17/12/2018 BARCELONA

Crítica bizarra

Eduardo Halfon en Barcelona; foto tomada en septiembre de 2017 [Foto © Joan Puig vía El Periódico de Catalunya].
¿Cuál es el origen de la escritura de Eduardo Halfon? Los recuerdos, la crónica personal, la memoria infantil... cualquier elemento biográfico se convierte en manos de Halfon en el material de escritura perfecto, preciso, letal. El mayor elogio que se le puede dedicar a un libro es la necesidad de releerlo inmediatamente y con 'Biblioteca bizarra' esto pasa sin ni siquiera pensarlo.

Eduardo Halfon, Biblioteca bizarra. Zaragoza: Jekyll&Jill, 2018. 120 páginas.

A los pocos días para la fecha de entrega de estas notas aún no sabía qué decir de Biblioteca bizarra. No porque no haya nada que decir sino porque hay demasiado y tengo por norma ceñir mis críticas a un solo aspecto de la obra o del libro. Pues una crítica literaria de pocas páginas que intente abarcarlo todo no abarca nada. Una crítica es una lectura un poco más atenta, un poco más atrevida, un poco más insensata. No se escribe bastante literatura como para escribir sobre ella. ¡Y con ínfulas de grandeza! En fin, la fecha límite se acercaba y tenía cuatro comienzos distintos, una ficha de lectura que ocupa el doble de lo normal y una ficha de citaciones que con letra de mosca aprovecha cada milímetro de papel. Demasiadas ideas, demasiados temas importantes, demasiada emoción.

Biblioteca bizarra es un librito que se lee en poco más de una hora, a lo sumo dos, pero se lee con mucha intensidad. Cada palabra, cada línea, cada pequeña prosa —seguramente esto será el tema principal de mi reflexión— te sacude con la fuerza que sólo los escritores con mucho talento saben ejercer. Este talento, no cabe duda, lo acreditan todos sus lectores y críticos. Yo me limito a constatarlo.

Sin lugar a dudas la mayor muestra de elogio que puede recibir un libro es la necesidad imperiosa de releerlo inmediatamente. Pasa con Ficciones, con La transformación, con cualquier libro de Joan Fuster, con Calle de sentido único… y por supuesto con Biblioteca bizarra. Con la primera lectura, Biblioteca bizarra fascina, con la segunda enamora, con la tercera extasía y así hasta el infinito… nos encontramos con una inacabable biblioteca de un solo libro. Uno de los temas más interesantes de la propuesta de Halfon es el juego de la realidad y la ficción en la literatura. Y es un tema que aparece recurrentemente en mis lecturas recientes. En mi artículo anterior ya me vi obligado a hablar justamente de eso mismo, de cómo la realidad o los elementos personales o familiares se cuelan en la literatura para aplicar un cierto efecto de realidad. Pero Biblioteca bizarra no es lo mismo, en absoluto. De entrada, los textos que Eduardo Halfon escribe y que la editorial Jekyll&Jill nos presenta no tienen una adscripción obvia a una determinada categoría genérica. Antes me he referido a ellos como pequeñas prosas para evitarme catalogarlos, pero podríamos hablar de relatos, de crónicas de pequeños ensayos: son textos híbridos entre el relato, el ensayo y la crónica. Las hibridaciones genéricas son imposibles de evitar, y ¡aleluya por eso!

Biblioteca bizarra es un librito que se lee con mucha intensidad, que te sacude con la fuerza que sólo los escritores con mucho talento saben ejercer. Sin una adscripción obvia a una categoría genérica, los textos hibridan entre el relato, el ensayo y la crónica.

Recuerdo haberlo dicho con anterioridad, probablemente en las consideraciones sobre Prodigios —y a lo mejor con otras palabras—, pero la literatura es un juego de tensiones. La tensión entre lo leído y lo visto, la tensión entre la palabra y la imagen, fue lo que me preocupó en aquel texto. La tensión entre lo escrito y lo vivido, entre la ficción y la realidad. Entre memoria y literatura. Esta última tensión, presente también en El barri de la Plata, aparece en Biblioteca bizarra, y con más fuerza. Halfon, explicitándolo, se acerca repetidamente a este tema, especialmente en el texto La memoria infantil donde, después de unas páginas peligrosamente interesantes, nos dice que un escritor «no escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella. Hacia adelante. Es una pobre memoria, dice la Reina de Lewis Carroll, aquella que sólo funciona hacia atrás.»

Resulta difícil añadir algo más. Sobre todo cuando ya hemos leído más de la mitad del libro y nos hemos encontrado con sus fascinantes prosas basadas en experiencias propias con bibliotecas verdaderamente originales, con la dura realidad de los sin techo del Bronx de Bogotá y la imposibilidad de la literatura para acceder a su realidad o con la experiencia de ser padre. Más tarde —o mucho antes—, en el paratexto de la sobrecubierta, se nos contará que instaron a Halfon a huir de Guatemala si quería continuar vivo. Y aunque la fuerza de la realidad, de esa realidad tan dura, tan íntima, tan inexplicablemente común nos penetre con la fuerza de un arpón, Halfon nos lo recuerda: un escritor no escribe su memoria. Lo que leemos no son sus memorias. No es solamente una crónica, es literatura, ficción. Una ficción tan apegada a la realidad como las fotografías que acompañan los relatos. No nos podemos olvidar, lo dijo Fontcuberta, que «la fotografía es siempre ficción»[1]. Y esto no quita absolutamente ningún valor, al contrario. Le imprime más valor. Sitúa la literatura en una tensión más. Una tensión de la que no podemos rehuir, ¿es esto real o no lo es? La respuesta es sencilla: ¡qué más da! Nos resulta imposible apartar los ojos de la bella tipografía elegida por Jekyll&Jill, la lectura de los textos de Halfon atrapa sin remedio. ¡Con qué facilidad es capaz de relacionar la paternidad con el oficio de traductor! Con qué maestría puede relatar en tan pocas líneas la fascinación que nos produce a los lectores y a los bibliófilos una biblioteca singular! No puedo evitarlo, en Halfon leo —dulce homofonía para los que ya han leído el tercer relato del libro— la lucidez de Borges y de Fuster, la heterodoxia de Benjamin, la fascinación de Kafka.

Lo que leemos no son sus memorias. No es solamente una crónica, es literatura, ficción. Una ficción tan apegada a la realidad como las fotografías que acompañan los relatos. ¿Es esto real o no lo es? La respuesta es sencilla: ¡qué más da!

Sorprende, como mínimo al principio, la brusquedad, casi académica, con la que incorpora las citaciones, parece que le sobren. Entre tanta experiencia personal y tanta intimidad, la inclusión de otras voces –con su identificación completa– provoca una irregularidad en la lectura. Más bien un aviso: lo que lees es un producto de una escritura, no lo olvides. Como si fuera un collage, Halfon nos muestra los cortes, la diversa procedencia del material y el pegamento, y lo hace conscientemente. Así pues, Halfon incorpora estas citas, puede que con cierta brusquedad, sí, pero con el objetivo —ya lo hemos explicado— de mostrar la costura de la literatura.

Sobrecubierta del libro.

Sorprende también la vistosa sobrecubierta del libro –que personalmente no me enamora– con su esperpéntico guardaespaldas metralleta en mano. Esta imagen no nos da información directa sobre el contenido del libro, desde la editorial nos proponen el juego de pistas que se propone con cada imagen de cubierta: buscar la relación entre lo que representa la imagen y lo que contiene el libro. Este aspecto, tan interesante como imprescindible para la crítica literaria general, resulta farragoso para esta crítica particular. En Biblioteca bizarra, la relación entre la imagen de la cubierta y el texto juega con la genericidad que los editores dan a la literatura del guatemalteco, aunque para llegar a esto sea necesario leer atentamente los paratextos.

A poco tiempo de la fecha límite de la entrega de estas notas, aún no sé si he dicho lo que quería decir de Biblioteca bizarra; fiel a mi doctrina de ser estrictamente insubordinado he hablado de todo y no he hablado de nada, solamente de mis obsesiones. Aunque claro, al final siempre nos leemos a nosotros mismos, y por lo tanto, siempre escribimos de nosotros mismos. Sería absurdo esperar de un texto tan personal como es una crítica literaria unas reflexiones que no sean las obsesiones y pesadillas del autor. Solo resta decir: leed Halfon. Que es lo mismo que parece decir el bigotudo guardaespaldas con la hebilla de su cinturón: Lee.


[1] Fontcuberta, Joan, El beso de Judas. Fotografía y verdad. Barcelona: Gustavo Gili, 1997, p. 17.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Marc Senabre Camarasa

Editor de 'Gargots Revista Literària', crítico en la revista de reseñas 'Caràcters', graduado en Filologia Catalana por la Universidat de València y actualmente cursando el máster de Teoria de la Literatura i Literatura Comparada en la Universidat de Barcelona. Ferviente defensor en la materialidad de los libros, es decir: pugna constante entre la bibliofilia y el síndrome de Diógenes.


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