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El principio del fin de las ciudades devoradoras de recursos

Nueva York. Imagen: Anthony Quintano Flickr.

Las ciudades no han existido siempre, son producto de la historia humana, por lo tanto, pueden desaparecer, relata el especialista en ciudades Fernando Carrión. Esta es una de las tres tesis actuales más relevantes sobre el futuro de las ciudades; las otras dos propuestas consideran, por un lado, la ciudad como una entidad que crece y donde deben resolverse cuestiones (como el problema de la vivienda) y, por otro lado, la ciudad como “una nueva ciudad”: la ciudad del mañana ya está aquí.

La definición de ciudad ha sido una ardua tarea inconclusa. En nuestros tiempos de cambio tecnológico, territorial, político y social todavía se hace más difícil definirla, pues la ciudad ya no es simplemente un conglomerado urbano -por oposición a lo rural- de habitantes que viven en un un territorio caracterizado por una alta densidad poblacional y donde el sector agrícola es minoritario. Ahora incluso existen tipologías de ciudades.

Si hace unos 50 años la población urbana se estudiaba como una “novedad”, como un proceso migratorio desde el campo, ahora existen metrópolis, megaciudades, megápolis. Muchas “megas” pero todas coinciden en un punto, a pesar de sus propias características: altísima densidad poblacional.

El origen de la ciudad. Metrópolis y Megaciudades

El término de ciudad proviene del latín, civitas, -atis. Tendríamos que viajar a la antigua Grecia y a su ágora, donde los ciudadanos –hombres y libres- se reunían para debatir temas de interés público. Sólo mediante la colectividad se construía el concepto de ciudad. Sin embargo, hoy en día, y siguiendo al profesor Fernando Carrión, la ciudad como comunidad política se pierde, su esencia desaparece porque la ciudad se convierte en un eslabón más del mercado. Ejemplo clave de ello sería el precio del suelo que decide quién vive en qué parte de la ciudad, generando así diferencias, en ocasiones, segregadoras.

Las estaciones de tren en fechas festivas muestran la magnitud de las grandes ciudades. Ésta es una estación de tren en China

Estación de tren en China “[Foto: Busy China Train Station vía Cory M. Grenier en Flickr]”


Las ciudades son entidades territoriales en permanente cambio. Existen, como decíamos, metrópolis y megaciudades (megalópolis suele utilizarse como sinónimo de megaciudades, aunque hay autores que diferencian ambos términos. En este artículo, megaciudad y megalópolis se utilizarán alternativamente). Las metrópolis son ciudades grandes, con menos de 8 millones de habitantes- aunque este dato es históricamente dinámico-, densamente pobladas, policéntricas y destacadas por su especifidad cultural a nivel mundial. El término megaciudad aglutina a poblaciones superiores a 10 millones de habitantes, se definen por aglomerar y provocar crisis ecológicas y territoriales consecuencia de la densidad poblacional. Las megaciudades son menos numerosas que las metrópolis. La capital de China, Pekín, es un ejemplo de megaciudad; en 2014 tenía 19.610.000 habitantes, según las Naciones Unidas. También Nueva York, Los Ángeles o Shanghai son megaciudades.

Asia es el escenario paradigmático del nacimiento de megalópolis. Pensemos en Tokio y sus cápsulas de hoteles, aquellas donde sólo hay espacio para dormir, ni siquiera para ponerse de pie. India y sus gigantescas megaciudades, como Nueva Delhi (con sus casi 10 millones de habitantes) o Bombay ( casi 12 millones de personas, según las Naciones Unidas) son otro claro ejemplo de megaciudades. O Hong Kong, “la región administrativa especial” de la República China, con sus más de 7 millones de personas –es decir, no se consideraría una megaciudad-, un lugar donde se tiene la sensación que la muchedumbre en los pasos de peatones te va a absorber, bajo la mirada arrogante de empinadísimos edificios que se besan con los de la cera de enfrente. Pero las metrópolis y megalópolis son mucho más que números y definiciones basadas en contabilidad. Las aglomeraciones humanas provocan modificaciones no sólo en su escenario urbano, sino en la generalidad de hábitats humanos.

Hong Kong, uno de los ejemplos de mayor concentración poblacional del mundo “[Foto: autora]”

¿Por qué las Mega Ciudades devoran el planeta?

Las grandes ciudades, como Ciudad de México, São Paulo o Lima son espacios humanos que requieren de una gran cantidad de recursos, muchos de ellos producidos en las afueras de la ciudad o fuera de ella. Es decir, comida que viene del campo, ropa que se produce en las fábricas de las afueras de la ciudad o en las maquilas de dentro o fuera del país, artículos “de consumo” –entendiendo estos como no imprescindibles, pero sí creados por los humanos como necesidad- como televisiones, teléfonos móviles, joyas habituales –como anillos de boda o pulseras-, ropa nueva cada temporada, plásticos de todo tipo.

La producción de todos estos artículos, ya sean necesidades básicas o necesidades creadas, requiere de un transporte de suministros hacia la ciudad. Sumamos un nuevo factor entonces: la huella ecológica humana se incrementa con el gasto de energía que se necesita para transportar estos artículos, además de hacer a la ciudad dependiente de estas cadenas de distribución. Un ejemplo de esta dependencia se ha visto en supermercados que abren sus puertas casi vacíos porque el transporte no llega, ya sea por huelgas, por problemas políticos u otros factores.

Un vaso de plástico. Un ejemplo sin desperdicio

Pensemos simplemente en la procedencia de los vasos de plástico que solemos usar en las fiestas de cumpleaños. Es un recurso enteramente de nuestro tiempo, urbano, incluido dentro del relativamente reciente fenómeno del “usar y tirar”, cómodo e higiénico. Su nacimiento y muerte, del vaso de plástico, es la historia de un gran viajero.

Hecho con petróleo venezolano, se produce en una fábrica de Tianjin (China), viaja por barco hasta Europa oriental y desde ahí se distribuye al resto de bazares chinos del resto de Europa. Un paquete de 100 vasos de plásticos cuesta aproximadamente un 1 euro.

https://www.flickr.com/photos/jordibernabeu/14131951336/in/photostream/

El río Citarum (Java, Indonesia), considerado el más contaminado del mundo. [Foto: Earth Day 2014 vía jordi Bernabeu en Flickr]

¿Cómo es posible? La huella ecológica parece que es la de un gigante en comparación con ese euro. ¿Por qué no comprar un vaso de cristal hecho en Portugal? Quizás se deba a una de las paradojas de nuestro tiempo: la supuesta comodidad de nuestro propio exterminio. Pero el entierro del vaso de plástico todavía no ha tenido lugar. Hay quien, urbano y con una incipiente conciencia ambiental –pues sigue consumiendo el vaso de plástico-, tras acabar la fiesta de cumpleaños, deposita el vaso en el contenedor de reciclaje. Otros vasos no mueren tan rápido y vuelven a Asia, a sus mares. El río Citarum, en Indonesia, es un ejemplo de ello.

La Revolución Ecológica debe hacerse desde las mentes humanas

Una fotografía cualquiera de una megaciudad representa lo que Sami Naïr ha llamado “la mercantilización generalizada del uso de la naturaleza”. Los recursos naturales se han convertido, a la fuerza, en esclavos del ser humano. Los edificios de miles de plantas responden a una demanda creciente de cemento explotador de montañas, como sea el caso de la cementera portuguesa en la sierra de Arrábida de Setúbal, Portugal. Estas “casas” se levantan bajo dos rupturas de socialización sana: una, el precio de un suelo que pierde su valor terrenal y pasa a ser definido por un mercado que divide a los pudientes que pueden pagar de los que no pueden y, por otro lado, una asfixia social del ser humano en su relación con la naturaleza, donde salir a la calle no es sólo abrir la puerta y poner el pie fuera –como hacían nuestros abuelos en los pueblos- sino que antes de la calle hay que encerrarse en el ascensor. Es decir, un obstáculo más en la relación humana con el medio ambiente.

Sami Naïr resume sucíntamente la solución a esta problemática destructiva de nuestro tiempo, donde las ciudades tienen una importancia definitoria: el medio ambiente es una determinación antropológica de los seres humanos, es decir, sin medio ambiente el ser humano no existiría. Pensemos en la fuerza revolucionaria de este enunciado. El medio ambiente no puede ser una parcela más como lo sea la economía, la ecología, la política. No. El medio ambiente es la premisa sine qua non pude existir el ser humano. Es decir, reflexiona Naïr, es como si a lo largo de los siglos hubiese pasado desapercibido esta cláusula imprescindible, pues el ser humano no es un elemento más de la naturaleza, mucho menos su dueño, sino que es absolutamente dependiente del medio ambiente. De ahí la necesidad de una revolución radical en las mentas humanas que nos haga cuestionarnos sobre el significado y la pervivencia, modificación o desaparición de nuestras ciudades.

La ecología no puede incluirse como un apartado más en la agenda política, el medio ambiente debe ser la agenda matriz a partir de la cual se piense el ser humano político y su devenir en el mundo.

Que nadie escape de las ciudades… O sí…

El agotamiento progresivo de los recursos naturales ha sido el suceso que la humanidad ha necesitado para hacer ver que urge imponer otro modelo de vida urbano. Si los recursos consumidos en las grandes urbes surgen de explotaciones exteriores, que requieren un transporte de suministro, y luego un nuevo transporte para su reciclaje o vertido en ríos de “otros” países, falta recordar la cortina de polución que limita nuestro paisaje de parques urbanos cuando paseamos por megaciudades.

El cielo de Beijing suele estar cubierto por esta cortina de polución (La Ciudad Prohibida en Beijing, China)

El cielo de Beijing suele estar cubierto por esta cortina de polución (La Ciudad Prohibida en Beijing, China)

China vuelve a ser un claro ejemplo de ello, por estar cubiertas muchas de sus megalópolis con contaminación densa del aire. Estos son sólo algunos de los rasgos urbanos, cada vez más replicados en distintos lugares de la Tierra.

Pero cuando pareciera que todo está perdido -¿pero no lo está?- surgen ideas renovadoras. Se piensa en una ciudad con espacios verdes, aparecen los huertos de ciudad que Ron Finley desarrolló desde un concepto de guerrilla jardinera, huertos en los techos de los edificios, estructuras que respeten el cauce de las aguas de los ríos, -como las recientes iniciativas en Holanda-, proyectos de viviendas sociales eficientes como el de Alejandro Aravena en Chile, iniciativas de consumo de productos locales y de temporada, proyectos para compartir coche en ciudades –el llamado car sharing– o nuevas construcciones con materiales sustentables, como la madera o la paja.

Es una incógnita es qué pasará con nuestras metrópolis y megaciudades. Su crecimiento, de la manera que ha venido haciéndose es, simplemente, insostenible, la humanidad no aguantaría este ritmo destructivo. Por lo tanto, existen, de manera destacada, dos posibles expectativas: el resurgimiento de una nueva ciudad basada en una “educada” conciencia ambiental –es decir, que las personas nos formemos para entender la importancia del medio ambiente- o, la reversión de las ciudades hacia áreas deshabitadas en forma de fragmentos urbanos.

Sólo la contracción del consumismo y la radical modificación de nuestros hábitos conseguiría dar un giro regenerador a nuestras ciudades.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro


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