16/07/2019 BARCELONA

En defensa de la buena deflación

Europa vive una situación de psicosis en torno a la temida deflación. Pero, ¿puede deberse el origen de este pánico a un mal entendimiento de qué es verdaderamente la deflación y sus causas? Al igual que no tratamos una fiebre induciendo una hipotermia, la inflación no es la solución para neutralizar la deflación. Ambas situaciones son los síntomas de algo más y no la enfermedad per se.


Aparentemente se repite de nuevo en Europa esta situación de extraña psicosis en torno a la temida deflación. El origen de este pánico se debe a un mal entendimiento de qué es verdaderamente la deflación y sus causas.

De tal proceder, en la mayoría de foros económicos se frotan las manos ante la ausencia de una explicación contra sus profecías autocumplidas. No es menos cierto que este escenario es el favorito de una burocracia europea, a razón de proveerles una justificación para sobreregular bajo la consigna de contrarrestar deflación con inflación. Empero, al igual que no tratamos una fiebre induciendo una hipotermia, la inflación no es la solución para neutralizar la deflación. Ambas situaciones son los síntomas de algo más y no la enfermedad per se.  


¿Qué diferencia hay entre deflación e inflación?

Las élites se equivocan sistemáticamente en la misma dirección cuando piden una política inflacionista y no son capaces de relacionar la creación de medios de pago ex novo, el incremento de los precios y la consiguiente contracción.

La inflación no es un incremento general de los precios, sino un envilecimiento de la moneda orquestado por el que tiene el monopolio de su emisión, a saber, los Estados por medio de los Bancos Centrales. La pregunta que debemos plantearnos es en qué momento nos convencieron que se puede generar riqueza a base de destruir valor.

La inflación es un proceso económico provocado por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda; causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos.

Se trata de una perversa ilusión que descoordina la asignación de los factores de producción. Aplicar una política inflacionista lo único que consigue es dilatar la salida de la recesión. Una subida de los precios nominales provoca un quimérico aumento de los beneficios contables en aquellas empresas más cercanas al consumidor. Sin embargo, esto únicamente enmascara por un corto periodo de tiempo la quiebra de corporaciones que estaban destruyendo valor. En suma, es una redistribución de renta desde el contribuyente a ciertos empresarios. A largo plazo, la inflación reduce los salarios reales para ajustarlos a su productividad real.

Incrementar los medios de pago puede llevar a monetizar grandes cantidades de bienes futuros que aún no existen y que quizás nunca existan. Ponderar la cantidad sobre la calidad complica la determinación del valor real de la moneda y esto puede generar turbulencias en la economía. Los precios son el nexo entre el mundo cardinal y el universo de las percepciones subjetivas, es decir, la valoración ordinal en términos de preferencias que damos a los medios disponibles para alcanzar nuestros fines. A fin de cuentas, los precios son el mecanismo de coordinación impersonal del mercado. Es al estudio de estos lo que Ludwig Von Mises llamaba “la cataláctica”.

La inflación podría ser entendida como un impuesto silencioso que hace que todos pierdan una pequeña parte de su riqueza. El contribuyente, al no estar organizado no es capaz de canalizar y expresar este daño. Sin embargo, la deflación resulta que perjudica a los mayores deudores de la economía; grandes empresas y Estados que tiene la capacidad de dictar la política económica en su favor. La inflación diluye la deuda real pues ésta generalmente se devuelve en términos nominales, es decir, a más inflación, menos deuda se paga en términos reales.

Podemos definir la deflación como una reducción de la oferta monetaria o un incremento de la demanda de dinero. En condiciones constantes, ceteris paribus, hay un aumento en el precio de la unidad monetaria –la moneda ha incrementado su valor y se refleja en una disminución en el precio de bienes y servicios. Esto significa que con un Euro soy capaz de comprar más gominolas sin que el precio de las chucherías haya caído.

¿En qué consisten las medidas deflacionarias?

Incluso Von Mises, referencia fundamental de la Escuela Austriaca de Economía, tuvo problemas cuando intentó clarificar al público esta definición académica de deflación frente al mantra popular del descenso de precios. Ludwig Heinrich Edler von Mises (1881-1973) fue un economista, historiador, filósofo y escritor liberal austríaco que tuvo una influencia significativa en el moderno movimiento libertario en pro del mercado libre y en la Escuela Austríaca.

Independientemente, podemos dividir el proceso deflacionario en tres tipos; de los cuales los dos primeros son dañinos y el último puede ser incluso una bendición nacional.

Primero, podemos tener deflación de manera discrecional por parte del Estado. Verbigracia, cuando los príncipes limaban con nocturnidad y alevosía la cantidad de gramos de metal contenida en una moneda durante las guerras napoleónicas. O en 1925 cuando Winston Churchill se empeñó en volver al patrón oro manteniendo la paridad libra-oro previa a la Gran Guerra. Este último ejemplo le supuso a Inglaterra sufrir una fuerte recesión, especialmente en las exportaciones. Tanto Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra, como su colega Benjamin Strong, jefe de la Reserva Federal, decidieron atacar esa crisis con algo parecido a lo que hoy llamaríamos Flexibilización Cuantitativa (en inglés Quantitative Easing (QE)).

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La flexibilización cuantitativa es una herramienta de política monetaria poco convencional utilizada por algunos bancos centrales para aumentar la oferta de dinero. Se trata, en definitiva, de un programa de estímulo económico.

Más adelante llegaría el crack del 29. La crisis que terminó con los felices años veinte y que no fue debida a un problema de subconsumo sino que fue la consecuencia de una expansión artificial del crédito. Desgraciadamente, las causas fueron mal interpretadas y propiciaron el caldo de cultivo para que Franklin D. Roosevelt implantase su New Deal de corte keynesiano. Que las políticas del New Deal eran socialismo de planificación centralizada queda evidenciado con el hecho que en el periodo de dos años hubo un descenso orquestado de más de 20 millones de cabezas de ganado porcino para reducir su oferta y mantener los precios de la ganadería artificialmente altos. Hasta que en 1935 el Tribunal Supremo de EEUU dictaminó que la NIRA (Ley de recuperación industrial, por sus siglas en inglés) era inconstitucional.

Hoy en día, la flexibilización cuantitativa lanzada por los principales bancos centrales tampoco va a resolver una supuesta deflación. El motivo descansa en que se trata de un incremento en la tesorería de los bancos centrales vía la absorción de activos a muy largo plazo de la banca privada. Esto es algo más sofisticado que pulsar el botón de imprimir en la Casa de la Moneda y Timbre. La aplicación de esta flexibilización no se dejará sentir el bolsillo, y ciertamente, tampoco en la empresas, ya que uno puede llevar el caballo al rio pero no le puede obligar a beber. El sector privado aunque se está desapalancando, sigue extremadamente endeudado. De hecho, ya se sienten las consecuencias de las QE en las turbulencias sufridas en los países emergentes. Esta heterodoxa política monetaria ha exportado crédito blando a los emergentes y alterado los flujos de capital mundiales. Toda vez que EEUU ha dado muestras de subir los tipos de interés, este capital se está repatriando a los países desarrollados dejando tras de sí atisbos de lo que en realidad era una burbuja, pues la inversiones no estaban soportas por ahorro real.

El segundo tipo de deflación es aquel que corresponde a un fallo en el diseño institucional. De manera secular sufrimos los errores de un bien intencionado Robert Peel cuando promulgó el Bank Charter Act de 1844, que restringió los poderes de los bancos ingleses, dándole la capacidad exclusiva de imprimir billetes al Banco de Inglaterra. Aunque no lo parezca, esto supuso una pírrica victoria para los banqueros puesto que pasaron de la creación de dinero mediante billetes a hacerlo mediante depósitos, ampliando considerablemente su coeficiente de caja. Los teóricos británicos olvidaron un concepto que había sido presentado ya en el siglo XVI por los Escolásticos de la Escuela de Salamanca. Los depósitos, chirographis pecuniarum, forman parte de la oferta monetaria de la misma manera que los billetes de papel-moneda. Finalmente, y para la cuadratura del círculo, los británicos privilegiaron al Banco de Inglaterra con ser el prestamista de última instancia para rescatar a los bancos privados. Curso de acción que va totalmente en contra de la regla de oro del capitalismo: las quiebras empresariales son necesarias, de otra manera privatizar ganancias y socializar pérdidas es socialismo para ricos.

La manipulación de los tipos de interés junto con la inevitable connivencia de la reserva fraccionaria -el privilegio estatal otorgado a la banca para utilizar el contrato de depósito bancario como contrato de préstamo al no tener que mantener el 100% de las reservas en caja-, induce a los agentes a consumir capital y a invertir ahí dónde con tipos de mercado no lo harían. Únicamente una décima parte de la oferta monetaria es papel-moneda, el resto es dinero virtual. Los bancos se endeudan a corto plazo (depósitos) para prestar a largo plazo (hipotecas) lo que genera un evidente descalce de plazos, así se crean medios de pago ex novo. Se siembra el terreno para un aplanamiento de la curva normal de rendimientos, pues se distorsionan los componentes que forman el tipo de interés: la preferencia temporal y la aversión al riesgo En cualquier caso, esta expansión artificial del crédito no entra necesariamente en conflicto con que una economía pudiese funcionar correctamente bajo reserva fraccionaria.

Lo que es inevitable es que después de una expansión crediticia patrocinada por los Estados, la eficiencia dinámica del mercado descubra estas malas inversiones y la crisis ocurra poniendo de manifiesto los errores de inversión cometidos.

Las expansiones crediticias funcionan como un acordeón. Después del proceso inflacionario, que no siempre ha de traducirse en hiperinflación de precios, el proceso deflacionario es inevitable, catárquico e indispensable si queremos purgar el sistema. Tratar de evitarlo provocando otra burbuja es simplemente una huida hacia delante. Estas perturbaciones del mercado son una consecuencia inherente del intervencionismo. El dinero es una institución bottom-up no un invento de implementación top-down.

El último tipo de deflación es el que podríamos denominar cataláctico, dado que es el resultado de un proceso de mercado. Ésta sucede cuando el crecimiento económico excede el incremento de la oferta monetaria.

Al respecto el caso de Estados Unidos es remarcable. En 113 años el PIB se multiplicó por 80 mientras, el índice de precios era un 23% menor en 1913 que en 1801 y el incremento en los salarios nominales fue del 50%.

La deflación bajo el patrón oro o un patrón euro es una situación envidiable. Aumenta el poder adquisitivo de las familias sin que se tenga que apreciar una contracción del consumo a corto plazo. Esto se ilustra con el ejemplo del mercado de los ordenadores, los precios bajan y la industria se expande. No hay mejor escenario para favorecer el ahorro que es capital para la inversión y que, por ende, mejora de la productividad. Sin embargo, esto perjudica a sindicatos y políticos que dejan de ser necesarios para, por ejemplo, renegociar salarios.

Sin título

Hasta ahora Mario Draghi apoyado por la ortodoxia del Bundesbank ha hecho oídos sordos a los cantos de sirena de la grandeur francesa, a la deriva griega y a la mediocridad española para al menos mantener la oferta monetaria, metálico, depósitos y otros instrumentos cercana al 2%. El euro podría convertirse en la moneda reserva de los acreedores. Sin embargo, ésta es una estrategia a largo plazo que pagará los dividendos pasados los cuatro años que dura una legislatura. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

En cualquier caso, no estamos en un escenario deflacionario en la zona euro por mucho que saquemos de la ecuación el componente subyacente. La tasa inflación podría ser entendida como una hija del Índice de Precios al Consumo (IPC) . Si la cesta del IPC se calculase hoy en día con base 100 en el año 1990, veríamos que la tasa de inflación duplica la oficial.

En esencia, únicamente deberíamos temer a la deflación que generan los mismos que ahora quieren más poder para resolverla. El caso del bombero pirómano.

Esta es una opinión sin ánimo de lucro

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Eduardo Llanera

Cuando era niño escuché sobre Adam Smith, entre medias me disipé intentando ser ciclista profesional. Finalmente el liberalismo verbalizó conceptos que siempre estuvieron ahí y la Escuela Austriaca es la institución que a mi entender mejor explica la economía. Cada uno tiene su función, la mía no es desarrollar grandes conceptos ni siquiera explicarlos pero hacer de altavoz para que exista la oportunidad de darlos a conocer. #EnjoyCapitalism :)


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