‘Elysium’ o porqué necesitamos repolitizar la economía

Imagen de la película 'Elysium' (2013), film de ciencia ficción ambientado en un futuro distópico [Foto: PelisMEGA vía YouTube].

En la literatura y el cine no han sido pocas las veces que a través de la ciencia ficción se ha intentado retratar un mundo distópico en el que vernos reflejados a modo de advertencia. El lugar hacia donde nos dirigimos ya es, claro está, parte de donde estamos. El camino es parte y se va pareciendo gradualmente cada vez más al destino. Una de las obras de este estilo más conocidas es ‘Black Mirror’, cuya capacidad de advertirnos sobre lo que, poco a poco, pasamos a ser es tan reconocida por críticos como por espectadores de todo el mundo. Su capacidad de interpelación en la mayoría de capítulos es la clave de su éxito ya que, como se señalaba antes, ya somos, en cierta manera, un poco de lo que vemos en sus capítulos.

Imagen artística de la novela ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, en la que se representa una sociedad distópica [Foto vía veritasconexion.blogspot.com.es].

‘In Time’ también es otro buen ejemplo de la capacidad del arte, y en concreto de la ciencia ficción, de poner de relieve las desiguladades extremas entre seres humanos, la opulencia contra la supervivencia. Unos poseen todo el tiempo (dinero) del mundo, mientras que otros muchos luchan para que éste no sea su último día.

En la literatura tenemos ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, ‘Farenheit 451’ de Ray Bradbury o ‘1984’ de George Orwell, que nos advierten sobre las consecuencias de desentendernos de la política (la vida en común) y los mecanismos de opresión, de regulación y control sobre la sociedad que la élite gobernante puede aplicar con el simple objetivo de mantener el status quo.

Sin embargo, ninguna de estas obras imaginó la segregación espacial de la forma en que se hace en ‘Elysium’ (2013). En una metáfora tan atinada como aterradora, la desigualdad económica sustenta la segregación espacial que, a su vez, funciona como base para el hiperdiferenciado acceso a unos derechos sociales reducidos y supeditados a los designios del capital.

Elysium, de una lectura política a una lectura pospolítica

Elysium es una película que pasó algo desapercibida. No logró quizá ser identificada como una gran película de acción, ni como un preciso espejo artístico en el que vernos críticamente reflejados como sociedad. Es más, se dijo de la cinta, y con razón, que entre la trama y los personajes no había una sólida armonía que hiciera vibrar más allá de las escenas de acción. El productor, Simon Kinberg, declaró en una entrevista que se trata de una película de acción. “La trama tiene temas que no esperarías en una cinta de acción veraniega, pero creemos que el público puede ver la película y disfrutar la aventura al tiempo que se filtran ideas acerca del mundo real”.

Sin embargo, en ella existen temas de fondo que no deberían ser tratados con indiferencia. Elysium refleja un mundo —aunque se parezca demasiado al actual— distópico en el año 2154. La Tierra está poblada por sociedades desbordadas por el hacinamiento, la enfermedad y el colapso ambiental y económico. Los Ángeles no es más que una gran favela compuesta por favelas, barrios como los que hoy existen en las periferias de México D.F., Lima o Buenos Aires. Las clases bajas mueren, literalmente, intentando cruzar de “la periferia” al “centro”, donde vive la clase media-alta. Efectivamente, el marco de la lucha de clases y el enfoque marxista son útiles para explicarse la cinta.

Cartel de la película ‘Elysium’ donde se observa el mundo paralelo en el que vive la clase dominante [Foto: DarkKnight vía fanaru.com].

Por otro lado, arriba, en el espacio, la cámara te lleva hasta un hábitat auto-sostenible, como un invernadero, puesto en órbita para los ricos, una nave de la que han despegado para no volver. Esta estación flotante se llama Elysium. Se trata de una enorme estación espacial que genera su propia gravedad, llena de barrios residenciales con verdes espacios públicos en donde también se encuentran las instituciones de gobierno desde donde se toman las decisiones importantes, las que afectan a los de abajo, en el planeta. En la Tierra conservan las fábricas y la mano de obra precaria, la cual, cuenta con los servicios mínimos para que pueda subsistir y no parar de trabajar, vigilados todo el tiempo por una férrea ciber-policía que guarda el más estricto orden. El director de la película, Neill Blomkamp, dibuja muy bien el mundo en el que nos estamos convirtiendo con la actual forma de hacer (pos)política.

Desigualdad material, desigualdad transversal

Sobre el papel, tanto en la Tierra como en el hábitat (Elysium) todos tienen garantizados el ejercicio de sus derechos económicos, sociales y culturales, pero sólo en Elysium puedes ejercerlos en plenitud. Sólo en Elysium puedes crecer y vivir sin el miedo de perder el trabajo, ser injustamente encarcelado o morir de hambre. Uno de esos derechos que se muestran violados es, por ejemplo, una asistencia sanitaria adecuada. En la película, se muestra que en la Tierra si uno se enferma, se dedica a completar formularios pudiendo morir en la sala de espera antes de que el médico se acerque a atenderte. En Elysium —el hábitat— en cambio, todos tienen acceso a una máquina capaz de curar instantáneamente cualquier enfermedad, y poseen el acceso a una alimentación rica y sana. Pero estos recursos sólo están garantizados para los residentes.

En términos de derechos a la participación política y ciudadana, no existe un Parlamento ni forma alguna de participar en la gestión de los recursos si has nacido en la Tierra, por tanto, en la misera. No existe un colectivo, ni bienes ni servicios públicos que funcionen bien. Lo que sí que existe es un concejo de gobierno (ubicado en Elysium) compuesto por personas de todos los colores, etnia y orientación sexual, que rige las vidas de millones de personas en la Tierra.

Para ser parte de este concejo no existe mayor discriminación salvo la de pertenecer a ese top 1%.

Se trata de una minoría social, étnicamente diversa, en cuyos grupos dirigentes existe paridad de género y en donde, aparentemente, hay un alto grado de respeto a la diferencia producto de la más exagerada corrección política. En este sentido, la máxima responsable de la seguridad tanto allá arriba, como allá abajo, es una mujer de aspecto transgresor e inquebrantable a la hora de resguardar el estéril e indiferente lujo de ‘Elysium’ (los de arriba) frente a los de abajo. El autoritarismo de una élite opulenta que mantiene el orden social mediante el miedo y la opresión hace a la vez posible que existan leyes impecables y derechos en infinidad de aspectos, y que exista una desigualdad material tan grande que sólo los residentes de Elysium conozcan, demanden y ejerzan esos derechos y libertades.

¿Cómo hemos llegado a un mundo como el de  “Elysium”?

Segregación espacial en Sudáfrica, donde la población y la élite socioeconómica viven en mundos paralelos [Foto: Johnny Miller vía Business Insider].

El dejar la política en manos de unos pocos, especialmente tras haber renunciado a la batalla por la gestión de los recursos y la economía, es lo que se ha entendido como pospolítica, y es una posible explicación sobre cómo hemos llegado a un mundo en el que cada vez más nos encaminamos hacia el panorama mostrado en Elysium. En un anterior artículo, en el que tratábamos este tema, se intentaba explicar de qué trata la pospolítica y cuáles son sus luces e imposibilidades. En pocas palabras, la pospolítica va sobre la reivindicación de la diferencia en una lógica de identidades políticas hacia dentro, no interesadas en apelar a la voluntad general o la construcción de una mayoría social que revierta el actual orden social, sino que más bien reclaman a las clases dominantes una cesión de determinadas cuotas de poder convirtiéndose, en el mejor de lo casos, en minorías (¿aisladas?) empoderadas.

Los actores de la pospolítica abandonan una lucha transversal (de clase, por ejemplo) y consiguen, cierta y justamente, su reconocimiento y el derecho a ejercer su ciudadanía, sus derechos en plenitud y con garantías. Sin embargo, esta forma de hacer política, advierte Zizek, deja intacto el orden social global, pues “toma reivindicaciones específicas resolviéndolas negociadamente en el contexto “racional” del orden global neoliberal que asigna a cada parte el lugar que le corresponde”.

¿No vivimos ya en mundo así?

Matt Damon decía en una entrevista a la BBC que la película era “una metáfora para la problemática de la inmigración”, no obstante, Elysium no es sólo eso. Sirve para entender, en cierta manera, el mundo que estamos construyendo. Un mundo ultrafragmentado, sin consciencia, donde un 5% de la población vive en el más absoluto derroche y privilegio. Un mundo resultado de de la aceptación sobre el manejo de la economía como un asunto técnico-científico, fuera de la esfera política (no discutible/disputable). Resultado de concebir la política sin “lo político” y fuera de la esfera pública, como si no fuera con uno. Avocados al “si no trabajo, no como”.

Elysium podría ser Hollywood Hills en Los Ángeles, Polanco en México D.F., La Molina en Lima o Vitacura en Santiago de Chile.

Hace unos meses se hacía viral un video de la agencia EFE que mostraba el muro de la vergüenza que separa aquel distrito limeño (un barrio privilegiado rodeado de montañas o fronteras naturales) de San Juan de Miraflores (un barrio de escasos recursos) en Lima, Perú.

En la película, se da algo que ya experimentamos en muchas de nuestras ciudades: la segregación espacial, lo que significa jerarquización y desigualdad en todas las dimensiones. En el mundo de hoy ya existen muros, carreteras, arbustos… que funcionan como fronteras entre las “personas con éxito” y los pobres o “losers”. Que separan a los que “trabajan duro” de los “holgazanes poco ambiciosos”. A otra escala, los EE.UU. o Europa funcionan como un “Elysium” imaginario para Centroamérica o para el norte de África respectivamente. Tan cerca y a la vez tan lejos.

Hacia la repolitización de la economía

En las instituciones educativas actuales dicen enseñar “religión” cuando enseñan catolicismo, así como dicen enseñar “economía” cuando lo que enseñan son teoría, dinámicas, y herramientas dentro del “libre mercado capitalista”.

Otra imagen que muestra la segregación espacial en Sudáfrica, en este caso en Ciudad del Cabo [Foto: Johnny Miller vía Business Insider].

Yannis Varoufakis decía que los economistas tienen el complejo de tratar la economía como una ciencia cuando se trata de decisiones políticas. Así, el debate sobre la economía, el empleo digno y la redistribución de la riqueza han sido desplazados fuera del debate público. En el libro el “Gobierno de las palabras”, Juan Carlos Monedero señala que una de las claves para despolitizar el debate económico ha sido el tipo de términos que, desde ciertos sectores, se han impulsado en torno a la economía. A la falta de empleo se le llama “mercado laboral poco dinámico escaso de valientes emprendedores”; al despido masivo de trabajadores se le llama “ajustes de plantilla” con la excusa de la eficiencia; y a los trabajadores, “capital humano”, que nunca está lo suficientemente cualificado o no es lo suficientemente audaz como para irse a trabajar a Hamburgo, 12 horas al día, y estudiar alemán y chino mandarín por las noches. Con estas argucias, diría el profesor, presentan un privilegio como un interés colectivo. Revierten la responsabilidad en los de abajo, precisamente en aquellos que no tuvieron la oportunidad de decidir sobre sus destinos.

Esta reducción, oscurantismo y “cientifización” de la discusión económica han cumplido su misión: la gente (especialmente los sindicatos y algunos círculos intelectuales progresistas) ha dejado de disputar políticamente el modelo actual de gestionar la economía, tampoco cuestionan las “recomendaciones” del Banco Mundial o del FMI. Ni los sindicatos, ni los partidos políticos meta-socialdemócratas, ni los grupos ecologistas tienen una propuesta alternativa creíble-cerrada. Estamos convencidos que este modelo-sistema económico, al igual que pasa con la democracia representativa liberal, es el menos malo. Y la idea de poder escoger “libremente” qué bebida de soda consumiremos después de haber trabajado duramente en el empleo que “nos merecemos” está tan instalada en nuestras mentes como en los paneles publicitarios.

Galeano advertía ya en los 90’s que este mundo es cada vez más igualador en las ideas y las costumbres que impone, y desigual en las oportunidades que brinda. “El 10% de la población vive en la zona privilegiada, la mayoría está literalmente fuera” sentencia categóricamente Zizek en una entrevista. El ‘mundo de Elysium’ es el tipo de mundo que legaremos si seguimos despreocupados de lo económico. Sólo serán unos pocos, —aquellos que cuenten con los recursos suficientes— los que puedan hacer efectivos esos derechos escritos en un papel y por los que muchos digna y justamente han luchado.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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