Entrevista a Silvia Nanclares: “Tal vez haya que revisar cómo queremos que se viva el cuidado en nuestros espacios”

Silvia Nanclares, escritora y activista cultural cuyas reflexiones abordan temas como el capitalismo o el feminismo [Foto vía Gemma Segura].

Entrevista realizada por Almudena Díaz y Elena Couceiro.

Silvia Nanclares es escritora y activista cultural. Su novela Quién quiere ser madre aborda, con muchos toques autobiográficos, un tema que generalmente se considera íntimo y tabú: los problemas de fertilidad por una maternidad tardía. Lejos de tratar este asunto como un drama personal, Silvia Nanclares lo vive como un problema y un síntoma social. La autora tiñe la narrativa de reflexiones feministas y de críticas al voraz capitalismo que se aprovecha de la falta de oferta pública para crear nichos de mercado, como las clínicas de reproducción asistida, ante problemas sociales como la ausencia de medidas de conciliación que llevan a las mujeres a postergar la decisión de ser madres por no renunciar a su carrera. Hablamos con Silvia de feminismo, capitalismo y cuidados.

  • Tu libro ha tenido muchísimo impacto, quizá porque, como dices, aborda un problema social que se viene escondiendo, viviendo en la intimidad y negando, por ser vivido como un fracaso personal. ¿Cómo se te ocurrió escribirlo?

Llevaba tiempo experimentando con la escritura autobiográfica y, cuando esta cuestión apareció en mi vida, fue muy fluido ponerme a escribir sobre ello. A eso se sumó que mi agente, Mónica Carmona, que cuando estaba comenzando el proyecto era editora, me animó a que le diera forma de ensayo autobiográfico. Finalmente acabó en novela.

  • ¿Cómo vives que tu relato, tan íntimo, haya tenido tanto alcance?

De la exposición máxima me resguarda la forma de la novela, la ficción. A veces he sentido pudor, por ejemplo, en algún encuentro con lectoras o escritoras, al darme cuenta de que toda esa gente sabía por lo que estaba pasando. Pero tenía tan claro el objetivo, ese salir del armario, que era un pudor pasajero.

  • Se podría decir que el capitalismo individualista ha tenido éxito en conseguir que veamos los problemas sociales, como el paro, la conciliación, los desahucios o los problemas de fertilidad, como un fracaso personal, como si el problema fueses tú.  ¿Lo has vivido así en algún momento?

Tengo la “suerte” de haber empezado en esto de tratar de quedarme embarazada con 40 años, por lo que mi problema fundamental es la cuestión de la edad. No me siento enferma sino desclasada respecto a la edad fértil. Aún así, claro que me he cuestionado por qué no lo había intentado hasta ese momento, y ahí sí he tenido momentos de culpabilizarme. Se sufre mucho esa perspectiva individual, por ejemplo, con gente más joven con las mismas dificultades, que se siente como un yogur caducado, efectivamente, con culpa, como si fuera responsabilidad suya tener problemas endocrinos u hormonales. Nuestra identidad de género sigue apuntalándose en el binomio mujer es igual a madre y, si rompes esa “naturalización”, ya sea por deseo o por necesidad, de algún modo —por la mirada del entorno o por ti— entras en crisis.

  • ¿Cómo pudiste pasar de este enfoque individualista a un enfoque con un claro posicionamiento político?

El libro ‘Quién quiere ser madre’ de Silvia Nanclares [Foto vía megustaleer.com].

Fue al darme cuenta de que mi supuesta condición de rezagada respondía a muchísimos mandatos sociales de mi generación como el hedonismo, la preeminencia de los logros en el ámbito laboral sumado al desierto de políticas públicas que alienten y den soporte a la crianza, el desconocimiento (un desconocimiento compartido y extendido) de mi cuerpo, de mi edad fértil…

  • En tu libro te preguntas: “¿En qué momento un problema social como la baja natalidad o la maternidad tardía quedó en manos de las corporaciones sanitarias o aseguradoras?” ¿Cómo se podrían proponer soluciones a este problema social desde el feminismo, y no desde el capitalismo  individualista?

Tomando esta realidad, la infertilidad y la maternidad tardía, como un síntoma social,  que nos está diciendo muchísimas cosas. Asumiendo que a un montón de mujeres nos  apetece la maternidad y la crianza (algo que hasta hace poco ha estado algo arrinconado y hasta estigmatizado dentro de los feminismos) y que debemos abordar la cuestión como lo hacemos con otras muchas, como una cara más de la cuestión de los derechos reproductivos. Queremos aborto libre, seguro y gratuito, y también queremos buenas condiciones laborales y sociales para ser madres cuando la edad fértil lo permite.

  • ¿Crees que el problema social de la maternidad tardía se podría resolver mejor desde un enfoque que sitúe los cuidados en el centro de la vida social?

Que los ponga en el centro y que los distribuya sin distinción de género. Yo lo digo en el libro, muchos hombres de mi generación han estado esquivando los cuidados, porque esto es algo que tradicional y culturalmente cae sobre nosotras. Y eso lo sabemos y nos ha pesado. Muchas sabemos que proponer una maternidad a los treinta y pocos va a ser un conflicto en la pareja porque se vive como una pérdida de una supuesta vida hedonista y/o entregada al trabajo que nos han vendido como el summum de la realización. Y eso que seremos nosotras las más penalizadas, por ejemplo, laboralmente, si emprendemos este camino de la maternidad. Una bomba de relojería, vamos.

  • Llama la atención la relación de cuidado que establecéis con vuestra vecina mayor (abandonada por su familia). Como todo es política y tu libro lo es: ¿Buscas con las relaciones de cuidado que estableces, y especialmente con la que estableces con Clarita, reivindicar una política de cuidados frente a la deshumanización capitalista? 

Eso es. Pero sin idealizar el cuidado, que es complejo y muchas veces ingrato. Es un desafio ubicarte con tu madre viuda, tus hermanos separados con custodias compartidas, las vecinas de 95 años en soledad… Vivimos el compromiso como un marrón. Y ahí hay un problemón de fondo. Tenemos que revisar nuestra tendencia a querer zafarnos del compromiso, sin dejar de problematizar eso, que el cuidado sin ayudas ni recursos públicos es difícil, pero también reconforta saber que dependes de alguien y que alguien depende de ti. Nos han vendido la moto de la independencia, a costa de la potenciación de la interdependencia.

  • ¿Crees que se puede entender en algunos círculos que el feminismo esté reñido con la crianza o la maternidad? Si es así, ¿por qué crees que puede pasar esto?

Cada vez se intentan incluir más estas cuestiones en la conversación y en los espacios de activismo feminista, pero nos queda camino. Creo que tiene que ver con la trayectoria reciente del feminismo, donde los derechos reproductivos y el trabajo como espacio de emancipación han sido logros de nuestras madres políticas, esas fueron sus conquistas, su legado. Pero tal vez haya que revisar hoy qué queremos ahora las que queremos criar, las y los que cuidamos, cómo queremos hacerlo, cómo queremos que se viva el cuidado en nuestras ciudades, espacios, pueblos, casas…

  • ¿Cómo se puede superar esta especie de trampa?

A base de debates y de luchas en común que transversalicen el cuidado: las Kellys, los congresos de economía feminista, los espacios de crianza en centros sociales, las conversaciones. Recuperando pensadoras y antecesoras que ya han venido pensando en esto.

  • ¿Crees que deberíamos apostar por un feminismo que no renuncie a los cuidados? Si es así, ¿cómo? ¿Tienes algún referente en este sentido?

Sin duda. Si no, estamos muertas, porque antes o después todas caemos en cuidar o ser cuidadas. ¿Y cómo querrás vivirlo? Me ha ayudado el trabajo de Anna Freixas, Constanza Tobío o Elixabete Imaz. Y por supuesto, ahí está Amaia Pérez Orozco, poniendo palabras a lo invisible y abriendo discursos que nos sirven a todas.

Ésta es una entrevista sin ánimo de lucro.

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