo de la cultura” da luz a un diagnóstico difícil de replicar. Escrito en 1968 pero cuya vigencia generalista se mantiene intacta (con razón agregada desde el estallido de la crisis), ofrece al lector un estado de alivio, de entender, de atar cabos, cuando experimenta la identificación de la causa de un problema, de una falla. Al objeto, no obstante, de engrosar su debe podemos manifestar que no está claro si aporta soluciones, o las da por sobreentendidas. No puede negarse la entidad expansiva del texto, lo que es un logro, su acierto radical, pero el lector menos ducho acaso extrañe unas directrices concretas y pragmáticas para alcanzar la “descubierta” necesidad de libertad; en el debe: esa autosuficiencia carente; si bien, con seguridad, el texto se completa en un diálogo intertextual mucho más amplio. En cualquier caso, no debe omitirse que una propuesta más concreta de remedios correría el riesgo de ser devorada por el adagio “Hecha la ley, hecha la trampa”, que aconseja huir de planes cerrados y construir a partir de premisas generales.

Acoge el que suscribe el diagnóstico en términos generales o filosóficos -en cuanto al análisis, no al impulso de acción-; al que políticos liberales -sobre todo- y socialdemócratas opondrían reparos indudables… Habría que preguntar a algunos obreros si su felicidad alienada es suficiente, si ya les va bien. Una pregunta a formular a más tardar en 2007, antes de la crisis; no es arriesgado afirmar que dicha pregunta resultaría hoy prácticamente extemporánea.

De todos modos, atinente al vagón de cola de los países subdesarrollados, como receptores en serpentín de la miseria final, el texto semeja movilizador e inapelable. La cultura afirmativa debe observarse hoy desde un prisma global.

Cualquier ciudadano puede atestiguar en su comportamiento los efectos reales que Herbert Marcuse describe en la cultura afirmativa, los mecanismos que están en marcha, aunque, tal vez, la lectura pase a integrar un acto más de cultura afirmativa, tras confirmar el lector lo expuesto y chasquear la lengua -el sistema admite, prevé, cuenta con este ejercicio de desfogue; el carácter afirmativo es esta propia cultura, esta vertiente perniciosa-, sin que no más que unos pocos se muevan en consonancia.

Los idealistas se mueven con más facilidad pero los pragmáticos solo lo hacen cuando están entre la espada y la pared.

Muchos se han movido desde 1968, y muchos se mueven hoy, lo que avala el poder del texto.

Reformulando el colofón de Marcuse: sustraigamos de la esencia el adjetivo “Afirmativo”, y dejemos -creemos algo distinto- Cultura (punto).

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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[i] MARX, Karl, ENGELS, Friedrich. “La alienación”, dentro de Cuestiones de arte y literatura. Barcelona: Ediciones Península, 1975, págs. 164-165.

[ii] “Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes, es decir, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es a la vez la fuerza espiritual dominante (…) Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”. MARX, K., ENGELS, F.; La ideología alemana, Laia, Barcelona, 1987; pág. 42.

“Es solo la relación social entre los mismos hombres lo que para ellos toma aquí la forma fantasmagórica de una relación entre cosas”. Marx apela en este punto a la analogía religiosa y a los “productos del cerebro humano”. Marx, K.; “El carácter de fetiche de la mercancía y su secreto”, El capital, vol. 1, Edicions 62, Barcelona, 1983; pág. 107.

[iii] Raymond Williams analiza los perfiles de las distintas definiciones de ideología, ubicándose, en una sociedad de clases, sobre el sistema de creencias, incluso ilusorias, fundamentadas en la posición de clase, con base en el interés. “Expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”, citando La ideología alemana, de Marx. Los pensadores de clase (ideólogos conceptivos, activos) perfeccionan la ilusión. “Representando su interés como si fuera el interés de todos los miembros de la sociedad”. WILLIAMS, R.: “4. Ideología”, de Marxismo y literatura, Barcelona, Ediciones Península.

[iv] DURKHEIM, Émile: “Conclusión”, de Las formas elementales de la vida religiosa, Barcelona, Edicions 62, 1987.

[v] LUKÁCS, György: “El ideal del hombre harmónico en la estética burguesa”, dentro de Los Márgenes, 1983, Núm. 27-28-29, págs. 25-34

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Jose Luis Maestro

Lector del Código Civil y del Quijote, José Luis es un apasionado de las galletas con leche, los diarios de información general y los cafés servidos por máquinas del siglo XXI en el claustro del XIX de la Facultad de Letras de Barcelona, a 23 grados de temperatura ambiente. Como los grados descienden con frecuencia en ese patio de los grados de letras, la biblioteca le acoge con regularidad, donde es, pues, sencillo encontrarle mendigando unos céntimos sueltos para la máquina de café.


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