Ron Howard revive la fiebre de los Beatles

The Beatles cruzando el paso de Abbey Road, famoso por protagonizar la portada del álbum del mismo nombre que la banda lanzó en 1969.

¿Qué más se puede decir cuando parece que no puede haber nada nuevo bajo el sol? Es una pregunta que cualquier persona puede plantearse en el cine, frente a la cartelera, al encontrarse con un documental de los Beatles, probablemente la banda de rock sobre la que han corrido más ríos de tinta. Sin embargo, Ron Howard muestra una gran maestría en Eight days a week, al darle una nueva vuelta de tuerca a la historia de la legendaria banda y transportarnos, en pleno siglo XXI, al mundo que la vio nacer.

Su secreto está en hacerlo de forma sutil, contándonos una breve historia por medio de la edición y remasterización de material de archivo que alterna con entrevistas a los dos miembros vivos de la banda, Ringo Starr y Paul McCartney, y que complementa con una polifonía de voces de actrices, productores, periodistas, compositores, historiadores y, en definitiva, gente célebre que tuvo relación directa con los Beatles o que puede hablar desde la perspectiva de los fans adolescentes que en su día fueron. El director de films como El código da Vinci o Frost contra Nixon selecciona unos años clave (1963-1969) para narrar el ascenso meteórico al Olimpo de la música de unos chicos de Liverpool de origen humilde.

El inicio de una época

Imagen de un concierto de los Beatles en Holanda, en 1964. En este momento se puede apreciar como Jimmy Nicol sustituye a Ringo Starr en la batería, pues éste se encontraba hospitalizado [Foto: VARA vía WikimediaCommons].

Imagen de un concierto de los Beatles en Holanda, en 1964. En este momento se puede apreciar como Jimmy Nicol sustituye a Ringo Starr en la batería, pues éste se encontraba hospitalizado [Foto: VARA vía WikimediaCommons].

Se trata de un relato cuasi mitológico: el de un grupo de amigos carismáticos, caraduras y talentosos que empiezan tocando en un pequeño antro-cueva llamado “The Cavern”, y acaban dando un concierto frente a más de 65.000 personas en el Shea Stadium de Nueva York. Se cuenta cómo los Beatles fueron en parte responsables del cambio de valores sociales del que somos herederos. Durante los años sesenta el grupo de los de Liverpool congregaban a más masas de adolescentes que las iglesias, que se iban vaciando a favor de un interés por nuevas formas de diversión como la música rock. Aquello asustó a los sectores más conservadores y poderosos de la sociedad. Por si fuera poco, durante sus giras en Estados Unidos el grupo se posicionó de manera férrea en contra de la segregación y a favor de la música como un instrumento de democratización.

Ron Howard centra su atención en el fenómeno de la fama, un poder sin precedentes que les fue otorgado a un grupo de jóvenes que no estaban preparados para ello. El éxito fue para ellos una especie de manzana envenenada, algo que ansiaron en un principio y que más tarde les pesaría como una gran losa. El espectador comprende el por qué del fenómeno fan al instante, que sobrepasa su talento proverbial. Los Beatles emanan un magnetismo que nace de su juventud, frescura, naturalidad e inteligencia divertida que conseguían transmitir a través de los medios de comunicación. Eight days a week resulta magistral en tanto que despoja de romanticismo la historia de la banda. Muestra la cruda realidad, que los Beatles fueron un producto comercial creado en parte por Sir Brian Epstein y George Martin, llegando a producir un álbum cada seis meses, un single cada tres y una canción cada 20 minutos de trabajo en el estudio. Aunque nada de eso podría deslustrar lo que fueron: su capacidad inventiva y su calidad musical son comparables a la de Mozart, según afirma uno de los entrevistados.

 

Un referente imperecedero

Imagen de una masa de fans de los Beatles intentando ser contenida por la policía [Foto vía 50añosdebeatlemanía].

Imagen de una masa de fans de los Beatles intentando ser contenida por la policía [Foto vía 50añosdebeatlemanía].

Cuando los Beatles dejaron de disfrutar de lo que hacían y se sintieron aprisionados por su fama supieron actuar partiendo de una fórmula secreta que tan solo los grandes genios de la humanidad conocen: resurgiendo de sus cenizas como un ave fénix. Impusieron sus tiempos, sus reglas, llevaron la experimentación al límite, como niños. Volvieron al origen, a la matriz, y supieron encontrar sonidos vanguardistas, temas psicodélicos.

Decidieron evitar los conciertos desde finales de 1966, hasta su última aparición pública sobre la azotea tocando Don’t let me down! en un edificio de Nueva York en 1969. Lo cierto es que este fue más bien un concierto privado, ya que no había más público que algunos cámaras, técnicos de sonido, Yoko Ono y otros allegados. Puede ser éste el precedente de los conciertos en los tejados que se han puesto de moda en los últimos tiempos.

Y es que los Beatles han sido los primeros en muchas cosas y por eso los sentimos cerca, porque son un referente al que no le ha dado tiempo a morir, que incluso ha sabido dar el salto a las nuevas tecnologías: desde las navidades del 2015 podemos escuchar la discografía completa de la banda en la plataforma Spotify. Puede que se haya convertido en realidad el comentario que John Lennon hizo una vez y que causó una tormenta entre los fanáticos religiosos de EEUU: Los Beatles son más importantes que Cristo. Pero podríamos matizar. Si no más importantes, están más vivos, entre otras cuestiones porque el caldo de cultivo que impulsó su emergencia coincide con el mundo actual en algunas cuestiones: un contexto histórico convulso, gusto por lo estético y lo lúdico, ansias de hedonismo y de democracia.

The rock group, The Beatles, is shown in 1967. From left, are: Ringo Starr, John Lennon, Paul McCartney; and George Harrison.(AP Photo/ho)

Imagen de presentación de los Beatles en 1967. De izquierda a derecha vemos a Ringo Starr, John Lennon, Paul McCartney y George Harrison.

El film de Ron Howard sabe, además, atraparnos convirtiéndonos en un personaje más del documental, haciéndonos revivir la fiebre por los Beatles, regalándonos entradas para aquél concierto de 30 minutos del Shea Stadium de Nueva York. De ese modo el espectador sale del cine habiéndose enamorado un poco más de los chicos de Liverpool, a los que hemos visto crecer, sufrir, sudar; los hemos visto humanos. También nos hace sentir algo más especiales, pues nos sentimos privilegiados al haber podido ver un documental que estará en la cartelera únicamente durante 8 días, haciendo referencia al título y a una de sus canciones. ¿Acaso existe algo más especial que asistir a una proyección limitada sobre el grupo más celebre de la historia de la música en la época de la reproductibilidad?

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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