21/09/2018 BARCELONA

Afganistán, el conflicto olvidado: Dentro de la insurgencia talibán

La insurgencia talibán se ha consolidado a lo largo de los años como el principal grupo armado no estatal en Afganistán. Esto ha sido posible gracias a la puesta en marcha de una exitosa estrategia expansiva, abriéndose hacia otras regiones y grupos étnicos, así como por la diversificación de sus fuentes de financiación. Hoy en día, a pesar de que la organización se encuentra inmersa en un período de clara fragmentación, constituyen una formación fuerte y bien consolidada, con clara vocación de permanencia y llamada a desempeñar un papel determinante en el futuro próximo de este complejo y étnicamente diverso país.

El nacimiento de un grupo insurgente

Lo que se ha venido a denominar insurgencia talibán está conformado por una serie de grupos armados de etnia predominante pastún, de orientación religiosa fundamentalista islámica, que llegó a regir el país entre los años 1996 y 2001, fecha en que el régimen fue derrocado por una invasión militar liderada por Estados Unidos. En septiembre de 1994, el mullah Omar, futuro líder del grupo, abandonaba la madrasa de Maiwand (Kandahar), donde estudiaba desde finales de la ocupación soviética. Tan solo 50 estudiantes apoyaron la creación de este grupo que hoy en día sigue constituyendo la fuerza militar no estatal más poderosa entre los diferentes grupos insurgentes de Afganistán.

La aparición de este grupo en el panorama de Afganistán hunde sus raíces en la historia reciente del país. La llamada “Revolución de Saur” del 27 de abril de 1978 llevó a los comunistas afganos a tomar el poder. Un año después, las tropas de la Unión Soviética invadieron Afganistán en señal de apoyo al gobierno comunista liderado por Babrak Karmal. A esta invasión le sucedió una década de conflicto armado entre el gobierno afgano, apoyado por las tropas soviéticas, y multitud de grupos armados opositores, denominados generalmente como muyahidines. Estos grupos se caracterizaban por su fragmentación y dispersión, aunque compartían el objetivo común de conseguir la retirada de las tropas soviéticas y derrocar al gobierno, lo que finalmente consiguieron entre los años 1989 y 1992.   

Grupos etnolingüísticos en Afganistán [Mapa: CIA vía WikimediaCommons].

Los talibanes nacieron en los años 90 como una facción de los muyahidines con el apoyo encubierto de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) norteamericana y su homólogo pakistaní, el ISI (Inter-Services Intelligence Directorate). Los combatientes eran reclutados por otros miembros de la etnia pastún que habían estudiado en madrasas pakistaníes (Taliban en lengua pasto hace referencia a estudiante. Los pastunes son el grupo étnico más numeroso de Afganistán en general y de manera especial habitan el sur y el este del país. Madrasa es el nombre que se da en la cultura árabe a cualquier tipo de escuela, sea religiosa o secular). Se curtieron militarmente en la inestable provincia de Waziristán, extendiéndose posteriormente hacia las provincias tribales afganas gracias al apoyo de grupos deobandis pakistaníes y de las milicias de Al Qaeda.

Estos combatientes talibes no tardaron en hacerse con la ciudad de Kandahar en 1994, y en septiembre de 1996 se apoderaron de la capital, Kabul. Los talibanes, hasta su caída, llegaron a controlar prácticamente el 90% del país según indican algunos analistas.

Una vez tomado el poder, este grupo comienza a imponer su peculiar visión del Islam y de la impartición de la justicia. Así, la jurisprudencia impuesta por los talibanes está formada por una amalgama de preceptos tribales preislámicos pastunes (normas consuetudinarias ancestrales que reciben el nombre de pashtunwali) e interpretaciones de la sharia tamizadas por las austeras doctrinas wahabíes provenientes de los saudíes benefactores de las madrasas. Durante su mandato, se hicieron desgraciadamente populares por cuestiones como su restrictiva interpretación del código de vestimenta de las mujeres, imponiendo a éstas el uso del burka (también conocido como chadri), la severidad en los castigos por el consumo de alcohol o a los hombres por llevar la barba demasiado corta así como la intolerancia hacia otras manifestaciones culturales consideradas como no islámicas, de lo que es ejemplo la destrucción de los Budas de Bamiyán en el año 2001.

Ideología de los talibanes

La mejor cita que define el ideario de este grupo es la que ofrece el escritor y experto en la región Ahmed Rashid en Taliban: The History of Afghan Warlords (Talibanes: la historia de los señores de la guerra afganos): “los talibanes no representan a nadie, excepto a sí mismos, y no reconocen otro Islam, excepto el suyo. […] Suníes hanafíes, no son ni deobandis ni wahabíes, aunque poseen lazos ideológicos con el deobandismo más extremo”.

El principal objetivo político de los talibanes es el establecimiento de un Emirato Islámico en Afganistán —algo que consiguieron prácticamente en la totalidad del país entre los años 1996 y 2001— para instalar un estricto régimen gobernado por la sharia.

La ideología talibán ha experimentado una transición desde sus iniciales posiciones islamistas más tradicionales sostenidas por los muyahidines anti-soviéticos en los años 80 y 90, hasta una combinación de ideología tribal pastún contraria a cualquier innovación mezclada con las más radicales interpretaciones del Islam deobandi.  Algunas de las normas represivas más llamativas impuestas por este grupo, y que han dado la vuelta al mundo como el código de vestimenta de las mujeres o la prohibición de la música, encuentran sus antecedentes en las zonas rurales pastunes del sur.

No obstante, en general, existe una visión sobre la construcción ideológica del movimiento talibán ciertamente distorsionada. Contrario al pensamiento mayoritario, la formación de algunos de los principales líderes talibanes tuvo lugar en hujras, locales en las mezquitas rurales, presentando un currículum más ecléctico e irregular que el Deobandi que se puede encontrar en la mayor parte de las madrasas afganas y pakistaníes. La ideología talibán, lejos de ser producto de un fenómeno foráneo o exclusivo de las madrasas extremistas pakistaníes, encuentra sólidas raíces en el propio suelo afgano.

Bandera talibán [Imagen: WikimediaCommons].

Por otro lado, esta ideología, lejos de ser una construcción monolítica e inmutable desde sus comienzos, ha venido sufriendo un proceso de transformación y adaptación a las circunstancias cambiantes, pasando de ser un Islam tradicionalista arraigado en el ámbito rural pastún a una concepción más acorde con otros modelos de Islam político, como en otras partes del planeta.

Otro de los grandes mitos a desterrar es la vinculación automática entre el wahabismo y los talibanes. De hecho, los talibanes han tenido estrechos vínculos con uno de los objetivos declarados del wahabismo más furibundo como es el Islam sufí. El Islam sufí es clave en las raíces culturales del sur de Afganistán. Durante el régimen talibán, algunos elementos y prácticas sufíes persistieron, como  la relación maestro-discípulo (pir-murid) o la prevalencia de los santos sufíes.

El sufismo en sí mismo es un parte integrante de la herencia deobandi. Pirs sufíes estaban entre los fundadores de la mítica madrasa Dar ul-Ulum Deoband. Se llega a decir, incluso, que algunos de los comandantes talibanes de “primera generación” como el mullah Omar pudieran haber pertenecido a un grupo Naqshbandi, y otros miembros destacados habrían sido pirs o murids (murid es un término sufí que significa comprometido y hace referencia a la persona comprometida a un murshid o guía espiritual).

El término pir hace referencia a un anciano maestro o guía espiritual en el mismo contexto.  

Durante el régimen talibán, uno de los principales focos de conflicto con Al Qaeda era la cuestión de los santuarios sufíes, ya que esta última organización, manifiestamente wahabí, consideraba éstos como una innovación anti-islámica intolerable.

Es clara la evolución ideológica del movimiento talibán desde los tiempos de la insurgencia hasta que tomaron las riendas del gobierno, momento en que sus concepciones son puestas a prueba y confrontadas con las exigencias de la creación y el gobierno de un Estado, provocando la transformación de su ideario desde las posiciones iniciales más tradicionalistas hacia una especie de islamismo centrado en los asuntos concernientes al gobierno. Dicha mutación comenzó en los tiempos del Emirato Islámico y continúa aún hoy en nuestros días. Esto ha provocado que hayan concedido mucho menos énfasis a la aplicación de algunas de las normas más emblemáticas y brutales, como el despliegue agresivo de la policía religiosa, la prohibición de la televisión o el cine, o determinados aspectos del código de apariencia y vestimenta.

Por último, conviene prestar atención a cierto componente nacionalista en la narrativa talibán pese a parecer una contradicción en sí misma, ya que asociamos al nacionalismo con el secularismo. Lo cierto es que, en un movimiento complejo y diverso como el talibán, el factor de defensa de la soberanía afgana constituye un elemento cohesionador de las diferentes corrientes y facciones. A pesar de las continuas alusiones a la umma (comunidad global de creyentes musulmanes) en su producción escrita, en la práctica, el grupo se ocupa generalmente solo de los asuntos internos de Afganistán. En este sentido, no es casual el cambio de denominación por el de “Emirato Islámico de Afganistán”.

Un grupo insurgente de etnia predominante pastún pero no exclusiva

Los pastunes son a menudo referidos como “afganos” por el resto de grupos étnicos que habitan Afganistán. Este factor es clave de cara a la autoimagen de este grupo étnico como etnia más poderosa del país, al que incluso le proporciona el nombre. La identidad pastún se basa en sus tradiciones genealógicas y en la estructura tribal. Así, de acuerdo a la tradición los pastunes, se ven a sí mismos como descendientes de cierto Qais coetáneo con el profeta Mahoma y que adoptó el nombre de Abdur Rashid después de convertirse al Islam. Sus descendientes pasaron a ser los fundadores de cuatro confederaciones tribales y así sucesivamente con sus descendientes.

Es característica fundamental de la estructura tribal pastún que es totalmente patrilineal. La unidad central se denomina kahol y es equiparable a un clan dentro de una estructura tribal tipo; los miembros del clan comparten un ancestro común.

En este nivel organizativo se resuelven la mayor parte de las actividades de la vida cotidiana: organización de matrimonios, ayuda mutua en tareas agrícolas y resolución de disputas sobre terrenos. Este nivel también es importante en lo que respecta a la formación de opiniones políticas.

Las confederaciones tribales más importantes se denominan qabila o tafiya (tribu), taber (sub-tribu), zai o khel y plarina o psha/pkha (clanes). Tanto las estructuras como sus miembros no se circunscriben al ámbito local, de hecho suelen estar muy dispersos. Los pastunes constituyen la única etnia de Afganistán con una estructura tribal muy desarrollada y un alto grado de compromiso entre sus miembros. Las grandes confederaciones tribales pastún en Afganistán son los Ghilzai (entre otros subgrupos, Tokhi, Hotaki, Sulaimankhel, Alikhel…), los Durrani (comprendiendo a los Alikozai, Acakzai, Popalzai, Barakzai y otros) y el Yusufzai (incluyendo a Momand, Afridi, Shinwari, Waziri, Safi, Mangal y otros).  

Estrechamente aparejado a la estructura tribal, encontramos un complejo sistema de conceptos morales y códigos de comportamiento que, con frecuencia, se agrupan bajo el nombre Pashtunwali, de obligado cumplimiento para los miembro de dicha etnia.

Por último, indicar que la lengua pasto no es totalmente definitoria de la pertenencia al citado grupo étnico. De hecho, algunos miembros de este grupo hablan dari o persa como primera lengua, como ocurre con los pastunes residentes en Herat y otras áreas de la provincia, en partes de la provincia de Uruzgan, oeste de la provincia de Nangarhar, etc. En la región suroeste del país hay grupo de pastunes cuya primera lengua es el baluchi.

Mapa de la guerra en Afganistán desde 2015. El rosa representa las zonas bajo el control del gobierno afgano, de la OTAN y de otros aliados; el blanco, las zonas bajo control de la insurgencia talibán y Al Qaeda; el gris, la zona bajo control de Estado Islámico (ISIS/DAESH) [Mapa: Ali Zifan vía WikimediaCommons].

Aunque todavía una gran mayoría de los miembros de la organización talibán son pastunes, existe una creciente minoría de miembros de otras etnias que engrosan actualmente sus filas. En el norte del país, numerosos combatientes de etnia tajika o uzbeka están en las filas del grupo insurgente. Esta región se encuentra bajo el control de las shuras del Norte y de Mashad, como veremos más adelante, y agrupan la mayor parte de los miembros no pastunes del grupo, en el que miembros de la etnia tajika ostentan destacados rangos. Sorprendentemente, incluso miembros de la etnia hazara militan en los talibanes, pese a que algunas shuras, como la de Miran Sha, lo prohíben expresamente.

Categorización de un conflicto permanente

Existen opiniones encontradas acerca de la categorización del conflicto que en estos momentos, y desde hace ya décadas, azota Afganistán. De lo que no hay ninguna duda es que el conflicto ha llegado incluso a desbordar las propias fronteras del país como ha sucedido en el caso del vecino Pakistán. En este sentido, hay que tener en cuenta la artificiosa dispersión de este grupo étnico entre ambos países heredada por la línea Durand, trazada por los británicos en el siglo XIX atendiendo a criterios geoestratégicos. Se trata de una de las fronteras más permeables y conflictivas del mundo, permitiendo el trasiego constante de combatientes buscando un refugio seguro. De hecho, el considerado tradicionalmente “cuartel general” de los talibanes, la “shura de Quetta”, se localiza en la localidad de Quetta (Pakistán) desde la caída del régimen talibán en el año 2001. No obstante, no debe confundirse a los talibanes de Afganistán con los talibanes de Pakistán, agrupados bajo el paraguas de la organización extremista Tehrik-e-Taliban Pakistán (TTP), grupos a los que, aun estando inspirados por la misma ideología extremista, les separan importantes diferencias en cuanto a objetivos y métodos.

Dentro de Afganistán, además, se solapan varios conflictos: principalmente el que enfrenta al gobierno afgano con la insurgencia talibán y otros grupos como la red Haqqani —que más que un grupo diferenciado en sí puede considerarse una facción dentro de la insurgencia talibán—. Paralelamente, los talibanes se enfrentan a su vez con el grupo terrorista Estado Islámico-Khorasan (IS-K).

El artículo 3 de la Convención de Ginebra hace referencia al conflicto de “carácter no internacional”, pero no ofrece una definición del mismo. Fue el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia quien declaró que estamos ante un conflicto armado no internacional cuando existe “violencia armada prolongada entre autoridades gubernamentales y grupos armados organizados o entre tales grupos dentro de un Estado“.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta dos criterios para responder a la pregunta de si una situación de violencia armada equivale a un conflicto armado no internacional. Paralelamente, lo valoro en relación al conflicto de Afganistán.

Primero, el nivel de violencia armada debe alcanzar un cierto grado de intensidad que va más allá de los disturbios internos y las tensiones. En Afganistán se han producido confrontaciones frecuentes e intensas entre las fuerzas gubernamentales durante décadas. Durante 2016, los talibanes lanzaron importantes ataques contra ciudades importantes, como las capitales regionales de Helmand y Kunduz. En 2017, los ataques más pequeños se producen casi a diario, incluso en la capital, Kabul. Al mismo tiempo, este mismo año los talibanes desplegaron la operación “Mansouri Talibana”, lanzando ataques fundamentalmente en las ciudades del norte de Mazar e-Saharif y Kunduz y en las provincias de Helmand y Badakshan.

En cuanto a las víctimas, la base de datos sobre conflictos armados del IISS informó de 82 incidentes de enfrentamientos armados y otros incidentes violentos entre las diferentes facciones en marzo de 2017, 74 en febrero de 2017, 62 en enero de 2017 y 71 en diciembre de 2016. Según datos de Naciones Unidas (UNAMA), el número de víctimas (muertes y lesiones) en Afganistán sigue siendo alto e incluso ha aumentado en los últimos años.

En consecuencia, si tenemos en cuenta la frecuencia con que se producen los enfrentamientos armados, el número de víctimas y el número de personas desplazadas por los combates, se cumple con el umbral requerido para un conflicto de este tipo.

Segundo, en todos los conflictos armados no internacionales, al menos una parte del conflicto debe ser un grupo armado no estatal que debe exhibir un cierto nivel de organización para se calificado como tal. Se presume que las fuerzas gubernamentales satisfacen ya los criterios de organización.

Los talibanes poseen una estructura de mando perfectamente organizada: se organizan de manera jerárquica bajo la dirección de un líder. Esto era mucho más perceptible en los tiempos del mullah Omar. Como veremos más adelante, después de su muerte, se produjeron luchas de poder para dirimir quién era el sucesor e incluso tuvo lugar cierta fragmentación del grupo. No obstante, el grupo principal de los talibanes ha conservado una estructura, cuentan con un líder proclamado y reconocido, actualmente Haibatullah Akhunzada, nombrando gobernadores en la sombra para las diferentes  regiones de Afganistán, y una estructura de mando militar.

Los talibanes disponen de importantes capacidades operativas. Son capaces de lanzar ataques a gran escala contra grandes ciudades, como las capitales regionales de Helmand y Kunduz, e incluso para controlar territorio. En 2017, llegaron a ocupar varios distritos centrales en las provincias de Ghor, Faryab y Patkia, aunque posteriormente se retiraron. Dominan territorialmente partes de la provincia de Kandahar y el norte de Kunduz, algunas fuentes se atreven incluso a estimar en un 45% su porcentaje de control o disputa territorial. Otras fuentes estiman que el número de combatientes talibanes en activo va desde 25.000 a varias decenas de miles. Otras hacen referencia a la cifra de más de 200.000 entre combatientes y elementos de apoyo. En este sentido, la cifra de combatientes ascendería a 150.000, de los cuales unos 60.000 lo son a tiempo completo, unidades móviles y el resto lo constituyen milicias locales.

Insurgentes talibanes se entregan a las fuerzas de seguridad afganas [Imagen: isafmedia vía WikimediaCommons].

Debido al peculiar sistema de permisos (los talibanes tienen derecho a un descanso de 3 meses durante el año),  a que muchas unidades móviles radican en Irán y Pakistán y solo viajan a Afganistán en “época de combates”, y a que otras unidades permanecen siempre en la reserva, no es frecuente que el total de tropas desplegadas supere los 40.000 miembros en tiempo de mayor afluencia.

Los talibanes tienen además gran influencia en la vida diaria de la población a través de la mezquita y el consejo de los mayores de la aldea. Como ya indiqué anteriormente, poseen estructuras de gobierno: gobernadores en la sombra, vicegobernadores, directores, exacción de impuestos, sistema de educación y cumplimiento de la ley, incorporando su propio sistema jurídico que combina elementos de la sharia y tradiciones tribales.

Los talibanes llevan a cabo secuestros y establecen estructuras de justicia paralelas en los territorios que controlan. Los talibanes hablan con una sola voz y participan en las negociaciones de acuerdos. Incluso abrieron una oficina en Doha (Catar) en el año 2013. Disponen igualmente de una red de inteligencia que opera a lo largo y ancho del país.

Organización de los talibanes: hacia la fragmentación

La organización talibán, si bien nunca ha constituido un grupo fuertemente centralizado, ha sufrido una fragmentación que se torna más patente a partir del año 2007. Tradicionalmente, existe una disputa por el liderazgo de los talibanes entre la shura (Literalmente “consultar” en árabe, hace referencia en el Corán a una práctica encomiable que consiste en consultar previamente las decisiones a tomar) de Quetta y las de Miran Shah, Peshawar y Mashad. Incluso, a partir del año 2010, existen luchas internas en la shura de Quetta que han provocado su división en facciones entre las que se produce escasa colaboración. Esto contrasta con lo ya indicado anteriormente respecto de la relevancia de la insurgencia talibán, el más importante de los “elementos no gubernamentales” —en el sentido de todos aquellos inmersos en conflicto armado u oposición armada contra el gobierno de Afganistán y/o fuerzas armadas internacionales que operan en Afganistán, disponiendo de un importante y diversificado aparato militar y estructuras de gobierno muy extendidas—. La causa de esta importante fragmentación hay que buscarla en la coexistencia en la región de fuentes de financiación exterior incompatibles entre sí, y es previsible que esta situación persista en el futuro más próximo.

Para tratar la cuestión de la organización talibán, me parece oportuno hacerlo siguiendo la estructura que aporta el experto en la materia, el profesor Antonio Giustozzi. Según este autor, en el sistema talibán las diferentes shuras y órganos representativos y comisiones, departamentos y oficinas son ejecutivas. En teoría, a la cabeza se situaba el Amir al Mumini o “Príncipe de los Creyentes” —también denominado “Comandante de la Fe” para hacer referencia a la cualidad de ostentar la legitimidad sobre una comunidad de creyentes musulmanes (el mullah Omar hasta el año 2015)—. A éste le sucedió Akhtar Mohammad Mansur en un proceso no exento de polémica, ya que su figura no era reconocida por amplios sectores talibanes. Lo mismo ha sucedido tras la muerte de Mansur por la acción de un dron y su sucesión por Haibatullah Akhund en mayo de 2016. Por lo tanto, la figura del Amir al Mumini constituye más un elemento de discordia que de cohesión. En la práctica, los líderes de las diferentes shuras son la máxima autoridad en sus respectivos ámbitos. Hasta mediados de 2017, se puede decir que los talibanes se organizan en las siguientes shuras:

  • Shura de Quetta, bajo cuya autoridad operan las siguientes:
    • Shura de Miran Sha, ubicada en Miran Shah, Waziristán del Norte, formada exclusivamente por la red Haqqani.
    • Shura de Peshawar, con base en Peshawar, formada por varios pequeños frentes que reclutan combatientes en las tribus del este.      
  • Shura del Norte, con base en Badakshan, compuesta de varios frentes, incluyendo 3 grandes (Baryal Mahaz, Jundullah Mahaz y Habibullah Mahaz). Surgió de la Shura de Peshawar a finales de 2015.
  • Shura de Mashad, con base en Mashad (Irán).
  • Shura de Rasool, con base en Farah (Afganistán).

La shura de Quetta y las dos que operan bajo su autoridad confluyen en la idea de un reparto territorial del poder. Así, la shura de Quetta está a cargo de todos los territorios excepto las regiones de Loya Patkia y Logar, en la que la shura de Miran Sha ostenta la autoridad, y el este de Afganistán (Nangahar, Laghman, Kunar, Nuristan) y la región de Kabul (Kabul, Wardak, Parwan, Kapisa), donde opera la shura de Peshawar como un comando regional. Por el contrario, la shura del Norte, la shura de Mashad  y la shura de Rasool no reconocen la autoridad de la shura de Quetta ni de su estructura aparejada.

En la práctica, cada shura es una coalición de varios grupos o frentes talibanes, cada uno con su líder respectivo. Estos grupos y frentes incluso cambian de shuras, como sucedió a finales de 2015 con la shura del Norte, nacida en el seno de la shura de Peshawar.

Dentro de la organización talibán existen diferentes corrientes de pensamiento y acción, como por ejemplo la línea menos “militarista” y partidaria de rebajar las relaciones con grupos que defienden la yihad global como Al Qaeda o los grupos provenientes de China y Asia Central así como combatir frontalmente al Estado Islámico, que defiende el actual líder nominal Haibatullah; en contraposición con las tesis más extremistas de Serajuddin Haqqani, opuesto a las conversaciones de paz con Kabul y partidario de una opción militar más agresiva, abierta a coaliciones con grupos yihadistas globales, incluso con el Estado Islámico.

En ocasiones, se producen relaciones de cooperación entre las diferentes shuras como, por ejemplo, la que se produce entre las shuras del Norte y la de Quetta así como colaboraciones puntuales entre frentes.

En la organización talibán adquieren gran relevancia las redes informales de poder. Existen ciertos individuos relevantes con acceso a fuentes de financiación o apoyo de agencias de inteligencia extranjeras cuyo poder dentro de la organización es claramente desproporcionado en relación a su número de seguidores. Estos personajes son:

  • Serajuddin Haqqani, representante  de la shura de Quetta y líder de la de Miran Sha, controla las comisiones clave en la shura de Quetta como son las de finanzas y la militar. Su hermano dirige la shura de Peshawar.
  • Qari Baryal, controla completamente la shura del Norte, fundada por él.
  • Obeidullah Ishaqzai, controla las ganancias acumuladas por su primo Akhtar Mohammad Mansur mientras lideró la shura de Quetta (2010-2016), contando con el apoyo de la tribu Ishaqzai, posiblemente la mejor representada dentro de los talibanes.
  • Haibatullah Akhund, líder nominal de los talibanes, cuyo poder deriva directamente de sus cercanas relaciones con Irán y Rusia.

Fuentes de financiación de la insurgencia talibán

En el año 2014, la organización de los talibanes fue considerada en la lista Forbes como la quinta en el ranking de las organizaciones más ricas (detrás del Estado Islámico, Hamas y Hezbollah), estimando que sus ingresos anuales oscilaban entre los 400 millones y los 2.000 millones de dólares. Sin contar con datos más actualizados, pero teniendo en cuenta que alguna organización que estaba por encima, como las FARC, que actualmente atraviesan un proceso de desmovilización, y que el Estado Islámico está siendo desmantelado en el plano militar, probablemente en estos momentos sea una de las tres que mueve mayor volumen de recursos.

Sus fuentes de ingresos son variopintas y van desde las redes informales de envío de remesas —hawala, también conocido como hundi, es uno de los sistemas de transferencia informal de fondos generalmente utilizados en muchas regiones del ámbito local e internacional. Hawala significa “transferencia” o “cable” en la jerga bancaria árabe— hasta servicios bancarios convencionales, junto con otros tradicionales de este grupo como el tráfico de drogas, la extorsión, los secuestros y la minería ilegal.

El tráfico de drogas ha sido tradicionalmente considerado como la principal fuente de financiación del grupo. A pesar de las guerras que han asolado el país durante décadas, Afganistán ha sido y continúa siendo el principal productor mundial de heroína, esta circunstancia no ha pasado desapercibida para las talibanes, quienes, pese a su rígido sistema de observancia de las costumbres morales, no han tenido inconveniente en hacer de esta fuente de ingresos una de sus principales sino la más importante. Además, las cifras sobre terrenos de cultivo y producción de opio y derivados han aumentado de manera considerable en 2016, situándose en cifras de récord.

Plantación de opio en Afganistán [Imagen: ISAF Headquarters Public Affairs Office vía WikimediaCommons].

Aunque los talibanes, de acuerdo con la mayoría de las fuentes, tradicionalmente no se implicaban directamente en la producción de heroína, actualmente “participan de forma directa en la producción, el procesamiento y el tráfico de casi toda la heroína que se produce y exporta desde Afganistán, en lugar de simplemente gravar esas actividades. Esto significa que los talibanes pueden obtener más ingresos del opio y la heroína que antes”. Algunas fuentes cifran los ingresos obtenidos por esta vía en los 400 millones de dólares anuales. Esta circunstancia podría estar motivada por el hecho de haber perdido otras fuentes de financiación externas como, por ejemplo, los fondos provenientes de países extranjeros.

De hecho, incluso algunas operaciones militares estarían concebidas específicamente para facilitar el tráfico. Los talibanes anteriormente se limitaban a recaudar de los agricultores una especie de impuesto por los terrenos, denominado ushr, que suponía un 10% sobre la cosecha. Los principales laboratorios de los talibanes se concentrarían en las provincias de Nangarhar, Paktika, Farah, Khost y Helmand. También se encuentran importantes laboratorios para la producción de hachís en el distrito de Kabul. Por todas estas circunstancias, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante la principal fuente de financiación actual del grupo talibán.

Resulta muy ejemplificador el caso de Abdul Habib Alizai, uno de los más prominentes talibanes dedicados al tráfico de drogas en la provincia de Kandahar, que se sirvió de sus hermanos Atiqullah Ahmady Mohammad Din y Sadiq Ahmady para poner en marcha varias empresas dedicadas al blanqueo de capitales procedentes del narcotráfico en la provincia de Kandahar. Algunas de las empresas pertenecientes a este grupo familiar, agencias de hawala, procesamiento y distribución, han sido estrictamente monitorizadas por el Departamento de Estado norteamericano, además de su inclusión por parte de la Unión Europea en la lista del anexo I del Reglamento (UE) nº 753/2011 relativo a medidas restrictivas contra determinadas personas, grupos, empresas y entidades, habida cuenta de la situación en Afganistán.

Junto al tráfico de opiáceos, se estima que el hachís proporciona a las arcas talibanes unos ingresos de entre 100-150 millones de dólares cada año. Según fuentes de la ONU, Afganistán es también el mayor productor mundial de hachís, y suministra aproximadamente unas 4.000 toneladas al año. Actualmente, hay aproximadamente 50.000 acres dedicados a la producción de hachís en aproximadamente 17 provincias. Para los agricultores, el cultivo del hachís es en realidad más rentable que el de la adormidera, lo que arroja un beneficio de alrededor de 4.000 dólares por acre.

El contrabando de tabaco es otra de las fuentes de las que los talibanes obtienen importantes ingresos. En este sentido, los talibanes han encontrado en sus homólogos pakistaníes del grupo TTP un aliado de conveniencia con los que cooperar en los circuitos de contrabando y distribución.

Otro sector del que los talibanes obtienen importantes beneficios es la minería ilegal y el contrabando de esmeraldas. Para algunas fuentes constituye la segunda fuente de ingresos después de los narcóticos: los ingresos anuales se estiman entre 200 y 300 millones de dólares por año, al menos trescientas veces más que los ingresos del gobierno reportados por la extracción de minerales.

En relación a las actividades mineras controladas por los talibanes, hay que mencionar la extracción de mármol. La base de operaciones de este tipo de actividades se encontraría en la provincia de Helmand. Gran parte de las minas se encuentran a lo largo de la frontera afgano-pakistaní, lo que permite su salida hacia los mercados internacionales. Otros productos extraídos del subsuelo son el lapislázuli, con importantes reservas en la provincia de Badakshan, así como el transporte de talco hacia Pakistán.

Los talibanes obtienen lucro de estas actividades mineras de tres formas: controlando directamente su extracción, como ocurre con el mármol de Helmand; cobrando cantidades fruto de la extorsión a explotaciones mineras, ya tengan éstas o no la licencia correspondiente, como sucede con el lapislázuli de la región de Badakshan; y simplemente actuando como proveedores de servicios en el caso de explotaciones mineras ilegales.  

Otras fuentes de financiación nada desdeñables son los secuestros, pese a estar prohibidos por el código de conducta talibán, así como los impuestos y la extorsión.

Merece una mención aparte el capítulo de las fuentes externas financiación, aunque como ya vimos anteriormente, han disminuido en los tiempos más recientes. Sin embargo, se mantienen los ya históricos lazos con los Servicios Secretos Pakistaníes (ISI) —siendo uno de los secretos peor escondidos del mundo que Pakistán les ha suministrado armas y proporcionado inteligencia desde los tiempos de la ocupación soviética—. No es de extrañar que uno de los más importantes centros de mando talibán, la shura de Quetta, se encuentre en la propia ciudad de Quetta y esto no podría ser de otro modo sin la permisividad pakistaní. Por lo tanto, este apoyo más o menos encubierto se sigue produciendo aún hoy en día en el marco de una utilización instrumental por parte de Pakistán de determinados grupos armados en un intento de contrarrestar influencias externas de otras potencias regionales como la India.   

En tiempos más recientes, Irán es otro actor que ha emergido con fuerza como uno de los principales países que apoya y financia a los talibanes. Este apoyo, según algunas fuentes, se traduciría en la transferencia de fondos y el suministro de armas y entrenamiento. Antiguos enemigos en el pasado, ya que unos profesan el Islam chií y otros el suní, se han visto involucrados en una extraña y pragmática alianza materializada al parecer en el establecimiento de campos de entrenamiento de este grupo en las ciudades iraníes de Teherán, Mashad, Zahedan y en la provincia de Kerman. En esta última localización abrieron una oficina en el año 2012. Estas relaciones incluso habrían ido en aumento a partir del año 2016.

Otros países que tradicionalmente han apoyado a los talibanes son las monarquías autoritarias del Golfo Pérsico. En este grupo encontramos a países como Emiratos Árabes Unidos, con escasa o negligente supervisión sobre las acciones de actores privados tendentes a financiar a este grupo insurgente, y Qatar, que dio acogida a una oficina política de los talibanes en 2013 bajo la dirección del líder Tayeb Agha. En fechas recientes, Estados Unidos ha presionado para que esta oficina de intereses cerrase sus puertas.  

La cooperación de Arabia Saudí con los talibanes se remonta hasta los tiempos de la invasión soviética y, pese a no ser reconocida en la actualidad, existen numerosos indicios de que se sigue produciendo. Sorprendentemente, en la actualidad existen crecientes rumores sobre el apoyo prestado por países como Rusia o China a la organización talibán, pero nada tiene de extraño si atendemos a la lógica de la geopolítica y a aquella máxima que impera en las relaciones internacionales de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, ya que los talibanes están combatiendo a las tropas estadounidenses y existen grandes e infra-explotados recursos en Afganistán.    

Por último, indicar que existen otras fuentes de financiación externas como las donaciones privadas o los fondos desviados de organizaciones supuestamente dedicadas a causas humanitarias.

Consideraciones finales

Los talibanes constituyen una formidable fuerza militar y política que controla importantes territorios en Afganistán. Lejos de alcanzar su declarado objetivo de alcanzar el poder e imponer un Emirato Islámico en el país, también a pesar de su progresiva fragmentación producida por las luchas internas y la existencia de diversas fuentes de financiación externas, algunas incompatibles entre sí, lo cierto es que en los últimos años han conquistado más territorio, han demostrado una capacidad militar formidable y se han expandido por regiones en las que tradicionalmente no tenían presencia o, al menos, tanto apoyo social.

Un insurgente talibán [Imagen: newsonline vía Flickr].

Recientemente, los talibanes han anunciado, con una marcada intencionalidad propagandística como ya viene siendo habitual, el lanzamiento de la campaña militar de primavera que este año se va a denominar Al Khandak (la trinchera). Con ella anunciaron que su principal objetivo serán las “tropas invasoras americanas y quienes les apoyan”. De cualquier manera, los talibanes han demostrado la capacidad de llevar a a cabo operaciones armadas más sostenidas en el tiempo y no solo limitarse a las clásicas operaciones estacionales que se producen cada primavera, cuando las condiciones climatológicas son más favorables.

Poco o nada tiene que ver aquella pequeña fuerza militar insurgente de los años 90 con la actual maquinaria militar, que incluso posee una unidad de fuerzas especiales denominada Red Group (en pasto Sara Kheta) y que cuenta con unos centenares de efectivos, armamento y equipación avanzados empleados para llevar a cabo operaciones arriesgadas contra las fuerzas de seguridad afganas.  

Este resurgimiento de la insurgencia talibán no es fruto de la casualidad, demuestra una estrategia perfectamente orquestada que ha sabido valerse de los errores de una administración afgana en la que la corrupción es la nota predominante, incapaz de proveer a sus ciudadanos de los servicios más básicos, y también debido a un progresivo repliegue de la presencia de tropas internacionales en el país, que ha dejado las labores de defensa del territorio en manos de un ejército afgano que se ha revelado incapaz de asumir el reto.

Al mismo tiempo, la ideología y organización de los talibanes ha ido evolucionando desde las antiguas posiciones más radicales y extremistas —quién no recuerda las imágenes de los talibanes apaleando a las mujeres en plena calle o la voladura de monumentos que consideraban que no cumplían los cánones de su interpretación del Islam— hacia una forma de Islam más político y con vocación de desempeñar un papel importante en el gobierno del país. La organización, por otro lado, ha pasado de un modelo de organización más centralizado a otro multipolar en el que existe un reparto de poder a nivel territorial, que se ha revelado más eficaz en cuanto a la consecución de resultados.

Paralelamente, la organización talibán, inicialmente reservada a los miembros de la etnia pastún, ha abierto sus filas a otras etnias como la tayika, la uzbeka e incluso a los hazaras, en un intento de crecer territorialmente y penetrar territorios en los que anteriormente no tenían presencia o apoyo.

Por último, las finanzas talibanes han evolucionado a partir de un modelo exclusivamente dependiente de la ayuda de potencias extranjeras hacia otro más diversificado, explotando los grandes beneficios que ofrecen actividades ilegales como el narcotráfico, el secuestro, el contrabando o la minería ilegal, a la imagen de otros grupos terroristas o insurgentes del mundo, lo que les ha permitido cuantiosos beneficios que les permiten llevar a cabo con éxito su lucha armada.

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Alfredo Campos


4 comments

  • Nurdatkir

    07/05/2018 at

    Muy buen artículo, gracias. Completo. Hace falta más de este tipo. Gracias!

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  • Alfredo

    08/05/2018 at

    Muchas gracias, en breve sigue la serie sobre Afganistán en este mismo portal.

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  • Oscar384

    11/06/2018 at

    Excelente, completísima información y documentación.
    Un saludo.

    Reply

  • Alfredo

    12/06/2018 at

    Muchisimas gracias Oscar384

    Reply

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