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¿Está colapsando Arabia Saudí? ¿Es el fin de una era en Oriente Medio?

Planta petroquímica en Arabia Saudí [Foto: Secl vía WikimediaCommons].

Sensacionalismos aparte, Arabia Saudí no se va a derrumbar mañana. No obstante, su estabilidad es cada día más precaria, hasta el punto de que, o bien se enfrenta a los retos que la debilitan, o más pronto que tarde el proto-Estado que conocemos como Arabia Saudí colapsará.

Y digo proto-Estado porque no podemos considerarlo un Estado tal y como lo concebimos en Occidente. Sensu estricto, carece de las características definitorias de tal cosa más allá de las ilusiones creadas por sus gobernantes. En palabras que podamos entender todos, Arabia Saudí es el caso de una “familia” que, en lugar de colocar una valla alrededor de sus propiedades, ha puesto fronteras. Lo que sucede en el interior tiene más que ver con lo privado que con cualquier otra cosa.

La diferencia viene marcada por el hecho de que la familia en cuestión es terriblemente numerosa, y sus propiedades extraordinariamente ricas en petróleo (como mínimo).

Así visto, como proyecto estatal Arabia Saudí se construye sobre arenas movedizas, sujetas por las ganancias del petróleo, la violencia de las élites, y el apoyo de EE.UU. Y ninguno de estos factores durará para siempre.

Pero toda explicación debe partir de premisas claras, así que vamos a precisar las claves que, a juicio del autor, pueden contribuir a la caída de la monarquía saudí.

El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, junto al Ministro de Exteriores saudí, Adel al-Jubeir, anunciado una tregua de cinco días en la guerra de Yemen [Foto: US Department of State vía WikimediaCommons].

El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, junto al Ministro de Exteriores saudí, Adel al-Jubeir, anunciado una tregua de cinco días en la guerra de Yemen [Foto: US Department of State vía WikimediaCommons].

Así, tales claves vendrán marcadas por, en un eje económico, el agotamiento de las reservas de petróleo, fuente casi exclusiva de riqueza del Reino, lo que alimentará, en un eje político, las contradicciones internas saudíes propias de una sociedad que, queriendo pasar por homogénea, sufre más que disfruta una diversidad socio-política que las autoridades no son capaces de gestionar. Finalmente, en un eje geoestratégico, el integrismo religioso que ha marcado la política interna del Reino se volverá en su contra, minando la legitimidad de las autoridades al mismo tiempo que carcome las alianzas estratégicas con Occidente. Sólo la decidida actuación alrededor de estos tres ejes (económico, político y geoestratégico) podrá salvar la continuidad saudí, si es que tal cosa es deseable.

Si el petróleo se acaba, ¿volvemos al desierto?

Comenzaremos por el eje económico, pues puede considerarse que esta nueva versión de la “enfermedad holandesa” está en la base de todos los problemas a los que se enfrenta Arabia Saudí. Y es que sus campos petroleros se están acabando. O al menos eso parece.

Digo que parece porque las autoridades saudíes protegen los datos sobre sus reservas con un inusitado celo, lo que en el mejor de los casos implica unas perspectivas poco halagüeñas. En cualquier caso, los informes revelados por el sector nos indican que el pico de producción está muy cerca, habiéndose incluso sobrepasado. Esto nos lleva a pensar que las reservas saudíes totales no durarán más allá de 15-20 años. Al ritmo de extracción actual puede que menos. En cuanto a las reservas de gas natural, su explotación no puede sustentar el ritmo de gasto saudí.

Y es que el afianzamiento de la dinastía Al Saud reside en el petróleo y su explotación, amparado por unos Estados Unidos que necesitaban petróleo barato tanto como un aliado local para compensar la influencia británica en Oriente Medio.

Así, ante la posibilidad de una fuente de ingresos tan grande y fácil de explotar, los príncipes saudíes estaban más preocupados de cómo derrochar su dinero que de desarrollar una economía productiva y diversa, capaz de mantener el Reino una vez se acabe el petróleo.

El antiguo líder del régimen saudí, el rey Salman, realizando la danza tradicional, Ardah, en una visita diplomática en Bahréin [Foto: Bahrein Ministry of Foreign Affair vía Flickr].

El antiguo líder del régimen saudí, el rey Salman, realizando la danza tradicional, Ardah, en una visita diplomática en Bahréin [Foto: Bahrein Ministry of Foreign Affair vía Flickr].

Mientras tanto, los súbditos se han beneficiado de un sistema que proveía de manera creciente unos servicios básicos a cambio de nada, no teniendo éstos que trabajar para vivir gracias a las legiones de esclavos y pseudo-esclavos provenientes del centro y sudeste asiático. No obstante, a día de hoy las rentas del petróleo son menores, y los saudíes se ven obligados a trabajar para vivir, lo que por otra parte mina la fidelidad de los súbditos a una monarquía que ya no provee de riqueza más que a sus miembros. Visto así, podemos afirmar que no se han creado nexos entre los súbditos y la familia Real más allá de los basados en la seguridad y el bienestar. Una vez acaba la fuente de ingresos, ¿qué mantendrá unida a la sociedad?

En esta nueva versión de la “enfermedad holandesa”, nos encontramos con un proto-Estado que no ha desarrollado una economía sostenible y que, una vez agotadas las reservas de crudo, corre un serio riesgo de colapsar y desintegrarse. Volvería a las dinámicas tribales que se encuentran en el origen de su sociedad y que nunca ha abandonado.

Y por si fuera poco, en los últimos meses el ritmo de extracción ha aumentado, favorecido por ciertas necesidades políticas, lo que no ha hecho más que acortar las reservas. A este ritmo, el colapso está a la vuelta de la esquina.

Una diversidad oculta bajo thawb y abayas

Pero las autoridades saudíes tienen deberes más allá de crear una economía sostenible. En la política interna del Reino hay muchas cosas por hacer; y es que la imagen que tenemos de Arabia Saudí es un espejismo a la medida de nuestros ojos, basado en la vestimenta (riguroso negro para ellas e impoluto blanco para ellos) y en el integrismo religioso wahabí. Pero clichés aparte, la sociedad saudí es más diversa de lo que parece, a pesar de que las autoridades no actúen en consecuencia.

Así, en el reino del integrismo suní habita una importante comunidad chií, concentrada en la Provincia Oriental, donde a la postre se concentran los campos petroleros que mantienen el Reino y enriquecen obscenamente a la Familia Real (suní, quiero recordar).

Esta comunidad se encuentra permanentemente alejada de cualquier puesto político o de poder. Sus derechos se ven siempre mermados en relación a los de sus compatriotas suníes, aun a pesar de que no hay ninguna ley que lo sancione de tal modo. De hecho, en los últimos años esta situación ha ido empeorando, hasta el punto de que son acosados incluso en los lugares en los que son mayoría, pues tanto la policía como los jueces y fiscales son siempre suníes.

Algo similar sucede con los habitantes de Hiyaz, provincia en la que se encuentran las ciudades sagradas de La Meca y Medina, y que fueron una de las primeras conquistas de los Al Saud a mediados de la década de 1920 (entre otras cosas para hacerse con los ingresos proporcionados por las limosnas de los peregrinos, que sumaban una gran cantidad en la época). Los habitantes de esta zona están habituados a relacionarse con el exterior en la medida en que son visitados constantemente por millones de musulmanes en su peregrinación (o Hajj) a La Meca y sus prácticas islámicas son menos rigurosas que las oficiales, éstas últimas impuestas por las autoridades con más violencia que otra cosa.

Pero ambas comunidades tienen algo en común. A pesar de la represión, más dura con unos que con otros, y de la percepción de la Familia Real como usurpadores ilegítimos, ambos grupos viven relativamente cómodos en un entorno rico gracias a los ingresos del petróleo. Esto calma las contradicciones sociales en el Reino. Pero ¿qué pasará una vez se agote el “oro negro”?

Los escenarios ante tal situación son diversos. Por su parte, las autoridades podrán recurrir a la lógica de “si funcionó una vez, funcionará de nuevo”, y se verán tentados a reprimir cualquier clase de conato de rebelión del mismo modo que conquistaron el Reino: fusil en mano, hasta someter de nuevo a todas las tribus o confesiones bajo el control de los Saud.

Por otra parte, podría suceder que las comunidades menos apegadas a la Familia Real, y ante la ausencia de servicios que compren estabilidad, decidan rebelarse contra la monarquía, buscando nuevas lealtades o creando las suyas propias. Así, las comunidades chiíes orientales podrían vincularse a algunos emiratos del Golfo, menos autoritarios en lo relativo a las creencias religiosas chiíes, o incluso vincularse a un Irán muy cercano, en términos geográficos, y deseoso de ganar influencia en la región. Algo similar podría pasar con las comunidades chiíes del sur, con fuertes vínculos tribales con el antiguo Yemen del Norte. En cuanto a los habitantes del Hiyaz, es posible que la dinastía hachemí (dinastía reinante en la actual Jordania) reclamara su custodia como lo hiciera antaño, cobrando así favores a Washington y proporcionando estabilidad a la región.

Imagen de la Meca, lugar sagrado para los musulmanes de todo el mundo [Foto: Al Jazeera English vía WikimediaCommons].

Imagen de la Meca, lugar sagrado para los musulmanes de todo el mundo [Foto: Al Jazeera English vía WikimediaCommons].

Si alguien sintiera la tentación de evitar tal escenario, sería conveniente comenzar a trabajar en mejorar la cohesión social en un Reino que ha impuesto la lealtad a golpe de castigo y sentencia, comprando las lealtades de las distintas comunidades con los beneficios de un petróleo que se acaba poco a poco. Y si alguien piensa que los EE.UU acudirían a socorrer a su tradicional aliado, lanzo una pregunta: ¿qué podrían ofrecer los saudíes si ya no dispusieran de petróleo ni proporcionaran estabilidad a la región? La respuesta es nada, y es eso mismo lo que recibirían de Washington, que preferiría el pragmatismo de encontrar nuevos aliados.

Pobreza e integrismo religioso. Millones de pobres en el Reino de la abundancia

Pero volvamos a los estereotipos que tenemos acerca de Arabia Saudí para encontrar el tercer eje sobre el que se articularía la eventual caída del Reino: la pobreza y el integrismo.

Aunque no lo parezca, hay saudíes pobres. De hecho, las grandes ciudades están rodeadas de un cinturón de barriadas pobres, donde niños descalzos juegan con balones desvencijados mientras sus padres luchan por dar de comer a sus familias. Es justo la clase de pobreza que podríamos encontrar en un campo de refugiados palestino de los tantos que pueblan Oriente Próximo. Una pobreza que no mata pero desespera, y que si se acompaña de la opulencia de los gobernantes, se convierte en una carga de ira inmanejable. Y éstos son entornos que no paran de crecer, alimentados por un flujo incesante de familias que vienen de los entornos rurales, si cabe más pobres, y donde hasta el agua es un lujo.

El difunto rey Abdullah de Arabia Saudí hablando con el entonces sucesor y actual líder del régimen, el rey Salman [Foto: Tribes of the World vía Flickr].

El difunto rey Abdullah de Arabia Saudí hablando con el entonces sucesor y actual líder del régimen, el rey Salman [Foto: Tribes of the World vía Flickr].

Estos entornos son el núcleo de contestación más duro, a día de hoy, contra la monarquía. Desde estas barriadas se ve mejor que desde ninguna otra parte la disparidad en el reparto de la riqueza del Reino. Mientras los príncipes derrochan y se occidentalizan, miles de sus súbditos viven en la miseria del país más rico de Oriente Medio. No obstante, por sí solo esto no es un riesgo para el régimen. De serlo, estarían en problemas la mayoría de estados que conocemos. Pero si le sumamos un integrismo islámico que cala de manera creciente en una juventud frustrada y sin expectativas, el resultado es el caldo de cultivo perfecto para una generación de terroristas. Y cuando éstos actuaban fuera del Reino, las autoridades eran poco diligentes, pero desde los atentados de 2003 en Riad la situación es distinta, pues puso de manifiesto que la Familia Real estaba entre los objetivos de estos terroristas, y que se habían infiltrado en las, otrora fieles, fuerzas armadas. Y es que la Familia Real es percibida desde el islamismo como una forma de gobierno ilegítima, disconforme con los principios del Islam e inmerecedora de guardar los Santos Lugares.

Del mismo modo, este integrismo que ahora actúa en territorio saudí, lleva décadas actuando por toda la región. Arabia Saudí, o sus príncipes a título individual, han subvencionado organizaciones terroristas encubiertas como organizaciones caritativas islámicas, o han financiado mezquitas desde las que predicar su propia versión del Islam. No obstante, durante el tiempo que dure la alianza “petróleo por protección”, los EE.UU no encontrarán un motivo por el que mostrar oposición, más allá de las protestas formales. Pero cuando no haya más recursos que vender, el apoyo americano en este sentido se esfumará en busca de aliados más estables y, a su vez, menos inconvenientes en el plano político actual.

Un futuro sin petróleo

En definitiva, podemos afirmar que Arabia Saudí no es el Estado que nos pintan. Ante la homogeneidad que se nos presenta, vemos comunidades diversas, con sensibilidades religiosas diferentes, y cuya vivencia es menos rigurosa que la de la familia reinante. Igualmente, ante el despilfarro al que nos tienen acostumbrados los príncipes saudíes, sabemos que hay súbditos pobres, luchando por encontrar recursos en barriadas superpobladas. Y ante un precio del barril extraordinariamente bajo, encontramos unos recursos que se agotan y que son el cemento que amalgama una sociedad saudí abocada al fracaso, debido a unos gobernantes más preocupados en gastar que en crear unas estructuras económicas sostenibles.

Así visto, la continuidad del Estado saudí se prolongará en la medida en que duren las reservas de petróleo. Una vez finalizadas éstas, el desgobierno y las dinámicas tribales se impondrán de nuevo, desmembrándose el que, hasta ahora, parecía el país más estable de la zona.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.


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