19/12/2018 BARCELONA

Cumbre de la OTAN 2018: ¿La materialización de la nueva brecha transatlántica?

Líderes mundiales en la cumbre de la OTAN [Foto: Sean Gallup vía Getty Images].
Día a día crece la brecha transatlántica. La cumbre de la OTAN de 2018 acentúa las diferencias entre Estados Unidos y Europa en materia de seguridad. Este artículo explica el distanciamento entre las dos potencias tras la reciente cumbre, la presión por parte de Estados Unidos por un aumento del gasto militar europeo y el acercamiento entre el país gobernado por Donald Trump y Rusia.

En la noche del miércoles 11 de julio de 2018, los dirigentes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) habían empezado a pensar que lo peor de la cumbre ya había pasado: Trump había despotricado horas antes contra Alemania, acusándola de no pagar lo suficiente en defensa y de convertirse en una “cautiva” de Rusia al haberse vuelto demasiado dependiente de los suministros energéticos rusos. El orden del día del jueves parecía ofrecer pocas razones para una mayor confrontación con Trump: una discusión rutinaria sobre la posibilidad de Georgia y Ucrania de unirse a la OTAN y la participación de la alianza en Afganistán. No parecía que nada fuese a embarrar significativamente la cumbre, o al menos eso es lo que creían los miembros de la alianza Atlántica.

El espectáculo comenzó el mismo jueves a las 8:45 de la mañana cuando el presidente Trump llegó tarde a un dialogo multilateral que debía producirse entre él y los jefes de gobierno de Alemania, Francia y Reino Unido. Cuando finalmente apareció, Trump puso sobre la mesa su propia agenda, que nada tenía que ver con las cuestiones a tratar que habían sido acordadas. En su lugar, Trump indicó que sus predecesores en la Casa Blanca habían presionado para que los europeos aumentaran los gastos de defensa y que él no iba a cambiar la posición de su país en este aspecto. Uno de los comentarios más chocantes, por parte de Trump, que se produjo en esa reunión fue que los europeos “debían aumentar el gasto para enero de 2019 o Estados Unidos seguiría solo[1]; dando a entender que Estados Unidos (EE.UU.) podría retirarse del Tratado del Atlántico Norte en enero del año que viene si sus demandas no son aceptadas por los socios de la alianza.

La respuesta por parte de los socios de la OTAN fue un ensordecedor silencio. Esto se debe a que la interpretación de las palabras de Trump por parte de los socios de la alianza no fue unánime. Por ejemplo, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, salió a la palestra a defender a Trump e indicó que no se había puesto sobre la mesa la posibilidad de abandonar la alianza. No obstante, rápidamente otros miembros de la alianza se comprometieron a alcanzar el gasto del 2% del PIB antes de enero, para evitar que el aparente ultimátum de Trump se materialice.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, convocó una reunión de emergencia en respuesta a la creciente sensación de pánico en la sala. La demanda del presidente de EE.UU. de realizar una reunión sobre el gasto tuvo prioridad sobre la agenda oficial de la reunión de ese día. Al cabo de unas horas, la reunión finalizó sin que Stoltenberg ni ninguno de los otros líderes europeos ofrecieran una sola concesión en esta materia. La sensación de esta cumbre de la OTAN fue tan amarga que los líderes europeos cancelaron las ruedas de prensa programadas.

¿Qué quiere la administración estadounidense?

En la cumbre de la OTAN de este año, la administración americana ha vuelto a hacer énfasis en una de sus principales demandas a los socios de la alianza, la de aumentar el gasto en defensa. No obstante, esta aproximación puramente cuantitativa a la política de defensa es limitada para comprender lo que realmente desea EE.UU. Es evidente que en un mundo multipolar, en el cual existen múltiples aproximaciones a la seguridad que son distintas a la seguridad tradicional (por ejemplo, la seguridad humana o la seguridad medioambiental), medir la seguridad en términos puramente cuantitativos no sólo es limitado sino que es erróneo, debido a que en cada ámbito concreto la definición de seguridad y la manera de obtenerla serán distintas.

Por poner un ejemplo algo burdo, es evidente que si un peluquero corre detrás de un señor calvo amenazándole con cortarle el pelo, el señor calvo va a pensar que el peluquero no supone una amenaza para él, ya que no tiene pelo. Esto es lo que les ocurre a los socios europeos, quienes ven la demanda de aumentar el gasto en defensa como absurda, porque no hace referencia a sus necesidades en materia de seguridad. Esto es debido al hecho de que la Unión Europea (UE) es una potencia postmoderna y tiene un planteamiento distinto a EE.UU. en lo que respecta a las cuestiones de seguridad y a la resolución de conflictos, tal y como queda plasmado en la Estrategia Global de 2016. No obstante, también resultaría limitado pensar que EE.UU. desconoce esto; por consiguiente, la pregunta que debemos formularnos es la siguiente: ¿Qué quiere EE.UU.?

En Europa, donde las iniciativas en el ámbito de la defensa superan con creces el número de casos de aplicación real sobre el terreno, se habla de “autonomía estratégica”, pero su consecución sigue carente de planificación y operacionalización. Ante este hecho, EE.UU. quiere que Europa gaste más en defensa en vistas también a obtener dicha autonomía estratégica pero con la condición de que una buena parte del gasto se destine a los sistemas de armamento estadounidenses. Es decir, que Europa siga necesitando a los EE.UU. en términos de capacidades militares[2]. Por ello se explica la insistencia, por parte de EE.UU., en el aumento del gasto militar de los miembros europeos.

La nueva brecha transatlántica y la búsqueda de nuevas alianzas

El presidente de EE.UU., Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, en un encuentro del G20 en Hamburgo en julio de 2017 [Foto: Mikhail Klimentiev vía AFP].

La abrupta clausura de la cumbre de la OTAN de este año nos muestra claramente que se ha producido un choque entre socios con respecto a la cuestión de los gastos de la alianza. Este choque no podía producirse en peor momento. El lunes 16 de julio de 2018, se reunieron Donald Trump y Vladimir Putin en una cumbre donde EE.UU. inició un proceso de normalización de las relaciones con Rusia. Para ello, Trump pretendió discutir varios asuntos regionales importantes, algunos de los cuales afectan a la OTAN, con el mandatario ruso[3]. Esto podría haber puesto en riesgo información sensible de varios miembros de la alianza atlántica (particularmente aquellos con lo cuales Trump no se lleva especialmente bien, como es el caso de Alemania), que podrían verse afectados en términos de ciberseguridad y desinformación.

No obstante, a lo máximo que llegó Trump, al menos que sepamos, es a calificar a la UE como enemiga de EE.UU., siendo esto una muestra más de la consolidación de la brecha transatlántica. Al mismo tiempo, Trump ha iniciado una estrategia de “divide y vencerás” (como el caso de Jerusalén nos ha mostrado), para dividir a los estados miembros con respecto a cuestiones sensibles en materia de política exterior y evitar así posicionamientos y acciones claras y cohesionadas de la UE en dicha materia.

Por ejemplo, a día de hoy Trump sabe que puede contar casi incondicionalmente con algunos líderes europeos, como el húngaro Viktor Orbán, los polacos Jarosław Kaczyński y Andrzej Duda y la británica Theresa May. Por consiguiente, la UE debería replantearse la búsqueda de nuevas alianzas que complementen a la transatlántica ya que EE.UU., por el momento, no es un socio fiable que pueda garantizar la seguridad de los estados europeos. También debería desarrollar sus capacidades militares acorde con los peligros y amenazas reales de la UE (por ejemplo, ¿es inteligente catalogar a Rusia como un enemigo o una amenaza?). Esto implicaría normalizar las relaciones con Rusia en términos amplios y solucionar las principales controversias en base al espíritu del pragmatismo de principios consagrado en la Estrategia Global de 2016, para evitar así que las posibles filtraciones que haga EE.UU. de la información sensible puedan volverse en contra de los estados europeos.

Por último, sería recomendable enfocar la vista hacia Asia, y en particular hacia China, ya que según el barómetro de Edelman, en Asia y el Pacífico la confianza en las instituciones y líderes occidentales está cayendo en picado, mientras que la confianza en China está aumentando[4], lo cual podría contribuir a hacer contrapeso a EE.UU.


[1] Sparrow, A. (2018). Trump’s Nato attack on Germany ‘disgraceful’ and ‘destructive’ says ex US secretary of state – Politics live. The Guardian. [online] Disponible aquí: https://www.theguardian.com/politics/blog/live/2018/jul/11/brexit-pmqs-nato-summit-trump-may-eu-countries-reimburse-us-for-defence-costs-trump-intensifies-criticism-of-nato-politics-live

[2] Ortega, A. (2018). Trump vs. NATO? Appearances and realities. Real Instituto Elcano.

[3] The Economist. (2018). The Trump-Putin summit in Helsinki. [online] Disponible aquí: https://www.economist.com/united-states/2018/07/05/the-trump-putin-summit-in-helsinki

[4]  Edelman.com. (2018). APACMEA: Trust Becomes Polarized – edelman.com. [online] Disponible aquí: https://www.edelman.com/post/apacmea-trust-becomes-polarized

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Manuel Herrera

Alicante, España Graduado en Relaciones Internacionales en la Universidad Ramón LLull de Barcelona. Máster en Seguridad Internacional en el Instituto de Estudios Internacionales de Barcelona (IBEI). Asistente de investigación en el Institute of Peace and Conflict Studies de Nueva Delhi. Colaborar en la web de análisis "Articulo 30: Política de defensa". Colaborador asiduo del blog "Notes de Seguretat" del Departamento de Interior de la Generalitat de Catalunya.


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