Versión antigua de un mapa de América Latina [Foto vía pillku.org].

En este artículo intentaremos analizar el proceso de integración latinoamericana desde los factores que determinan la “ecuación” resultante. Para poder realizar una lectura actual y proyección de este proceso, partiremos desde un punto de vista histórico y fenomenológico tanto interno como externo, atendiendo tanto a los condicionamientos estructurales de América Latina (es la región con peor distribución de los ingresos del planeta), al vínculo con Estados Unidos y al contexto internacional a lo largo de este camino.

Entendemos la integración como “el proceso por el cual unidades políticas diferenciadas van organizando estructuras comunes y unificadas de decisión”. Este proceso es dinámico y varía en el espacio-tiempo tanto respecto de la situación de las distintas unidades políticas que lo conforman y como a la del sistema internacional. Así, el ejemplo clásico de integración ha sido la Unión Europea, que hoy es también referente en cuanto al mencionado dinamismo de este proceso en constante movimiento.

Simón Bolívar vestido como diplomático en el cuadro ‘El Libertador’, nombre por el que se conocía a Bolívar, pintado en 1860 y actualmente situado en el Banco Central de Venezuela [Foto: Aita vía WikimediaCommons].

Ahora bien, el caso latinoamericano tiene tanto un trasfondo como un recorrido particular, pudiendo identificar tres tendencias (que son asimismo síntesis) de esta integración: la Hispanoamericana, la Panamericana, y la Latinoamericana. Si bien todas ellas tienen una fecha de comienzo (las crisis de 1810, 1889 y 1950) y pueden diferenciarse analíticamente, luego hay predominancia-convivencia (no sucesión) en la práctica. Es decir, debe tenerse en cuenta que, más allá de un acontecimiento estático, cada tendencia implica un patrón de conducta que convive con el resto de manera dinámica.

En términos estáticos, la Propuesta Hispanoamericana tiene como artífice a Simón Bolívar (junto con José de San Martín) y se plasma en la Carta de Jamaica (1815). Bajo la idea de que “una sola debe ser la patria de los americanos”, se plantea una doctrina independentista en clave integracionista, pregonando la perspectiva anfictiónica (a través de Congresos) para solucionar de manera conjunta los peligros externos e internos percibidos como comunes, que en aquel entonces eran la anarquía interior y la amenaza externa. Respecto de la Propuesta Panamericana, encontramos un vínculo “conflicto-cooperación” con Estados Unidos en torno a distintas percepciones de “no-intervención” de ambas partes a partir de que los postulados de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) se manifestaron en 1889. Finalmente, la Propuesta Latinoamericana de integración, se manifiesta en la tendencia a la coordinación –como mínimo económica y como máximo política– a partir del reordenamiento internacional post-Segunda Guerra Mundial (1945).

Ahora bien, en términos dinámicos, los “legados” de cada una de ellas son:

  • Reacción conjunta frente a un peligro externo considerado como común y tendencia a realizar reuniones (Propuesta Hispanoamericana, eminentemente política).
  • Interacción de cooperación-conflicto con Estados Unidos por las diferentes potencialidades y percepciones disímiles de la “no-intervención” (Propuesta Panamericana, de carácter integral).
  • Coordinación regional económico-comercial con el ideal político-integrador (Propuesta Latinoamericana).

Recorrido histórico

Después de la Segunda Guerra Mundial, el legado panamericano se tradujo en la hegemonía de los Estados Unidos en América, desplazando a las potencias europeas. El sistema interamericano se fortaleció con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) y la Organización de Estados Americanos (OEA, 1948). Más entrados en la Guerra Fría, las concepciones antagónicas de “no-intervención” se plasmaron tanto a nivel económico (la Alianza para el Progreso) como de seguridad (intervencionismo militar bajo la Doctrina de Seguridad Nacional: desestabilización en Cuba, apoyo a golpes de Estado, desembarco de marines en Santo Domingo, lucha contrainsurgente en Centroamérica, etc).

Tras la caída del Muro de Berlín, el poder de Estados Unidos se consolidó tanto a nivel global como hemisférico. En el marco del Consenso de Washington tuvo lugar la Iniciativa para las Américas, las Cumbres Interamericanas de Jefes de Estado (a partir de Bill Clinton), el impulso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en términos económicos, e iniciativas como el Plan Colombia en el marco de la seguridad.

Respecto al legado latinoamericano e hispanoamericano, podemos mencionar la iniciativa ALALC, que luego se transformó en ALADI (1980), o los esquemas sub-regionales como el Pacto Andino (devenido en Comunidad Andina de Naciones) y la gestación del MERCOSUR en la Cuenca del Plata, que luego tomaron tintes diferentes.

A partir del 2001 la correlación de fuerzas en el continente comienza a cambiar. Entonces, se empezó a cuestionar la firma del ALCA y el intervencionismo norteamericano desde el primer Foro Social Mundial en Porto Alegre. Así como Bolívar, el entonces presidente venezolano Hugo Chávez comenzó a abogar por una propuesta regional de integración.

La integración latinoamericana se vio favorecida por numerosos factores: 1) El protagonismo de Oriente Medio en la política exterior norteamericana; 2) el surgimiento de una corriente reformista en numerosos gobiernos latinoamericanos (Luiz Ignacio Lula da Silva en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, José “Pepe” Mujica en Uruguay, Daniel Ortega en Nicaragua, etc.), 3) sostenida por los altos precios de las materias primas; y 4) la crisis financiera internacional que estalló en el año 2008 y que golpeó primero a los países desarrollados. Esta combinación y sincronización espacio-temporal permitió el fortalecimiento de los lazos regionales que se tradujeron en “pactos de reaseguro” (que suponen igualdad de ganancias y compensaciones) frente a problemáticas consideradas como comunes.

Mapa de las entidades subrregionales de Latinoamérica y el Caribe [Foto: Luan vía WikimediaCommons].

No podemos dejar de mencionar la expansión económica y política del Mercosur (sobre todo a partir de la incorporación de Venezuela al bloque), la aparición de la Comunidad Sudamericana de Naciones, luego Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR); la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra AméricaTratado de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP), o la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en detrimento de la OEA.

Sin embargo, el intervencionismo norteamericano no cesó, sino que cambió de forma. En términos económicos, el fracaso del ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005, por parte de los cuatro países del Mercosur junto a Venezuela, impulsó a Estados Unidos a abandonar esa estrategia y optar por Tratados de Libre Comercio bilaterales con países como Chile, Colombia, Perú o México (dentro del NAFTA). Por otro lado, y a nivel de seguridad, Estados Unidos cuenta con una red de bases militares en América Latina, y fomentó la desestabilización de los gobiernos bolivarianos y “díscolos” mediante el financiamiento de grupos opositores y medios de comunicación y la retirada de beneficios comerciales. A partir del 2012, podemos ver un cambio en el contexto regional con el viraje de varios gobiernos, como pueden ser los casos de Argentina o Brasil (y anteriormente Honduras y Paraguay); pérdidas de líderes reformistas como Hugo Chávez o Fidel Castro; bajos niveles en los precios de las materias primas (afectando particularmente a Venezuela) y el impacto subsiguiente de las alianzas ya mencionadas (Mercosur, ALBA, Unasur, CELAC).

Así, desde finales de la administración Obama, Estados Unidos viene consecuentemente recuperando progresivamente su influencia en Latinoamérica y el Caribe.

Por otro lado, el recién ascendido presidente norteamericano, con su slogan “¡Estados Unidos en primer lugar!”, deja proyectar una política exterior marcada por el pragmatismo: el resto del tablero internacional será valorado en función de los objetivos norteamericanos fundamentales. En este sentido, el principal objetivo declarado por Trump es destruir el Estado Islámico. Para ello, podrían generarse alianzas poco tradicionales con Rusia o al-Assad, lo que asimismo chocaría con los lazos que EE.UU. ha mantenido en la región (con Arabia Saudí, por ejemplo). Sin pasar por alto las críticas del mandatario hacia la OTAN, el panorama es original y ciertamente incierto. Si bien Latinoamérica no representa un foco de tensión prioritario, sí se encuentra enlazada con sus objetivos.

A nivel de seguridad, la llegada de Trump al gobierno norteamericano puede significar una mayor injerencia y militarización regional en nuevas formas del modelo del Plan Colombia (extendiendo la lucha contra el crimen organizado y su potencial vínculo con el “terrorismo”, por ejemplo, a la triple frontera Argentina-Paraguay-Brasil); o puede acarrear represalias por la relaciones latinoamericanas con Irán (Venezuela en particular), sin mencionar el ya anunciado endurecimiento de la política exterior respecto de Cuba (marcando un quiebre respecto de los últimos momentos de la gestión Obama) y los planes del muro fronterizo con México.

Encuentro de la Unasur en 2011. En la imagen podemos apreciar muchos de los líderes contestatarios al poder estadounidense, como Nicolás Maduro, ‘Pepe’ Mujica, o Evo Morales [Foto: Casa Rosada vía WikimediaCommons].

A nivel económico y estratégico, el avance de la financiación y el comercio con China en la región en los últimos años también podría significar una “amenaza” para el nuevo presidente norteamericano. China se presenta claramente como un rival en la región. En este sentido, la retirada del aún no vigente Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), el brazo comercial del llamado “giro asiático” impulsado por el gobierno de Barack Obama, afecta regionalmente a países latinoamericanos como Chile, México y Perú (miembros del Tratado), pero también a Brasil y Argentina (este último pretendía firmar el TLC con EE.UU., y sumarse al TPP), además de comenzar redefinir las reglas de juego del comercio internacional.

Ahora bien, ¿cómo es la fórmula de integración actual? Como se ha señalado al inicio, la historia no es estática, es dinámica, y no debemos caer en visiones superficiales. Así, cada uno de los vértices del triángulo integracional está siempre presente. Cambian los términos de la ecuación, cambia el resultado. Así, la articulación específica entre los tiempos estructural y cíclico resultan en un presente en el que, frente a una América Latina que avanza –aunque con dificultades– en la construcción de una integración alternativa, Washington intenta reposicionarse a nivel global y hemisférico. Los lugares que se han logrado y se logren obtener para la región no están libres de vulnerabilidades y hay condicionamientos estructurales y coyunturales que intervienen en el desenlace de este proceso de organización de toma de decisiones, que es en sí una decisión. Asumirla de manera responsable y atender al cálculo del margen de maniobra particular será clave para potenciar oportunidades y superar desafíos.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

Leave a Reply

diecinueve + 8 =