21/10/2017 BARCELONA

Bahréin, la revolución que se sigue luchando desde la oscuridad

Las Primaveras Árabes parecen ya muy lejanas en el tiempo, pero hay un país del que casi nunca se habla y en el que se siguen sucediendo las revueltas: Bahréin. ¿Por qué nadie nos informa de lo que pasa en este pequeño país del Golfo?

En 2011, en plena expansión de las Primaveras Árabes, las protestas llegaron hasta Bahréin, donde miles de ciudadanos salieron a la calle para exigir democracia, respeto de los derechos humanos, igualdad y libertad. Bahréin se convirtió así en el único país del Golfo Pérsico contagiado por la euforia de la Primavera Árabe. Las manifestaciones comenzaron en la Plaza de la Perla, en el centro de Manama, capital del país, donde se encontraba un imponente monumento de 90 metros de altura con seis arcos que sostenían una perla en alto.

Bahréin, a grandes rasgos

Bahréin es una isla situada al oeste del Golfo Pérsico gobernada desde hace décadas por la familia real Al Khalifa, emparentada con la dinastía saudí y pertenecientes a la minoría suní. La población de Bahréin se compone en gran parte por trabajadores extranjeros, sobre todo migrantes de países del sur de Asia como Pakistán, y por una mayoría de chiíes. Es también lugar de paso de la quinta parte de las exportaciones mundiales de crudo, de ahí su valor estratégico.

Manifestantes toman la plaza de la Perla y exigen la libertad de los presos políticos [Foto: AlJazeera English vía WikimediaCommons].

Las protestas, que comenzaron en febrero de 2011, no hicieron más que aumentar a medida que crecía la violencia y el número de víctimas. Activistas pro-derechos humanos que lograron escapar de las represalias del gobierno han relatado en numerosas ocasiones la delicada situación del país sin éxito, ya que parece que el resto del mundo los ha olvidado. Los datos aportados por diversos organismos y observatorios de los derechos humanos, como Human Rights Watch, cuentan una historia de terror que habla por sí sola: miles de presos políticos cuyo número aumenta cada mes, detenciones y condenas hacia activistas pro-derechos humanos que socavan la libertad de expresión, detenciones indiscriminadas así como maltrato a los detenidos, revocación de la nacionalidad a opositores al régimen, prohibiciones arbitrarias de viajar a individuos críticos con las violaciones de los derechos humanos por parte de las autoridades, y numerosos casos de torturas y desapariciones forzadas.

La Primavera Árabe de Bahréin

Las manifestaciones que comenzaron en 2011 fueron duramente reprimidas desde el primer día con la entrada en el país de soldados saudíes y policías procedentes de Emiratos Árabes Unidos a petición del régimen. Las tropas consiguieron expulsar a los manifestantes de la icónica Plaza de la Perla, símbolo de la revuelta, y destruir el monumento que la corona. En este primer momento de las revueltas, el régimen declaró el estado de emergencia y las manifestaciones lograron ser reprimidas con la ayuda de sus aliados del Golfo.

El régimen intentó recomponer su imagen estableciendo la llamada Comisión Independiente de Investigación (BICI) cuyo informe, en noviembre del 2011, confirmó la muerte de decenas de opositores, la tortura de centenares de ellos, los arrestos masivos de miembros de la oposición y otras muchas violaciones de los derechos humanos a cargo de las fuerzas de seguridad. No obstante, los informes de organismos de derechos humanos recalcaron desde el primer momento que el régimen no había adoptado las medidas y directrices requeridas en el BICI y que la situación de los derechos humanos no hacía más que deteriorarse.

Las fuerzas de seguridad lanzan gas lacrimógeno a los manifestantes [Foto: Michael Graae vía Open Democracy].

La mayoría de los líderes de la oposición fueron encarcelados junto a miles de manifestantes; periodistas, profesores e incluso profesionales de la medicina fueron perseguidos por el régimen. Miles de personas fueron despedidas de sus empleos por manifestarse, en muchos casos simplemente porque eran chiíes. Durante las manifestaciones, el uso indiscriminado, por parte del gobierno de Bahréin, de gases lacrimógenos como arma llegó a causar daños graves, cegueras e incluso la muerte de manifestantes, hecho que ha sido fuertemente denunciado por la población. No obstante, los activistas no se rinden. Han seguido saliendo a la calle a pesar de la represión y amenazas del régimen y, sobre todo, a pesar de la silenciosa complicidad de la mayor parte del mundo.

Bahréin ha sido obviada deliberadamente por la comunidad internacional y sus gritos, silenciados por la indiferencia.

¿Por qué no sabemos más sobre Bahréin?

Tal vez la falta de cobertura de la insurrección predominantemente chií contra una monarquía suní —cada vez más represiva— puede explicarse, en parte, porque Washington considera que la monarquía es uno de sus aliados cercano. Bahréin es el hogar de la quinta flota de la marina de guerra de EE.UU. y se beneficia de las ventas de armas. Tal vez también tenga relación con la amistad entre Estados Unidos y Arabia Saudí, y la creciente tensión entre la potencia norteamericana e Irán.

Bahréin ha sido retratado como un campo de batalla entre la vecina Arabia Saudí y la mayoría cercana a los postulados chiíes de Irán.

Ignorar la revolución que allí sigue en marcha, así como sus demandas de libertad y democracia es, sin embargo, peligroso. Si los activistas pasan de manifestaciones, en gran medida pacíficas, al uso de la violencia, Bahréin podría convertirse en un polvorín que podría encender el Golfo Pérsico. Como dijo el Dr. Nabeel Hameed, activista por los derechos humanos en Bahréin: “La situación se está atrincherando, se está estancando. Nadie ve una solución, y esto da lugar a la pérdida de esperanza. Y una de las posiciones más peligrosas en las que puedes poner a un ser humano es la pérdida de esperanza. Porque cuando alguien pierde la esperanza, es capaz de hacer cualquier cosa”.

A mediados de 2016 hubo un marcado deterioro de la situación de los derechos humanos en Bahréin, cuando las autoridades disolvieron al principal grupo de oposición política, al-Wifaq, encarcelaron al principal activista de derechos humanos del país y acosaron y persiguieron a los clérigos chiíes que protestaron pacíficamente contra la revocación arbitraria de la ciudadanía del líder espiritual de al-Wifaq.

Actualmente, Bahréin se encuentra en un punto crítico. La directora adjunta de la oficina regional de Amnistía Internacional en Beirut ha afirmado que “sólo en los dos primeros meses de 2017 se ha observado una alarmante escalada del uso arbitrario y excesivo de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad y se han llevado a cabo las primeras ejecuciones desde la revuelta de 2011”. El 15 de enero de 2017, tres hombres fueron ejecutados después de un juicio sin bases legales y manifiestamente injusto. Tras las mismas, en numerosas partes del país comenzaron a darse reacciones de protestas, e incluso algunas manifestaciones llegaron a tornarse violentas mientras las fuerzas del régimen usaban indiscriminadamente gas lacrimógeno y balas de perdigones contra los manifestantes.

Desde entonces, la tensión va en aumento y las manifestaciones se suceden por todo el país en protesta contra el régimen y las violaciones cada vez más crecientes de los derechos humanos. Mientras los ciudadanos de Bahréin siguen viviendo entre el miedo y la esperanza de lograr los derechos que reclaman en las calles desde hace ya seis años, parece que nadie quiere escuchar sus gritos.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

Irene Rodríguez Ortega

(Málaga, España). Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Especializada en tantos temas internacionales como pueda: Derecho Internacional Público, Derechos Humanos, Seguridad Internacional, Crimen organizado transnacional y Prevención de conflictos internacionales. Interesada en seguir aprendiendo e investigando, con especial interés en el terrorismo internacional. Actualmente resido en Milán, Italia. https://it.linkedin.com/in/irenerodriguezortega


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