21/08/2018 BARCELONA

El tablero de ajedrez de Cataluña

Diada 2017. Imagen: Stock In Focus.
Por las buenas (negociación real) o por las malas (artículo 155) todo pasa por unas elecciones anticipadas en Cataluña. La manera en la que suceda marcará el apaciguamiento o el agravamiento del malestar social de una parte muy importante de la sociedad catalana con el Estado español. Por el momento, el gobierno español parece decidido a emprender la segunda vía con todas sus consecuencias.

La situación política en Cataluña se ha convertido en una compleja partida de ajedrez. Cada movimiento es cuidadosamente sopesado por parte de independentistas y unionistas. Según avanzan los acontecimientos ambas partes saben que una decisión desacertada puede derivar en fracaso sin vuelta atrás para sus intereses.

Carles Puigdemont lo sabía el 10-O cuando compareció en el Parlament de Catalunya para pronunciarse sobre los resultados del referéndum del 1-O. Los sectores más independentistas y, según pudimos ver, los más conservadores del Estado español, estaban deseando una proclamación solemne de la República Catalana. Los primeros por convicción y los segundos como excusa para una intervención del gobierno central. Otros sectores políticos, sin embargo, esperaban que no se proclamase para evitar una situación de no retorno. Mayormente la opinión internacional estaba junto con este segundo grupo; sirva como ejemplo el mensaje de Donald Tusk en nombre de la Unión Europea.

Si tenemos como objetivo evitar una escalada de tensión que degenere en enfrentamientos violentos, la no declaración del martes 10 fue lo más inteligente que pudo hacer el presidente de la Generalitat. Lo podemos llamar declaración suspendida o República de Schrödinger, pero la Republica de Cataluña no estará declarada de facto mientras no exista un documento oficial vinculante que se publique en un boletín.

En este sentido, el discurso de Puigdemont fue un movimiento desconcertante pero extremadamente perspicaz. Reforzó su relato como parte más débil, abierta al diálogo en múltiples ocasiones ante la negativa del Estado —hizo mucho hincapié en el Estatut de 2006—, y que ha sido reprimida por el hecho de querer votar. El discurso, visto en todo el planeta, dio al independentismo la atención internacional que se esperaba. Ésta es su principal baza: ganar tiempo para sumar apoyos internacionales.

Ahora bien, no parece que vaya a ser suficiente como para lograr lo que se esperaba, que alguna nación relevante reconozca la independencia de Cataluña. Es por ello que Puigdemont volvió a tender la mano al diálogo por enésima vez. Con este gesto de contención, la pelota quedaba en el tejado de Rajoy.

Los sectores convencidamente independentistas saben que a día de hoy una negociación con el gobierno español en ningún caso va a resultar en una república catalana.

Pero la decisión del Govern el 10-O también esconde una derrota: una importante y progresiva erosión de la coalición de gobierno. Determinados sectores independentistas y una importante base social que ha hecho posible el Procés se consideran traicionados por esa suspensión o declaración ficticia. Los esfuerzos de Puigdemont se concentraron en explicar su decisión y contener el descontento dentro de la coalición. Y el documento que tan solemnemente firmaron no es más que un intento de mantener unido al independentismo en forma de promesa. Un intento hasta cierto punto exitoso por el momento, pero que hace que el tiempo juegue en su contra.

Vecinos observan la Diada de 2017 desde sus balcones [Foto vía EFE].

Los sectores convencidamente independentistas saben que a día de hoy una negociación con el gobierno español en ningún caso va a resultar en una república catalana. Y su temor al escuchar a Puigdemont hablar de negociación es que el camino que han recorrido sólo haya sido un farol para negociar mejores condiciones dentro de España. El paso de las semanas irá acrecentando esta incertidumbre y dividiendo al bloque independentista. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo puede mantener unida a la coalición esa promesa en forma de documento?

Puigdemont se lo ha jugado todo a que Rajoy cometa una estupidez, como aplicar la fuerza innecesariamente para contentar a sus sectores más intransigentes. Algo muy probable, pero con consecuencias no deseadas y rédito dudoso. Haría falta un altísimo nivel de violencia para cambiar la postura de apoyo a España de los gobiernos europeos e internacionales. Esta circunstancia, que sí se dio en países como Eslovenia, del que tanto se habla últimamente, no parece que se vaya a dar en Cataluña.

La respuesta del gobierno español a la propuesta de diálogo ha sido el inicio de los trámites para aplicar el artículo 155 de la Constitución que suspende las facultades autonómicas de Cataluña y la vaga promesa de constituir una comisión para tratar la reforma constitucional. Cabe destacar que este acuerdo se ha hecho de espaldas al Govern de Catalunya. El gobierno parece que va a seguir con su política de “no-política”, por lo que Puigdemont se topará con un muro y tocarán elecciones anticipadas, ya sea por aplicación del citado artículo o por divisiones entre los independentistas.

La clave está en cómo se disuelva este Govern

Si se impone la fuerza por parte del Estado español, la insatisfacción social en Cataluña no hará sino crecer ya que sería percibido como una humillación por numerosos sectores que verían represaliados a sus representantes. Si se abren vías de diálogo, las divisiones en el seno independentista pueden provocar un cambio de interlocutor con el Estado. Éste último sería el mejor de los escenarios para ambas partes si se tratase de un juego de suma cero.

El gobierno español ha de entender por fin que un conflicto sociopolítico y territorial de estas características no se puede tratar por cauces legales. Más tarde o más temprano se han de abrir vías políticas de resolución. Siempre y cuando se quiera solucionar el problema y no simplemente sacar rédito electoral fuera de Cataluña a costa de seguir arrastrando la cuestión catalana, algo muy recurrente en la historia de España.

Como titula Andy Phillips en en este mismo medio, “lo que distingue a las democracias de los regímenes autoritarios no es el cumplimiento de las leyes, sino la posibilidad de cambiarlas”. Estamos viendo que ni las represalias ni el ejercicio de la fuerza va a solucionar nada —si esa era la intención—, sino todo lo contrario. Permitir un referéndum a los ciudadanos catalanes pondría fin a toda discusión, sea el resultado que sea, pero unos tienen mucho más que perder que otros.

El desafío jurídico del independentismo catalán podría forzar que se abra una vía de negociación. Negar el diálogo a los representantes catalanes elegidos democráticamente sería irresponsable por parte del gobierno español. No ceder en su posición para evitar fisuras en el bloque independentista sería irresponsable por parte del Govern. La irresponsabilidad del primero evitará la del segundo. Y éste es el camino que se está emprendiendo al decretar prisión incondicional para los líderes de ANC y Òmnium por organizar manifestaciones pacíficas. O lo que es lo mismo, el poder judicial metiéndose a hacer política. El resultado: un bloque independentista más unido.

Está por ver que esa teórica negociación para reformar la Constitución se dote de contenido real y sume a todas las fuerzas políticas y sociales. Ir a la raíz del problema es imprescindible para resolverlo. Cualquier otro escenario implicaría seguir prolongando la cuestionada herencia del 78 y el conflicto social en Cataluña.

Ésta es una opinión sin ánimo de lucro.

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Javier Hernando

IBEI Alumni. Sociólogo, especializado en asuntos internacionales y políticas de desarrollo, comunicador y adicto a Internet. Ocupo mi tiempo escribiendo en diversos medios y colaborando en United Explanations como editor. Intento explicar lo que ocurre en el mundo a través de la lógica económica y la política internacional. Me apasiona la aplicación de las tecnologías a la mejora de la participación democrática directa, y proyectos económicos innovadores como las criptomonedas. [email protected]


2 comments

  • Juanje

    19/10/2017 at

    El problema de los apoyos internacionales es que la mayoría de los países que podrían ejercer presión consideran que la independencia va en contra de sus intereses.
    Es un poco como el tema de Turquía, por muchos atropellos que se cometan, y por mucho que Europa los critique de boquilla (de cara a presentar una imagen democrática a sus votantes, mayormente), el Bosforo sigue siendo Turco, y Turquía sigue siendo la puerta a oriente medio. Realpolitik total.
    Un saludete 😉

    Reply

    • Javier Hernando

      20/10/2017 at

      Totalmente de acuerdo. Ningún país tiene nada que ganar y algunos mucho que perder (Francia problemas en el Rosellón, Bélgica en Flandes, etc.). Esa batalla la tienen perdida pese a haber sido capaces de construir un relato mejor que el gobierno español. Las esperanzas del independentismo estaban puestas en la UE, pero todos los países han rechazado una mediación, incluso Eslovenia. Baño de realismo político para el procés. ¡Gracias por leer Juanje!

      Reply

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