El líder norcoreano, Kim Jong-un, realiza el saludo militar ante las tropas en una visita al Ministerio de las Fuerzas Armadas del Pueblo [Foto vía telegraph.co.uk].

El mundo centra la mirada en la península de Corea de forma frecuente. El conflicto que sigue su curso desde el final de la Guerra de Corea, en 1953, se ha agudizado desde el año 2006, cuando el régimen ahora liderado por Kim Jong-un confirmó que había realizado su primera prueba nuclear exitosa.

Desde ese momento, Corea del Norte ha expandido y mejorado su programa nuclear progresivamente, aumentando la tensión en la región. Mientras Estados Unidos se encuentra en plena transición política, Corea del Sur y Japón, sus aliados estratégicos en el terreno, ven como el Estado norcoreano expande sus capacidades militares amenazándolos directamente.

Esta escalada militar, la retórica cada vez más agresiva de la cúpula norcoreana, y la amenaza directa a Estados Unidos y sus ya mencionados aliados regionales son los factores que preocupan a grandes expertos en política exterior como Richard Nathan Haass, presidente del Council on Foreign Relations desde el año 2003. Haass ha analizado la situación actual respecto al problema norcoreano y, además de los factores anteriores, señala el factor clave que marca un cambio en el panorama regional: la posibilidad de que Corea del Norte sea capaz de instalar una ojiva nuclear en uno de sus misiles balísticos.

Por otro lado, el incremento de la tecnología militar y la agresividad del régimen de Kim Jong-un también pueden comportar que éste actúe de forma más discrecional, cometiendo actos que comportarían una crisis regional o global como vender material nuclear a grupos terroristas, aumentar la producción de cabezas nucleares o atacar a sus vecinos coreano y japonés de forma convencional.

Por todo ello, Haass cree que la situación ha llegado a un punto crítico y que la Administración Trump deberá tomar decisiones pronto y abandonar la política de “paciencia estratégica” que han llevado a cabo todos los gobiernos estadounidenses desde los años ’90. En este sentido, el analista ve sólo 4 opciones para encarar el problema.

1. Defensa y disuasión

Ante la imposibilidad de frenar el aumento de las capacidades militares de Corea del Norte sin entrar en conflicto directo, Estados Unidos, Japón y Corea del Sur aceptarían el aumento en la cantidad y calidad de sus cabezas nucleares y sus misiles balísticos.

Alcance estimado de los misiles balísticos de Corea del Norte en la región Asia-Pacífico [Foto: Política Exterior vía Al Jazeera].

Así pues, la estrategia a seguir consistiría en desplegar un arsenal más amplio de defensa antimisiles y aplicar una técnica de disuasión, asegurando de forma continua al régimen norcoreano que, obviamente, un ataque por su parte iría seguido de un contraataque igual o mayor por parte de EE.UU. y sus aliados regionales.

No obstante, Haass ve un problema en este enfoque y es que todos los actores en juego saben que cualquier defensa antimisiles es imperfecta y que la técnica de la disuasión sólo es “segura” si la contraparte tiene un comportamiento racional, hecho que japoneses y surcoreanos pueden poner en duda.

En este caso, ante tanta incerteza y conociendo los costes que podría tener un ataque norcoreano, es probable que esta estrategia acabara comportando que Japón y Corea del Sur se plantearan comenzar sus propios programas nucleares, empezando una carrera armamentística que aumentaría la inestabilidad en la región.

2. Pasar a la ofensiva

Viendo que el régimen de Kim Jong-un no tiene intención de parar su programa y entendiendo que este comportamiento supone una amenaza inminente, la segunda opción sería utilizar la fuerza militar contra Corea del Norte. El objetivo primordial de dicho ataque sería acabar con el arsenal nuclear y balístico del régimen.

Sin embargo esta estrategia también presenta un grave problema para los intereses de Japón, Corea del Sur y EE.UU., y es que ninguno de ellos podría tener la seguridad de haber cumplido el objetivo: destruir todos los elementos del programa nuclear norcoreano. Por el contrario, lo que sí se puede prever al 100% es que habría una respuesta por parte del régimen juche, con armas nucleares en el peor de los casos y/o con la fuerza militar convencional de forma asegurada.

Desde la óptica de Haass, que es la estadounidense, estas represalias serían terribles ya que las piezas de artillería norcoreanas y su ejército están al alcance de Seúl y las bases estadounidenses emplazadas en Corea del Sur. En cualquier caso, el número de víctimas sería enorme y, según el analista, esta estrategia comportaría una cruenta guerra.

3. Acabar con el líder

Kim Jong-un y sus hombres de confianza constituyen un gobierno agresivo que no sólo ha acelerado el programa nuclear sino que ha aumentado la retórica de la amenaza militar en la región. Así, es de suponer que un cambio de régimen podría comportar un liderazgo más abierto a las soluciones diplomáticas y rebajar la tensión o, en el peor de los casos, sólo nos enfrentaríamos a un gobierno igual que el anterior.

No obstante, según Haass, el Estado norcoreano es demasiado hermético como para que Estados Unidos y sus aliados puedan incidir para forzar un cambio de régimen. Así que ésta tampoco es una opción viable.

4. Diplomacia y negociación

Finalmente, sólo nos queda una cuarta vía: la diplomacia. El presidente del Council on Foreign Relations plantea un escenario en el cual EE.UU. ofrecería un trato a Corea del Norte, siempre bajo consulta previa a los gobiernos de Japón y Corea del Sur —a EE.UU. no le interesa actuar unilateralmente en un tema tan sensible para estos dos países, pues podría perder unos aliados clave en la región—, e idealmente en el contexto de nuevas resoluciones y sanciones por parte de Naciones Unidas.

Maniobras navales conjuntas de los ejércitos de Estados Unidos y Corea del Sur durante los ejercicios militares anuales, conocidos como Foal Eagle, del año 2009 [Foto: U.S. Navy vía WikimediaCommons].

El trato consistiría en que el régimen norcoreano debería congelar su programa nuclear, parando a la vez sus pruebas con cabezas nucleares y con misiles balísticos; permitir el acceso de inspectores internacionales que verifiquen el cumplimiento de estas medidas; y comprometerse a no vender material nuclear a otros estados u organizaciones. A cambio, EE.UU. ofrecería la flexibilización de las sanciones internacionales, una mesa de negociaciones directas, y la posibilidad de firmar un acuerdo de paz más de 60 años después de haberse terminado la Guerra de Corea.

Por otra parte, Haass advierte que en estas negociaciones no todo vale y que Estados Unidos debería delimitar qué está dispuesto a ofrecer. En este sentido, el analista establece una serie de líneas rojas: No se puede aceptar una petición de que cesen los ejercicios militares conjuntos entre EE.UU. y Corea del Sur en la región; ni una petición para delimitar las tropas estadounidenses desplegadas en el territorio; y toda negociación debe establecerse en un plazo fijo de tiempo.

Para añadir más complejidad al asunto, en la solución diplomática hay que tener en cuenta otro factor: China. El gigante asiático no estaría dispuesto a tolerar una estrategia que, de resultar fructífera, podría acabar con la reunificación de Corea con capital en Seúl. Si bien las relaciones entre Corea del Norte y China no pasan por su mejor momento, el régimen de Kim Jong-un es un aliado estratégico en tanto que supone un contrapeso a la influencia estadounidense en la región. De perderse este contrapeso, EE.UU. ganaría un poder regional que China no estaría dispuesta a tolerar.

Por tanto, si se opta por esta cuarta vía, habría que abrir unas nuevas negociaciones entre el gobierno estadounidense y su contraparte china, en el que el primero tendría que asegurar al gobierno de Xi Jinping que EE.UU. no utilizaría una posible reunificación de Corea para obtener una ventaja estratégica en la región. Además, estas conversaciones también facilitarían el camino de la diplomacia, ya que China podría utilizar su influencia sobre el régimen norcoreano —que depende de Pekín en tanto que todas las mercancías del país entran y salen vía China— para asegurar que las negociaciones llegan a buen puerto.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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