17/12/2018 BARCELONA
Uno de los conflictos más duraderos que hoy existen, el palestino-israelí —y por extensión el árabe-israelí—, se centra, desde sus inicios, en la lucha por el agua dulce de la región. El control del río Jordán —y sus mayores afluentes, como el Yarmuk— es causa de disputa desde antes de la creación del estado de Israel, si bien el conflicto no ha hecho más que escalar desde entonces.

«La próxima guerra en Oriente Medio se librará por el agua», Butros Ghali (1985), Secretario General de la ONU. 

Butros Ghali no estaba nada desencaminado. Es más, tal vez fuese capaz de interpretar algunos de los conflictos ya existentes en los ochenta y que escalarían en años posteriores. El agua, ese bien tan preciado y escaso que es esencial para la supervivencia del ser humano, se está convirtiendo en uno de los recursos que más disturbios y guerras provocarán en un futuro no tan lejano. Muy a nuestro pesar, no solo el crudo o las piedras preciosas provocan conflictos a lo ancho y largo del mundo: el agua se está volviendo, poco a poco, la razón de ser de las disputas del mundo —aunque esto no sea nuevo—. Se dice que las guerras climáticas serán los conflictos del futuro y en el centro de ellas estará el control del agua.

En noviembre de 2012, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban-Ki Moon, dejó claro que «desde 1990, al menos dieciocho conflictos violentos se han visto alimentados por la explotación de recursos naturales como la madera, los minerales, el petróleo y el gas. En ocasiones, esto se debe a daños ambientales y a la marginación de poblaciones locales que no llegan a beneficiarse económicamente de la explotación de los recursos naturales. Más a menudo, se debe a la avaricia».

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No necesitamos un Delorean a lo «Regreso al futuro» para situar sobre el mapa aquellas zonas donde el agua ya es un recurso disputado. Las guerras hídricas son la realidad de miles de personas en el mundo, que se ven atrapadas en medio de las contiendas.

Si tres cuartas partes de nuestro planeta están cubiertas por agua, ¿por qué hablamos de su escasez? Casi el 97% de la misma es salada, lo que nos deja tan solo un 3% de agua dulce utilizable para consumo humano —sin necesidad de procesos de desalación—. A este pequeño porcentaje de agua dulce debemos descontarle, además, toda aquella que se encuentra en forma de hielo en los polos (alrededor de un 1,74%). Vistos los números, se puede comenzar a entender el porqué de las luchas por el control del agua —en especial la dulce—. El cambio climático y la desertificación hacen que el acceso a este recurso sea todavía más difícil: nos encontramos con un planeta donde la escasa agua dulce se distribuye de forma irregular. Como vimos en Guerra y agua en Asia Central, esta región sufre ya los conflictos derivados de la escasez de este recurso. Oriente Medio tampoco se libra: son varios los conflictos hídricos que ya han estallado en la zona y uno de ellos comenzó a principios del siglo pasado.

El Jordán, fuente de agua y conflicto

Uno de los conflictos más duraderos que hoy existen, el palestino-israelí —y por extensión el árabe-israelí—, se centra, desde sus inicios, en la lucha por el agua dulce de la región. El control del río Jordán —y sus mayores afluentes, como el Yarmuk— es causa de disputa desde antes de la creación del Estado de Israel, si bien el conflicto no ha hecho más que escalar desde entonces.

Mapa del cauce del río Jordán [Foto: Naciones Unidas vía WikimediaCommons]

El río Jordán se extiende a lo largo de más de trescientos kilómetros y recorre una considerable extensión de Oriente Medio. Nace en Líbano, sirve como frontera entre Jordania, Siria e Israel y atraviesa la Cisjordania ocupada hasta desembocar en el mar Muerto, que en los últimos tiempos ha reducido su tamaño considerablemente. Su extensión e importancia son considerables y toda la región depende de su caudal. Este se ve alimentado por su mayor afluente, el río Yarmuk. Si el Jordán hace de frontera entre los cuatro países y los territorios ocupados, el Yarmuk da nombre a la ciudad palestina en Siria, ahora en asedio, y es la frontera natural entre este país y su vecina Jordania.

Si bien la calidad del agua del Jordán se ha deteriorado en las últimas décadas, las aguas de su nacimiento casi no se han visto afectadas. Es el caudal del bajo río Jordán el más contaminado y perjudicado por el retorno de aguas residuales que provienen de la agricultura y las perforaciones.

A pesar de todo, el Jordán es fuente de vida para la región y, a pesar de que el 90% de su caudal se encuentra distribuido entre Jordania, Siria y el Líbano —un 4% se encuentra en el Líbano y un 10% en Israel, mientras que el 40% y el 37% se sitúan en Jordania y Siria, respectivamente. Un 9% se encontraría en territorio Palestino propiamente dicho—, Israel consume alrededor de 58,3% del agua proveniente de él. Los vecinos Jordania, Siria y el Líbano se quedan con el 25,76%, 12,12% y 0,38% restantes respectivamente. La Palestina ocupada, tierra por la que también fluyen sus aguas, ha visto su acceso al río cortado parte debido a la legislación israelí y parte debido al aumento de asentamientos ilegales alrededor de su cuenca.

El agua en el conflicto árabe-israelí

A nadie se le escapa que el agua siempre ha estado presente en las negociaciones de paz entre Israel y el resto de estados árabes. El río Jordán y sus afluentes son factores estratégicos clave en la zona: quien los controle estará en posesión del verdadero poder. Desde los inicios del sionismo hasta hoy, pasando por todas las guerras y la ocupación, el agua y su poder de unión de las personas con la tierra han estado en el centro del tablero.

Además, no podemos olvidar que Israel utiliza el agua —su control, acceso y racionalización— como elemento fundamental de su colonización: los asentamientos se construyen en zonas estratégicas que separan a las ciudades y pueblos palestinos de sus fuentes principales de agua, dejando cultivos, granjas y poblaciones enteras sin acceso a este recurso básico. El nuevo mapa de Cisjordania diseñado por el Estado de Israel está hecho, sin lugar a dudas, no solo para proteger las fronteras del país sino también para proteger los recursos hídricos de la zona.    

«Solo volvería a entrar en una nueva guerra con Israel si el motivo de disputa fuese el agua», Anwar el-Sadat, presidente de Egipto entre 1970 y 1981.

Si tenemos en cuenta que la principal arteria del río Jordán se encuentra cerca de su nacimiento, en los Altos del Golán, vemos que esta zona es el territorio sirio que fue ocupado por Israel en dos ocasiones, en 1967 y 1973, al ser considerado un punto estratégico de aprovisionamiento hídrico. Debemos tener en cuenta que, en su momento, Jordania, el Líbano y Siria empezaron a hablar de la creación de un embalse de unidad que aprovechara las aguas del río Yarmuk que, como ya hemos mencionado, es el principal afluente del Jordán. La tirantez en la región y el ansia de control hídrico de Israel son tales que el país judío ha amenazado en reiteradas ocasiones con bombardear el proyecto si alguna vez se llevase a cabo.

Presa del Yarmuk [Foto: American Colony vía WikimediaCommons]

La ribera occidental del Jordán está especialmente afectada por el déficit hídrico. Es en esta zona, que cada año pierde más caudal, donde israelíes, palestinos y jordanos reclaman autoridad y control sobre el agua. Sin embargo esta lucha no es nueva, ya en 1953 el embajador norteamericano en Israel intentó poner fin a la disputa a través de unos acuerdos multilaterales que distribuyeran equitativamente el agua en Oriente Medio. Sin embargo, como ha ocurrido una y otra vez con los acuerdos de paz, estos no llegaron a buen puerto. No obstante, el intento de conseguir un uso equilibrado y justo de este recurso compartido que es el Jordán no murió en los años 50: aunque no siempre haya estado abiertamente expuesto el tema, el agua se ha encontrado en el centro de todas las guerras y los procesos de paz, tanto a nivel de defensa como de diplomacia. 

Acuerdos que afectan al Jordán y sus afluentes

Desde mediados del siglo XX se han firmado diversos acuerdos en Oriente Medio que conciernen a la distribución de las aguas del río Jordán y sus afluentes, en especial el Yarmuk. Aunque no todos ellos se cumplan, al menos podemos decir que existe una intención de cuidar el caudal del río —aunque sea por motivos políticos y geoestratégicos—. Los acuerdos oficiales más importantes son aquellos firmados entre Jordania y Siria, Israel y Jordania e Israel y Palestina.

En 1953 y 1987 Jordania y Siria llegaron a sendos acuerdos sobre el uso del río Yarmuk, esencial para el desarrollo de la agricultura y la economía de ambos países. Con esta alianza se establecía la intención de construir la presa Wahdah, junto a una comisión que supervisase su desarrollo y capacidad, y otras veinticinco más en Siria.

En 1994 Israel y Jordania llegaron a un acuerdo que quedó reflejado en el anexo II del tratado de paz y que llamaba la atención sobre la localización y almacenamiento del agua de los ríos Jordán y Yarmuk. Además, se establecía la necesidad de prevenir y reducir las aguas contaminadas.

Por último, un año más tarde, en 1995, los Acuerdos de Oslo establecieron el reconocimiento por parte de Israel del derecho palestino al acceso al agua en Cisjordania. Este tratado es el mismo que niega al pueblo palestino el acceso a las aguas del Jordán.

El mayor desafío que afronta el río Jordán hoy en día es el de ser capaz de abastecer las demandas hídricas de los cinco territorios que lo disputan. Un río cuyo caudal disminuye año tras año tiene que proveer agua para una población creciente. La explotación indiscriminada de su caudal ha conseguido que, en pocos años, este se vea reducido y, además, contaminado. El descenso drástico del nivel del agua del mar Muerto, donde desemboca el Jordán, es una señal clara de la amenaza que acecha al ecosistema de Oriente Medio: el cambio climático y la desertificación podrían cebarse con la zona.

Si a esto le sumamos la calidad deteriorada de las aguas del Jordán, tenemos los ingredientes necesarios para una catástrofe climática que, sin duda, llevará a más conflictos, disputas y guerras. Todo esto simplemente supondría un añadido a las ya deterioradas relaciones entre los países de la zona: las tensiones empezaron a principios del siglo XX y no hay señales de que vayan a desaparecer pronto.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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Raquel Nogueira

Gijón, España. Soy licenciada en Periodismo y Comunicación Audiovisual y tengo un máster en Relaciones Internacionales con especialización en Paz y Seguridad Internacional. Me apasiona el periodismo y la escritura, trabajar con ONGs y conocer nuevas culturas e idiomas. Viví un año en Estados Unidos y he trabajado en prensa, televisión y departamentos de comunicación. Actualmente vivo en Madrid, soy activista en defensa de los derechos humanos y me paso los días buscando nuevos retos y proyectos. E-mail: [email protected]


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