Censura corporal: La desnaturalización de lo natural

Imagen: Jade Beall.

En la playa sí, en la plaza no

El revuelo causado por la presencia en el Congreso del bebé de Carolina Bescansa, diputada de Podemos ha vuelto a encender el debate sobre la conciliación de la maternidad y la vida laboral. Ahora, el motivo esgrimido por la diputada (el amamantamiento) pone en liza, aunque de manera más discreta, el hecho de qué sucede cuando este se produce en público, cosa que también se le reprochó alegando que buscaba atención mediática.

Sin embargo, resulta que el topless sigue siendo normal en las playas españolas y lo ha sido en distintos momentos y lugares de la historia reciente sin que haya supuesto la degradación moral de las sociedades ni la depravación sexual de su población.

La oposición de una función biológica y su significado cultural (la manera en que es concebida y construida socialmente) nos da una idea de la amplia diversidad de prácticas, morales e ideologías que nos llevan al dilema de si es la norma la que hace la práctica, o la práctica la que hace la norma. Esto nos muestra a su vez lo relativo de los discursos morales y su pertenencia a grupos socioeconómicos determinados, un tema aparte.

Pero por mucho que se hable de la igualdad de género o se impongan leyes de paridad representativa en la política, situaciones de lo más cotidianas siguen suponiendo lastres morales e incluso legales, como si la biología fuese un castigo divino, o como si algunas partes del cuerpo sólo pudieran ser públicas cuando son comercializables.

Sin ir muy lejos, Facebook e Instagram prohibieron la publicación de imágenes de pechos femeninos, cosa que ha provocado una reacción social de difícil contención como son Second Skin o FreeTheNipple, que denuncian el doble rasero con el que se concibe el cuerpo humano cuando el torso del hombre no está sujeto a prohibiciones, y el de la mujer, nuevamente, sí.

Los llamados procesos de normalización son lentos y complejos y se mueven en lo que el antropólogo estadounidense Jonathan Elmer llama un “exciting conflict” por las transgresiones morales a que somete al sujeto y los replanteamientos que estas le introducen. Morbo contra culpa.

La ‘inmoralidad’ de que las mujeres muestren los pechos es sólo uno más de los reflejos de lo que Pierre Bourdieu llamó La dominación masculina (1998), una condición permanente que se autorreproduce a través de las estructuras mentales (hábitos y valores morales) y que hace sostenible la división del trabajo social y, en definitiva, el sistema económico.

Y la relación entre la moral y la ideología cuenta con grandes títulos como La ética protestante y el espíritu del capitalismo (Max Weber), obras como la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith , y grandes aportes como los de Michel Foucault, Richard Sennett o Anthony Giddens entre muchos otros.

Las buenas costumbres y la moral, como el poder, requieren ser reconocidas socialmente para volverse costumbres, y suele ocurrir que de las costumbres, buenas y malas, nacen distinciones sociales visibles desde un plano más general, y peligrosamente amplificables a través de los medios de comunicación.

La anormalización del cuerpo

Además de un arma poderosa en la sociedad hipersexual, la función universal de los pechos ha sido el amamantamiento más que el cortejo o la atracción, y también ha sido objeto de debate por ser prohibido en público y suponer una reclusión forzosa de la mujer. Y si a eso se le añade el problema de la conciliación del trabajo y la maternidad, y la existencia de un mercado de sucedáneos de leche materna, la ecuación se vuelve más interesante.

Disminución del riesgo vital por año de lactancia. Fuente: Wikimedia.

Disminución del riesgo vital por año de lactancia. Fuente: Wikimedia.

Para ilustrar este problema, tomemos como ejemplo el estudio publicado en 1997 por los antropólogos Sushila Zeitlin y Rabeya Rowshan. Esta investigación analizaba el caso de las madres de Bangladesh que destetaban a sus hijos en base a la creencia de una insuficiencia de leche materna, mientras que ésta venía causada en realidad por una precipitada sustitución de la misma por sucedáneos, promovida al mismo tiempo por laboratorios y medios de comunicación.

Se observó un refuerzo mutuo entre los discursos médico-científico y el religioso, cuando el primero, probablemente impulsado por el mercado, parecía más preocupado por el rol laboral de la mujer, y el segundo no sólo responsabilizaba a las mujeres del problema, sino que generaba la reacción normal en el cuerpo de las madres, que es que si los bebés no maman, disminuye la producción de leche materna. Aquí conviene considerar que los sucedáneos de leche materna, en polvo contienen nutrientes que no sólo interrumpen el vínculo consanguíneo del amamantamiento, sino que adelantan un cambio definitivo e irreversible tanto en la alimentación de los niños como en la relación madre / hijo.

En consecuencia, durante los años siguientes se incrementó la entrada de la mujer en el mercado laboral, reduciendo los costes laborales (más trabajadores y más baratos), pero además normalizando una situación que promueve roles de género importados en nombre del mercado.

La publicidad juega aquí un papel crucial, pues, como concluye Erving Goffman en su libro Gender Advertisements, expresa la microrritualización de comportamientos que retratan una concepción ideal de los sexos y de la relación entre ellos.

La sociedad hipersexualizada nos deja paradojas y contradicciones flagrantes: por un lado hace que las niñas se vistan como adultas y las mujeres trabajen cada día su juventud, que usen sujetador, cuiden su escote con coquetería, se hagan estirar músculos e implantar silicona bajo los pechos para luego, por ley o por vergüenza, tenerlos que esconder reduciendo su visibilización a un prisma únicamente erótico, y sometiéndolos a la censura cuando se alejan de este, de manera que vemos el primer plano de un cadáver tiroteado con más libertad y menos pudor que un pezón.

Imagen: D. Mark Laing Flickr.

Imagen: D. Mark Laing Flickr.


A saber: que lo importante no es el objeto, sino en el uso comercial que se puede hacer de él.

Si ellas son excluidas de la política, remitidas al mundo privado, es con la finalidad de que puedan ser instrumentos de política, medios para asegurar la reproducción del capital social y del capital simbólico.”

Pierre Bourdieu.

Propaganda por el hecho

Si planteamos el problema desde otro ángulo, situando al cuerpo como instrumento último de protesta en lugar de como objeto de represión, diversos ejemplos nos demuestran que las reacciones al sexismo estructural no son algo tan nuevo.

Entre los confinamientos simbólicos y voluntarios de las Muradas y las sonoras irrupciones de las Femen, el relativo empoderamiento de la mujer debe ser analizado con mucha delicadeza si se quiere respetar las particularidades culturales e históricas, y siempre considerando el espacio de acción posible.

Por ejemplo, las Femen, movimiento nacido en Ucrania y rápidamente extendido en Europa, usan la máxima anarquista de la propaganda por el hecho, y toman la desnudez como una herramienta con la que reclamar una libertad social y sexual en el mundo, poniendo de manifiesto que la prohibición y la represión no hacen sino demostrar el terror de que la mujer se reapropie de su cuerpo en un mundo masculino.

Se muestran, sobre todo, blasfemas y sacrílegas, irreverentes con los símbolos y las instituciones dominantes, y con consignas como “Poor because of you” (Pobres por tu culpa), “Fuck Church / God” (Que le den a la Iglesia/a Dios) “Nudity is freedom” (El desnudo es libertad) o “Fuck your morals” (Que le den a tu moral) buscan visibilizar el lugar y el espacio exactos en los que lo institucional se apodera del cuerpo y de su uso, generando las desigualdades sociales y de género contra las que se rebelan.

Imagen: Bastien Deceuninck Flickr.

El éxito mediático de las Femen está relacionado al sensacionalismo de los medios que ejercen un rol más bien destinado a captar audiencia y escandalizar mediante la imagen, que a informar y facilitar la comprensión de los factores culturales que diferencian a las sociedades, como también señalara Mona Chollet en uno de sus artículos de Le Monde Diplomatique (Marzo, 2013).

No obstante, para hacernos una idea de los peligros asociados a forzar la visibilización de un debate que no es menos complejo por ser más justo, podemos ver el caso de Aliaa Elmahdy, una joven egipcia que publicó su foto desnuda como protesta por las exigencias patriarcales de su familia. Lo que para Aalia era una denuncia sobre la opresión moral, para las Femen pasó a ser ser un objetivo político no exento de polémica, ya que ante la proclama de Muslim women let’s get naked (Mujeres musulmanas, desnudémonos) arengada en 2012 ante la Tour Eiffel hubo una fuerte respuesta de las feministas musulmanas negando que las Femen las representasen, y equiparando la libertad de llevar el velo a la de desnudarse en lugares sagrados.

La lucha sigue abierta y aunque Aliaa y las Femen hayan firmado la paz, ya no hay vuelta atrás. Por ello, el asunto de las Femen debe ser visto desde la insurrección política, como una manifestación visible de la misma defensa al uso del propio cuerpo, cosa que en ningún caso omite las sospechas y contradicciones que rodean al colectivo. Por ejemplo, que entre las consignas del grupo se encuentre la de “Women are not merchandise” (Las mujeres no somos mercancía), flagrantemente opuesta a la parte visible de un movimiento cuyas acciones suelen ser protagonizadas por mujeres que se ajustan con curiosa exactitud a los cánones de belleza contra los que dice luchar.

Al poner en cuestión qué es la mujer en las sociedades magrebíes desde la óptica ucraniana, las estructuras sociales, parentales, económicas y políticas se ven expuestas al mismo conflicto descrito más arriba, es decir, el que se da en el espacio que queda entre la práctica y su institucionalización (la transgresión y la culpa), y concretamente entre la desnudez como símbolo de liberación, el pudor y la expropiación de lo que es la mujer en el mundo árabe.

Vista la reacción policial en sus acciones, parece evidente que las Femen atacan donde hacen daño, y al desnudarse desnudan una desigualdad profundamente arraigada, aunque cayendo en el peligro de apropiarse de protestas culturalmente delimitadas, y, sobre todo, de cometer los mismos errores que las olas feministas anteriores: la exclusión de otros grupos y minorías.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro

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