La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, reunidos en Estambul en octubre de 2015 [Foto vía rp-online.de].

Turquía presenta una posición geopolítica inmejorable. Este país bicontinental, se ha situado históricamente en una encrucijada entre dos mundos: Oriente y Occidente. Ubicado en la península Balcánica y en Anatolia, limita con Bulgaria y Grecia al oeste; con Georgia, Armenia y Azerbaiyán al este; y con Irán, Irak y Siria al sur. Por su posición, y por otros motivos que se detallan a continuación, Turquía es una pieza clave para el continente europeo.

El modelo moderno de política exterior de Turquía

Esta república parlamentaria —ahora presidencialista— debe sus orígenes a la disolución del Imperio Otomano en el año 1923, y su rol ha ido variando considerablemente tras la Guerra Fría. La historia moderna del país puede situarse a partir del año 2002, cuando Abdullah Gül es elegido como primer ministro. Tras su dimisión un año después, Erdoğan asumió el puesto para, posteriormente, ser elegido como presidente en el año 2007 a través de elecciones democráticas. La presidencia de Erdoğan contó con la asesoría del académico Ahmet Davutoglu, a quien llegó a darle status de ministro.

Davutoglu fue el encargado de diseñar la política exterior turca. El argumento central de su visión estribaba en que, por un lado, su país era miembro de la OTAN —y por tanto contaba con pretensiones europeístas—, mientras que, por el otro lado, era un país musulmán y de aquí su propósito de no afectar los lazos con Oriente.

Esta política de “cero problemas con los vecinos”, definida por el canciller turco, permitiría al país posicionarse como potencia regional, sin afectar la seguridad interna del Estado.

En relación con la implementación de esta política, Turquía oficiaba como mediadora entre Siria e Israel (2010), así como en el desarrollo del programa nuclear iraní (2010) y, además, fomentó el alto al fuego en Libia —sosteniendo que la existencia de “otro Irak” podría tener efectos catastróficos para la región—.

El presidente ruso, Vladimir Putin, y su ministro de defensa, Sergei Shoigú, examinan la caja negra del caza ruso derribado por las fuerzas aéreas turcas en noviembre de 2015 [Foto: Kremlin.ru vía WikimediaCommons].

Sin embargo, esta política de “cero problemas con los vecinos” comenzó a resquebrajarse con el estallido de la Primavera Árabe. Las buenas relaciones que Turquía mantenía con Israel se vieron afectadas, lo mismo que ocurrió con Egipto. Más en profundidad, el conflicto armado enquistado en Siria ha incidido sobre la correlación de fuerzas que se manifiesta en la región, cosa que ha afectado al Estado turco. En este sentido, aunque las relaciones entre Turquía y Rusia experimentaron un álgido punto de tensión después del derribo de un avión ruso por parte de la fuerza aérea turca a finales del año 2015 —en junio de 2016 Erdoğan manifestó sus disculpas acerca de este hecho—, estos dos países cooperan activamente bombardeando importantes bastiones del Estado Islámico, pese a perseguir objetivos disímiles: Putin aboga por la continuidad de al-Assad, mientras que Erdoğan se inclina por la caída del régimen.

El acercamiento hacia Rusia y el intento de golpe de Estado perpetrado por algunas facciones del ejército turco —más aún, el debate sobre la pena de muerte en el país tras lo último— alejó un poco más a Turquía de la UE. No obstante, Turquía es de gran importancia para los intereses del viejo continente.

Tensiones internas, respuestas externas

Turquía vive una situación de crisis política. Si bien el poder se encuentra fuertemente consolidado bajo la figura de Erdoğan, que pertenece al partido islamista de derecha, AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), el régimen político se encuentra sometido a presiones constantes provenientes de distintos sectores. Algunas de estas presiones se han manifestado en forma de crisis.

Una de las primeras crisis tuvo lugar en mayo de 2013, cuando alrededor de cincuenta ecologistas se manifestaban con el objetivo de conservar el parque Gezi, el cual se transformaría en un centro comercial. Los manifestantes fueron reprimidos fuertemente por la policía, situación que provocó una mayor adhesión por parte de la ciudadanía, dando lugar a un nuevo movimiento antigubernamental que pronto se extendió a otras ciudades del país.

La segunda crisis tiene que ver con el factor kurdo. En febrero de 2015, los kurdos comenzaron a tener avances significativos en Kobane (frontera entre Turquía y Siria) contra el grupo terrorista ISIS. Este hecho, sumado a las victorias del HDP (Partido Democrático de los Pueblos) —la situación marcó un hito en la historia política de Turquía ya que, por primera vez, los kurdos contaban con representación parlamentaria—, derivó en una inmediata respuesta por parte del jefe de Estado turco. La ofensiva del gobierno se centró en lanzar una fuerte campaña contra las facciones kurdas en la que las fuerzas armadas del país asediaron poblaciones enteras.

Imágenes de las protestas ciudadanas en el parque Gezi, Estambul, en mayo de 2013 [Foto: Fleshstorm vía WikimediaCommons].

La tercera crisis fue el intento de golpe de Estado perpetrado en julio de 2016, en la que un heterogéneo grupo de militares lanzó una ofensiva golpista contra el gobierno constitucional. Si bien la operación resultó fallida, la maniobra dejó un saldo final de 265 víctimas fatales —47 de ellos civiles y los restantes militares sublevados y policías leales al régimen—. En relación al hecho, rápidamente el jefe de Estado direccionó sus acusaciones al clérigo Fethullah Gülen.

Es con el intento golpista que Erdoğan logró fortalecer aún más su poder. Para evitar toda oposición que pudiese resurgir tras de los incidentes, el líder turco decretó un estado de emergencia que ha sido prorrogado. Con la medida, se encuentra bajo prohibición el derecho de protesta y de expresión.   

Después del golpe de Estado, Turquía intentó mejorar su posición de poder mediante sus capacidades. Esta actitud responde a las condiciones que le ofrecía el panorama internacional o, dicho de otra manera, la guerra civil en Siria permitió la reafirmación de los intereses nacionales de los estados, situación que se replicó en los casos de Rusia o Irán. Este anhelo de reposicionamiento se comprende además por la historia misma de la nación turca y el legado del Imperio Otomano.

Los cálculos efectuados por la diplomacia turca encuentran relación con la capacidad real de los decisores para hacer notar sus capacidades. En este sentido, Turquía, además de poseer uno de los diez ejércitos más poderosos del mundo, autoriza las operaciones que la OTAN realiza desde la base de Incirlik, que se ubica en su territorio. Esto se desprende del análisis que destaca Kenneth Waltz: las funciones que realizan los estados son similares, y las distinciones entre ellos surge de la variación de las capacidades.

Si bien años de negociaciones entre el Estado turco y la UE no han dado los resultados esperados, la Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada en febrero de este año en el país bávaro, no ha hecho más que resaltar la necesidad de que las partes cooperen en lo que respecta a las áreas de política y seguridad.

La importancia geopolítica que presenta Turquía puede resumirse en los siguientes aspectos: valor geoestratégico y valor cultural. Estos modificadores estructurales actúan como intermediarios de los efectos sistémicos sobre la conducta del Estado, esto es, en términos waltozianos, la distribución de las capacidades logra situar a Turquía en un nivel más elevado de la estructura anárquica y descentralizada del sistema internacional.

Con la presidencia de Erdoğan, Turquía comenzó a obtener un rol más destacado en la política mundial —algo similar a lo sucedido con la Rusia de Putin—, por lo cual su ámbito de influencia se situó más allá del ámbito regional. Esto se relaciona con su valor geoestratégico dado que este Estado oficia de buffer stateentre Europa y el levante mediterráneo. El aumento de su influencia se observa, aún más, con la crisis de refugiados que se cierne sobre el viejo continente: con el acuerdo UE-Turquía, las personas en calidad de refugiadas que arriban a las costas griegas son inmediatamente devueltas al país vecino a cambio de una compensación económica.

En el acuerdo UE-Turquía en materia de refugiados, quien pone las condiciones es Ankara. Erdoğan ha amenazado varias veces con suspenderlo, denunciando la falta de compromisos por parte de la UE. El acuerdo no ha hecho más que reforzar la pugna entre estos dos actores, donde el principal punto de disconformidad por parte de Ankara es que Occidente reconoce su influencia geoestratégica y, aun así, establece una activa limitación a la hora de sumarla a sus filas —las negociaciones sobre su adhesión a la UE se encuentran congeladas.

Turquía tiene un rol destacado, además, como miembro de la OTAN. Con sus 630.000 hombres, Ankara es la segunda estructura militar de la organización por detrás de los Estados Unidos. Además, prueba de su valor geográfico es que la base aérea de Incirilik, situada en su territorio, ha jugado un rol clave a la hora de conducir las acciones libradas por algunos países de la coalición en Irak y Afganistán. Por lo demás, el Estado turco se ha implicado activamente en la lucha contra el grupo terrorista Estado Islámico, el cual amenaza su estabilidad interna. A su vez, el país ha aprovechado la campaña para realizar bombardeos sobre las milicias kurdas en Siria.

Vista aérea de la base de Incirlik, enclave militar situado en Turquía importantísimo para las maniobras de Occidente en Oriente Medio [Foto: Departamento de Defensa de EE.UU. vía WikimediaCommons].

En los últimos meses lo que ha sucedido es que Ankara se ha ido alejando de la órbita de la OTAN; la situación se entiende en el contexto de que el Estado turco se halla afectado por la variable nacionalista. Es por ello que decide desenfocarse del ámbito europeo para posicionarse aún más en la esfera de Asia Central, donde reafirma sus intereses nacionales. El resultado es un mayor acercamiento hacia Rusia e Irán, incluso consintiendo la permanencia de Assad en Siria —tanto en Irán como en Siria la mayoría de la población profesa la rama chií del Islam, contrariamente a lo que sucede en Turquía, donde la mayoría de la población profesa la rama suní.

El país ostenta una importancia geoestratégica notable que permite el abordaje de las crisis que se desarrollan en el levante mediterráneo, el Golfo Pérsico y Asia Central por intermedio de la utilización de las capacidades militares. En otro aspecto de la cuestión —y no por ello menos importante—, derivado del factor turco subyacen los elementos culturales.

Es sobre Turquía donde se ubican los frágiles pilares de equilibrio que conectan Europa con el mundo árabe. En concordancia con el pensamiento de Brzezinski: si los Estados Unidos desean un Cáucaso meridional y un Asia Central estable e independiente, éstos deben procurar no alinear a Turquía y deben considerar la posibilidad de mejorar sus relaciones con Irán. Si Turquía se siente excluida de Europa, en la cual intenta integrarse, será favorable a un aumento del islamismo. Turquía es el elemento que refleja la posibilidad de relación entre dos mundos, Occidente y Oriente, pero también islamismo y secularismo.

Turquía ha sido la apuesta, por parte de Europa, sobre la democracia en el mundo árabe. El frustrado golpe de Estado en julio de 2016 no redundó en un aumento de la calidad democrática; muy por el contrario, el régimen ha vedado un derecho fundamental como la libertad de expresión, a la vez que el jefe de Estado intenta obtener mayores cuotas de poder mediante un proceso de reforma de la Constitución.

¿Qué sucedería entonces si en el laboratorio democrático del mundo árabe, el actual jefe de Estado continuara con su actitud de establecer una autocracia?

Por otra parte, Erdoğan alimenta las tensiones en el interior mismo del suelo europeo. La Unión de Demócratas Europeos Turcos (UETD) ha organizado mítines —recientemente ha anunciado la cancelación de las actividades— en favor de la reforma constitucional encabezada por el líder turco. Esto puede resultar especialmente provocativo para algunos grupos étnicos que habitan en Europa en condiciones de vulnerabilidad como los kurdos o los alevíes —cabe destacar que en Europa residen varios millones de turcos, dentro de los cuales 2’5 millones estaban habilitados para votar en el referéndum del 16 de abril de 2017.

En resumidas cuentas, Turquía es para Europa el país más importante del mundo árabe. En Turquía se ha confiado la seguridad interna-externa de los 28 países que conforman la Unión; y es importante en términos geoestratégicos, como también en términos culturales. La relevancia que recientemente ha cobrado este Estado se expresa en la afirmación de sus intereses nacionales —esta situación se encuentra facilitada por el contexto actual, una Europa que enfrenta una crisis sistémica y el ascenso de quienes fueran considerados pívots geopolíticos, como es el caso de Irán—. Queda por ver cómo proseguirá la política nacional de Erdoğan y la manera en la cual la política doméstica terminará por impactar en su política exterior.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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