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“He vivido los atentados de París y Bruselas, y esto es lo que he sacado en claro”

Testimonio de los atentados desde el corazón de Bruselas

Bruselas es una ciudad extraña: no solo es la capital de uno de los países más complejos y divididos del continente, en continuo malabarismo político y lingüístico, sino que además actúa de capital de facto de la Unión Europea. Esto hace que la mayoría del funcionariado comunitario, las figuras políticas, los lobbyistas, los periodistas, y todos los demás actores del sector público y privado relacionado con la UE elijan Bruselas para establecerse.

Recibí mi oferta para trabajar en el Parlamento Europeo de marzo a julio de este año durante la segunda quincena de noviembre, y recuerdo llamar a mi madre con toda la ilusión del mundo para contárselo.

¿Pero en qué ciudad?

El Parlamento tiene oficinas en Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo.

En Bruselas.

Llamé a mi madre desde París, donde llevaba residiendo más de un año. Hacía apenas ocho o diez días de los atentados del 13 de noviembre, y toda Europa estaba sumergida en la paranoia que sigue a todos los atentados, en este caso centrado en París y en Molenbeek, en Bruselas.

Pues qué bien. Ya puestos, podrías irte a Oriente Medio.

Es triste que lo primero que me dijera no fuera felicidades. Pero dadas las circunstancias, era totalmente comprensible.

Tranquila, que seguro que la policía se pone las pilas y no vuelve a ocurrir.

Yo sabía que eso no era cierto, pero es mi madre, ¿qué iba a decirle?

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Edificio principal del Parlamento Europeo en Bruselas. Cortesía de Sergio Marín.

A finales de febrero me vine a vivir a Bruselas, para empezar a trabajar en el Parlamento el 1 de marzo, e invité a mis padres a acompañarme. Ninguno de los dos conocía Bélgica, quería que vieran con sus propios ojos lo tranquila que es esta ciudad. Les enseñé todo el transporte público de esta ciudad, el centro, el barrio europeo e incluso un trocito de Molenbeek. Vieron que Bruselas es una ciudad normal, con gente normal, y no ese agujero negro del que tanto se ha hablado en la prensa estos últimos meses.

Aun y con todo, hechos como los de París te trastocan para siempre. La intranquilidad nunca acabó de irse, pero me encanta Bruselas y me encanta mi trabajo, así que me ha sido muy fácil adaptarme a mi nueva rutina. Hasta este martes, claro está.

Me enteré de la bomba en Zaventem en el tren de camino al trabajo, parado en la estación de Schuman. La poca cobertura no me dejaba entrar en ningún portal de noticias, así que envié un par de mensajes por WhatsApp para que me fueran informando de qué ocurría. Me bajé del tren en Luxembourg y caminé los pocos cientos de metros hasta mi oficina en Rue Montoyer, donde entré a las 8.45. A esa hora el teléfono empezó a sonar sin descanso, por mucho que todos sabían que yo no tenía nada que hacer en el aeropuerto a aquella hora.

Mapa de la zona. Imagen: Google Maps.

Mapa de la zona. Imagen: Google Maps.


A las 9.10 empezamos a oír ruidos y, pocos minutos después, muchas sirenas por todas partes. Eran demasiadas para tener que ver con Zaventem y en Twitter vimos una foto que mostraba humo salir de la estación de Maelbeek. Dos minutos después me llamó un compañero de trabajo para decirme que le habían cerrado el metro por las explosiones en el aeropuerto y que iba a casa a por el coche para venir al trabajo. Le dije que ni se le ocurriera venir, que el metro estaba cerrado porque había habido explosiones en Maelbeek, parada donde él baja todos los días para llegar a la oficina. Se salvó por salir de casa un poquito más tarde de lo habitual.

Antes de las nueve y media la explosión en Maelbeek ya se había publicado en los medios, y ahí sí que mi teléfono empezó a arder. Decidí hablar con mis padres para tranquilizarlos y que pudieran hablar con el resto de la familia y mis amigos. Tuve que hacerlo a través del teléfono del despacho porque la red móvil se había caído. Una vez lo hice, me dediqué a seguir las noticias minuto a minuto. Imposible trabajar.

Cruce de la Rue de Trèves con la Rue Montoyer. Al fondo se aprecia el lugar de la explosión en Maelbeek.

Cruce de la Rue de Trèves con la Rue Montoyer. Al fondo se aprecia el Hotel Thon, lugar de la explosión de Maelbeek. Cortesía de Sergio Marín.

Cuando llegó la hora de comer pregunté a los guardias de seguridad si podía salir a comprar un bocadillo, a lo que me dijeron que sí. Salí, lo compré y volví a la oficina en unos diez minutos, tiempo que aproveché para tomar un par de fotos desde Rue de Trèves. Había quedado con otro compañero en salir a dar una vuelta e intentar acercarnos hasta Rue de la Loi cuando acabase de comer. Comí y bajé a buscarlo, y vi que había el doble de guardias de seguridad en la puerta, que estaba cerrada herméticamente, y que todos los guardias que había delante de la puerta llevaban chaleco antibalas.

¿Salir a la calle? Ni hablar. Su seguridad es nuestra responsabilidad, no puedo dejarles salir del edificio hasta nueva orden, dadas las condiciones.

Empezamos a oír que se estaban produciendo redadas por toda Bruselas y que había terroristas sueltos, quizá por la zona. Todo el transporte público estaba cortado y aunque se iban a abrir algunas estaciones de tren a partir de las 4, muy pocos trenes tenían previsto circular. Cuando empezaron a dejarnos marchar, sobre las tres de la tarde, mi preocupación empezó a ser otra: sin transporte público sólo podía llegar a casa en taxi o andando. Los taxis estaban todos ocupados en un momento así, obviamente, y andando eran varios kilómetros y cruzando todo Molenbeek a pie. Volver a casa no era una opción.

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Rue de Trèves cortada a la altura de la entrada a la estación de Luxembourg. Cortesía de Sergio Marín.

Aquí quiero hacer un pequeño inciso para destacar la solidaridad de la gente: mientras yo calibraba mis opciones, se creó una cadena de correos electrónicos de todos los trabajadores del Parlamento Europeo, donde aquellos que van a trabajar en coche ofrecían plazas libres en la dirección de su casa, para que todo el mundo pudiera llegar a casa. También se nos informó de la creación de un grupo de Facebook con el mismo objetivo para todo Bruselas. Poco después, los trabajadores que residían cerca empezaron a ofrecer alojamiento a gente que no tuviera manera de llegar a su casa esa tarde. Quiero resaltar que todo esto se produjo entre desconocidos apenas horas después de que varios hombres mataran indiscriminadamente en dos puntos distintos de la ciudad.

Hablé con unos amigos que se han mudado de París a Bruselas a la vez que yo y quienes comparten un piso cerca de las instituciones, y me dijeron que me fuera con ellos hasta que se calmara un poco la situación. Salí del Parlamento a las 4.30 con dos personas más, evitando una Rue de Trèves cortada a la altura de la estación de Luxembourg, y nos fuimos directamente a comprar una ración de patatas fritas en el sitio más emblemático de la ciudad, Maison Antoine, en Place Jourdan. Las terrazas estaban llenas, así que nos sentamos con nuestras patatas a tomarnos una cerveza.

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Ni siquiera Uber funcionaba. (Captura de pantalla hecha con mi móvil.)

Desde España me decían que si estaba loco, sentándome en una terraza a las cinco de la tarde en un día como ese. Según la prensa española, la ciudad estaba sitiada. Quizá estoy loco, pero este ambiente se ha convertido en mi pan de cada día desde Charlie Hebdo, hace ya más de un año. Ese ratito despreocupado en la terraza me supo a gloria.

Compramos unas pizzas y nos fuimos para casa de mis amigos, donde cenamos, hablamos un rato, brindamos por haberlo podido contar tanto en París como ahora, y vimos una película antes de irnos a dormir.

A las cinco y media de la mañana me desperté al empezar a oír sirenas y más sirenas, de tres o cuatro tipos diferentes. Amaneció un día gris y lluvioso, algo que sería providencial si no fuera porque el ochenta por ciento de los días bruselenses son así. Desayuné en casa de mis amigos, y alrededor de las 9 de la mañana caminé hasta el Parlamento y, en vista de la irregularidad del transporte público aún a esas horas, tomé un taxi desde Place du Luxembourg hasta casa. Así acababa una aventura de más de 24 horas.

¿Qué he aprendido de estas experiencias?

La gente me pregunta si me siento especialmente desafortunado por haber vivido ambos episodios. Lo cierto es que no, conozco personalmente al menos a veinte personas que también han tenido esta suerte, y no es ni bueno ni malo. Cuando me fui a vivir a París sabía a lo que me exponía, y cuando me vine para Bruselas, más de lo mismo. No me gusta, pero lo acepto. No me queda más remedio. Sé que estos atentados no serán los últimos, pero eso no me paraliza. Al contrario.

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Militar en guardia en el edificio principal del Parlamento Europeo en Bruselas, la tarde del 22 de marzo. Cortesía de Sergio Marín.

La gente me pregunta si repudio haber estudiado árabe durante varios años, si preferiría no haber estudiado nunca el islam, si me arrepiento de haber prestado ayuda jurídica a solicitantes de asilo y haber ayudado a refugiados tanto en Francia como en España. Por fortuna hay muy poca gente que se atreva a preguntarme algo así, la gran mayoría de gente que me conoce sabe la respuesta: un rotundo no.

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El islam es una religión de paz, y me niego a denostar las creencias de más de mil millones de musulmanes porque unos pocos miles de takfiris piensen que el resto del mundo, mil millones de musulmanes incluidos, aún estamos en la jahiliyya. Los países musulmanes, árabes y no árabes, son los que más sufren el terrorismo yihadista. El árabe es un idioma, y por tanto no tiene absolutamente nada que ver en esto. Respecto a los refugiados, sean de Siria, de Afganistán, de Nigeria o de Eritrea, o de tantos otros sitios, soy de la opinión que a mí me ha tocado vivir en cuatro meses lo mismo que ellos puedan vivir en un par de días, con la diferencia de que yo he contado siempre con las fuerzas de seguridad y todo el cuerpo militar dispuesto a sacrificar su vida por la mía y, en su caso, no solo están desprotegidos en territorios sin control, sino que en caso que haya ejército presente, suele ser parte del problema y no la solución.

La gente me pregunta si deberíamos intervenir en Siria. El problema sirio es bastante más complicado de lo que nos queremos creer, con miles de facciones con diversos niveles de amor-odio entre unos y otros. El grupo más problemático para Europa es Daesh, sin lugar a dudas, pero una cosa es intentar eliminar a la cúpula de este grupo, y otra es bombardear indiscriminadamente a los civiles que viven bajo su territorio. Sería mucho más eficaz atacar la financiación del grupo.

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Terrazas llenas a las cinco de la tarde. © Sergio Marín para EL ESPAÑOL.

Dicho esto, el terrorismo islámico en Europa es fundamentalmente un problema interno, que en gran parte ha surgido frente a la falta de respuesta de sociedades como la belga o la francesa a la integración de sus minorías y a la consiguiente exclusión de aquellos árabes de segunda y tercera generación que, aun habiendo nacido y crecido en Europa, se ven incapaces de alcanzar las élites locales por más que lo intenten. Daesh ayuda a fomentar el problema, pero acabar con Daesh no acabará con el terrorismo yihadista europeo.

Finalmente, la gente me pregunta si no se me van las ganas de continuar, si no pienso en volver a España o, por lo menos, en salir de aquí. Y no, la respuesta es también que no. Como decía al comienzo, llevo años formándome para poder trabajar en Bruselas y el haber llegado aquí tan pronto es un éxito que no pienso desaprovechar bajo ninguna circunstancia.

Suena a tópico pero, si nos rendimos al miedo, ellos ganan. Si los que estamos aquí no intentamos cambiar las cosas, ellos ganan. Y si ellos ganan, lo volverán a hacer: recordemos que no estamos ante un actor racional que vaya a ceder en una negociación. Por tanto hay que ser consciente de que estamos en guerra, y de que debemos salir a ganarla. Y para ganarla, debemos estar todos juntos, sin importar la raza, la religión, o cualquier otra cosa. Porque el horror que se instiga a la masa, solo la masa puede combatirlo y, eventualmente, solo la masa puede erradicarlo.

Este es un relato sin ánimo de lucro.

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