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DV Igualdad

El lado oscuro

En esta nuestra binaria sociedad, no hay nada que aterre más que saberse Jekyll y Mr. Hyde o, si se prefiere, Anakin Skywalker y Darth Vader. De esto hablaba hace unos días con una amiga quien me explicaba entusiasmada, su descubierta pasión por Star Wars y la teoría del “desdoblamiento”: la coexistencia del bien y del mal dentro de una misma persona. “Es fascinante”, decía, “porque todas las personas albergamos una parte de maldad que no queremos ver”.

Y es verdad, en mayor o menor medida, que todas las personas somos lgtbfóbicos, machistas, xenófobos, y/o clasistas, porque hemos crecido con prejuicios y estereotipos que nos han permitido entender de forma más fácil y simple, la realidad que nos rodea. Nos pasamos al lado oscuro de la fuerza más de una vez, aunque sea bastante cuestionable escoger el adjetivo “oscuro” para describirlo. Pese a no querer verlo, llevamos a Darth Vader muy adentro, porque de alguna forma su figura reporta privilegios: todo aquello que no sea problemático para mí, no me preocupa, no me afecta y, por lo tanto, no me incumbe.

Es curioso que no se hayan popularizado personajes femeninos así de torturados y complejos, ya que privilegios los hay de todos los “géneros”; no obstante, aprovechando el sexo de este amado antihéroe, he decidido a hablar de los privilegios masculinos para materializar un poco más este fenómeno y evitar que más de uno se escabulla entre todo aquello que el concepto, por ser tan abstracto, parece no estar nombrando.

Unos cuentan, otros no tanto

Según la Real Academia de la lengua Española, privilegio es la exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia. En sí mismo, el concepto ya refleja un trato desigual o injusto con respecto a aquellas personas que no gozan de estas ventajas; sin embargo, el diccionario añade una acepción más, privilegio odioso, y que se acerca mucho mejor a la definición que muchas feministas damos de “privilegio masculino”: aquél que perjudica a un tercero.

Digamos entonces que nuestra sociedad ha decidido repartir de forma diferente ciertos atributos a según qué personas, sin anunciar que algunos de ellos venían acompañados de ventajas que pesan sobre otras personas. Y aquí es donde radica la cuestión: no se trata de simples diferencias (de si llevar la chaqueta azul o verde,), sino de claras y manifiestas desigualdades, que establecen qué puedes y qué no puedes (o debes) hacer, según tu condición sexual.

En principio, todas y todos estaremos de acuerdo en que existen desigualdades sociales, lo que pasa es que algunas de ellas sí las consideramos como tal y otras no. Un ejemplo: nacer en una familia con más recursos económicos y culturales facilita la formación y alcanzar una vida laboral menos precaria. ¿Ello qué implica? Implica que el mercado laboral productivo está hecho para aquellas personas que pueden pagarse esos niveles de formación:

Si para ser becario tienes que trabajar gratis durante meses, ¿quién puede pagar eso?

Entrevista a Owen Jones.

Imagen: Dinero y posibilidades

Imagen: Dinero y posibilidades

Ante esta situación, en cambio, difícilmente una mayoría de gente alegaría un: “bueno, es que no podemos hacer las mismas cosas, es una cuestión biológica”, porque afortunadamente este eje de desigualdad todavía no se imprime en el cuerpo como sí lo hace el sexo/género .

El hecho de que algunos ejes de desigualdad, como el sexo/género o la raza, se justifiquen por la condición física de una persona, genera una legitimidad que ha sido muy discutida desde los feminismos, los movimientos antirracistas o la propia academia. En este sentido, en el plano de la desigualdad sexo/género, al hombre, por el mero hecho de haber nacido con esta anatomía, se le atribuyen características sociales que le dan privilegios para maniobrar en el mundo.

Los 3 grandes privilegios masculinos

Aquí os traigo tres grandes conjuntos temáticos a partir de los cuales se hacen más evidentes estos privilegios masculinos en detrimento de las mujeres.

  1. El coste de decir que “no”

El “no” de un hombre suena más rotundo porque parece que las mujeres cuando dicen que no, en realidad están queriendo decir “sí”, por que se dice que dudamos mucho más o, directamente, que no sabemos lo que queremos. Muchas de nosotras, además, hemos aprendido que al decir que “no”, podemos parecer antipáticas, bordes o estrechas:

El querer gustar influyó en mi decisión de sellar el contrato sin pelea. No quería parecer difícil o consentida. Hasta que entonces vi los salarios de mis compañeros y me di cuenta de que todos los hombres con los que trabajaba no se preocupaban sobre si eran difíciles o consentidos“.

Jennifer Lawrence sobre las diferencias salariales entre hombres y mujeres en Hollywood.

Dicho de otra forma, los hombres tienen el privilegio de tener que justificarse menos porque sus palabras parece más legítimas. En este sentido, raramente escucharán que se les etiquete como “locos”, “histéricos” o “exagerados” porque se les concede más autoridad a sus argumentos.

  1. La sexualización del cuerpo femenino

Configurar a la persona como un mero producto a consumir sexualmente, sin tener en cuenta su voluntad, y restándole la autoridad para decidir sobre sí misma.

Si entendemos que la opresión implica quitarle el poder a alguien, y consideramos que el hijab lo hace porque privatiza la sexualidad femenina, ¿asumimos entonces que el poder de las mujeres sólo es de tipo sexual?

Dalia Mogahed, a propósito de la presunción del hijab (velo) como una herramienta de opresión sobre las mujeres musulmanas.

Imagen: No Exit / Andy Signer

Imagen: No Exit / Andy Signer

Ante este hecho, hay hombres que alegan haber sido piropeados o que también se quejan de una cierta presión estética. Sin embargo, existe una notable diferencia: las mujeres pagamos el precio de esta sexualización cuando caminamos intranquilas por la calle durante la noche por miedo al “te va a violar” y no al “te va a atracar”, cuando somos invisibilizadas o convertidas en fetiches de los hombres heterosexuales por tener relaciones sexo-afectivas con otras mujeres, o cuando tenemos que cuidar nuestra estética porque a nosotras “las canas no nos sientan bien”. La pesada carga de la sexualización sobre la mujer, y las consecuencias que derivan ella, es algo que el hombre no sufre en igual medida (ni mucho menos), y ése es otro gran privilegio.

  1. El peso de la tradición

Pese a la incorporación de la mujer occidental al mercado laboral productivo, las tareas derivadas del trabajo reproductivo (alimentar, proteger los cuerpos, organizar la casa, apoyo afectivo, mantener vínculos sociales…) todavía siguen considerándose propiamente femeninas y en muchos casos, no tan sólo productivas (no son retribuidas). En línea con ello, la distinción del hombre como miembro productivo de la familia (en términos económicos capitalistas) y de la mujer como encargada de las tareas reproductivas, es a día de hoy un hecho todavía muy extendido a pesar de los avances conseguidos en igualdad.

Duración media diaria dedicada a la actividad por las personas que la realizan en 2009

Duración media diaria dedicada a la actividad por las personas que la realizan en 2009

Las cifras hablan por sí solas: las prioridades y los usos que los hombres y las mujeres hacemos del tiempo, tal y como revela el Instituto Nacional de Estadística (INE) en un estudio realizado en 2010, aunque recientemente actualizado en 2015, muestra que los hombres dedican menos tiempo a las actividades de la familia y el hogar, en detrimento de las mujeres que (incapaces de desdoblarnos en el espacio-tiempo), nos vemos abocadas a recortar en horas dedicadas a nuestros trabajos remunerados, a nuestras aficiones, e incluso a nuestras actividades formativas. Éste es sin duda, y dada nuestra condición biológica (que no social) de seres reproductivos, otro gran privilegio masculino.

Que la (auto)crítica te acompañe

Todo ello por su puesto no implica que ser hombre heterosexual hoy en día, sea una tarea fácil. Los hombres se enfrentan a diario a muchos y variados ejes de opresión, y el modelo masculino hegemónico también ejerce sobre ellos muchísima presión: la masculinidad se demuestra públicamente o no se pertenece a la fraternidad masculina.

Desarmar este modelo es algo por lo que los hombres han de luchar también. Sin embargo “dejar de ocupar la silla”, cuesta dado que implica renunciar a buena parte de los privilegios que se les ha concedido a lo largo de la historia. La lucha contra el lado oscuro ha de ser más inclusiva, honesta y comprometida.

¿Por dónde empezamos entonces?

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.


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