En este siglo XXI debemos afrontar el reto de satisfacer el que se espera que sea un fuerte incremento de la demanda global de alimentos, no sólo debido al aumento demográfico, sino también a los cambios socioeconómicos que se están produciendo en economías emergentes como China, India, Brasil o México. De fondo sobresale un problema añadido: el cambio climático y la sostenibilidad a largo plazo del modelo de producción y consumo actual.

Cambio climático

La agricultura representa la mayor proporción de uso de la tierra por parte de los humanos. Sólo los pastos y los cultivos ocupaban el 37% de la superficie de tierras de labranza del mundo en 1999 [Gráfico: elaboración propia de Agustín Prats].

Al contrario de lo que se pueda pensar, la producción de alimentos es una de las actividades del ser humano con mayor impacto ecológico. Las causas y efectos del cambio climático son públicamente conocidas, pero está por asimilar la asociación entre el consumo de alimentos, su producción y las repercusiones en el medio. Este impacto puede medirse, por ejemplo, en el nivel de recursos consumidos: un 37% del suelo es destinado a la agricultura y a la ganadería, pero hay un dato más espeluznante y es que el 70% del consumo mundial de agua también se destina a estas actividades; según cifras oficiales de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Por otra parte, a este desgaste de recursos hay que añadir la polución generada. El transformar superficie y agua en nuestros desayunos, almuerzos y cenas genera una contaminación que va desde los gases de efecto invernadero –un 14% del total de las emisiones están vinculadas a este sector–, el uso de compuestos químicos como fertilizantes y pesticidas, la quema de biomasa, la deforestación, y un largo etcétera.

En la otra cara de la moneda, no existe producción sin consumo y viceversa. Uno de los principales problemas que genera el modelo de consumo occidental –modelo que se ha exportado a nivel internacional–, es que fomenta el uso de productos, de alimentos en este caso, en proporciones innecesarias. Resulta especialmente alarmante el consumo abusivo de azúcares y grasas, los cuales no sólo generan problemas de malnutrición, por exceso que no por carencia, sino que, a su vez, producen un mayor impacto en el entorno.

También en relación con la producción, pero especialmente con el consumo, encontramos el desperdicio de alimentos. Esto, que se calcula que supone un tercio de la producción anual de alimentos o 1’3 billones de toneladas, significa que tanto los recursos consumidos como la contaminación producida sean, en gran parte, totalmente en balde. Además, la cifra resulta más alarmante teniendo en cuenta que 795 millones de personas no tienen para comer cada día, según los datos de la FAO.

Cambios socioeconómicos y explosión demográfica

La relación entre nuestro sistema de producción y consumo con la utilización abusiva de recursos, la contaminación, el desperdicio de alimentos y los desechos generados junto con la limitada capacidad del medio ambiente para procesarlo todo es, precisamente, donde reside el principal problema. Y tanto los cambios socioeconómicos como la explosión demográfica amenazan con tensar aún más la sostenibilidad del sistema.

En cuanto a las economías emergentes, que representan una decena de países que alcanzan casi la mitad de la población mundial equivalente a 3.000 millones de personas, es muy relevante el hecho de que están adaptando paulatinamente su ritmo de consumo al de las economías desarrolladas. Esto no sólo significa adaptar la producción para salvar las diferencias –un país desarrollado puede llegar a consumir hasta diez veces más alimento que uno no desarrollado –, significa producir más carnes y productos lácteos, es decir, aquellos alimentos que consumen más recursos naturales. Al mismo tiempo, una “economía desarrollada” desperdicia hasta un 15% más de alimentos.

Consumo de carne estimado per cápita (en kilos) durante el período 2010-2012 [Gráfico vía Friends of the Earth].

En cuanto a la explosión demográfica, las matemáticas son más sencillas. Mientras el total de la población mundial actual demanda proporcionalmente cada vez más alimentos, se espera que ese total rompa la barrera de los 9.000 millones para 2050, según un informe de la FAO publicado en 2015. Puesto en perspectiva, hace cincuenta años apenas éramos 3.000 millones. Dicho de otra forma, para mitad de siglo coexistiremos un 30% más de humanos, por lo que, cuanto menos, se espera que la demanda alimentaria se incremente un 30% y, con ello, una vez más, el consumo de recursos y la contaminación generada.

La tasa de crecimiento demográfico es algo que, si bien se puede incentivar o desalentar, no responde estrictamente a los designios políticos-estatales. Existen ejemplos, como el de la política de hijo único en China, pero estas medidas se suelen ver como una invasión de la libertad individual por parte del Estado y no gozan de gran popularidad. Por otra parte, parecen inevitables, y seguramente necesarios, los cambios socioeconómicos que están experimentando ciertos países. Nos encontramos pues ante el dilema de comprometer, por una parte, la seguridad alimentaria global o, por otra, la sostenibilidad ambiental.

Resulta a todas luces ineludible reformular el modelo de producción y consumo.

Encontrar nuevas formas de producción para reducir la huella ecológica

La conciencia ecologista no es un invento del siglo XXI. Existen distintas disciplinas y modelos con décadas de historia que vienen intentando ofrecer una alternativa a la producción intensiva clásica. La permacultura y la agroforestería, conceptos complementarios, son un ejemplo de ello. Mientras la primera plantea un modelo de coexistencia total con la naturaleza, la agroforestería o sistema agroforestal, se encarga de materializar la permacultura en cuanto a la producción de alimentos se refiere. Esto puede resultar abstracto y, sin embargo, en España y Portugal se viene practicando desde hace siglos. Las dehesas ibéricas combinan silvicultura y ganadería en un entorno genuinamente natural produciendo alimentos de forma sostenible. Esto es sólo un ejemplo de los muchos que se promueven desde grupos ecologistas. Otros conceptos estrechamente relacionados entre sí son la ecoagricultura, la agricultura forestal, la agricultura orgánica, la agricultura sostenible, etc.

Por el contrario, existe otra línea totalmente opuesta, pero igualmente prometedora, que está alejando totalmente la agricultura y la ganadería de los patrones conocidos hasta ahora. El uso de tecnología y la aplicación de innovaciones científicas es, en este sentido, el hilo conductor que está marcando el camino. Drones, sensores, sistemas de monitorización, inteligencia artificial o tractores automáticos son algunas de las innovaciones que están generando alternativas mucho menos convencionales llamadas a jugar un papel protagonista en un futuro inminente.

En este sentido, el entorno urbano, que tradicionalmente es el más alejado del medio natural, se ha convertido en una prioridad para estos movimientos. Desde hace unos años se vienen desarrollando proyectos para convertir los espacios públicos o infrautilizados de las ciudades en elementos productivos. Un ejemplo de ello es la Gran Manzana. En Nueva York se está promoviendo desde 2010 la reutilización de las azoteas para dedicarlas a la producción de alimentos y hoy son muchas las ciudades que la siguen.

Ejemplo de diseño de agricultura vertical [Foto: Foodfreedom vía Flickr].

Llevando este intento de combinar naturaleza y ciudad un paso más allá está Paris Smart City 2050, uno de muchos ejemplos a través de los cuales se plantea una remodelación estética y funcional total del concepto de ciudad tal y como lo conocemos. La ciudad y sus edificios se llenarían de vegetación, y es esta idea de vegetación vertical la que originó el concepto de agricultura vertical. Esto no sólo llevaría a la ciudad de un rol puramente consumidor a otro eminentemente productor, sino que reduciría al mínimo el gasto de superficie, el consumo de agua –pues la verticalidad de los cultivos facilita la reutilización de ésta– y favorecería el consumo local de alimentos, eliminando así intermediarios y reduciendo el desperdicio de los alimentos.

Paneles rotatorios, luces ultravioletas y monitorización intensiva son algunas de las premisas que están detrás de la agricultura cúbica, un proyecto paralelo a este que comentamos y que, en definitiva, permitiría a restaurantes, hoteles, supermercados o incluso a cada hogar, el cultivar sus propios vegetales directamente.

Esto podría ayudar a solventar muchos de los problemas relacionados con la producción de vegetales y, si bien es cierto que las dietas vegetarianas/veganas son cada vez más populares, suplantar a nivel global el consumo de productos derivados de animales por otros vegetales es, al menos aún, ciencia ficción. Esto nos lleva a otro caso en el que la producción de alimentos es llevada un paso más allá de lo esperado. Vinculado con la medicina regenerativa en sus orígenes, el cultivo de carne se viene desarrollando desde 2001 a través de la reproducción celular en laboratorios. Esencialmente, consiste en extraer parte del tejido muscular del animal, diseccionarlo y propiciar la reproducción celular que, eventualmente, recreará repetidamente el tejido muscular original. Ya en 2013 se consumió por primera vez, frente a las cámaras de la BBC, una hamburguesa creada artificialmente.

Modificar los hábitos y el modelo de consumo

Por otra parte, también existen ideas y soluciones para los problemas que generan nuestros hábitos alimenticios y nuestro modelo de consumo. Para empezar, existen multitud de propuestas dietéticas cuyo objetivo es apoyar la sostenibilidad del sistema; ya sea rechazando aquellos alimentos más perjudiciales para nuestro entorno, como es el caso del vegetarianismo y veganismo –cuya diferencia es que los segundos no consumen ningún producto de origen animal –, o bien a través de la inclusión de nuevos alimentos en nuestro día a día como algas e insectos. Pese a un incremento cada vez mayor de estas dietas alternativas, la mayor parte de la población sigue manteniendo su arquetipo dietético, al que están acostumbrados.

Desarrollar políticas que ayuden a concienciar a la ciudadanía tanto de los riesgos de salud como los riesgos de sostenibilidad para el entorno de estos excesos es un objetivo que debe alcanzarse. Son necesarias políticas pedagógicas que nos indiquen el impacto que conlleva el desperdicio de alimentos y que nos enseñen a almacenarlos y consumirlos adecuadamente para minimizar este desecho masivo. Se necesita, igualmente, reeducar a la población como consumidores, es importante entender que la importancia que le damos a la estética del producto es en la mayoría de los casos innecesaria –una lata de comida aboyada en un supermercado es el ejemplo paradigmático de esto–. Mientras la reeducación es una tarea a medio-largo plazo, existen iniciativas públicas y privadas que ya tratan de ofrecer una alternativa a la ingente cantidad de alimentos desechados a través de comedores sociales, bancos y cooperativas de alimentos, entre otros.

Los retos ligados al consumo mundial de alimentos [Gráfico: elaboración propia de Agustín Prats].

El futuro del modelo alimentario

Pese a que las soluciones son muchas y muy variadas, el cambio climático sigue siendo un problema y la producción de alimentos es una de las actividades humanas con mayor impacto en el medio ambiente: la amenaza sobre la sostenibilidad de nuestro modelo alimentario parece cada vez más real. El modelo actual, este que permite que, pese a producir comida suficiente para alimentar a 10.000 millones de personas, siga habiendo casi 1.000 millones que pasan hambre y otros 2.000 millones con problemas de malnutrición; este que prioriza los beneficios económicos, las ventas y los ingresos, frente a la seguridad alimentaria, la calidad nutricional o la protección medioambiental; este es a todas luces un modelo que requiere de alternativas.

Las alternativas existentes son, como hemos visto, muchas y muy variadas, y sin embargo el conflicto de intereses particulares impide, en definitiva, un avance consistente en ninguna dirección. Ecologistas, empresas, grupos ideológicos, grupos religiosos, animalistas, sectores económicos, grupos con convicciones éticas variadas, partidos políticos… La lista de posturas diferentes y enfrentadas entre sí parece casi tan numerosa como la de problemas que atajar y las soluciones para hacerlo.

En última instancia, que éstas u otras propuestas maduren dependerá de que desarrollemos un entendimiento real y colectivo sobre los problemas que estamos afrontando como especie, como conjunto, y de que aquellas alternativas al modelo de producción y consumo actual, sean viables y rentables económicamente. De otra forma, suplir la creciente demanda sin perjudicar irreversiblemente nuestro entorno parece cosa de ciencia ficción.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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