Complejo petroquímico Baytown, de ExxonMobil, en Texas.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha reconfigurado la geopolítica mundial por completo. El magnate inmobiliario atacó muy duramente a China, México y la Unión Europea durante la campaña electoral y tuvo un discurso belicoso que lo posicionó en el centro de la escena. Por eso, en el plano de las relaciones internacionales, se inició un proceso de “reacomodamiento” global a la expectativa de las decisiones que pueda tomar el republicano desde Washington. Lo que parece seguro es que va a tener un fuerte aliado: Rusia.

La posible nueva relación entre EE.UU. y Rusia se da en el marco de una serie de negocios y beneficios que favorecen a los dos bandos. Un punto clave es que el presidente ruso, Vladimir Putin, condecoró al nuevo Secretario de Estado y ex-CEO de la petrolera Exxon Mobil, Rex Tillerson, con la Orden de Amistad en el año 2013. Así, parece que la diplomacia de ambos países puede entablar buenas relaciones a través de un negociado millonario como el de la industria de los hidrocarburos.

La influencia de Exxon Mobil

Rex Tillerson, representando a Exxon Mobil, en un encuentro con el presidente ruso, Vladimir Putin, en el año 2012 [Foto: premier.gov.ru vía WikimediaCommons].

Exxon Mobil es la compañía petrolera más grande del mundo y su ex-CEO, Rex Tillerson, supo utilizar la empresa para encarar proyectos geoestratégicos en todo el mundo. El ahora Secretario de Estado carece de experiencia en el mundo de la diplomacia pero supo tejer relaciones estrechas con distintos gobernantes a través de la influencia que ejercía desde su compañía. En este ámbito, Exxon firmó convenios con la estatal rusa Rosneft para explotar varias cuencas en Siberia mediante la fractura hidráulica o fracking.

Exxon Mobil expandió sus negocios por todo el mundo, en contraposición con otras petroleras pequeñas que decidieron quedarse en Estados Unidos apostando también por el fracking. De esta manera, la petrolera de Tillerson logró llegar al negocio de los hidrocarburos en Rusia, que se estima que tiene un potencial de 8 billones de dólares entre crudo y gas natural. El clima de negocios fue en aumento e incluyó la ya mencionada condecoración de Putin al ahora Secretario de Estado y mano derecha de Trump.

La tensión llegó cuando Barack Obama impuso sanciones económicas a Rusia a raíz del conflicto de Crimea, momento en el cual las relaciones degeneraron hasta alcanzar un clima propio de la Guerra Fría. Ante esta situación, Rex Tillerson salió a manifestarse en contra de las medidas impulsadas por la antigua administración norteamericana para que no tambaleasen sus negocios en la ex-Unión Soviética. Ahora, con Tillerson de Secretario de Estado es esperable que Donald Trump mantenga una cordial relación con Putin. Así lo afirman los medios de comunicación, que califican al nuevo mandatario como “pro-Rusia”, tanto es así que se dice que hubo brindis en Moscú durante la asunción de Trump al poder.

Por otra parte, sectores ligados al Partido Demócrata denunciaron la invasión de Vladimir Putin al sistema electoral estadounidense, incidiendo en las últimas elecciones presidenciales celebradas en 2016. Sin embargo, eso no aplacó a un eufórico Trump que contestó afirmando que, en tal caso, sacó más votos de los que realmente le computaron en el escrutinio final. Así pues, comienza una nueva era en el panorama internacional que merece una especial atención al eje Washington–Moscú.

Las ambiciones en el Ártico

Instalaciones de Rosnef y Exxon Mobil en el Mar de Kara, territorio ártico [Foto vía eurasiahoy.com].

El posible conflicto de intereses en el que se ve envuelto el empresario devenido en político, Rex Tillerson, nace especialmente a raíz del acceso de Exxon Mobil a los enormes yacimientos de hidrocarburos encontrados en el Ártico. La petrolera estadounidense invirtió cerca de 3.000 millones de dólares junto a Rosneft, entre 2011 y 2013, para explotar dichos yacimientos. Esto desató una oleada de críticas de agrupaciones ambientalistas que se oponen a los megaproyectos de perforación y extracción de hidrocarburos en la zona, ya que podría producir un daño ambiental irreparable en el marco del calentamiento global y la lucha por mantener la biodiversidad.

La explotación de las cuencas del Ártico depende del levantamiento de las sanciones impuestas a Moscú y de un fortalecimiento de las relaciones bilaterales entre ambos países. Trump está dispuesto a avanzar en esa agenda, y más teniendo en cuenta la tentación que representa para el mundo petrolero los 750.000 millones de barriles sin explotar que hay en el Mar de Kara, un botín preciado que varios gigantes del sector quieren apropiarse. Para que todos estos negocios sigan en pie, Estados Unidos debe dar un giro diplomático después de estos últimos años de relaciones más que tensas con Rusia.

Exxon tuvo que abandonar 10 licencias de perforación, equivalentes a 230.000 millas cuadradas, en 2014, después del encontronazo internacional que supuso la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia.

A pesar de esto, la petrolera siguió haciendo negocios con Rosneft, petroleras japonesas e indias para explotar las reservas de la isla Sakhalin. Todas estas zonas de interés resultan claves, ya que la mayoría son terrenos jamás explorados y conservan un potencial económico gigantesco que puede derivar en el enriquecimiento y expansión de las compañías en cuestión.

La industria petrolera norteamericana tuvo que buscar nuevas inversiones en diferentes países debido a la imposibilidad de acceder a algunos de los grandes yacimientos de Oriente Medio. Así, la situación “obligó” al sector a empezar a utilizar el fracking en EE.UU., con todos los daños ambientales y el gasto de agua potable que eso genera. Siguiendo esta línea, Trump en vez de apostar a la creación de energías limpias decide alimentar el mundo del “oro negro”.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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