Los jóvenes beurs en Francia: treinta años luchando contra la xenofobia

Cabecera de la Marcha por la Igualdad [Fotografía: Liberation]

En plenas celebraciones navideñas, el 25 de diciembre, un grupo de manifestantes asaltaba una sala de rezo musulmán en la ciudad de Ajaccio, Córcega, al grito de les Arabes dehors! -fuera los árabes-. Según el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), éste es solo uno de los múltiples actos xenófobos que se siguen perpetuando tras los cruentos atentados sucedidos el pasado año en la capital francesa. Tanto es así que, en los doce días posteriores a los crímenes del semanario Charlie Hebdo, las autoridades llegaron a registrar más de un centenar de actos islamófobos. Es decir, la cuantía total computada en 2014.

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En el ámbito político, este racismo empieza a ser articulado sin dilaciones en los discursos occidentales: desde el republicano Donald Trump, que quiere prohibir la entrada de musulmanes en los Estados Unidos, hasta el australiano Tony Abott, que habla de “superioridad” de la cultura occidental. Asimismo, la candidata por el Frente Nacional francés en la región Provenza-Alpes-Costa-Azul, Marion Maréchal-Le Pen, afirmaba a principios de diciembre: “No estamos en tierras islámicas y si los franceses pueden ser de confesión musulmana es solo bajo la condición de plegarse a las costumbres y al modo de vida que la influencia greco-romana y los dieciséis siglos de cristiandad han forjado”. A la luz de estos acontecimientos, resulta pertinente revisar uno de los fenómenos más ilustrativos protagonizado por la población de ascendencia magrebí dentro del proceso de integración en la sociedad francesa: la Marche pour l’égalité et contre le racisme.

Cartel convocando la 'Marche pour l'égalité' en Marsella y París.

Cartel convocando la ‘Marche pour l’égalité’ en Marsella y París.

Impulsada el 15 de octubre de 1983 en el barrio de La Cayolle (Marsella), la “Marcha por la igualdad” congregaba a más de cien mil personas en París para denunciar la proliferación de los crímenes xenófobos y la impunidad que gozaron la mayoría de sus autores. Entre los fallecidos estaban Abdelkader Lareiche de 15 años, Lahouari Ben Mohammed de 17, Zahir Boudjellal asesinado por su vecino por “exceso de ruido”, Abdennbi Guémiah tras salir de una mezquita, Toufik Ouanès o Lahouari Ben Mohamed de 17 años asesinado por un CRS (las fuerzas de seguridad de la Policía Nacional Francesa), el cual llegó a declarar que tenía “el gatillo fácil”. En las primeras filas de las manifestaciones, los familiares de los asesinados exhibían los rostros de sus fallecidos junto con el eslogan: égalité des droits, justice pour tous (igualdad de derechos, justicia para todos). Si bien estas movilizaciones no consiguieron paliar el racismo que se articulaba en el orden social francés, configuró un punto de inflexión para la politización del «movimiento beur».

En un primer momento, será precisamente la generación de beurs –jóvenes franceses con ascendencia magrebí- quien tome la dirección organizativa de estas reivindicaciones. En su definición, sus integrantes conformaban diversos grupos autónomos, generalmente pertenecientes al ámbito estudiantil, en contacto con la izquierda política y herederos de las disconformidades de movimientos predecesores. Como ejemplo de dichos antecesores podemos reseñar el Movimiento de Trabajadores Árabes (MTA) que, diez años antes, convocaba una “huelga general contra el racismo” duramente represaliada por el ministerio del Interior del entonces presidente Valery Giscard d’Estaing. Tras ser percibidos como desestabilizadores del orden social, “sus militantes extranjeros fueron sistemáticamente acosados, expulsados del territorio o encarcelados, principalmente por su apoyo a la causa palestina y la organización de huelgas sin papeles” (Hajjat, 2006: 29).

La Marcha de 1983 empezaba a correr por aquel entonces la misma suerte. El Estado traducía estas movilizaciones como un problema de seguridad nacional y alteración del orden público. Por su parte, la izquierda socialista de François Mitterrand promovía adherir el movimiento a su OPA política con la creación de SOS Racisme. Sin duda una estrategia muy pertinente para legitimar su posición ante el auge del Frente Nacional en las elecciones europeas de 1984. Cuenta la activista francesa de origen argelino Farida Beghoul sobre este hecho: “Éramos lo que se conoce como una banda de jóvenes, ¿qué podría ocurrir? Bueno, que se peleasen, que se dividiesen y después que se dejasen manipular, eso fue lo que ocurrió”. Mientras que Kaissa Titous de Radio Beur exclama: “No vamos a quedarnos durante treinta años enganchados al hecho de que SOS hizo una OPA, ¡que SOS nos enterró! ¿y nosotros y nuestras propias responsabilidades? ¿y nosotros y nuestros errores? ¿y nosotros y nuestras divisiones? ¿y nosotros y nuestra incapacidad para reagruparnos?”.

Portada del periódico Libération del 3 de diciembre de 1983 [Fotografía: Libération]

Portada del periódico Libération del 3 de diciembre de 1983 [Fotografía: Libération]

En el curso de ese mismo periodo, los militantes procedentes de movimientos islámicos magrebíes y árabes comenzaban a refugiarse en Francia para huir de la represión que se abatía en sus respectivos países. Las salas de rezos empezaron a multiplicarse conformando un espacio que provenía a los jóvenes de los barrios más marginales las funciones culturales, sociales y simbólicas que no prestaba el Estado. Este choque ideológico con la Francia laica fue respondido por las administraciones públicas con el rechazo sistemático de sus propuestas de cooperación y de las subvenciones a las diferentes organizaciones juveniles como la Unión de Organizaciones Islámicas en Francia (UOIF) o la Unión de Jóvenes Musulmanes (UJM). En la actualidad, las asociaciones religiosas optan en su formalización por realizar actividades sociales fuera del marco religioso, entendiendo la laicismo como la no intervención del Estado; siempre y cuando su ejecución se realice dentro de la imparcialidad y no por la libre interpretación que en ciertas ocasiones los poderes públicos han ejercido (la restricción del velo por Nicolas Sarkozy o la imposición de edificar nuevas mezquitas) (Lardinois, 2008: 33-34).

Aun con estos llamamientos anti-xenófobos, tanto Francia como la Unión Europea endurecieron los reglamentos relativos a los derechos de entrada, residencia y nacionalidad. “Este endurecimiento legislativo, iniciado a mediados de los años setenta, en plena crisis económica, se acentuó en las décadas de los noventa y 2000, con el objetivo de reducir las tensiones del mercado laboral poniendo trabas a la instalación de extranjeros no comunitarios en territorio europeo (limitación del reagrupamiento familiar, criterios más estrictos de concesión del permiso de residencia, reducción de la duración de la estancia, etc.)” (Bertrand et. al., 2010: 134). De este modo, los atentados de 1995 en el RER (Red Regional Exprés) de París dispensaron el pretexto necesario, tanto para la izquierda como para la derecha política, para adoptar dichas medidas restrictivas.

La exclusión social mantiene un férreo trabazón con las desigualdades socioeconómicas. Así, el desamparo al que someten las instituciones francesas a sus banlieues tras su fatídico amago integracionista repercute directamente en la configuración identitaria de los jóvenes asentados en dichos barrios. Cuando en 2005 se produjeron los disturbios tras la muerte de Zyed Benna y Bouna Traoré al trata de huir de la policía, la prensa se hacía eco del vandalismo de los inmigrantes de segunda o tercera generación. Sin embargo, sus protagonistas eran franceses, nacidos y escolarizados en el país. Como refirió el escritor Tahar Ben Jelloun sobre este sector de la población, “Francia es su país, pero no los reconoce, no les hace sitio en la mesa, y esto les hace sentirse excluidos, rechazados, y les devuelve una imagen de sí mismo que rechazan“.

Existe un problema más grave que el de la pobreza: el de la identidad. Estos jóvenes son franceses venidos a menos, con un destino frustrado por la pobreza y por un entorno social malsano. Son franceses de segunda clase por ser hijos de inmigrantes, por no ser completamente blancos de piel y por no sacar buenas notas”. Con cierto temor a la generalización de la xenofobia, la islamalgama y la violencia del sistema estatal, solo cabe confiar en la posibilidad de un rechazo a la otroriedad y la integración de las generaciones nacidas de la inmigración postcolonial tradicionalmente excluidas y marginadas.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.


[Una versión de este artículo fue publicada previamente en The Social Science Post el 3 de febrero de 2016]

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