"La escuela de Atenas", pintura al fresco de Rafael Sanzio pintada entre 1509 y 1512 que muestra a los más insignes intelectuales de la época clásica [Foto vía transitaelmundo.wordpress.com].

“La democracia es, antes que nada y sobre todo, un ideal. […] Sin una tendencia idealista una democracia no nace, y si nace, se debilita rápidamente. Más que cualquier otro régimen político, la democracia va contra la corriente, contra las leyes inerciales que gobiernan los grupos humanos. Las monocracias, las autocracias, las dictaduras son fáciles, nos caen encima solas; las democracias son difíciles, tienen que ser promovidas y creídas.”

Giovanni Sartori.

La década de 1980 marcó el inicio de un proceso de consolidación democrática para América Latina. A partir de entonces, y a lo largo de los años, este régimen se ha convertido en condición sine qua non del reconocimiento y legitimidad internacional e interna de estos países. Pero la democracia es un fenómeno contingente y tiene matices. América Latina, como caso de análisis, no escapa a esta condición. Sin embargo, existe el peligro de reificar o naturalizar a la democracia como una estructura dada. Ante este hecho, cabe preguntarnos y averiguar cuán consolidado se encuentra el fenómeno de la democratización en América Latina y qué mecanismos tenemos para enfrentar sus eventuales crisis.

El expresidente de Venezuela, Betancourt, ejerciendo el voto

Cuando reflexionamos sobre esta transición democrática debemos indagar acerca de nuestra identidad, de lo que nos define, lo que pensamos y lo que queremos, así como las percepciones acerca de nosotros mismos. Así, lograremos aprehender la capacidad del sujeto social para cambiar la estructura y las propiedades estructurales que nos constriñen como sociedad y leer las condiciones latinoamericanas en términos de su margen de maniobra democrático.

En primer lugar, si definimos democracia como “el gobierno del pueblo”, esto implica que las decisiones que nos afectan a todos sean tomadas por ciudadanas y ciudadanos plenos y conscientes de sus derechos civiles, políticos y sociales  —hecho que excede al mero sufragio popular—.

En segundo lugar, debemos recordar que en América Latina la democracia nació y murió decenas de veces. Durante todo el siglo XX, gran parte de la región vivió bajo regímenes militares: desde 1902 hasta 2002 hubo 327 golpes de Estado. Los países que más tiempo han vivido bajo gobiernos militares (alrededor de medio siglo) son Venezuela, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Argentina y Bolivia. Por su parte, el grupo de países donde las democracias han sido más longevas está conformado por Chile, Uruguay, Colombia, Costa Rica y —paradójicamente— Venezuela.

Ahora bien, el caso venezolano es interesante ya que, al igual que Colombia, a partir de los ’50, el poder político quedó repartido de manera consensuada entre las tradicionales cúpulas de poder, creando una estructura cerrada que excluía cualquier alternativa fuera del sistema (al margen de la celebración de comicios). La principal consecuencia de este hecho en Colombia ha sido el fenómeno guerrillero reivindicativo que, con transformaciones, se mantiene a día de hoy. En Venezuela, el alineamiento político-energético con Estados Unidos y la Doctrina Betancourt terminaron por aislarla regionalmente. Las consecuencias de esta política se verían en las crisis de los ‘80–‘90, que derivaron en un gran descontento social y cuestionamientos hacia el régimen democrático vigente. En ambos casos la democracia, funcionando maravillosamente en términos teóricos, terminó estafándose a sí misma; encontró un límite que no pudo superar.

Viñeta que parodia la Doctrina Monroe en la que se ve al “Tío Sam” protegiendo lo que considera suyo, América [Foto vía pensandoamericas.com].

Además, es importante mencionar que gran parte de estos golpes y de las subsiguientes dictaduras tuvieron colaboración norteamericana: si tomamos a la región de América Latina en general, el porcentaje es del 30% de los casos; pero si hacemos foco en Centroamérica y el Caribe, el porcentaje se acerca al 70%. Esto se enmarca en el contexto de la Guerra Fría y la lucha contra el famoso “enemigo interno” fomentada por Estados Unidos, país con el que la región mantiene un vínculo conflicto-cooperación debido a las diferentes potencialidades y percepciones disímiles de la “no-intervención”: la Doctrina Monroe en sus diferentes versiones (Polk, Grant, Roosevelt), y la filosa frase “América para los americanos” que abrió las venas de América Latina.

Otra propiedad regional fundamental que incide sobre este tema, con respecto de la estructura social, es el hecho de que América Latina lidere el ranking mundial de la peor distribución del ingreso. El desgaste de los regímenes autoritarios y el impulso democrático de los ‘80 se explica en términos generales justamente por la crisis económica (la llamada “crisis de la deuda”) y la política exterior norteamericana —con la entrada de Carter se elimina el apoyo explícito a nuevos golpes, se alientan los procesos controlados de democratización y se deslegitimaron directa o indirectamente a los gobiernos autoritarios—. A esto se sumaron situaciones particulares de cada país (como la Guerra de Malvinas en Argentina, o los plebiscitos en Chile y Uruguay).

Así, tenemos una democracia que se instala en sociedades con altos niveles de pobreza y desigualdad, insuficiente crecimiento económico y creciente insatisfacción ciudadana respecto de las propias democracias.

En sintonía con esta idea, entendemos que el retorno a la democracia no haya sido automático. Y tampoco ha sido rotundo, tanto en un sentido estrictamente político como en un sentido social más amplio. Empíricamente, hemos contabilizado 16 fenómenos de crisis de régimen1. Asimismo, identificamos una serie de 18 casos de crisis institucional que no terminaron en crisis de régimen, en una peligrosa combinación de democracia estable y gobiernos inestables: desde 1985 hubo 18 gobiernos inconclusos con 13 presidentes derrocados a través de la llamada a elecciones anticipadas y 5 vicepresidentes o sucesiones2.

Es importante que tengamos todo esto en cuenta cuando analizamos el proceso de democratización latinoamericana ya que la supervivencia política o el resultado del proceso político serán definidos por las complejas interacciones entre estos y otros factores como los medios de comunicación, la Constitución, el sistema de partidos, el sistema presidencial, la cultura política, etc. En este sentido, es importante distinguir entre ingobernabilidad e inestabilidad de régimen y desmitificar las identidades “institucionalización partidaria–gobernabilidad” y “democracia delegativa3–partidos débiles”. Además, otro factor clave en este análisis son las autodefensas creadas a nivel supra-nacional. La democratización regional ha sido acompañada y reforzada por la creación de sistemas de integración a nivel supranacional como el Mercosur, la Unasur o la Celac, que cuentan con cláusulas democráticas y plantean la incompatibilidad entre la integración y los golpes de Estado dentro del grupo. Y aunque este planteamiento no siempre se cumple4, sí marca un precedente.

Dilma Rousseff, expresidenta de Brasil destituida de su cargo por un proceso de impeachment. En la foto puede verse, al fondo, el que sería su sucesor y actual líder de Brasil, Michel Temer [Foto: Senado Federal – Solenidades vía WikimediaCommons].

En síntesis, América Latina tiene una estructura marcada por golpes de Estado y sus residuos institucionales y culturales, pésima redistribución de la riqueza e intervenciones extranjeras en la soberanía de los Estados. Pero también tiene un núcleo común: la historia de la integración. Es desde la independencia ideológica, desde nuestra propia naturaleza e historia social que podremos lograr análisis y soluciones acordes para que la democracia en esta región pueda  ser creada y creída de manera sustentable, moral y consciente.

(*1) Casos: En Argentina, los levantamientos de Semana Santa de 1986 y de diciembre de 1990; en Panamá y Perú, los levantamientos de diciembre y mayo de 1990; en Perú, el autogolpe de Alberto Fujimori en 1992; en Venezuela, los intentos de golpe de Estado de febrero de 1991 y noviembre de 1992, y los verdaderos golpes del 11 de abril del 2002 (golpe mediático) y de diciembre-febrero de 2002-2003 (golpe económico); en Haití, en 1991 y 1994; en Honduras, el golpe parlamentario de 2009; en Paraguay, los golpes de 1995, 1999 y el golpe parlamentario de 2012; y en Brasil, el golpe parlamentario de 2016.

(*2) Casos: Ecuador con Lucio Gutiérrez (1995 y 2005), Alberto Dahik (vicepresidente – 1995), Abdalá Bucaram Ortiz (1997), y Jamil Mahuad (2000); Argentina con Alfonsín (1989) y De la Rúa (1999); República Dominicana con Balaguer (1994); Bolivia con Suazo (1985), Mesa (1995) y Sánchez de Lozada (2003); Brasil con Collor de Melo (1992); Venezuela con Carlos Andrés Pérez (1993); y Paraguay con Cubas (1999).

(*3) Esta idea hace referencia a que las democracias en América Latina son débiles porque, debido al mandato fijo del presidente, éste sólo tiene que rendir cuentas en las próximas elecciones y no durante su mandato respecto de los mecanismos de control republicanos (Poder Judicial y Poder Legislativo).

(*4) El caso del Mercosur es paradigmático en ambos sentidos: como aplicación en el caso de Paraguay en 2012 (que habilitó finalmente la entrada de Venezuela al bloque, frenada por el Senado paraguayo), y como no aplicación frente al golpe parlamentario en Brasil en 2016.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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