‘Nada que perder’ muestra que algo huele a podrido en España

Fotografía de un escena de la obra 'Nada que perder' [Foto: Dani Pozo vía Cuarta Pared].

Basura y podredumbre, dos palabras que resumen la corrupción que ha culminado en la crisis económica, política y moral que hemos vivido desde 2008. Día tras día encontramos en los periódicos alguna noticia relacionada con este fenómeno que, aunque no sea exclusivo de España, ha tenido un desarrollo particular en nuestro país, la tierra en la que los crímenes de los poderosos restan impunes en la mayoría de los casos.

Cuatro dramaturgos —los hermanos Quique y Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe— se reunieron en un largo proceso que transcurrió entre 2012 y 2015 con el objetivo de crear una obra teatral que tratase sobre la crisis, partiendo de recortes periodísticos recogidos entre los años 2008 y 2011. Realizaron una abstracción a partir de los temas recurrentes: desahucios, huelgas, gente trastornada que lo ha perdido todo, casos de corrupción hechos públicos, etc. Todo ello con el objetivo de reflexionar sobre el papel del ciudadano en medio de esta jungla. El austero decorado es una metáfora de la mencionada podredumbre del país, una mesa y dos sillas con el telón de fondo de numerosas bolsas de basura que sirven de símbolo para condensar que algo huele a podrido en España.

El exitoso resultado de aquel trabajo se titula Nada que perderUna obra que está dividida en ocho escenas, que cuentan con tres personajes cada una. Dos de ellos forman parte de la acción mientras que el tercero es una especie de narrador omnisciente que en algunos casos da a conocer el monólogo interior de los otros dos personajes, mientras que en otras ocasiones se plantea preguntas sin respuesta, mediante apelaciones que tratan de hacer que el espectador reflexione sobre lo que se le está contando.

Nos recuerda a la función del coro en la tragedia griega, sin embargo se trata de un elemento problemático por dos razones. En primer lugar, requiere que el actor ajuste el ritmo de la acción para que la réplica se dé a tiempo, ya que si no hay sincronía, la escena se enrarece. En segundo lugar, el espectador puede llegar a sentir que las preguntas que se realizan son demasiado obvias y no es necesario que un interlocutor las haga por él, o tal vez se sienta repelido ante este ejercicio de ética y moral. En ocasiones, es preferible incidir en la conciencia del espectador desde la sutileza, y en este aspecto la obra pierde la partida. Puede que este hecho venga dado porque la actualidad transcurre de un modo vertiginoso y los temas que plantea Nada que perder, y que pudieron ser novedosos en el momento de su estreno, dos años atrás, han quedado desplazados por otra realidad y por ello están muy manidos.

Fotografía de un escena de la obra ‘Nada que perder’ [Foto: Dani Pozo vía Cuarta Pared].

Cada acto es en sí mismo una obra independiente. De hecho, no se repite ninguno de los personajes, que van desde un profesor de filosofía y su hijo, una funcionaria corrupta y sin escrúpulos, un concejal suspendido, un cobrador de morosos vestido de Don Quijote y su jefe, una madre y un hijo que se enfrentan a un desahucio, un psiquiatra y su paciente, etc. Los actores demuestran un gran talento en su capacidad de transformarse camaleónicamente y sin respiro en cada una de las escenas. Marina Herranz brilla especialmente en su papel de madre del concejal, Pedro Ángel Roca nos hace creer que efectivamente es un niño en la impactante escena del desahucio, y Javier Pérez-Acebrón resulta muy creíble en su papel de profesor de filosofía, el único personaje que se vuelve a repetir en el epílogo, un final ambiguo que se puede interpretar como una llamada a la acción contra el orden establecido o, por el contrario, como una postura conformista que nos alienta a aprovecharnos del sistema, ya que luchar contra él resulta igual de inútil que tratar de remar a contracorriente.

Pese a tratar sobre la corrupción, un tema recurrente en la historia de la humanidad, Nada que perder no pasará a formar parte del canon de obras universales ya que es una pieza cuyo carácter actual se agota en el tiempo. Sin embargo, resulta interesante como documento sobre la historia reciente de España, y necesaria desde el punto de vista ético, como una obra de teatro-denuncia. Un interés que queda avalado por la excelente recepción que ha tenido entre el público, pues no es habitual que una obra independiente llegue y supere las 100 funciones.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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