Manifestación femenina en favor de los derechos de las mujeres en Arabia Saudí [Foto: Blog Amnesty USA vía newsiosity.com].

Aisha tiene 21 años. Le hubiera gustado ser profesora pero ser la menor de tres hermanos y dos hermanas jugó en su contra. Como otras tantas mujeres en Oriente Próximo, a la temprana edad de 18 años esta joven de Jerash, provincia situada al norte de Amán, capital de Jordania, contrajo matrimonio con un hombre dos décadas mayor que ella. No fue una ceremonia por amor sino más bien un acuerdo entre familias y el punto final para sus aspiraciones personales. Los primeros meses tras el enlace pasaron entre insultos y vejaciones. Seguidamente, llegaron los malos tratos físicos hasta que una mañana, con el cuerpo amoratado, la joven abandonó su hogar familiar.

Dos años después, Aisha camina lentamente por el casco antiguo de Amán con el rostro fijo en el suelo. Viste un hijab aunque hace tiempo que ha dejado de rezar. Apenas llama la atención entre los viandantes que transitan a su lado. Su rostro aniñado, tímido, y su voz tenue ocultan las miserias de una corta vida que la ha castigado con la peor de las fortunas, la deshonra. Así lo consideran, al menos, sus familiares y amigos, que la han condenado a muerte, a vivir escondida, al ostracismo social.

Según datos de Amnistía Internacional, más de 20.000 mujeres mueren al año víctimas de los crímenes de honor. Estas cifras son confirmadas por la ONU, que comparte las mismas estimaciones aunque reconoce que “es un cálculo muy conservador: la mayoría de estos crímenes jamás salen a la luz pública y quedan sepultados en la aceptación y el arraigo de las comunidades en que se cometen.”

En el pasado año 2016, Jordania registró alrededor de 30 asesinatos por honor; sin embargo, diferentes ONG’s afirman que casi un tercio de las mujeres matadas en el reino Hachemí lo son a manos de sus familiares. Estos crímenes son muy habituales también en Pakistán, Yemen, Líbano, Marruecos, Israel, Nigeria, Turquía, Georgia, Albania o Arabia Saudí, países de mayoría musulmana —especialmente en los sectores anclados en la interpretación radical del Islam— pero también se han registrado casos en sociedades tribales de países africanos como Congo y Uganda o en Asia, donde existen los sistemas de castas en países como la India y Bangladesh.

En Siria, el número de mujeres asesinadas por honor se eleva hasta 300 muertes al año; y en Irak se superan los 200 asesinatos por honor sólo en el Kurdistán iraquí. Por su parte, Egipto, donde las celebraciones matrimoniales se interrumpen hasta que se entrega al novio una prueba de sangre —generalmente en un pañuelo u hoja blanca que se extrae de la vagina de la joven— para constatar que la novia es virgen, encabeza la lista de países donde se cometen crímenes de honor. “Es imposible reportar el número exacto de víctimas porque muchas de ellas, hombres y mujeres, son simplemente secuestrados y no se vuelve a saber nada más de ellos”, afirma la ONU.

Esta versión es ratificada por Laila Naffa, directora de la ONG Arab Woman Organization: “en ocasiones es difícil encontrar pruebas que incriminen a la familia, vecinos o amigos. Muchos de los crímenes por honor se califican como suicidios. Se cayó desde un quinto piso, caso cerrado.”

Según un informe elaborado por la Fundación Thomson Reuters sobre los derechos de las mujeres en el mundo árabe, Jordania ocupa el segundo lugar, tras Egipto —donde, según el documento, el 99’3% de las mujeres experimentan acoso sexual— en la categoría de crímenes de honor. La normalización de estas acciones criminales desvela un profundo problema de salud pública. Por su parte, en Turquía, entre un 15 y un 20% de los asesinatos de mujeres con motivos patriarcales los cometen los familiares, frente al 66% que son obra de las parejas o ex-parejas de las víctimas, según afirma el periódico turco Bianet. Cada año, entre 200 y 250 mujeres son asesinadas en Turquía a causa de los crímenes de honor.

Tanto el sistema educativo como las instituciones estatales están fallando a las mujeres de la región. “El problema es de base. A la edad de 11 años, niños y niñas estudian de manera segregada en las escuelas públicas. Estos jóvenes crecen sin tener contacto los unos con los otros. La mayoría de los maltratadores en Jordania han crecido sin haber visto a una mujer en su vida, más que a su madre o hermanas”, explica Suleiman Bakhit, fundador y director ejecutivo de Hero Factor y activista jordano. De hecho, atendiendo a un estudio publicado por la socióloga turca Duygu Asena, estos crímenes tienen que ver con la construcción de la masculinidad y los procesos de socialización” por lo que la educación cumple un rol esencial en el fomento o prevención de este tipo de crímenes. También tienen un importante papel las autoridades policiales y jueces, encargados de intervenir y enjuiciar este tipo de delitos, más teniendo en cuenta que en algunos países estas costumbres tribales se han convertido en ley.

“No hay honor en matar” es lo que reza esta pancarta sostenida por una mujer en una manifestación en contra de los crímenes de honor [Foto vía futureswithoutviolence.org].

Según la organización  Human Rights Watch para Oriente Próximo y norte de África, “las mujeres llevan el peso de este tipo de castigos, ya que son percibidas con mayor frecuencia como ‘guardianas’ de la familia o del honor de la comunidad.” La virginidad de la mujer sigue considerándose muestra de honor y orgullo para el padre o futuro marido en este tipo de sociedades tribales; sin embargo, alrededor del 80% de las mujeres asesinadas en el pasado año en Jordania eran vírgenes. Esto desvela que detrás de muchos de los crímenes se esconden otras motivaciones o que, simplemente, en la mayoría de los casos se basan en rumores infundados.

Durante una década, la escritora y periodista árabe Rana Husseni investigó este tipo de crímenes en Jordania. Su libro, Asesinato en nombre del honor, proyecta varios de los casos que siguió de cerca, especialmente el de una joven de 16 años que fue asesinada por su propio hermano después de que su familia descubriera que había sido violada por otro de los hermanos mayores. “En nuestra sociedad tradicional el estatus de la familia depende del honor de la mujer, por lo que cualquier cosa que le suceda les deshonrará. Desafortunadamente, algunos creen que la limpieza del honor familiar sólo puede restaurarse mediante una bala o un cuchillo.”

Pero, ¿por qué la sangre restaura el honor familiar? La naturaleza tribal de las sociedades, la cultura y costumbres arrastran al imaginario colectivo hacia este tipo de acciones. Sólo el derramamiento de sangre puede devolver el estatus social a la tribu, que ha sido avergonzada ante la sociedad. Por lo tanto, al contrario de lo que muchos piensan, los crímenes de honor no están relacionados con la religión sino con la tradición. Una fatwa publicada el pasado diciembre por el Ministerio de Asuntos Islámicos de Jordania declaró por primera vez que los crímenes de honor son contrarios a la Sharia (ley islámica): “cualquiera que cometa un crimen de este tipo debe ser considerado responsable y no debe obtener una reducción de la pena aunque la víctima sea un familiar o el asesinato se base en sospechas”, afirma el mufti religioso Hassan Abu Arqoub.

Sin embargo, aunque parece haber avances en el aspecto social, pequeños son los pasos que se dan en materia legal. La ley está del lado de los criminales. Los artículos 98 y 99 del código penal jordano —actualmente sujetos a revisión en el Parlamento— permiten la reducción de pena cuando un varón ataca o mata a una mujer alegando que ésta ha cometido adulterio. Además, si el varón dice encontrarse en estado de furia, el criminal podrá beneficiarse de nuevo de una reducción de la condena que, en algunos casos, no llega al año, o menos si la familia no denuncia el crimen, algo frecuente si se tiene en cuenta que los parientes suelen ser cómplices del acto criminal.

Aunque el gobierno jordano defienda una propuesta de ley para que estos artículos sean revocados, su discusión sigue a día de hoy bloqueada en la Cámara por las tribus —que cuentan con su propio “código de honor”— y los Hermanos Musulmanes. “Tenemos que afrontar que este tipo de legislación está arraigada en las relaciones tribales que todavía dominan nuestra sociedad, incluso fuera de la ley”, afirma Naffa, que también denuncia la falta de apoyo a las víctimas.

En Jordania, como en otros tantos países de Oriente Próximo, no existe la figura del trabajador social; las víctimas están totalmente indefensas ante la sociedad y las instituciones. El reino Hachemí tan sólo cuenta con un refugio para víctimas de crímenes de honor, por lo que, una vez que las mujeres denuncian una agresión o se sienten acosadas por familiares o vecinos, la policía custodia a las jóvenes hasta una prisión donde permanecerán durante años, sin apenas permisos para poder salir del complejo. Esta situaciónn agrava aún más las secuelas psicológicas que, extremas dosis de violencia, dejan en estas mujeres.

Lo mismo ocurre en otros países. En Pakistán, por ejemplo, las tasas de condenas son muy bajas debido a las leyes de compensación monetaria, que permiten a los familiares perdonar a los autores del crimen, que quedan libre de cargos a cambio de una suma de dinero. En Afganistán la legislación establece que, “el que descubre a su esposa o a una de sus familiares cometiendo adulterio y la mata o hiere, queda exento de pena.”

Como contraste, en el Líbano, las campañas mediáticas y las manifestaciones de activistas consiguieron, en el año 2011, que el gobierno libanés aboliera el artículo del código penal sobre crímenes de honor que amparaba asesinatos de mujeres. Desde entonces, el continuo trabajo de las ONG’s que luchan a favor de los derechos de las mujeres en el país están, poco a poco, consiguiendo cambiar las tradiciones y normas sociales. Tal y como afirma la escritora y activista turco-francesa Elif Shafak: “hoy en día las mujeres son el corazón de la oposición y de la resistencia” en este tipo de sociedades patriarcales y tribales.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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