20/11/2018 BARCELONA

La Tierra invernadero, o cómo el cambio climático puede ser irreversible

Según un estudio reciente podríamos estarnos dirigiendo hacia la Tierra invernadero, un efecto dominó con consecuencias catastróficas y con el que el ser humano perdería su capacidad para revertir el cambio climático.

La geología terrestre, así como sus condiciones climáticas, han ido variando a lo largo de la historia. Estas variaciones se deben sobre todo a las fuerzas geológicas: episodios como las glaciaciones marcan el punto de inflexión entre etapas. En la actualidad, nos encontramos en el Holoceno, un periodo considerado interglaciar (entre glaciaciones) que comenzó hace unos 11.000 años.

En la escala geológica temporal actualmente nos encontramos en el Holoceno, pero la actividad humana podría desplazarnos hacia una nueva etapa: el Antropoceno [Imagen: Wikimedia]

Si bien a lo largo de la historia de nuestro planeta los grandes cambios han sido marcados por las fuerzas geológicas, este estatus quo parece estar amenazado. Una nueva variable rivaliza ahora con la propia naturaleza a la hora de definir el futuro climático de la Tierra: la actividad humana. De hecho, algunos estudios científicos apuntan hacia el nacimiento de una nueva época geológica llamada Antropoceno. Dicha época geológica estaría determinada por las emisiones de efecto invernadero asociadas a la acción humana.

Hasta cierto punto, lo expuesto no supone una novedad a nivel científico ya que el cambio climático antropogénico está aceptado en la actualidad por un 97% de la comunidad científica. En este sentido, todos los avances para combatir el cambio climático parten justamente de la aceptación de la capacidad geológica del ser humano y su dominio sobre la naturaleza; una capacidad que puede tanto provocar el cambio climático, como ralentizarlo

Sin embargo, aunque el rol del ser humano como causa del cambio climático sea indudable, empiezan a alzarse voces que sostienen que la solución a este quizás no esté en nuestras manos, sino en las de la naturaleza.

Esta es precisamente la teoría descrita por un reciente estudio de un equipo internacional de investigadores liderado por Will Steffen y publicado en la revista Asuntos de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS, por sus siglas en inglés). Según este estudio, el cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París (frenarse en los 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales) podría no ser suficiente para revertir los efectos del cambio climático.

La Tierra invernadero

El estudio destaca la fragilidad de nuestro entorno y de algunas de las fuerzas de la naturaleza que nos protegen en la actualidad y que, a su turno, podrían convertirse en nuestros enemigos debido al cambio climático. Llegados a este punto, ya no nos encontraríamos ante un efecto invernadero como en la actualidad, sino ante una “Tierra invernadero” o “Tierra de efecto invernadero”, en la que el aumento de la temperatura vendría dada por un efecto natural y no necesariamente por la acción humana. En este punto, pues, revertir el cambio climático ya no estaría en las manos del ser humano.

Se calcula que, cada año, los bosques, los océanos y los suelos de la Tierra absorben alrededor de 4.500 millones de toneladas de carbono. A nivel europeo, por ejemplo, los bosques que se encuentran en la Unión Europea absorben el 10% de las emisiones que producimos a nivel mundial. A modo de ilustración, se estima que la liberación de solo el 0,1% del carbono actualmente almacenado en los suelos europeos equivaldría a las emisiones anuales producidas por 100 millones de automóviles.

Sin embargo, a medida que aumenta la temperatura, corremos el riesgo de que estos y otros sumideros de carbono pierdan su capacidad de absorción de dióxido de carbono (responsable del 64% del calentamiento global provocado por el ser humano) e incluso lleguen a convertirse en fuentes de emisión de carbono.

En la Tierra invernadero una serie de efectos de retroalimentación se sucederían causando efectos imprevisibles y consecuencias disruptivas. [Imagen: WUWT]

Lo mismo podría ocurrir con otros efectos de retroalimentación como la descongelación del permafrost (que ya abordamos en esta sección desde su vertiente más humana), la emisión de metano hidratado de las aguas marinas, el debilitamiento de sumideros de carbono en tierra y mar o el aumento de la respiración bacteriana de los océanos. A ello se debería añadir la muerte regresiva de la selva amazónica y la reducción de las capas de nieve de los hemisferios norte y antártico.

Todos estos efectos funcionarían como una fila de fichas de dominó en la que el ser humano empujaría tan solo la primera. A partir de ese momento perdería el control sobre ellas.

A consecuencia de este efecto en cadena, la Tierra invernadero registraría la temperatura global más alta de los últimos 1,2 millones de años y el clima podría estabilizarse con 4-5 grados centígrados de calentamiento por encima de la era preindustrial. El deshielo provocado en los polos haría aumentar el nivel del mar entre 10 y 60 metros, afectando a grandes zonas urbanas. Iniciativas como Global Flood Map ilustran cómo de desastrosas podrían llegar a ser las inundaciones.

Con aumentos de temperatura de entre 4 y 5 grados, los autores del estudio dicen que los impactos serían “masivos, a veces abruptos y, sin dudarlo, disruptivos”.

Pero los efectos no se limitarían al ámbito climático: grandes zonas de la tierra podrían convertirse en inhabitables y otras serían áreas de gran riesgo debido a fenómenos climáticos extremos. Esto podría provocar grandes migraciones que, según una estimación del Banco Mundial hace unos meses, podrían llegar a 140 millones de personas en 2050.

Unas migraciones tan masivas y concentradas podrían ser objeto de crisis humanitarias sin precedentes.

Tal situación obligaría a redefinir tanto las políticas de adaptación como las de mitigación

Las políticas de adaptación al cambio climático se basan en anticipar los efectos del cambio climático para minimizar sus daños. Hasta la actualidad, la acción climática se ha visto centrada en la mitigación (reducir emisiones), pero en caso de confirmarse los resultados del estudio, grandes recursos deberían destinarse a la adaptación. Algunas áreas de acción deben ser: combatir las altas temperaturas (luchar contra la desertificación y proteger la biodiversidad), asegurar la disponibilidad de agua (la gran mayoría del agua dulce proviene de áreas montañosas, en Europa un 40% de los Alpes) o prevenir inundaciones y sequías.

En lo que se refiere a la mitigación, estos descubrimientos podrían forzar a la comunidad internacional a renegociar los compromisos establecidos en París y situar como objetivo los 1.5 grados por encima de los niveles preindustriales, en vez de los 2 actuales, una posibilidad que se establece ya en dichos acuerdos. En este sentido, el próximo octubre el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC en sus siglas en inglés) publicará el Informe especial sobre los impactos del calentamiento global de 1.5 grados. Este informe servirá de base para evaluar los avances hechos hasta el momento y establecer objetivos más ambiciosos.

El profesor Chris Rapley del University College de Londres dijo recientemente que, dada la evidencia de la historia humana, es una esperanza ingenua pensar que el ser humano pueda comprender y revertir el cambio climático. No obstante, la humanidad nunca se ha enfrentado a un problema de naturaleza similar y su reacción debe ser también disruptiva con su historia. El presente es el punto de inflexión y las decisiones actuales tendrán consecuencias durante los próximos siglos. Llegados a este punto, la inacción no es una opción.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Guillem Pujadas

Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universitat Pompeu Fabra, ha cursado estudios de postgrado en Urbanismo y Espacio Público en la Univesitat Oberta de Catalunya. Sin embargo, su campo laboral gira entorno la comunicación 2.0 en empresas privadas y el asesoramiento político a nivel local. Forma parte de una cooperativa de consumo, donde intenta contribuir a la transición energética, la economía de proximidad y comercio justo y los modelos de gestión basados en los comunes.


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